• No results found

Fracasado el golpe del capitán Alfredo Silva en Villavicencio el 15 de noviembre de 1950, surge como jefe indiscutible en una parte del Llano Elíseo Velásquez. Pero, ¿quién es Elíseo Velásquez? Este hombre intransigente, exaltado, valeroso, oriundo de Junín (Cundinamarca), propietario de un aserrío en Santa Helena de Upía y posteriormente dueño de una lancha en que transporta maderas a Puerto López y víveres desde Puerto Carreño había liberalizado el área urbana de Restrepo, donde asesinó a garrote al jefe conservador Antonio Céspedes,

En su actuación inciden, como causa determinante de orden psíquico, un niño y un loco: en octubre de 1949, la policía asesina en Puerto López a un chiquillo de 7 años, hijo de Rafael Polanía y ahijado de Velásquez. La tragedia ocasiona a Polanía irreparable desviación mental. Velásquez jura no perdonar la vida a ningún enemigo político.

Al saber la muerte de Gaitán, Velásquez asalta a Puerto López y Pachequearo, da muerte a diez policías y se incauta fusiles y pertrechos. El caudillo lo había defendido en los estrados judiciales por el delito de triple asesinato con que había vengado la muerte de su padre, acaecida en El Líbano (Tolima)

Después de este primer asalto, Velásquez realmente no sabe qué camino tomar y al fin decide unirse a las gentes de Caño Chiquito dejando huellas de crimen alo largo del camino que recorre. Los de Caño Chiquito no miran bien a Velásquez. Lo sienten demasiado extraño por su aventurerismo que pugna con la psicología de los Betancourt, prototipos del «señor» llanero.

¿No recuerdas, camarita, a los dos trabajadores de Elíseo? ¿Cuáles?

Los dos lancheros que cuando le cobraron el salario los mató. ¡Ah!... Eso fue por octubre de 1947.

Sí. Desde entonces anduvo «picuriao» río arriba y río abajo para que no le cobraran los difuntos... Conversación de llaneros que así comentan la «velazquera», o azote del Llano por quien no podía ser su exponente auténtico.

El capitán Silva busca jefes para la subversión y desde luego cuenta con Velásquez. Este es, por temperamento, el más decidido y por tanto el indicado para un nuevo golpe a Puerto López el 25 de noviembre. El asalto se da. Elíseo cumple la misión a cabalidad y con la gente insurrecta que se le une se va como una ola por el Meta en el más completo desorden, después de asaltar Cabuyaro, Remolino, Cháchiva, Poyatas y San Pedro de Arimena.... con saña feroz.

Las circunstancias convierten a Velásquez en el jefe del movimiento. Quienes lo conocieron lo pintan guapetón, fantoche, mitómano, valiente, patrocinador de fracasos, sin personalidad, con desmesuradas ínfulas de mando:

«—Y Velásquez, el famoso Velásquez, ¿qué tal es? »—Una tusa, afirmó Álvaro Villamarín...

»— ¿Qué es lo que pasa aquí "Minuteras"? (Carlos Colmenares) . »—Que aquí todo es pura paja.

»— ¿Y Velásquez, entonces?

»—Un gañán, que no sabe sino decir que hay que matar godos, gritar mucho y amontonar mentiras. »—Es un tipo nervioso y su afectación resulta simpática por lo infantil... Usa revólver y correíta por el costado.

»— ¿Quién cree usted que es Elíseo Velásquez? i »—Usted mismo, le respondí, señalándolo. '

»El hombre se regocijó y celebró mí acierto con una carcajada... Velásquez estaba contento aquel día. Habló de Puerto López y del capitán Alfredo Silva, que lo había traicionado, de las muchas fuerzas de que disponía y de los armamentos que estaban por llegarle. Mientras examinaba y accionaba el mecanismo de, la pistola, con el cañón vuelto hacia mí, refirió sus hazañas personales, concediendo poca importancia a la revolución. Me dijo que habían llegado trescientos hombres del Cocuy a ponerse a sus órdenes, que del ejército se querían pasar muchos soldados a sus filas y que de un momento a otro se movilizaría con toda su gente, reservándose el rumbo. Y que estaba un poco disgustado con la gente del Llano, porque si no acataban sus órdenes tendría que irse para otro lado, pues lugares donde pelear le sobraban. »— ¿Y cómo le parecen todos los jefes que hay? »— ¡Aquí no hay más jefe que yo!, dijo categóricamente. Andan por ahí unos jefecitos que saben mucho y que no han peleado, como yo lo hice en Puerto López.

páramos; día tras día de puro plomo y no de cuentos.

»— ¡Ese es!, gritó Velásquez, han peleado mucho pero no han derrotado a nadie como yo, que los maté a todos. Y me vienen ahora a imponer y enseñar... Aquí lo que hay es envidia y regionalismo. Los Villamarines, los Esguerras, los Delgados y todos son una misma cosa, y no obedecen mis órdenes. Yo se lo avisaré a la Dirección Nacional Liberal y me iré otra vez para la Intendencia del Meta, en donde tengo gente que sabe lo que valgo. ¿A qué vine aquí?»2.

¿En qué radica el éxito de Velásquez? Esta es la interpretación que ofrece su antiguo colega de guerrillas, Eduardo Franco:

«En sus gestos dramáticos y sus magníficas mentiras, realzado todo ello con el hecho protuberante acaecido en Puerto López y llevado al máximo de la popularidad por la propaganda liberal. Quien discutiera a Velásquez se ponía en contra de un sentimiento nacional. Ese Velásquez, que encamó en un momento la reacción popular, y bajo cuyo nombre se hicieron los primeros, dolorosos y dramáticos intentos de lucha, era un patán. La otra cara de la medalla liberal: por una, entrega, prudencia, legalismo; por otra, venganza, muerte y saqueo. En el subconsciente de cada liberal había nacido un Elíseo Velásquez que no quería saber nada de razones, cálculos, ni de nada, como no fuera gritar, maldecir, destruir y matar. A medida que la violencia y los métodos fríos y despiadados de los chulavitas crecían en intensidad, la consigna de Velásquez, no era sino muerte y reacción»3

Otro guerrillero, Eduardo Barrera, habla «sobre lo calamitoso que había resultado el paseo revolucionario de Elíseo Velásquez por el Cusiana, Tua, Upíay sobre el desconcierto que había cau- sado en las gentes que antes de conocerlo se figuraban una cosa harto distinta de lo que en realidad era»4

Un esquema sirve para escrutar la personalidad de este caudillo ocasional: de ascendencia campesina llega a sargento de la Policía Nacional. Su padre sucumbe asesinado en el Líbano: parece que en El Fresno se venga dando muerte a tres de los victimarios; lo defiende el doctor Gaitán y Velásquez sale libre.

2 Eduardo Franco Isaza, Las guerrillas del Llano (Bogotá, 1959), pp. 18-21 passim. 3 Ibid., p. 22.

A la muerte de Gaitán se toma Puerto López; el asesinato de su ahijado de 7 años le causa impacto imborrable. Asesina a un adversario político en Restrepo. Mata a dos de sus trabajadores y se ensaña contra la policía de Restrepo, Acacias, Cumaral, Manaure y Yopal. Hace un nuevo asalto a Puerto López y sigue en expedición devastadora por el Meta. Se hace llamar Comandante en Jefe, General y Jefe del Gobierno Militar de los Llanos Orientales.

En el asalto a Puerto López (1° de diciembre de 1949) deja 23 muertos y mutila cadáveres. El 20 de diciembre del mismo año mata en La Aguada (Moreno, Casanare) a cuatro policías y dos civiles, con desfiguración y cremación de sus cadáveres; en Sevilla (Casanare), el 20 de febrero de 1950, tres militares y dos ancianas; en Vega del Cravo, el 14 de marzo de 1950,13 varones y 4 mujeres, para completar, que se sepa, 51 víctimas. Se le acusó también de necrofilia, delito del que participarían sus compañeros5.

Velásquez terminó sus días en una escaramuza con el Ejército, al regresar de su estadía en Venezuela, para donde se había fugado al disolverse temporalmente las guerrillas.

De él dijeron grandes alabanzas los prohombres del liberalismo, y la Convención del mismo partido reunida en el Teatro Imperio de Bogotá en junio de 1950 lo presenta «como ejemplo al partido liberal», por «el valor indomable de tan insigne luchador y la forma leal con que lucha por la causa». LEOPOLDOGARCÍA,EL ANTIGUO ARRIERO

A Leopoldo García, tolimense de 33 años, al suceder a Gerardo Loaiza en el mando de las fuerzas revolucionarias al suroeste del Tolima, lo motejaron «Peligro». No sabe leer ni escribir; apenas firma. De increíble talento, es el hombre que sabe pensar dos veces. Cordial con el amigo. Campesino puro lanzado a la violencia cuando lo desterraron de su parcela, salvándose con su padre y cinco hermanos. Tenía entonces 23 años. De recia contextura, es liberal a secas y si supo hacer la guerra, ahora construye la paz. Con él se cruza un diálogo rápido como el tableteo de su fusil- ametralladora6:

5 Carlos A. Torres Poveda (Gobernador de Boyacá), conferencia radial, agosto 3 de 1951, transcrita

por Testis Fidelis, El basilisco en acción o los crímenes del bandolerismo (Medellín. 1953), pp. 64 – 65

— ¿Algo de tu vida?

—Cuando mi papá vendió la finca, fui a trabajar de once años al Cañón del Anamichú. —¿Cómo empezó la violencia?

—En Anamichú trabajé seis años, hasta que llegó 1949 y comenzaron unas comisiones dirigidas por un tal Jeremías Mallorquín y Manuel Rincón, civiles y de política contraria los dos. Ellos hicieron los primeros asaltos y asesinaron trabajadores, mujeres y niños.

— ¿Cuál fue tu reacción?

—Yo les sacaba el cuerpo a los perseguidores. Pero en esas llegó a Rioblanco la policía, la chulavita. Yo trabajaba arrendando mulas desde Rioblanco a Chaparral. La policía golpeaba a los campesinos, encarcelaba cachiporros y asesinaba presos.

— ¿Cómo entraste a la guerrilla?

—Me fui donde un hombre honrado y pantalonudo que dirigía ya la resistencia en estos lados y le dije que prefería que me mataran, antes de seguir humillado por los chulavitas.

— ¿Dónde actuaste?

—Al principio no hacíamos sino correr, pero al fin nos encontramos con Aristóbulo Gómez y otros más y resolvimos atacar. Peleamos en La Culebrera y en otros muchos sitios. La cuestión era a bala limpia.

— ¿Ustedes permanecieron unidos?

—No. Nos dividimos. En El Limón había un comando y resolvimos con Loaiza irnos hasta allá para reunir fuerzas mayores.

Después de que estuvimos juntos con esa gente, ellos nos dijeron que no debíamos seguir ni la política liberal ni la conservadora. Nosotros comprendimos por dónde iban las cosas y no quisimos «jalarle».

— ¿Y vino la lucha?

—Sí. Quisieron quitarnos las armas. Nos hicieron encerronas para matamos y por más de 22 meses nos dimos plomo con ellos.

— ¿Quiénes eran ellos?

—Los «comunes». Tenían más de 800 hombres. Nosotros éramos liberales sin mezcla. Los «limpios», como se nos llamó.

—En 1952, después de pelear más con los «comunes» que con los chulavitas, la guerrilla me ascendió a capitán.

— ¿Y tus compañeros?

—Son Ignacio Parra, «Revolución», ideólogo del movimiento;

Aristóbulo Gómez, «Santander»; Gerardo Aguirre, «Ráfaga»; Hermógenes Vargas, «Vencedor». A mí me pusieron «Peligro», no sé por qué.

— ¿Entre tu gente había elementos de alguna cultura?

—Éramos tan brutos, tan ignorantes, que «revolución» la escribíamos con «b» larga. Fue Ignacio Parra el que enseñó a escribir esa palabra con «v» chiquita. Me acuerdo mucho. Por eso le pusimos «Revolución». Revolución al derecho.

— ¿Sabes Leer? —Apenas firmo.

— ¿Qué opinas de todo esto?

—Nosotros no empezamos. ¿Qué les estábamos haciendo los campesinos? : — ¿El mayor problema?

—La juventud sin educarse. Necesariamente habrá elementos anárquicos que se irán sin que nosotros los podamos controlar.

— ¿Tu mayor anhelo?

—La paz. Que nos dejen trabajar. Hace diez años me hizo un préstamo la Caja Agraria. Ahí está mi finca. Voy a entregársela para que se pague y con lo que sobre volveré a empezar. Pero sin pelea, desde que nos dejen quietos.

Volver a empezar... En su alma campesina prendía hogueras la esperanza. Mientras la voluntad le rubricaba de coraje el gesto indómito. Al tratar con «Peligro» tiénese la certeza de que quiere la paz. TEODOROTACUMÁ,ELINDIODEBELÚ

En la llanura sur tolimense, dicen que Teodoro Tacumá tiene pacto con el diablo. Es indio sin mezcla; 38 años. Alto, de agilidad felina, habla con mímica pasmosa que traduce fielmente su pensamiento. Ladino como buen indio calentano. Valeroso y terrible. Conservador; no es «pájaro», pero sí guerrillero. Le atribuyen incendios, asaltos, genocidios. Fue el terror de la región desde Belú

hasta Prado, Dolores, Alpujarra y algunas zonas del Departamento del Huila. Técnico en la emboscada y certero en el golpe. No lee ni escribe; campesino raizal, como dice él mismo. Tiene de la vida un concepto de ofrenda, de oblación. Le juega en cualquier lance a precio caro. Ama a su mujer que es menudita y pequeñina- A su fiero corazón lo conmueven los hijos. Tal vez lo único que realmente ama. Trabaja. Si quisiéramos revivir a Calarcá, bastaría darle al indio Teodoro un lanzón de chonta y el guayuco; toda la raza pijao, la de los inconquistables, pasaría por la llanura en son de guerra. Es otro artífice de la paz. Basta que lo dejen tranquilo en su cubil verde y querencioso de Belú.

—Teodoro Tacumá, para servirle. Así dijo este gigante espigado y cenceño, exponente perfecto del tipo racial natagaimuno, mientras sostenía en los brazos a la más pequeña de sus hijas.

— ¿Has sufrido mucho?

—Sí. Me han perseguido demasiado. — ¿Por qué?

—Todo porque me he defendido. Me he salido de emboscadas, como esa vez que me cogieron entre dos cerros, disparándome más de diez hombres al tiempo.

— ¿Te gusta la guerra?

—No. La paz. Es que todo lo que pasa me lo achacan a mí. Solo porque uno no se deja... —¿Qué más te gusta?

—A yo, mi rancho, mis matas, el río, mi canoa, pescar y estos «guambiticos» y la mujer que son los que me amarran. Si no, ya me había ido pa lejos, bien lejos.

— ¿Sería imposible para ti, vivir sin lucha con los demás, como colombianos, como hijos de una misma patria?

—No, el mundo lo hizo mi Dios grandote y en él cabemos todos...

Seguramente Teodoro Tacumá siente que le hierve en la sangre el ancestro de sus antepasados los pijaos, los inconquistables.