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Justamente porque el hombre tiene la capacidad de pensar, puede tomar decisiones una vez que ha examinado ponderadamente las razones que avalan las diversas alternativas. Cada uno de nosotros nos vemos obligados a tomar decisiones a lo largo de nuestra vida. Algunas decisiones son trascendentales e influyen sustancialmente en
nuestro destino y en el de los demás. Otras, en cambio, pueden parecer triviales y sus consecuencias apenas si son tenidas en cuenta. Unas y otras tienen algunos rasgos en común.
En primer lugar, las decisiones son, o deberían ser, el resultado de una reflexión mental. El proceso de deliberación realizado a través de la actitud reflexiva es la variable crítica de la toma de decisiones, hasta el punto de que la cantidad de tiempo empleado en la deliberación, sin olvidar por supuesto la calidad del proceso reflexivo, aseguran que las iniciativas de conducta puedan ser estimadas como decisiones. Por otra parte, las decisiones suponen siempre la elección de una o más alternativas, al menos dos, como respuesta a una pregunta planteada. La mayor parte de las decisiones implican la adopción de medidas de acción más o menos inmediatas de carácter abierto. Las decisiones más significativas son aquellas que desembocan en una acción abierta, sobre todo si implican nuevas medidas de acción derivadas lógicamente de la primera.
La psicología no tiene aún mucho que decir sobre las decisiones humanas, pero algo sí se sabe ya sobre algunos de los antecedentes o variables que intervienen mientras funcionan esos mecanismos decisorios; en concreto, nos referimos a las variables de conocimiento, motivos y actitudes.
Es obvio que, antes de tomar una decisión, por irrelevante que ésta sea, cualquier persona trata de reunir toda la información que considere necesaria y sea asequible a fin de asegurar el acierto de la decisión tomada. En este sentido, los conocimientos que tiene el sujeto sobre una cuestión específica serían determinantes no sólo con relación a la calidad de la alternativa seleccionada, sino incluso con relación al acto mismo de la decisión, pues cuando la información es escasa o dudosamente valiosa, el sujeto puede posponer por el momento la toma de decisiones. A veces, es el propio sujeto el que duda de su capacidad o grado de preparación para tomar y asumir determinadas decisiones en la vida. Esta es la razón que lleva a muchos sujetos a solicitar una evaluación objetiva, que puede ser, en algunas ocasiones, una coartada para demorar la iniciativa responsable. Uno no debiera ser tan confiado que excluyera las valoraciones objetivas frente a una determinada situación, ni tan inseguro que buscara sistemáticamente el apoyo en las decisiones de carácter personal. Lo primero puede llevar al error, lo segundo lleva directamente a la dependencia.
Además de la información adecuada sobre el tema recogida por el sujeto, en la toma de decisiones entran otros procesos que pueden afectar al hecho mismo de las decisiones y a la dirección que éstas puedan tomar en el futuro. Se trata de los motivos que están relacionados indudablemente con las diversas alternativas que debe contemplar el sujeto. Es lógico que se establezcan relaciones entre las consecuencias que puedan derivarse de la decisión adoptada y los motivos que dirigen y controlan- la dinámica personal. En alguna medida, o al menos en algunos casos, la mera confrontación entre las consecuencias anticipadas y los motivos confesados es suficiente para poner en marcha o demorar una determinada decisión. Lo que ocurre es que gran parte de nuestros motivos son inconscientes y desde esta perspectiva es difícil dar una interpretación de las decisiones, una vez éstas tomadas, incluso para el propio sujeto. No cabe duda de que el conocimiento de los mecanismos de defensa y la interpretación de una determinada toma de decisiones a la luz de dichos mecanismos psicológicos iluminarían algunas de las conductas que en la superficie parecen como inexplicables.
Las actitudes actúan dentro de la conducta como instancia intermedia entre los motivos y las acciones. De esta forma, las actitudes, como disposiciones
generalizadas hacia un objeto, son los mecanismos encargados de encauzar la conducta motivada conduciendo la decisión de forma preferencial en la dirección más acorde con la actitud. Cuando una persona se siente motivada a trabajar en sentido altruista por los demás y decide realizar algún tipo de actividad concreta diaria o semanal, es
posible que lo haga adscribiéndose a algún tipo de movimiento donde adquiera compromisos en favor del altruismo, trabajando concretamente en una tona deprimida hacia la que se manifiestan actitudes positivas y favorables.
Después de tomada una decisión en cualquier sentido, es posible que surja algún tipo de disonancia cognitiva como resultado de las alternativas más o menos atractivas, pero rechazadas. El hecho de que una alternativa haya sido rechazada siendo atractiva puede provocar una inconsistencia con la percepción de algunos aspectos desfavorables, que siempre existen, en la alternativa seleccionada. La inconsistencia o disonancia sólo se puede romper destruyendo la fuente de la contradicción, es decir, minimizando los aspectos desfavorables de la alternativa elegida y los aspectos ventajosos de la alternativa rechazada, o acentuando los aspectos favorables de la alternativa elegida y los aspectos desfavorables de la alternativa rechazada.
5. Razonamiento
El razonamiento se puede interpretar como una solución de problemas dentro del marco de la lógica. De hecho se suele definir el silogismo como una sentencia en la que tiene lugar un razonamiento de lógica formal. El silogismo está formado por tres proposiciones. A las dos primeras proposiciones se les da el nombre de premisas, a la tercera se le da el nombre de conclusión, que se infiere lógicamente de las premisas. Una proposición puede ser positi va, negativa, universal o particular. Las proposiciones afirmativas universales se designan como A, las negativas universales como E, las afirmativas particulares como I y las negativas particulares como O. La validez de una conclusión depende de la manera cómo se organizan las distintas clases de proposiciones, de manera que, por ejemplo, si una premisa se establece como particular, la conclusión no puede ser general. En cada proposición hay dos términos y el silogismo en total sólo contiene tres términos diferentes que, para ser válidos, deben estar dispuestos de acuerdo con ciertas reglas. Los dos términos de la conclusión deben ser los dos que pueden aportar una conclusión válida. El tercer término es el termino medio, es decir, el que une a los otros dos en la relación afirmada.
a) Efecto atmósfera
El poder que cienos sesgos emocionales pueden tener en el pensamiento ha sido demostrado ampliamente y se le ha dado el nombre de efecto atmósfera. El efecto atmósfera ha sido comprobado en el razonamiento por Woodworth y Sells. Es muy fácil que un silogismo con las dos premisas siguientes: todo X es Y; Z es Y, sugiera la conclusión de toda Z es X, sin darse cuenta de que el término medio Y es particular, y de esa forma no cabe concluir nada.
Woodworth y Sells, a lo largo de múltiples experimentos, comprobaron que la proposición A produce una atmósfera de todo-Sí y busca una conclusión A, o una conclusión débil I; que una E produce una atmósfera de todo-No y busca una conclusión E o más débil O; una proposición I crea una atmósfera de algunos-Sí y busca una conclusión de I; y una proposición de O produce una atmósfera de algunos-No y busca una conclusión O...
El efecto atmósfera no se limita a la tarea del silogismo o el razonamiento formal, sino que ocurre también en la vida social frecuentemente. Por ejemplo, en un estudio sobre las reacciones a los partidos políticos, a los sujetos se les pidió que evaluaran la plataforma que había sido preparada para un determinado partido político. En una condición era nombrado correctamente, en una segunda condición, no; pues bien, la gente evaluaba los programas de acuerdo más con su preferencia afectiva que con el análisis objetivo de los problemas. En otros experimentos, cuando las proposiciones se atribuían a figuras como Lincoln o Adams, eran evaluadas de forma diferente a cuando eran atribuidas a Marx o Lenin.
b) Efecto de hato
Un efecto parecido al efecto atmósfera se produce en la evaluación personal y se le da el nombre de efecto de halo. Ocurre frecuentemente en la corrección de los exámenes que hacen los profesores. Cuando un profesor juzga un ejercicio sabiendo quién es la persona que lo ha hecho, corre el riesgo de dar notas que se ajustan más a sus expectativas personales hacia esa persona que a los datos objetivos encontrados en el examen. Y esto se produce en ambos sentidos de la muestra, es decir, ocurre con los buenos y los malos estudiantes. De esta forma, la evaluación de los exámenes puede estar al servicio del concepto o expectativa que tiene el profesor más que al servicio de la percepción objetiva de la realidad. De ahí la recomendación de corregir los ejercicios sin conocer la identidad del sujeto que los ha realizado.
Lecturas
D. Berlyne, Estructura y función del pensamiento. Trillas, México 1972. N. Bol ton, Introducción a la psicología del pensamiento.
1976. A. Riviére, Pensamiento y representación. Siglo XXI, Madrid 1986.
M. Carretero, Lecturas de psicología del pensamiento. Alianza, Madrid 1984. P. A. Lindsay, Introducción a la psicología cognitiva. Tecnos, Madrid 1983. R. Oerter, Psicología del pensamiento. Herder, Barcelona 1975.
J. Bruner, El proceso mental en el aprendizaje. Marcea, Madrid 1978. R. S. Nickerson, Enseñar a pensar. Paidós, Barcelona 1987.