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Entre las tareas de los gobiernos que buscaron el progreso, se destacan dos que están relacionadas con la clasificación social: gobernar con autoridad y preservar la pureza de la raza. La primera demandó líderes autoritarios que metieran en cintura sociedades desorganizadas; la segunda, asumir posiciones eugenistas con la población nacional y emigrante. Estas tareas, como otras, estaban sustentadas en la aceptación de jerarquías sociales como hechos naturales, lo cual significaba que unos gobiernan y otros obedecen.

Gobernar con autoridad impulsó a los gobernantes a asumir la función de enseñar, de orientar a las clases inferiores en las formas para alcanzar el desarrollo.

Una de estas formas era ayudar a los habitantes, a las clases inferiores, a entrar en el último estadio social, el positivo, regido por la ciencia. Responsabilidad apremiante en

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Stocking, George (ed.). American anthropology, 1921-1945: papers from the American anthropologist. London: Lincoln – University of Nebraska Press, 2002.

“un país infantil, de impulsos caprichosos y epilépticos, guiados por instintos nacionales, políticos y religiosos”.35

Para cumplir con la labor de orientar, las elites contaban con diferentes mecanismos con el propósito que las clases inferiores asimilaran la jerarquía social. Uno de ellos fue el “principio del orden”, el cual se reflejaba en la deferencia que las clases inferiores rendían a las superiores. Este principio establecía lugares para los grupos según su posición en la jerarquía social: las clases inferiores, la mayoría de la población colombiana para el momento, acataban las disposiciones de las clases superiores en tanto los representantes de las clases superiores, afirmaban su posición en la cúspide de la jerarquía con expresiones como “sé siempre dueño de ti, domínate, y así dominarás y triunfarás sobre los otros.”36

La labor pedagógica de los gobernantes (que se justificó en la existencia de clases superiores e inferiores) conllevó la aceptación de las posiciones en la escala social. Desde esta estratificación las clases superiores instruyeron a las inferiores en los valores que debían seguir. Por ejemplo, miembros de las clases superiores publicaron textos cuyo objetivo fue enseñar las conductas correctas a aquellos que se consideraban inferiores, en este caso, la mujer:

Envuélvete en esa tela, delicadamente prestigiosa, tan lejana de lo vulgar, que se llama el misterio […]. Mostrarse a la ventana, salir a la calle con frecuencia, asistir a todo baile que te inviten […] hablar recio, reír ruidosamente, codear

35 Restrepo Carlos E. Orientación republicana. 2 vols. Vol. 1. 2 ed. Bogotá: Banco Popular, 1972, p. 409. 36

Mayor Mora, Alberto. Ética, trabajo y productividad en Antioquia. Una interpretación sociológica sobre la influencia

de la escuela nacional de Minas en la vida, costumbres e industrialización regionales. Bogotá: Ediciones Tercer Mundo,

libremente al vecino, estar en boca de todos; esto, todo esto, sobrina muy amada, te quita el prestigio, te vulgariza, te pone al alcance de todos, y rompe el pedestal sagrado que debe ocupar siempre una mujer: el misterio.37

Dos formas destacan en la labor pedagógica sobre la mujer. Una, apoyada en el patrón sociocultural de la religión católica que consideraba a la mujer inferior, cuyo lugar era la familia y el matrimonio; la segunda acudía a argumentos seculares extraídos del darvinismo social, para orientar a la mujer en las labores que le correspondían de acuerdo con la posición que ocupaba en la escala social.

Las orientaciones que recibió la mujer desde el patrón sociocultural fueron abundantes y permanentes, y la Iglesia fue la institución predilecta para recordarle a la mujer su posición en la escala social:

El varón es el jefe de la familia y la cabeza de la mujer; sométase ella al marido y obedézcale, no como esclava sino como compañera, es decir, con obediencia digna y decorosa.38

Las orientaciones seculares revestían el discurso con lenguaje científico, lo cual no implicaba dejar de lado la clasificación y jerarquía social. Así por ejemplo, Luís López de Mesa (1884-1967) comparó el alma de la mujer con un óvulo, “que al recibir la cromatina fecundante del germen masculino, condensa su ectoplasma en película impenetrable para los nuevos elementos que lo buscan”.39

37 Páez M., Julián. Cartas a mi sobrina. Bogotá: Librería Americana, 1912, p. 230. 38

Caycedo, Manuel José. El combate por la fe y por la Iglesia. Medellín: Bedout, 1931, pp. 165-166.

39

Carranza, Ramiro (Comp.). Luís López de Mesa. Obras selectas. Bogotá: Cámara de Representantes de Colombia, 1981, p. 161.

López de Mesa aseguraba a las mujeres que debido al hecho de que su cerebro es más pequeño, compensa esta debilidad en campos “más conformes con su misión femenina”, entre los cuales están “la observación rápida, la memoria de los detalles, etc., que hacen de ella consejera ideal y complemento del hombre”; agregaba que

Su voluntad es tenaz, su carácter bondadoso y dúctil, y el conjunto de su estructura moral tan aquilatado es y pulcro, que enamora hasta en un frío análisis de psicología.40

El principio del orden, desde la perspectiva religiosa o secular, recordaba a los “inferiores” acatar a sus “superiores”, en este caso la mujer a los hombres. Estos discursos, revestidos con ropajes religiosos o científico, justificaban la desigualdad social y política.

Luís López de Mesa intervino directamente en las discusiones sobre la raza colombiana. Su visión del problema combinó materiales de diferentes disciplinas, pero en todo caso justificó las desigualdades entre razas. También, consideró las diferencias de género y aunque su escritura favoreció a la mujer, sin embargo, avaló asimetrías a favor del hombre.

Aunque en Acerca de la mujer en Colombia considera en inteligencia a la mujer tan capaz como el hombre, resalta que ella es inferior al hombre en un diez por ciento en la prueba de conocimientos adquiridos. Esta diferencia la atribuye López de Mesa “a la viciosa, inconducente y despilfarrada metodología de los colegios de niñas y de nuestra educación familiar”. Sin embargo, tal porcentaje de inferioridad en el saber constituye algo gigantesco para la vida práctica: “Es justamente la diferencia que existe entre el bachiller y

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el abogado, entre un jurisconsulto de primera categoría y un picapleitos, entre un maestro de obra y los obreros que le están subordinados. Es la diferencia del buen éxito, el cuociente de la fortuna.”41

La anterior versión de López de Mesa, recurre a las diferencias que plantea la evolución (“es justamente la diferencia entre…”) entre un antes y un después, lo cual indica que la mujer, la inferior, debe pasar unas etapas para equipararse al hombre. La recurrencia al número (diez por ciento), una característica de los positivistas de entonces, sustentada en los resultados de pruebas de conocimientos adquiridos, da calidad científica a sus afirmaciones. Sin embargo, esta diferencia confirma un sesgo social que López de Mesa analiza, pero que a pesar de ser un antecedente para los resultados de las pruebas, sin embargo no involucra en el análisis de los mismos. En otras palabras, el diez por ciento de diferencia anuncia lo que ya se sabe:

Para sí y por la especie, dos cosas esenciales necesita la mujer en la vida: modo de vivir y modo de amar decorosamente. Para ninguna de las dos las capacitamos nosotros. La educación que recibe, y que orgullosamente llamamos educación, la deja sin recursos para defenderse de los azares del amor y de los azares de la vida. Con el más noble anhelo y con laudable cariño le damos orientación que no parece ideal, sin ver, o sin querer comprender en los ejemplos de la vida cotidiana que tenemos presentes a cada paso, que esa orientación conduce a algunos fracasos de lágrimas y de rutina.42

41

Carranza, Ramiro (Comp.). Luís López de Mesa. Obras selectas. T. XXVI. Colección: Pensadores Políticos Colombianos. Bogotá: Cámara de Representantes, Fondo de Publicaciones, 1981, p. 163.

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Los diagnósticos de López de Mesa sobre la mujer son una amalgama de discursos científicos (positivismo, psicología social, psiquiatría, medicina) que recurren a la infalibilidad del número para apoyar sus conclusiones. Sin embargo, como el autor lo reconoce, los resultados no reflejan más allá de lo que se conoce sobre la posición de la mujer en la sociedad colombiana.

De las conclusiones de López de Mesa sobre las capacidades cognitivas de la mujer, puede anotarse lo mismo que Léonce Manouvrier (1850-1927) opinó de los resultados de los estudios sobre el cerebro de la mujer que realizó el maestro de la craneometría, Paul Broca (1824-1880):

Las mujeres desplegaron sus talentos y sus diplomas. También invocaron algunas autoridades filosóficas. Pero tenían que enfrentarse con unos números que ni Condorcet ni John Stuart Mill habían conocido. Esos números cayeron como una almádena sobre las pobres mujeres, y con ellos unos comentarios y sarcasmos más feroces que las más misogínicas (sic) imprecaciones de ciertos padres de la Iglesia. Los teólogos se habían preguntados si las mujeres tenían alma. Varios siglos más tarde, algunos científicos se mostraron dispuestos a negarles la posesión de una inteligencia humana.43

El discurso de la desigualdad estaba presente en la sociedad desde los tiempos de la Colonia, y la dominación española sobre sus colonias se sustentó en la ley natural que obliga a los pueblos civilizados a civilizar a los salvajes. Pero a comienzos del siglo XX, la desigualdad social se vestía de ciencia. La presión ejercida por las “clases inferiores” para honrar y obedecer a los superiores partía de la tradición, se apoyaba en la religión y acogía

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esquemas científicos. Gracias a ello, las “clases inferiores” aceptaban la jerarquía social como algo natural (es decir divino) de acuerdo con la cual las personas de condición social alta poseían mayores bienes materiales, eran más sabios, más inteligentes y más virtuosas. En una sociedad religiosa, la naturaleza, es decir Dios, distribuía las condiciones sociales y morales de los habitantes.

La labor pedagógica también la ejercieron los miembros de la naciente clase empresarial, quienes se consideraban poseedores de una “ascendencia moral”, la cual los diferenciaba de sus empleados o de clases inferiores. Por tal razón, además de una alta educación que incluía estudios de postgrados, los empresarios seguían severas virtudes morales que servían de ejemplo a sus subalternos. Por su parte los obreros, acogían la humildad como un valor intrínseco, por medio del cual agradecían a quienes los contrataban.

El ascendiente moral del ingeniero sobre sus obreros se basa en el buen ejemplo, la sangre fría y la buena inteligencia entre los dos. “Para mandar a los demás es indispensable dominarse a sí mismo; el obrero que ve a su superior, no sólo irreprochable en su vida privada, sino que es trabajador, exacto y severo consigo mismo, aceptará más voluntariamente las órdenes recibidas”. La sangre fría es esencial en el mando: las órdenes, por justas que sean, dadas en términos agresivos o con ira, son incomprendidas por temor al castigo o ejecutadas con desconfianza. La justicia y la benevolencia, que no excluyen la firmeza, son condiciones esenciales de una bien sentada autoridad.44

1.4.2. Posiciones eugenistas