Aunque algunos estudiosos defienden que Jesús se mantuvo dentro de los límites del patriarcado y reformó pero no rechazó el modelo patriarcal, debido a la escasa información sobre ellas y a la abrumadora presencia de los discípulos varones13, sin
embargo creo que la contribución más importante del movi- miento de Jesús a la transformación de los modelos de género está ampliamente justificada en la enseñanza sobre la vida matri- monial y sexual y en la práctica de aceptación de mujeres en el movimiento, con las consecuentes tensiones que creó en el com- plejo de relaciones entre discípulos y discípulas.
En lugar de situar la clave de la moralidad en el autocontrol del varón y la peligrosa debilidad de la mujer, Jesús dejó claro que el corazón del ser humano es el espacio en el que se toman
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13B. III Witherington, Women in the Ministry of Jesus. A Study of Jesus’ Attitudes
to Women and their Roles as Reflected in His Earthly Life, Cambridge University
las decisiones morales. El logion “todo el que mira a una mujer con mal deseo, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mt 5,28) inicia unas leyes nuevas en el eterno juego de la sexualidad. Pone fin a la culpa bíblica de la mujer y hace a ambos responsables de sus actos. Más aún, dada la ventajosa situación del varón en el patriarcado, Jesús opta por el resta- blecimiento de la dignidad de la mujer pecadora (Lc 7,36-50) y de la adúltera (Jn 8,3-11) en situaciones en las que la pena moral y el castigo recaían totalmente sobre las mujeres. Y lo mismo ocurre frente a las triquiñuelas desarrolladas en torno a la legalidad del divorcio: “¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?”. La respuesta conclusiva de Jesús es que la ley fue dada por la maldad de los corazones, por lo que los varones, como grupo masculino tolerante ante la poligamia y al divorcio, comentan con desgano: “Si esa es la condición del hombre respecto a su mujer, no conviene casarse”. Pero él les aumenta la crisis: “No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno...” (Mt 19,3-12). Así, el dicho de los eunucos se convierte en el inicio de la época postpatriarcal, con relaciones nuevas que incluyen opciones sexuales diversas, como el celibato y la fidelidad matrimonial más allá de los lími- tes legales del contrato, porque “todo el que despide a su mujer y se casa con otra comete adulterio, y el que se casa con la des- pedida por su marido comete adulterio”14(Lc 16,18). En suma,
el matrimonio fiel y la posibilidad de permanecer célibe –nada en contra de la naturaleza de la mujer ni en contra de la sexualidad, sino más bien responsabilidad extrema de ambos– caracterizaron al movimiento de Jesús.
Pero el rasgo más distintivo del final del patriarcado lo encontramos en la admisión de discípulas que adoptaron el seguimiento de Jesús con la misma exigencia de dejar la fami- 14 Es posible que la versión de Mt 19,9, “excepto en caso de inmoralidad sexual”, sea una interpolación de corte legalista que difícilmente provenga de la predicación de Jesús.
lia, lo cual legitimaría un conflicto familiar entre esposos o con los cabezas del hogar patriarcal, tales como padres o hermanos mayores. Así, el caso de Juana, mujer de Cusa, fue paradig- mático (Lc 8,3), pues ella formó parte del grupo de mujeres que acompañó a Jesús desde Galilea y junto con otras colaboró con sus bienes en respuesta a la invitación del movimiento: “Vende todo lo que tengas” (Mc 10,21 y pars.). Además, los roles tradicionales de la mujer de ofrecer hospedaje o apoyo material fueron reconocidos en el movimiento siempre y cuando no disminuyeran en ella su capacidad de “elegir la mejor parte” (Lc 10,42). Marta fue invitada a ser anfitriona y a la vez discípula. A ejemplo de Magdalena y la samaritana, todas las discípulas fueron invitadas a ser misioneras, tal como se mantuvo en las iglesias paulinas15.
José Antonio Pagola se ha preguntado qué encontraban las mujeres en Jesús, que las atraía tanto:
“A las mujeres les tenía que resultar atractivo acercarse a él. Para más de una significaba liberarse, al menos momentáneamente, de la vida de marginación y trabajo que llevaban en sus casas. Algunas se aven- turaban incluso a seguirle por los caminos de Galilea. Tenían que ser, probablemente, mujeres solas y desgraciadas, que vieron en el movimiento de Jesús una alternativa de vida digna”16.
Esta caracterización del grupo de seguidoras corresponde al perfil que se encuentra en muchos movimientos religiosos que acogen a marginados de distinta índole social. Los hermanos Stegemann han caracterizado al grupo de seguidoras como mujeres de dudosa fama –por la violación de los cánones socia- les– y del estrato social pobre17. El dicho de las prostitutas y
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15Lo cual implicaría una superación de la definición de género de los espacios masculinos y femeninos, tema por lo demás muy discutible, más allá de la informa- ción que dan los filósofos y moralistas, como Filón de Alejandría (E. W. y W. Stege- mann, Historia social, p. 500).
16
J. Pagola, Jesús, p. 217.
publicanos precediendo a los discípulos en el Reino (Mt 21,31) y la acusación de que Jesús era amigo de pecadores (léase peca- dores y pecadoras: Mt 11,19; Lc 7,34) delatan la aceptación en el movimiento de mujeres que colocaban a todo el grupo en una situación liminal. Aunque los “endemoniados” curados por Jesús no solían seguirle, e incluso fueron disuadidos de hacerlo por el mismo Maestro (Mc 5,15), llama la tención que María Magdalena, “de la cual habían salido siete demonios (Lc 8,2), se convirtió en una seguidora estable que viajó desde Galilea y cuya repercusión en los orígenes del movimiento cristiano merece una atención especial.