En 1820, pocas variaciones sufrió la línea de fronteras vigente una década atrás, limitándose las normativas dictadas al efecto, a crear y/o suprimir comandancias y/o regiones militares, o eliminando cuerpos militares como el de blandengues, que por un tiempo fue suprimido y remplazado por el cuerpo de dragones de línea. La línea fronteriza que en 1810 defendía Buenos Aires, consistente en 6 fuertes y 6 fortines, tuvo variaciones mínimas, como por ejemplo que los fortines de Esquina y Melincué pasen a formar parte de la nueva provincia de Santa Fe, siendo este último, conforme a un relevamiento efectuado el 11 de abril de 1817, custodiado por tan solo 10 efectivos.163
Las prioridades de la defensa para el gobierno, eran más bien las amenazas militares externas, como el rumor o las “noticias” sobre las inminentes y voluminosas expediciones armadas españolas que actuarían sobre el Río de la Plata, las cuales nunca se llegaron a concretar.
A todo ello, la inseguridad, precariedad y carencia de recursos humanos para guarecer debidamente los puestos defensivos de las fronteras, no solo era un estigma para las estancias de Buenos Aires, ya que reiteradamente y cada vez con más furia, los malones de indios asolaban estas en los límites de Santa Fe y Córdoba, incitados muchas veces por facciones partidarias. Valga como ejemplo que los federales del litoral, quisieron atraer a varias tribus para comprometerlas en un ataque al sur de los porteños para distraerlos, y estos últimos también recurrieron a los servicios de pelea de tribus “amigas” para enfrentarlos en conjunto.
Abundan los registros y crónicas sobre el recrudecimiento del accionar violento e inseguridad de la frontera a pocos años de comenzar la década del 20. Por citar algunos, el 30 de abril de 1821 un malón de 1500 indios encabezado por el gaucho José Luis Molina, arrolló las defensas de Kaquelhuincul, reduciendo a cenizas la población de Dolores.164 El 22 de abril de 1822 unos 500 indios pampas asaltaron el pueblo de Pergamino, matando a varios de sus pobladores y arreando la totalidad de los animales que encontraron, invadiendo en diciembre de ese mismo año el sur de la provincia, y llegando hasta 60 leguas de la ciudad de Buenos Aires. Todo ello, ante la ineficacia de los sistemas defensivos que dependían de “tropas” que nunca llegaban siquiera a darle alcance a los invasores, que se desenvolvían secundados de nuevas hordas de indios araucanos o mapuches, que habían emigrado recientemente desde Chile.165
Por supuesto que hubo excepciones en cuanto a la eficacia del accionar defensivo/represivo del Estado frente a los indios, como las acciones militares de Federico Rauch contra los malones que se dieron en el sur de Santa Fe a finales de 1822, a los que persiguió logrando recuperar prisioneros y ganado. Tales acciones, si bien reiteradas en el tiempo, se limitaban a pequeños emprendimientos militares que actuaban principalmente en carácter de represalia o de recupero de hacienda y personas secuestradas por los indios, y excepcionalmente para disuadir o impedir invasiones.
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Véase este informe en Meli, Rosa: “La comandancia de frontera. Su misión”, en Comando General del Ejército…Política seguida con el aborigen (1820-1852), Op. Cit., t. I, vol. 664-665, p. 70.
164 Cf. Burucúa, José E.: “Primera expedición de Martín Rodriguez”, en Comando General del Ejército…Política seguida con el aborigen (1820-1852), Op. Cit., t. I, vol. 664-665, p. 362.
Ante estos panoramas, el Gobernador de la Provincia de Buenos Aires el general Rodríguez, efectuó una suerte de Campaña o salida al desierto en 1823 -tras el fracaso de una campaña anterior en 1820-, que dio como único resultado positivo que se avance la frontera del sur hasta las sierras del Tandil, donde se levanto el núcleo de la ciudad homónima y se fundó el fuerte Independencia. Esto fue producto de la carencia de apoyo de los “indios amigos” y la falta de apoyo económico de los estancieros de Buenos Aires, los cuales miraban con recelo todo tipo de acción impulsada por el Poder Ejecutivo.
Una posterior expedición del mismo en 1824 tampoco trajo mayores resultados, aspirándose en esta misión el ocupar el margen del río Negro para establecer una nueva frontera, que no pudo cumplirse ante la carencia de un cabal conocimiento del terreno, buenas caballadas, extensión de la marcha y suficientes provisiones, no obstante lo cual puede afirmarse que al final de su mandato, se ganaron 4000 leguas de terreno a los indios.
El 9 de mayo de 1824 le sucedió en el cargo a Rodríguez, el general José Gregorio de Las Heras, quien durante su gestión nombró a Juan Manuel de Rosas en una de las dos comisiones encargadas de efectuar relevamientos, tendientes a levantar nuevos puestos defensivos que permitieran adelantar la frontera. Este último celebró un tratado de paz el 20 de diciembre de 1825, donde fueron parte entre treinta y nueve caciques y cincuenta representantes de las poblaciones indígenas y distintos delegados de las provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba. Este tratado, establecía que los indios reconocían por único gobierno de las provincias al soberano Congreso, se “canjeaban” cautivas que no estuvieran “casadas”, debiendo la “indiada”
comprometerse en lo sucesivo a impedir la invasión de cualquier provincia por parte de cualquiera de sus pares.
No obstante la firma de este acuerdo, habiéndose dictado al año siguiente la ley que creaba el Poder Ejecutivo de las Provincias Unidas y asumiendo el mando del país Bernardino Rivadavia, se recrudecen las invasiones de los malones de indios, propiciadas por los díscolos caudillos del interior, invadiendo las zonas de Salto, Arrecifes y Dolores. Ante este panorama, se designó nuevamente al coronel Rauch para que emprenda acciones de escarmiento y recuperación de ganado y cautivos contra los indios. Este, luego de sus cruentas expediciones, logro tranquilizar provisoriamente la campaña, permitiendo sentar las bases para la futura delimitación de la nueva frontera que se efectuaría en 1828.
Producida la renuncia presentada por Rivadavia el 27 de junio de 1827, entre numerosos motivos por su disgusto ante la celebración de un acuerdo de paz en la guerra que sostenía Argentina con Brasil (Convención Preliminar de Paz de 1827), y tras asumir interinamente el mando del Poder Ejecutivo el doctor Vicente López -quien devuelve a la provincia de Buenos Aires su autonomía-, la Junta de Representantes designa el 13 de agosto de 1827 al coronel Manuel Dorrego como gobernador de la provincia de Buenos Aires. Dorrego, a tan solo tres días de asumir, dictó un decreto el
16 de agosto de 1827166 en cuyo primer artículo facultaba a Juan Manuel de Rosas, como encargado de la celebración y conversación de paz con los indios, para ir preparando lo necesario para la extensión de las fronteras del Sur y fomento del puerto de Bahía Blanca.
Rosas, luego de abocarse a varios estudios y reconocimientos de parte del inmenso territorio heredado por el Estado, elevó al gobierno provincial en enero de 1828, un pormenorizado proyecto para establecer una nueva línea de fronteras defensivas, que facilite el tránsito sin sobresaltos hasta Bahía Blanca habilitando su puerto, el cual fue aprobado anticipadamente por Dorrego mediante el dictado del decreto de fecha 13 de noviembre de 1827.167 Vigente dicho decreto, comenzaron los trabajos necesarios para emplazar el fuerte Federación (sito en la actual localidad de Junín), el fuerte 25 de Mayo168 y el tercer fuerte en la actual ciudad de Bahía Blanca, inicialmente denominado Fortaleza Protectora Argentina,169 trabajos estos que muchas veces fueron secundados no solo con el auxilio de las fuerzas nacionales, sino también con el auxilio de tribus de indios amigas.
Estos enclaves “civilizadores”, dieron luego origen a grupos de poblaciones asentados a su alrededor (Tandil, Azul y Tapalqué, entre otros), hecho este que fue propiciado por Dorrego mediante el dictado del decreto del 28 de abril de 1828,170 por medio del cual se establecía la entrega de “terrenos para poblaciones y cultivo en las inmediaciones de los fuertes fronterizos”. Esta consolidación de la nueva línea
defensiva, permitió que a finales de 1828, la mitad de la provincia de Buenos Aires estuviera resguardada por una nueva línea de fronteras, la cual si bien todavía era precaria, marcaba el límite entre lo que despectivamente se conocía como los mundos del “blanco” y el indio.