6.2 Fermion action in curved space times
6.2.2 Solving the chiral Dirac equation
Mc 10,13-16 (Mt 19,13-15; Lc 18,15-17)
El primer texto que observaremos es la discusión sobre quién es el más importante suscitada entre los discípulos de camino a Jerusalén. Un altercado similar surgió también cuando Juan y Santiago pidieron a Jesús los primeros lugares (Mc 10,35-45; Mt 20,20-28). Otra discusión sobre quién es el más importante es la narrada por Lucas nada menos que en la última cena (22,24-29). La memoria que ha guardado la tradi- ción de estas rencillas nos invita a pensar que la tensión por los roles de importancia y dominación estuvo presente desde el inicio de la Iglesia y que los evangelistas fueron conscientes de que al focalizar la atención en estas situaciones educaban a la comunidad cristiana, en particular a los que ejercían formas de liderazgo similares a la de los apóstoles.
La reacción de Jesús ante la disputa es inmediata. Colocó a un niño en el centro para ilustrar sus palabras: “Si alguno quiere ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos”. Los evangelios sinópticos, con variantes no significa- tivas, incluyen asimismo un dicho del Señor que revela una
preocupación por la atención a los pequeños: “El que recibe en mi nombre a un niño como este, me recibe a mí; y el que a mí me recibe, no me recibe a mí, sino al que me envió”. Además, Lucas agrega: “Porque el que es más pequeño entre todos uste- des, ese es el más grande”.
Una variante importante es la del texto de Mateo: “En verdad les digo que si no se vuelven y se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Así que cualquiera que se humille como este niño, ese es el mayor en el Reino de los Cielos”. Esta invita- ción a los apóstoles a hacerse humildes tiene que ver con el sen- tido de autoridad que debía adquirir el liderazgo en la iglesia de Mateo. Solo se puede pedir humildad a quienes son grandes e importantes o a quienes pretenden serlo. Esta interpretación está de acuerdo con la intensa crítica a las autoridades religio- sas que caracteriza al evangelio de Mateo.
Los gestos de Jesús no son menos importantes que sus pala- bras. En Marcos, Jesús llamó a los Doce para que presenciaran su actuación (abrazar al niño) y escucharan sus palabras. En Lucas, Jesús conoce los sentimientos de los corazones de los discípulos, como corresponde a una cristología más desarrollada.
Que haya una discusión por situarse en una posición de jerarquía no es un tema extraño a este segmento del evangelio de Marcos. La caracterización de los discípulos como un grupo incapaz de comprender el significado último de la muerte de Jesús ha sido ampliamente reconocida. Los Doce están atemo- rizados porque el Maestro, decididamente, ha iniciado un viaje que concluirá con su muerte. Cuanto más se acercan a Jerusa- lén, más se manifiestan la dureza de corazón de los Doce, su miedo y su inhabilidad para seguir a Jesús. Esta escena, además de aquella en la que los discípulos reprenden a los que traen niños, fue colocada por Marcos entre el segundo y tercer anun- cios de la pasión y entre dos relatos de curación de ciegos; así, mientras los discípulos no “ven” el significado del destino final del Mesías, los ciegos han recuperado la vista y Bartimeo se convierte en un seguidor de Jesús en su camino a Jerusalén.
Discutir es una actividad masculina por excelencia en el mundo bíblico. Las mujeres no suelen discutir: ellas piden, actúan, escapan, pero no se ocupan de resolver conflictos por medio de la palabra, que se considera una actividad masculina por excelencia. Ya hemos visto que la construcción de la mas- culinidad mediterránea exigía del varón su actuación en el mundo público con un debido dominio retórico, condición indispensable para alcanzar prestigio y autoridad masculinos. La educación de los varones incluía un entrenamiento oratorio que les permitiera acceder a las escalas más altas del poder polí- tico y social.
Clines1ha resaltado que en la presentación de la masculini-
dad de Jesús juega un rol importante su capacidad de discutir en público. Jesús frecuentemente se encuentra envuelto en una serie de discusiones en las que él siempre resulta vencedor. Esta capacidad retórica ante la que todos sucumben se corresponde con la presentación de los grandes maestros filósofos del mundo grecorromano o los héroes sapienciales y proféticos de las escri- turas hebreas. Los evangelistas ordenaron el material de los dichos de Jesús para darles un carácter controversial cuyo resul- tado siempre es la derrota de los que plantean preguntas incó- modas por medio de frases contundentes del Maestro. Mateo es el evangelista que mejor ha aprovechado esta caracterización de Jesús como campeón de oratoria a través de sus cinco exten- sos discursos.
“Discutir” (dialegomai) es, en la tradición sinóptica2, un
verbo exclusivo de Marcos (9,33.34). Mateo elude el tema de la discusión y coloca a los discípulos bajo una luz más favora- ble porque se aproximan directamente al Maestro para pre-
194 JESÚS, EL VARÓN
1D. J. A. Clines, “Ecce Vir”.
2La misma forma verbal puede derivar de dialogizomai, cuyo significado es “ponderar”, “reflexionar”. Sin embargo, el hecho de que Jesús pregunte a los dis- cípulos sobre qué discuten en el camino y que ellos no respondan implica que hubo una acalorada disputa verbal entre ellos.
guntarle quién es el mayor en el Reino de los Cielos3. Lucas
emplea el sustantivo “discusión” (dialogizmos) en la misma escena. Sin embargo, utiliza profusamente el verbo en la parte final de Hechos para los enfrentamientos de Pablo en la sina- goga y en el ágora: en Tesalónica (17,2), en Atenas (17,17), en Corinto (18,4), en Éfeso (18,19.19,8), en Éfeso en la escuela de un tal Tirano (19,9), en Tróada (20,7.9). También lo hace en su defensa ante Félix (24,12) y en su convincente exposición de la fe ante Félix y su esposa Drusila (24,25). Jud 9 emplea este verbo para caracterizar la lucha verbal entre el arcángel Miguel y el demonio por el cuerpo de Moisés, de modo que el imagina- rio del Segundo Testamento reconoce que incluso en las esfe- ras superiores los litigios son resueltos mediante la palabra. Este uso selectivo del verbo revela que los sujetos siempre son masculinos, y la actividad, aunque es verbal, implica enfrenta- miento y poder, lucha y virilidad. Es un verbo que decide el triunfo de unos y la derrota de otros. Es la habilidad de palabra la que decide quién posee la verdad4.
El silencio de los discípulos ante la pregunta de Jesús es también una enseñanza para la comunidad cristiana. Si se dis- cute para colocarse en los lugares de importancia, para mante- nerse en el poder o para desplazar a otros, deberíamos, al menos, callar de vergüenza y permitir que el Evangelio con- duzca a los discípulos hacia formas nuevas de comprensión y decisión. Corresponde a los que tienen poder de decisión y autoridad (“llamó a los Doce”) generar nuevas formas de com- prensión y acuerdo. El forcejeo y la diatriba pertenecen a un modelo de masculinidad que Jesús no desea en la comunidad de creyentes.
3
Es una tendencia de Mateo proyectar una luz más favorable sobre los erro- res de los discípulos; por ejemplo, la petición de sentarse a la derecha e izquierda del Señor en su Reino no la hacen Juan ni Santiago, sino la madre de ellos (Mt 20,20-28).
4En Heb 12,5, dialegomai introduce una cita de Prov 3,11-12 sobre la correc- ción paterna en una parénesis sobre la valiente y varonil aceptación del sufrimiento.
Como la disputa en la arena política o en el mundo acadé- mico es la forma dominante de resolver las dificultades y dife- rencias, Jesús está presentando en este pasaje un modelo nuevo de actuación masculina. Observar al niño, acogerlo y colocarlo en el centro es la corrección del habitual camino de enfrenta- miento por medio de una pedagogía evangélica que implica reemplazar la discusión por la observación, el enfrentamiento por la acogida de una novedosa inversión de valores. La acep- tación del mensaje de Jesús implica superar el nivel de discu- sión en el ágora, la sinagoga o el templo mediante una con- templación de lo frágil y pequeño. La discusión y el silenciamiento son formas de violencia5.
“Si alguno quiere ser el primero, será el último
de todos y el servidor de todos...” (Mc 9,35)
Este dicho de Jesús sobre el nuevo ordenamiento que debe regir en su comunidad de discípulos ha sido transmitido por Lucas de un modo más directo a los discípulos: “El que es más pequeño entre todos ustedes, ese es el más grande”. Las antíte- sis que estructuran este dicho hicieron de él una forma favorita para transmitir la paradoja del Reino y el nuevo orden que pro- pugna. El tema del servicio, obviamente, ha sido explorado con profundidad en el Segundo Testamento. Como sustantivo, el término “servidor” (diakonos) es escasamente empleado en la tradición sinóptica. En la parábola de los invitados a la boda del hijo del rey (Mt 22,13), es el nombre que corresponde a los sirvientes que atan de pies y manos al comensal sin traje de fiesta. Lo significativo es que Jesús emplea esta palabra para caracterizar su propia actuación en el conflicto que suscita la petición de los hijos de Zebedeo: “No ha de ser así entre uste- des, sino que el que quiera llegar a ser grande entre ustedes será el servidor de ustedes y el que quiera ser el primero entre uste-
196 JESÚS, EL VARÓN
5F. Bovon, “The Child and the Beast: Fighting Violence in Ancient Chris- tianity”, HTR 92 (1999) 369-392.
des será el esclavo de ustedes” (Mc 10,43-44; Mt 22,26-27), y en la indicación precisa suscitada por la discusión sobre quién es el primero. Esto hace del término servidor una expresión imprescindible en el liderazgo cristiano.
Más frecuente y más ilustrativo de la situación de los sier- vos colocados en la escala social en el lugar inferior de todos los varones es el verbo “servir” (diakoneō), que nunca es empleado en varones en posición de autoridad. En Marcos describe el servicio de los ángeles a Jesús en el desierto (1,13); las funcio- nes domésticas de la suegra de Pedro (1,31); el dicho que con- cluye el asunto de los hijos de Zebedeo (“Porque el hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir...”: 10,45) y la descripción de las tareas que realizaban las mujeres galileas que siguieron a Jesús hasta el Gólgota (15,41). Mateo sigue de cerca este uso de Marcos y agrega uno más en la parábola del juicio final, cuando los que no reconocieron a Jesús glorioso preguntan: “¿Cuándo te vimos hambriento o sediento o foras- tero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te servimos?” (25,44). Lucas utiliza este verbo en los textos de la tradición de Marcos, pero también en la lista más exhaustiva de las mujeres galileas (8,3); en las tareas que realiza Marta (10,40); en el dicho sobre el siervo que realiza diligentemente sus labores (12,37); en los dichos sobre la conducta apropiada de los sier- vos (17,8), y para zanjar la discusión sobre los primeros luga- res en la última cena: “Que no sea así entre ustedes, sino que el mayor entre ustedes sea como el más joven, y el que gobierna como el que sirve. Porque ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de ustedes como el que sirve” (22,26-27).
Lo que debemos deducir del uso de este verbo es que, en la tradición sinóptica, “servir” se ha empleado consistentemente para ilustrar la correcta actuación cristiana frente a los que pre- tenden el poder. Como habitualmente describe actividades femeninas, representó una provocación a la masculinidad domi- nante, porque Jesús se lo aplica a sí mismo y espera que sus
seguidores asuman el mismo modelo de masculinidad subordi- nada no a los valores del imperio (“los reyes de las naciones...”: Lc 22,25), sino a los principios del Reino.
“Y tomó a un niño, lo puso en medio de ellos
y, abrazándolo, les dijo...” (Mc 9,36)
Muchos han focalizado la novedad de la enseñanza de Jesús en las características del niño. Antes de explicar el sig- nificado de la presencia del niño, es importante considerar la novedad del camino que Jesús propone. En lugar de sumer- girse en una discusión para resolver un conflicto, como harían un maestro rabínico o un filósofo helenista, la pro- puesta es transformar la discusión en un nuevo modo de conocimiento por medio de elementos nuevos (“tomó a un niño”), de la reubicación de los elementos en juego (“lo puso en medio de ellos”) y de acogerlos con una afectividad trans- formada (“abrazándolo”) que corresponde a un nuevo modelo de masculinidad.
Tomar a un niño y abrazarlo no es una tarea masculina, sino una acción doméstica que corresponde a las mujeres y a los sirvientes. Jesús no ordena a nadie que le traigan a un niño, como ocurre en otras situaciones en las que envía a buscar una cabalgadura o a preparar la cena pascual. En Marcos y Lucas, él mismo es el sujeto de toda la acción; en Mateo, él mismo llama al niño, no se emplea la fórmula de protocolo del que tiene auto- ridad y hace llamar a través de una cadena de mando. Estos son indicadores claros de que el texto, en los tres evangelistas, aboga por una reconstrucción del modelo patriarcal6.
198 JESÚS, EL VARÓN
6De acuerdo con la experiencia moderna en la que hombres adultos están descubriendo que permanecer en contacto con niños les permite integrar su niñez con el adulto-niño. Los hombres que se aproximan a los niños comprueban que pueden ser nutrientes, comprensivos y amorosos. Algunos talleres de pater- nidad han ayudado a los hombres a entender y percibir la necesidad biológica de acariciar y tomar en brazos a niños.
La acción de abrazar expresada por medio del verbo enan-
kalizomai es también exclusiva de Marcos en todo el Segundo
Testamento. La próxima aparición del verbo tendrá lugar en la escena de Jesús con los niños (10,16). Lucas, en otra escena, recurre a este modo particular de acoger la novedad del Evangelio: Simeón toma en brazos a Jesús (2,28). El modo como Marcos nos informa sobre la afectividad de Jesús, sobre su cólera, su turbación y sus abrazos a los niños es un lugar común de la cristología del segundo evangelio, menos preocupado de presentar a Jesús como un ser divino sin vida afectiva7.
Dos textos contemporáneos del Segundo Testamento han sido considerados para ilustrar el carácter salvífico del abrazo, y en ambos casos son acciones femeninas realizadas sobre niños en una situación de peligro8. Estos ejemplos tomados
de la literatura clásica abren una pista para comprender cómo los evangelios están dirigiendo la atención hacia una mascu- linidad fuera de los criterios dominantes y cómo de este modo establecen que el discipulado cristiano implica un desafío a la actuación ordinaria de los varones, que están invitados a abra- zar la fragilidad y la pequeñez9.
7A. Miranda, I sentimenti di Gesù. 8
Plutarco (Frat. amor. 492D) describe una fiesta romana en la que las mujeres tomaban en brazos a los hijos de sus hermanas en conmemoración de Leucotea, quien asumió el rol de madre para su sobrino después de la muerte de su hermana. Diodoro (3.58.1-3) cuenta que Cibeles fue abandonada en una montaña recién nacida y salvada milagrosamente para convertirse luego en salvadora bajo el nom- bre de “madre de la montaña”. Los niños expuestos a la muerte “fueron salvados por su poder y tomados en sus brazos.” Ambos textos son citados por Judith M. Gundry-Volf, “The least and the Greatest: Children in the New Testament”, en Marcia Bunge (ed.), The Child in Christian Thought, Eerdmans, Grand Rapids (MI) 2001.
9Había una ceremonia en el hogar romano a los nueve días de nacer el niño: el padre tomaba en brazos a su hijo varón, que era colocado en el suelo. Se trataba de un ceremonial de reconocimiento del vínculo padre-hijo en el mismo día en que se ponía el nombre al pequeño (Suetonio, Ner. 6, 1).