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5.4.5 Some Important Limits

Un político de nuestro tiempo, Georges Clemenceau,1 dijo que te- ner genio es tener mal genio. Sin duda, Arthur Schopenhauer responde perfectamente a esta descripción. Fue un filósofo pesimista y malhumorado, pero también un extraordinario escritor. Las obras de Schopenhauer se leen hoy con interés intelectual pero también lite- rario, porque escribió de una manera vigorosa y lúcida. Inmerso por sus ideas y pensamiento en plena época del romanticismo, Schopen- hauer es uno de esos autores con el que se puede estar de acuerdo o no, pero nadie expresa mejor que él lo que piensa. Filósofo pesimista, habló del dolor y del sufrimiento de ese mundo, influido sin duda por el pensamiento oriental. De hecho, fue uno de los primeros pensadores occidentales que conoció a través de las traducciones de Friedrich Majer2 y de otros autores versiones de algunos textos budistas que hacían referencia al dolor de la existencia. ¿Cómo podemos escapar del dolor de la existencia? ¿En qué consiste este mundo en el que vivimos anhelando cosas que no llegan y nos hacen sufrir y cuando llegan nos sacian y nos hastían y nos proyectan hacia otros deseos? ¿Cómo podemos salir de ese círculo vicioso? ¿Cómo escapar de la maldición de la voluntad, de esa cadena de deseos y de dolores, esa suma de afanes y desasosiegos que conforman la vida humana? Estas preguntas y la búsqueda de sus respuestas conforman el núcleo del pensamiento de Schopenhauer.

LA AVENTURA DE PENSAR

EL HIJO DEL SUICIDA

Arthur Schopenhauer provenía de una familia de origen holandés. Su padre era un próspero comerciante. Nació en la ciudad libre de Danzig3 en 1788, y cuando fue anexionada al Imperio prusiano su familia se trasladó a Hamburgo. Allí el joven Arthur realizó sus pri- meros estudios. Al llegar a la adolescencia, su padre le permitió viajar por Francia e Inglaterra. Luego lo encaminó hacia la carrera co- mercial.

Sin embargo, en 1805 el padre de Schopenhauer se suicidó y, poco después, el joven le manifestó a su madre, con la que siempre tuvo una pésima relación, que deseaba dejar el negocio familiar y de- dicarse al estudio. Con tal fin requirió su parte de la herencia y co- menzó a estudiar medicina, química y matemáticas en Gotinga4 y después filosofía en la Universidad de Berlín. En 1813 obtuvo su doctorado en la Universidad de Jena con una tesis titulada Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente. La originalidad de

Schopenhauer radicaba en la demostración de que el principio de razón suficiente, que establece que no hay nada que no tenga una razón de ser, se manifiesta en cuatro formas distintas, irreductibles entre sí. Para ello, reducía todos los aspectos de la realidad a cuatro clases básicas. A saber: los objetos empíricos, los conceptos abstractos, los objetos matemáticos y el yo, que es el objeto del autoconocimiento. El principio de razón suficiente no se aplica de igual manera a estos diferentes fenómenos. Entre los objetos empíricos aparece como explicación causal, entre los conceptos abstractos como deducción lógica, entre los objetos matemáticos como consistencia, y respecto de los hechos del yo como determinación del carácter y motivación. A pesar de su novedad y rigor, esta tesis fue recibida con bastante indiferencia por el mundo académico.

En 1819 dio a conocer El mundo como voluntad y representación,

que sería su obra más importante. En ella interpretó la «cosa en sí», el

ARTHUR SCHOPENHAUER

NOSOTROS SOMOS LAS VÍCTIMAS

La mayoría de los pensadores tienden a plantear que el mundo en su conjunto es bueno y racional y que los malos somos los seres humanos, que nos dejamos arrastrar por pasiones, intereses y deseos inconfesables. El pensamiento de Schopenhauer es precisamente lo opuesto. Nosotros somos las víctimas, los que padecemos, y el mundo, el conjunto —no digo el cosmos porque él no lo ve como un cosmos, como un orden, sino más bien como un colosal desorden— es lo malo, lo siniestro, lo que está poseído por un afán incansable de oposición, de destrucción, lo que busca y desecha cosas de forma constante. Los individuos, naturalmente, estamos contagiados por ese mal universal, pero al menos podemos intentar escapar de él por la vía de la razón, que tiene una función práctica: liberarnos de los males del mundo. Quien se deja llevar por la pasión, por el deseo, o por la voluntad está condenado, continuará el ciclo permanente que lleva de sufrir por no tener, o a tener y por lo tanto sufrir por hastiarse de tener. La razón es la que nos puede mostrar las cosas tal como son y al verlas hacernos renunciar a esa voluntad que nos constituye. Para Schopenhauer, la gran voluntad cósmica que lo mueve todo es una especie de monstruo terrible, que desea de forma permanente, y acumula el frenesí de las pasiones sin ningún objeto porque desea cosas que no llevan a nada, más que a seguir deseando. Es decir, desea desear. La voluntad lo que desea es querer siempre más y prolongar esta especie de terrible circo de las pasiones y de los enfrentamientos. La razón nos puede revelar la voluntad tal como es, y al verla sentir el lógico rechazo y renunciar a participar en ese juego del cual nadie puede salir bien parado.

Schopenhauer, fuertemente influido por la sabiduría oriental, es quien ha tenido la visión más profunda en la cultura occidental acerca de la relación entre la muerte y la individualidad. Según él, salvo la individualidad misma, nada muere con la muerte. Dice: «La muerte es un sueño en el que la individualidad se olvida; todo el resto del ser tiene su despertar, o, mejor, no cesa de estar despierto». Cuanto somos es reciclable, salvo la individualidad que juntamente nos cons-

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tituye y acongoja. La individualidad, por su parte, es una tenue ficción a través de la cual la voluntad universal se afirma en cada cual. Es, además, fugacísima e imperecedera, por lo que nuestro temor es vano.

Para Schopenhauer, nadie vive en el pasado ni en el futuro, cada individualidad no tiene otro lugar que el presente, el aquí y ahora, que es un dominio seguro que no nos pueden arrebatar. Quien le tema a la muerte, tiene miedo de perder el presente, caerse de él, un temor tan absurdo como el de la persona que, entendiendo que vivimos sobre un globo, temiera que uno de los giros de la Tierra fuese a precipitarse al vacío. Si nos reconciliamos individualmente con el presente podemos tenernos por invulnerables, porque el individuo siempre es ahora y la muerte siempre llega luego. Según Schopenhauer, los seres humanos no temen perder la vida o el mundo —cuya eternidad está asegurada—, sino su propia entidad individual, la cual está necesariamente ligada al presente y por lo tanto no debería inquietarse por ningún futuro salvo por los dolores del presente mismo.

VOLUNTAD RABIOSA Y CONDENSADAMENTE CORPORAL

Según Schopenhauer, todo lo que se mueve y, aún más radicalmente, todo lo que existe hace ambas cosas porque quiere. La voluntad es la urdimbre de todo lo real, aún más, la única realidad en el fondo de lo aparentemente real. Las leyes de la naturaleza son pautas que repiten el juego sin motivos de la voluntad cósmica. Pero no revelan inteligencia, sino que la inteligencia humana se revela al descubrirlas y formularlas. En cuanto al encadenamiento de causas y efectos, todo lo que hay y lo que ocurre está férreamente determinado, es necesario. Pero en cuanto todo proviene del actuar de una voluntad sin por qué, ni motivos ulteriores, todo es libre en el más absoluto sentido del término. De modo que, para Schopenhauer, la necesidad no es en cierto modo sino un fenómeno equívoco que expresa la más radical libertad. Ahora bien, la voluntad de Schopenhauer no tiene un

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sujeto divino ni humano, sino que fabrica todos los sujetos. En el caso humano, el sujeto no protagoniza el impulso de la voluntad que lo constituye, sino que tan sólo lo padece.

La voluntad, según Schopenhauer, no tiene nada de incorpóreo, todo lo contrario. Es rabiosa y condensadamente corporal. Dominar la «ley del cuerpo», no la desvirtuaría en modo alguno. Su principal función es multiplicar y enfrentar las individualidades, promover en cada partícula un ansia de plenitud y a la vez frustrarla con todo tipo de limitaciones. La individualidad de todos los seres vivos les permite reproducirse y les obliga a aniquilarse. Por lo tanto, el sentimiento más propio por el que saboreamos la voluntad es el dolor. No sufrimos por desviarnos del dictado de la voluntad, sino por someternos cie- gamente a ella.

Schopenhauer considera que sólo oponiéndonos a la voluntad, aboliendo su ímpetu, podemos suspender el dolor y el mal. La socie- dad no puede ser sino un intento de paliar los efectos atroces de la vo- luntad en marcha, equilibrando dentro de lo escasamente posible sus padecimientos. La fórmula es expresada mediante su famosa metáfora de la convivencia de los puercos espines. Ni tan alejados que se mue- ran de frío, ni tan amontonados como para herirse con las espinas.

Para Schopenhauer, la salvación ascética o mística es patrimonio del individuo capaz, a la vez, de renunciar a su particularidad y a la totalidad en la que dolorosamente se inscribe. Esa persona tiene la fa- cultad de abandonar la autoafirmación engañosa de su irrepetible di- ferencia y por tanto se excluye del caos general, creador incansable de diferencias y de individualidades.

En 1836, Schopenhauer publicó un ensayo filosófico titulado So- bre la voluntad en la naturaleza, que, como sus obras anteriores, pasó

casi inadvertido. Entre 1839 y 1840 dio a conocer dos artículos sobre ética, que reunió en un volumen titulado Los dos problemas fundamentales de la ética. El primero de ellos, que trataba sobre el

libre albedrío, obtuvo un premio de la Academia de Ciencias de Noruega. En 1844 publicó una segunda edición de El mundo como voluntad y representación, en el que incluyó unos cincuenta nuevos

capítulos. En 1859 fue editada una colección de artículos y aforismos suyos bajo el título de

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Parerga y Paralipómena, lo que significa algo así como «cosas

insignificantes o accesorias y cosas omitidas o pasadas por alto», obra que le dio fama inmediata. La segunda mitad del siglo xix fue más receptiva a la visión pesimista y desencantada del filósofo de lo que había sido la primera. De toda Europa llegaban visitantes ilustres para conocer al filósofo, muchas universidades favorecieron la discusión de sus ideas, y se le hicieron numerosas invitaciones y homenajes. En virtud de este éxito, dio entonces a la imprenta una tercera edición de

El mundo como voluntad y representación, nuevamente ampliada.

FREUD Y LA SEXUALIDAD EN SCHOPENHAUER

Además de filosofía, Schopenhauer escribió sobre muy diversos temas: duelos, espiritismo, el amor y la mujer. Es uno de los pocos pensadores que habló de la sexualidad. Los filósofos en general suelen ser bastante asexuados en su obra, pero no sucede así en el caso de Schopenhauer. Habla de la heterosexualidad y de la homosexualidad, y convierte ese afán de la sexualidad en uno de los motores centrales en que la voluntad se expresa. Así, encuentra perfectamente astuto que sea la actividad sexual la recompensada con el máximo placer, pues es precisamente aquella en la que el individuo presta a la especie un servicio que a él mismo en nada le beneficia, sino probablemente todo lo contrario; así se explica también el post coitum omne animal triste:

pasado el espejismo placentero, el hombre se da cuenta de que es manejado por algo que le supera y sin duda le destruirá. Cada orgasmo se presenta como un fin, sin otro futuro que esa negación del futuro que llamamos satisfacción. Pero enseguida el individuo se entera de que el espectáculo no ha sido montado en su beneficio y que volverá de inmediato a la insatisfacción, porque es más útil que esté insatisfecho.

En todo esto hay un importante legado a la posteridad, porque nada menos que Sigmund Freud encontró en la obra de Schopenhauer el primer atisbo del planteamiento del psicoanálisis. Hasta tal punto, que la teoría de la locura en Schopenhauer es muy semejan-

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te al pensamiento de Freud. Incluso habla de que hay mecanismos de olvidos en que lo olvidado es sustituido por falsos recuerdos. De cual- quier manera, Freud se sintió obligado a decir que él no había leído a Schopenhauer hasta después de haber expuesto su doctrina, cuando se le señaló el parecido existente entre la teoría del psicoanálisis y el pensamiento del filósofo. En febrero de 1914, Freud declaró que Schopenhauer era «el único pensador que había, antes de él, estable- cido y formulado los principios fundamentales del psicoanálisis».

En efecto, hay una relación entre ambos cuando se refiere al mundo de lo irracional que se sublima en lo racional. Ese universo de pulsiones que nos puede llevar al desgarramiento íntimo e incluso a la locura, ese planteamiento de la base que no razona sobre la que se establece la frágil mente y la razón.

En su obra, Schopenhauer percibió que nuestro cuerpo nos es dado como objeto fenoménico, a la vez que, interiormente, como voluntad de vivir. Somos una corriente agitada de pasiones e impul- sos. Nuestra interioridad es la vía regia para acceder a la cosa en sí, en tanto somos criaturas de voluntad.Y, según Schopenhauer, todo lo es. Toda la realidad es en el fondo un querer que se quiere infinitamente a sí mismo en la multiplicidad de sus objetivaciones, sin alcanzarse nunca. Incluso nuestro entendimiento es un recurso de ese todo que es voluntad en virtud del cual somos un deseo eternamente insatisfecho. Corremos detrás de diferentes objetos sólo para jamás alcanzarlos o, si los alcanzamos, para enseguida hartarnos de ellos. Porque todos esos objetos son sólo representaciones que la misma voluntad pone ante nosotros. Nuestra vida es, por eso, permanente sufrimiento.

LAS VÍAS DE ESCAPE

Para escapar de esta maldición hay tres vías. La primera es la con- templación estética, porque, aunque sea por pocos instantes, en ella la voluntad se aquieta, se suaviza. Las otras dos vías, como luego ve- remos, son el ascetismo y la compasión. Las diferentes artes se co-

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rresponden a diversos grados de objetividad de la voluntad, desde la arquitectura, a través de la escultura, la pintura y la poesía, hasta la tragedia, en la que se presenta el conflicto de la voluntad consigo misma. En mayor o menor medida, todas las artes son liberadoras, al permitir el surgimiento de la contemplación desinteresada, aunque no alcanzan para redimir al hombre de la vida, sino que sólo significan un alivio momentáneo.

Schopenhauer fue un hombre extraordinariamente dotado para la percepción artística. Le encantaba el teatro y la literatura, en especial la española. Pero, sobre todo, tenía un entusiasmo especial por la música, que era, según él, la mejor vía para expresar en qué consiste el universo con más precisión que la palabra y que la reflexión. Para Schopenhauer, cuando escuchamos una gran pieza musical es como si oyéramos el rumor de la voluntad y del mundo. Algo a la vez se- ductor, crispante, relajante, vigorizador. Esuchamos la voluntad mis- ma por medio de la música.

En 1983, a raíz de una exposición de fotografía celebrada en Madrid, escribí un texto para el catálogo en el que hacía algunas consideraciones sobre la relación de Schopenhauer con el arte. Entre otras cosas, señalaba: «El filósofo mostró en los últimos años de su vida (en los primeros, por razones obvias, le hubiera sido imposible) una notable afición a la fotografía. Fue un gusto un tanto unilateral, pues lo único que le interesaba era su propia efigie. Se sacó varios re- tratos, con poses estudiadas de hombre célebre, lo que por aquel en- tonces comenzaba por fin a ser. Poco quedaba en ellas del atractivo joven de cabello ensortijado y ojos relampagueantes que escribió El mundo como voluntad y representación y compartió amores

enVenecia con Byron,5 Leopardi6 y Chateaubriand.7 Aparece más bien como un viejo buho sarcástico, con pinceles canosos erguidos en la sien, leontina en el chaleco y una semisonrisa tensa y cruelmente regocijada. Se notan en esas imágenes las decenas de minutos en paciente pose y la vanidosa fascinación por la fidelidad imparcial del ojo mágico de la cámara. Que él tenga la última palabra, se dice el furibundo sabio en sus postrimerías, que él guarde apaciguada la forma de mi voluntad ya casi exhausta dispuesta para retornar a la confusión

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originaria y al estruendo matriz del anhelo sin meta... Creyó Scho- penhauer que el arte era representación pura en donde la voluntad suspendía su tráfago acuciante. Imagen del deseo, nirvana ilustrado, en la obra de arte pide tregua la vigilia brutal del querer ser y se ex- pone sencillamente, cloroformizada por la belleza pura. La música, como debe recordarse, era la más nítida y honda de estas plasmaciones improbables; la literatura en cambio, permanecía contagiada por complicidades apasionadas imposibles de purgar por completo. No tuvo tiempo el filósofo pesimista de hablar de la fotografía. ¿La hu- biera adscrito sin más al orbe de la plástica figurativa, como una rama mecánica de la pintura? Su capricho senil por ella, dejando aparte la complacencia en su notoria egolatría, apunta quizá a un reconoci- miento de índole diferente. En el ojo de la cámara ya no quedan sino ecos de las tormentas que se fraguan y disuelven en el alma del más puro de los artistas. Es, en verdad, un creador apático, sin libido, que nada espera ni nada exige del modelo que se le ofrece. A su lado, la pintura aún está llena de frenesí: no hay que comparar una fotografía pornográfica con un dibujo de simple intención erótica... Si algún sentimiento hay que suponerle a la cámara es precisamente el más moral de todos según la ética schopenhaueriana: la compasión. Dolores universales de la avidez y de la lucha a muerte por la vida, de la decadencia y de la insatisfacción necesaria, congelados por una piedad fríamente fiel a la apariencia. Incólume de arrebatos, humilde. Ante el ojo compasivo de la cámara fotográfica quizá el viejo Schopenhauer, atrabiliario y conmovido, buscó la rendición de los temblores esenciales de la carne que no supo darle, allá en la remota Venecia de su juventud, refugio de vibrantes pesimistas, la dulce boca de Teresa Fuga».

HAY OTRAS OPCIONES

La segunda vía que plantea Schopenhauer consiste en desenamorarse de la vida. Porque es la voluntad la que nos hace apegarnos a la vida. En este camino ascético se desarrolla la compasión, por la que

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me hago cargo de todo el sufrimiento del mundo, busco activamente el sufrimiento propio y ajeno, de modo que mi interés por la vida va disminuyendo progresivamente. Se trata de cambiar la voluntad por la

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