CHAPTER 2. THE TWO THREADS TO THE DEVELOPMENT
2.2 Section 2 Thread B, Sun/Fire
2.2.1 The Son of the Sun-god as King in Ancient Egypt
104. Se suprime en el núm. 33 la cláusula que dice: «Vespere quoque suum lectum praeparet unusquisque».
105. Renuévese el núm. 36 acerca del silencio, redactándolo de forma más positiva, comprensible a la mentalidad de hoy que rehuye las normas coercitivas, si no ve el sentido.
106. Para el núm. 37 se propone: *Per tempus a Superrioribus determinandum requiescant +. Los criterios y el tiempo se concretan en el Directorio.
107. Sobre el núm. 44 que regula las salidas de casa, se propone: a) quitar todo lo referente al compañero; b) hacer más realizable lo del permiso del Superior para las salidas y la obligación de presentarse a él al volver a casa.
Para el Directorio
108. El silencio tiene un profundo sentido religioso y una gran actualidad, porque hoy se ha puesto más de relieve la teología de la Palabra: la Palabra de Dios alimento del alma, soporte de la energía de la Iglesia (cf. DV. 21): y la palabra del hombre, diálogo entre hermanos e instrumento de la comunión de la Palabra de Dios en la unión fraterna.
El silencio en la Liturgia y en la vida espiritual es la acogida que ofrecemos a la Palabra de Dios en nuestro interior para asimilarla en la meditación. Otras veces, el silencio es el ámbito en el que se
prepara nuestra respuesta personal al Señor, que luego se exterioriza en la respuesta conjunta de la asamblea reunida.
En la vida de comunidad el silencio crea el ambiente en el que se hace posible la captación de la verdad en el estudio y el trabajo: y se logra la maduración de la verdad meditada o contemplada, en orden a ser después transmitida a los demás por el ministerio o por la comunicación fraterna.
Respecto de nuestros Hermanos el silencio será el reconocimiento de nuestro respeto y caridad hacia su trabajo, su estudio o su descanso.
Y si en la Liturgia hay momentos llamados fuertes, por la intensidad de su contenido y por la especial manera en que debemos vivirlos, asimismo existen momentos fuertes de silencio, en torno al trabajo, al estudio, a la meditación y contemplación, y aun al mismo descanso de nuestros hermanos. De esta manera, a la teología de la palabra, responde una fecunda teología del silencio, porque el silencio, así vivido, hace posible la aceptación de la palabra, la captación plena de la Palabra y del Espíritu, la respuesta personal a esa misma Palabra, y el amor respetuoso a los hermanos que se entregan a la oración, al trabajo o al descanso.
109. El descanso. Se deja á los Superiores Provinciales determinar el número de horas de descanso para sus respectivas provincias, que, sin embargo, no deberá ordinariamente exceder las ocho horas.
Los principios que se han de tener presentes para esta determinación son los siguientes: la salud de los individuos, las exigencias de la vida apostólica y el espíritu de mortificación religiosa.
La fijación del horario para acostarse y levantarse queda a cargo del Superior de cada casa con su Consejo.
110. El ayuno. a) Nuestras comunidades manifiesten colectivamente el sentido de penitencia por la práctica semanal del ayuno prescrito por las Ss. Constituciones y por la abstinencia tradicional. Cada Provincia determinará la manera de practicarlo.
b) Se recomienda que el ahorro resultante de esta práctica de penitencia se invierta en favor de nuestros misioneros de infieles o equiparados.
111. El trabajo. Insistimos en la obligación de evitar la ociosidad y de dedicarse al trabajo como una exigencia y consecuencia del voto de pobreza y como un servicio a la comunidad.
Favorézcase el trabajo doméstico de los sacerdotes dentro de nuestras comunidades, sin perjuicio de los ministerios apostólicos y de ]a preparación que para ellos se exige.
112. Las vacaciones.
a) Siguiendo el espíritu manifestado por el Concilio en PO. 20, los Superiores han de procurar que todos los miembros de la Congregación *disfruten de un tiempo debido y suficiente de vacaciones ~. Los Superiores Mayores, atendiendo a las modalidades de cada país, darán los criterios que se han de tener en esto, con el fin de que, juntamente con la salud de nuestros hermanos, se salvaguarde el bien de las relaciones humanas en nuestras casas y la eficacia de la acción apostólica. Por otro lado, se recomienda a todos atender a las exigencias de la pobreza religiosa y del testimonio de austeridad apostólica en todo momento.
b) Para los misioneros que trabajan fuera de la Provincia de origen en el extranjero, se autorizará que puedan regresar a ella periódicamente para disfrutar allí, en conformidad con el espíritu antedicho, de algunos meses de descanso y renovación.
C) Sobre los actos de piedad
Parte doctrinal
113. Adoptamos las conclusiones de la Comisión doctrinal, núms. 133-135.
El Concilio, al exhortar a los religiosos a cultivar el espíritu de oración y la oración misma les invita a hacerlo bebiendo en las “genuinas fuentes de espiritualidad cristiana”, esto es, en la Sagrada Escritura y en la Eucaristía (PC 6; cf. PO 14, 18). No se trata solamente de un principio proclamado teóricamente.
El mismo documento explica: “Ejecuten, de corazón y de boca, según la mente de la Iglesia, la Sagrada Liturgia, señaladamente el sacrosanto misterio de la Eucaristía, y alimenten su vida espiritual de esta riquísima fuente” (Ib.). La Misa une maravillosamente Escritura y Eucaristía en sus dos partes complementarias de una única celebración: Liturgia de la Palabra y Liturgia Eucarística (SC 56). A este acto central de culto acompaña el oficio Divino, oración pública de la Iglesia a través de la meditación y proclamación de la misma palabra inspirada.
Si la piedad de nuestras comunidades respeta la primacía de la Eucaristía y del oficio Divino, vivirá ciertamente al ritmo del año litúrgico, a lo largo del cual la Iglesia celebra el Misterio de Cristo. Nuestra piedad será, por tanto, eclesial y pascual. El principio que regula las demás formas de piedad comunitaria lo da el Concilio: deben “organizarse teniendo en cuenta el ciclo litúrgico, de modo que vayan de acuerdo con la liturgia y, en cierto modo, deriven de ella y a ella conduzcan” (SC, 13; Instr. “Inter Oecumenici”, 17).
115. Puntos de orientación.
Para una recta y prudente ordenación de la piedad en la Congregación hay que tener en cuenta tres criterios fundamentales: a) la naturaleza intrínseca de los actos de piedad; b) la naturaleza específica de nuestra vida común en la Iglesia; c) las exigencias de la renovación acomodada.
a) La naturaleza intrínseca de piedad, según sean litúrgicos o ejercicios piadosos; según estén ordenados inmediatamente a la santificación personal o a la gloria de Dios; según sean por su naturaleza comunitarios, colectivos o privados. b) La naturaleza de nuestra vida religioso apostólica (cf. PC. 8) que siendo verdadera vida común no es ni monástica ni conventual (cf. PC. 9). En efecto,
el oficio principal de los monjes es rendir a la Divina Majestad un servicio a la vez humilde y noble dentro de los muros del monasterio. Los conventuales pueden dedicarse al apostolado intenso aun fuera del monasterio, pero tienen que salvar el oficio coral y las observancias monásticas. En los Institutos que hemos recibido la acción apostólica como misión de la Iglesia, procurando por encima de todo nuestra unión con Cristo de la que ha de proceder la acción apostólica, debemos ajustar nuestras observancias con los requisitos del apostolado al cual la lglesia nos ha dedicado.
c) Las exigencias de la renovación acomodada. En primer lugar, la vuelta al Evangelio según la inspiración primigenia del Fundador. En la ordenación de la piedad nuestro Padre Fundador ha tenido en cuenta nuestra misión en la Iglesia. Por una parte inculca el valor de la oración (“quod ipsis ante omnia est curandum” (Const. 1, 110); señala las formas que convienen al carácter de nuestra vocación religioso-apostólica - de culto, de interiorización de la Palabra, de formación - y por Constitución no nos ha impuesto ni la forma coral ni la forma colectiva para facilitar la ordenación de la piedad y del apostolado. Los Capítulos y los Superiores han ido adaptando esta orientación fundamental a cada tiempo y lugar.
La segunda exigencia de la renovación adaptada es la voluntad de la Iglesia manifestada en el Concilio y en los documentos postconciliares. Nos dice que valoricemos los actos de piedad según su naturaleza y función, que purifiquemos nuestra piedad vocacional de los elementos extraños y que nos adaptemos a las condiciones sicológicas, físicas, etc.
Se recordará que en nuestra Congregación, mientras vivió el Fundador fueron actos de piedad privados: la meditación, la lectura, el examen; el ejercicio de la mañana y de la noche; eran colectivos: las visitas después de las comidas y más tarde el rosario después de la conferencia de ascética y mística antes de cenar. En misiones eran colectivos con el pueblo el ejercicio de la mañana y de la noche y el rosario.
PARTE DISPOSITIVA