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Sea cual sea el modelo de universidad que impere o desde el que se actúe, la universidad como institución de educación superior desempeña un papel fundamental en el desarrollo de los individuos por el doble efecto que produce: por un lado va a permitir al individuo lograr la adquisición de actitudes y normas que le resultan indispensables para su integración social, tanto en sus contextos más cercanos como en los más lejanos; y por otro, le tendrá que facilitar la obtención de conocimientos, habilidades y competencias que le permitan realizar actividades profesionales que le aseguren el bienestar. Es decir, debe armar al individuo para que sea capaz de dirigir su propia transformación hacia una actitud crítica y con conciencia social que a la vez le permita ejercer la libertad en un contexto global.

El contexto, referido en las líneas precedentes, se dibuja incierto e interdisciplinario, en el que el individuo se siente inseguro, pero que dotado de recursos de conocimiento no tiene por qué vivirlo con perplejidad. Traemos aquí la imagen utilizada por Bauman (2007):

Tiempos Líquidos, para ayudarnos a describir la situación actual en contraposición con la sociedad anterior de estado sólido, donde las fronteras estaban perfectamente definidas, y eran en muchas ocasiones casi infranqueables; contra las de hoy en día que se dibujan con una pequeña línea en ocasiones discontinua en la que las personas, los bienes y el propio conocimiento fluyen a gran velocidad.

Esta nueva situación exige una redefinición de conceptos tan sencillos como el tiempo y el espacio, en los que el individuo vuelva a sentir seguridad para poder garantizar su desarrollo y se fomente una buena disposición al cambio. A la vez, requiere reflexión por parte del individuo sobre esos nuevos conceptos de tiempo y espacio, que le toca vivir como autor y actor de su realidad y no como espectador. Su integración es el resultado no solo en el contexto, sino con él; es decir, no es una simple adaptación sino la capacidad de ajustarse a ella y transformarla. Para apoyar esta idea nos resulta interesante la visión que expresa Arrow (Canals, 2003) sobre el conocimiento de los individuos, que lo describe como “un conjunto de distribuciones de probabilidades que refleja nuestra visión del mundo” (p. 28). Y de alguna manera transporta la manera en la que esperamos cada uno de nosotros que la gente se comporte en el mundo; por un lado, nos dará pistas para adaptarnos y por el otro para transformarlo; lógicamente cuanto más varía el contexto más nos veremos obligados a modificar nuestro conocimiento y como consecuencia a generar uno nuevo. Esta es una idea ya planteada en el capítulo anterior cuando hemos abordado el carácter obsoleto, cada vez más evidente, de los conocimientos no solo para el individuo, sino también para la propia sociedad.

La universidad representa un magnífico terreno en este proceso de superación de inseguridades vía adquisición de conocimientos por parte del individuo, donde el conocimiento desempeña un papel preponderante en la transformación de la sociedad, a la par de ser clave para el crecimiento económico; de ahí que el contexto global actual se defina como la sociedad del conocimiento. Para cualquier individuo la posibilidad de poder disfrutar de la información al convertirla en conocimiento, a través de los procesos de aprendizaje, es fundamental para la expansión de sus libertades; con lo que la adquisición de conocimientos se convierte en una estrategia indiscutible para el fomento del desarrollo humano; frente a esta visión, nos encontramos con la que traduce el conocimiento en

productos y servicios, y tal mercancía –el conocimiento– se pone al servicio del mercado como única meta.

Así, en este ambiente, las fuerzas del mercado incrementan su presión sobre el tipo de conocimiento que se debe generar, dejando de lado la autonomía de la que siempre ha disfrutado el desarrollo científico en las universidades. Luego, al ser la universidad una de las principales fuentes para generar y socializar el conocimiento, adquiere una mayor relevancia el impacto que la misma puede ejercer en su entorno. Scott (cit. por Ginés Mora, 2004) describe las características del nuevo escenario de actuación para las universidades: a) aceleración de la innovación científica y tecnológica; b) celeridad de los flujos de información en una nueva dimensión del tiempo y del espacio; c) aumento en la mayoría de los fenómenos de la complejidad.

Ante estas circunstancias una de las consecuencias negativas es que el desarrollo científico quede reducido a una fuerza de producción y así se permita la legitimación de políticas que se orienten a la aplicación directa del conocimiento al mercado (Herrera et al., 2009); en el otro extremo, nos encontramos la vinculación del desarrollo científico con la reducción de la marginación y el impulso del desarrollo humano. Es en este sentido en el que el desafío para el futuro radica en impulsar una globalización justa que dibuje escenarios de mayores niveles de equidad. Las dos situaciones que acabamos de describir nos ayudan a ubicar las lindes de la polémica en la que se encuentra inmersa la educación superior (Tabla 2.3.) en el debate del tipo de desarrollo, el cual suele estar cargado de grandes contradicciones; a sabiendas de que corremos el riesgo de simplificar un problema complejo y en continua evolución.

Tabla 2.3.: Límites del futuro de la universidad

El desarrollo científico Con el crecimiento

económico Con el desarrollo humano Financiación Se restringe la estatal y se impulsa la privada El Estado reconoce su responsabilidad con las

universidades públicas

Universidades privadas Se favorecen Se acepta, pero desde el Estado se regula el funcionamiento y se controla la calidad

Acceso En función de las demandas del mercado Se promueve y se amplía la oferta pública Creación del conocimiento Vinculado al crecimiento económico Vinculado al desarrollo humano Socialización del conocimiento Limitada En función de las demandas sociales Estructura organizativa Vertical Horizontal. Se promueve la participación

Fuente: Elaboración propia

Para poder entender cómo se refleja en la educación superior el enfoque de una economía basada en el conocimiento alentada por diversos organismos, y el reto que esa manera de mirar tiene para la institución universitaria, es importante tener en cuenta cuando

la OCDE en 1995, es consciente de la necesidad de identificar las causas del crecimiento económico, y entre ellas señala el conocimiento y la tecnología que las califica como causas endógenas; así las claves para el crecimiento económico las encuentra en la innovación, investigación y aprendizajes de calidad, sin olvidar las formas en las que se distribuyen entre la población (Robertson, 2008). En este contexto las universidades tienen tres funciones básicas: generación de conocimiento –a través de la investigación–, transmisión del conocimiento –a través de la educación– y transferencia de conocimiento –a través de la contribución a la resolución de problemas sociales– (OCDE, 1996).

Por su parte, en 1998, el Banco Mundial publica el informe: El conocimiento al servicio del desarrollo”, en el cual se recogen políticas para la adquisición de conocimiento como: “regímenes comerciales abiertos, facilidades para inversiones extranjeras o concesión de licencias de tecnología” (p. 9). Como podemos constatar cualquiera de las políticas mencionadas mantiene una estrecha relación con el grado de competencia que se pueda alcanzar en el mercado; dicho de otra manera, tilda al conocimiento de mercancía. Y en el mismo informe, se reconoce que en ese momento en el mundo, “existe mayor desigualdad en la generación y adquisición de conocimientos que en los niveles de renta” (p. 2); en definitiva el Banco Mundial, con la publicación de este informe, reconoce al conocimiento como motor de tracción del desarrollo económico de los países. En informes posteriores, esta institución admite que se trata de una economía en la que prima el uso de las ideas en lugar de las capacidades físicas, y la aplicación de la tecnología en lugar de la transformación de materiales, buen ejemplo de ello es el programa de dicha entidad K4D –Knowledge for Development/Conocimiento para el Desarrollo– desde el que se plantea el objetivo de ayudar a los países a identificar sus fortalezas y debilidades respecto a la generación y adquisición de conocimientos, y así poder desarrollar políticas adecuadas para impulsar el desarrollo económico.

Aun sabiendo que la repercusión de la generación y renovación de conocimiento en el crecimiento económico de un país lo posiciona en el núcleo de su actividad productiva, se debe impulsar que, también, desempeñe un papel fundamental en el desarrollo humano; es decir, si bien el conocimiento entra en el juego de las leyes del mercado y se aviva la tendencia a su consideración como simple mercancía susceptible de apropiación privada, el mercado no debería fagocitar la elección del tipo de conocimiento que se genera, y por extensión perfilar el escenario de las universidades (BID, 2000; Brunner y Ferrada Hurtado, 2011; García-Guadilla, 1995).

La UNESCO (1998) impulsa esta idea cuando en el Artículo 1 del documento: La misión de educar, formar y realizar investigaciones de la Declaración Mundial sobre la Educación Superior en el siglo XXI: Visión y Acción, ratifica la necesidad de cuidar y fomentar, todavía más, las misiones y valores de la educación superior, y de manera específica la de impulsar el desarrollo sostenible y la mejora al conjunto de la sociedad; por lo que señala como visión para las universidades:

a. “Formar diplomados altamente cualificados y ciudadanos responsables, capaces de atender a las necesidades de todos los aspectos de la actividad humana, ofreciéndoles cualificaciones que estén a la altura de los tiempos modernos, comprendida la capacitación profesional, en la que se combinen los conocimientos teóricos y prácticos de alto nivel mediante cursos y programas que estén constantemente adaptados a las necesidades presentes y futuras de la sociedad.

b. Constituir un espacio abierto para la formación superior que propicie el aprendizaje permanente, […] y para promover el fortalecimiento de las capacidades endógenas y la consolidación en un marco de justicia de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la democracia y la paz”.

La sociedad que está en construcción es cada día más compleja, en ella los procesos de producción se complican, por lo que el conocimiento es un bien esencial y se evidencia como la nueva forma de capital (Drucker, 1994). La educación superior es claramente la nueva frontera de desarrollo personal y social para la población de todos los países (Carnoy, 2004). La educación que la sociedad exige debe ser “científica y crítica capaz de dotar al individuo de herramientas que le permitan manejar información de manera crítica y reflexiva, trabajar en equipo, promover el cambio de mentalidad y el Desarrollo Humano potenciado, productivo, sostenible y equitativo” (PNUD, 1995; p. 16), sin olvidar el logro de actitudes y valores para guiar y estructurar su ética personal y social.

El reto es impulsar una globalización justa, integradora y gobernada democráticamente donde los estados se sientan presionados para ofrecer oportunidades que garanticen la seguridad de los ciudadanos (OIT, 2004); o lo que expresaríamos desde el enfoque del espacio evaluativo de las capacidades, se generen factores de conversión que creen y amplíen las oportunidades de los individuos, en definitiva sus libertades.

En definitiva se proclama que la universidad debe volver al origen y tener en cuenta a la sociedad; lo que da pie a que las reformas universitarias en el mundo se multipliquen. Ahora bien, la cuestión a responder es si dichas reformas están provocadas exclusivamente por los problemas económicos de las regiones o van más allá e intentan colaborar a la implantación de un nuevo paradigma social.

2.2. CONOCIMIENTO-CRECIMIENTO ECONÓMICO. EL NEXO