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—No. Estoy... —Un suspiro lento—. Estoy asustada. Un poco...

Rayne no contestó inmediatamente sino que volvió a concentrarse en la carretera. Estaba casi desierta, y pasaron ante otra manada de vacas cuyos grandes ojos marrones las miraron con apenas un leve indicio de interés. Los cuerpos inmensos se movían despacio, con calma.

Pero antes de que pudiera contestar, Liv se inclinó hacia ella, sin llegar a tocarla, pero notó que esos ojos verdes la miraban.

—¿Cómo reaccionaron tus padres?

La cabeza morena se volvió un instante. Un ancho hombro se encogió.

—A mi madre no le pareció mal. Es decir, al principio no supo muy bien qué pensar, pero luego... —Una leve sonrisa—. Sintió curiosidad, más que nada. Ya sabes... sobre las "cosas". —Entonces Rayne se echó a reír, una carcajada profunda y sonora que inundó el pequeño coche por un momento—. Teníamos unas conversaciones tronchantes.

Liv sonrió y se movió de nuevo, esta vez apoyando el hombro en el de Rayne. Notó una mano cálida que le acariciaba el muslo un momento.

—¿Y tu padre?

La sonrisa desapareció y en su cara se formó una expresión pensativa.

—No lo entendía. Cuando se lo dije... se pasó dos meses sin hablarme, evitándome, y cuando yo intentaba hablar de ello con él, se enfadaba. —Una manita le cubrió la suya y sonrió—. No me malinterpretes. No me gritaba ni me insultaba... me miraba y yo lo veía en sus ojos. No sé... decepción, rabia... asco... Para entonces, yo ya estaba lista para marcharme a Alemania y en cierto modo

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me alegraba de irme. Mi madre me dijo que tenía que tener paciencia, que ya se le pasaría, pero... yo no me lo creía.

Delante de ellas se había parado otro coche y Rayne tuvo que frenar, lo cual le dio un momento para mirar a los cálidos ojos verdes. Sin pensarlo, se echó hacia delante y besó los suaves labios. Vio cómo los ojos verdes se cerraban.

—Fue durante la última noche que pasé en casa de mis padres —continuó al cabo de un momento—. Mi padre había pasado el día entero en el mar y con sus amigos. Para cuando decidí irme a la cama, todavía no había vuelto. Ya había aceptado que me iba a marchar sin despedirme de mi padre. Cuando me desperté... ya casi amanecía... estaba sentado en mi cama. Mirándome. No sé cuánto tiempo llevaba sentado allí. Pasó un largo rato sin que ninguno de los dos dijera una palabra, pero por fin él suspiró... y alargó la mano y me acarició el pelo, revolviéndomelo un momento. Eso era algo que hacía desde que yo era niña. "¿Eres feliz?" me preguntó y yo asentí. Bajó la cabeza y respiró hondo. Cuando volvió a levantar la mirada, sonrió. "Pues eso es lo único que importa". Y con eso, me dio beso en la cabeza y salió de mi habitación. Las cosas nunca volvieron a ser lo mismo entre los dos, pero... —Se encogió de hombros un instante. Se le había puesto la voz algo ronca y Rayne carraspeó.

Liv tragó y se enjugó unas lágrimas de la mejilla. —Te quiero.

Los ojos azules se volvieron de nuevo hacia ella. Y se ahogó en una oleada de calor.

—Yo también te quiero.

Se sonrieron un momento la una a la otra. Luego, señalando hacia delante, Liv dijo:

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Rayne asintió y comprobó que no venía tráfico hacia ellas. —Por cierto... ¿tus padres hablan inglés?

Liv se rió y asintió.

—Sí... y alemán también... por si acaso.

Rayne suspiró con alivio exagerado, lo cual le valió un ligero pellizco en el costado.

—Ay.

Giró el volante y entró en un camino que llevaba a una casa de típico estilo escandinavo, con la madera pintada de un relajante tono pardo, rodeada de enormes abetos. Para entonces ya se estaba poniendo el sol, que lo pintaba todo de un profundo tono naranja con levísimos matices de rosa.

Cuando aún no había apagado el motor, vio a dos figuras que salían de la casa saludándolas.

Liv respiró hondo y le apretó la mano. Y con una última mirada, salieron del coche.

La madera suspiraba melancólicamente, acariciada por una fría brisa nocturna. La casa estaba a oscuras salvo por una suave y delicada luz que iluminaba la sala de estar. Una alfombra de puntos luminosos titilaba sobre el telón de terciopelo que cubría el cielo.

En alguna parte maulló un gato y el sonido se oyó por todo el pueblo, produciendo extraños ecos y despertando a los perros, que se pusieron a aullar, creando una extraña armonía con sus ásperas voces.

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Una cabeza morena se volvió cuando otra rama rozó la parte de fuera de la pared. La madera volvió a suspirar.

Tras la cálida bienvenida de los padres de Liv, se instalaron en la sala de estar. Saludaron a Liv en sueco y hablaron un rato con ella, mientras Rayne sacaba su equipaje del coche.

Liv no tenía muchas oportunidades de hablar en sueco cuando estaba en Lübeck, y Rayne disfrutó del sonido de su voz al emitir ese idioma extrañamente arcaico. Sonaba duro y, sin embargo, tenía una tonalidad suave y delicada. La pequeña rubia tendía a susurrar en sueco cuando hacían el amor. Y después, acariciándole la cara, a veces le susurraba en su idioma materno. No siempre sabía lo que le decía, pero los sentimientos que había tras las palabras eran más que evidentes...

Oírla hablar en su idioma materno le daba un aire casi sensual.

Rayne carraspeó un poco y volvió a centrarse en las tres personas con las que estaba sentada en la sala de estar. La habitación estaba decorada con muebles de madera clara. Haya o pino probablemente.

Unas alfombras de colores tejidas a mano, típicas de Suecia y Noruega, cubrían el suelo de madera pulida.

Como era la costumbre en Escandinavia, en las ventanas no había cortinas ni visillos. La alta figura se reclinó un poco y consiguió ver las estrellas que titilaban en lo alto.

En ese momento, Liv y sus padres hablaban de un primo o algún otro pariente que se había metido en algún tipo de lío.

Rayne sonrió. En ningún momento le habían hecho sentirse como una intrusa. Mette, la madre de Liv, no paraba de hacerle preguntas sobre su trabajo, de

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dónde era originalmente, sobre su familia... su opinión sobre el tema del que estuvieran hablando.

Pero había una expresión extraña en sus ojos cada vez que la miraba...

Al mirar a la mujer de más edad, no le cupo duda de que Liv había sacado su belleza de ella. Aunque tenía profundos ojos azules, mientras que Liv los tenía verdes, y sus facciones tenían un aspecto mucho más maduro, estaba claro que Liv era hija de su madre. La misma sonrisa. Y los mismos ojos dulces y cálidos. Rayne estaba sentada al lado de la pequeña rubia y vio que Liv bostezaba por segunda vez en otros tantos minutos. Apenas consiguió evitar rodear con el brazo el cuerpo más menudo para que Liv pudiera apoyar la cabeza en su hombro.

Pero era evidente que su madre también lo había notado, porque dejó su taza de té y se echó un poco hacia delante.

—Cariño... qué cansada debes de estar. —Un vistazo al reloj que colgaba de la pared enfrente de ella—. Dios, si casi es medianoche.

Se levantó, seguida de su marido, que se estiró y les sonrió.

—Hemos preparado la habitación de invitados para tu amiga... y esperemos que te acuerdes de dónde está tu habitación, ¿eh? —Su tono era de guasa, pero frunció un poco el ceño al no obtener la respuesta que esperaba.

Los ojos verdes se encontraron con los azules claros.

Henrik observó el silencioso intercambio y sacó la conclusión equivocada.

—Señorita Wilson... no estaría usted pensando en marcharse, ¿verdad? Para eso tenemos la habitación de invitados. Puede quedarse sin el menor problema. — Les sonrió como para tranquilizarla.

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Rayne estaba a punto de decir algo cuando intervino la voz de Mette.

Había observado a su hija y su amiga desde que habían llegado. Y casi desde la primera mirada que dirigió a la cara de su hija, había sospechado algo.

Era por la forma en que siempre se las arreglaban para estar cerca la una de la otra. Aunque no se tocaran. Simplemente una necesidad inconsciente de estar cerca. Era por la forma en que esos llamativos ojos azules de Rayne se suavizaban en el momento en que se posaban en Liv. Hasta la voz le cambiaba y el zumbido grave adquiría un tono cariñoso y cálido. Era por esos pequeños gestos que apenas parecía capaz de controlar... Liv también lo hacía, aunque tocaba a Rayne de vez en cuando con una familiaridad que sólo...

Dando un paso al frente, miró a su hija. Ladeando la cabeza, preguntó: —Hon är din älkare. —Sólo que no era una pregunta.

Liv soltó un suspiro lento.

Henrik tardó un momento en asimilar las palabras y entonces abrió mucho los ojos verdes.

—Vad?!

Rayne los observó atentamente y se acercó más, protegiendo a Liv con su alta figura. Y como si ésta fuera la seguridad que necesitaba, Liv se irguió.

—Ja.

—Espera, espera, espera... ¡¿me estás diciendo que sois amantes?! —Henrik parecía algo conmocionado y tenía la voz extrañamente áspera.

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—¡No! —Esta vez la voz sonaba fría y retrocedió un paso—. ¡Quiero una respuesta!

Como no estaba dispuesta a quedarse a un lado y dejar que Liv cargara con toda la rabia, Rayne colocó las manos sobre los hombros ligeramente temblorosos que tenía delante y notó que Liv se apoyaba en su propio cuerpo. Sólo podía suponer lo que se había dicho, pero...

Clavando en Henrik su mirada más fría, dijo:

—Si lo que ha preguntado es si su hija y yo nos amamos, la respuesta es que sí. Lo dijo en un tono bajo y tranquilo, pero él lo percibió en sus ojos. Esos ojos claros que le decían que se apartara.

Se erizó ante el desafío y volvió a dar un paso al frente. —¡Fuera de mi casa!

—¡Henrik! —Fue la voz de Mette la que le gritó, parando cualquier otra cosa que pudiera haber dicho... y lamentado por la mañana. Poniéndole una mano en el brazo, intentó tranquilizarlo. Vio la expresión de Liv y supo que su hija estaba a punto de echarse a llorar.

También vio el evidente apoyo que buscaba con el íntimo contacto con Rayne. —No nos pasemos, Henrik. Es tarde. Todos estamos cansados. Vamos a hablar de esto por la mañana... con calma. —El último comentario era para su marido. Pero éste la miró furibundo, se dio la vuelta y se dirigió a la cocina.

Liv tragó. Tomó aliento temblorosamente y se volvió, buscando casi con desesperación el cálido abrazo que la rodeó de inmediato.

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—Lo siento, cariño. No sé qué mosca le ha picado.

—...da igual... —Un murmullo apagado, puesto que Liv ni se había apartado de los brazos de Rayne.

—No, no... no da igual, pero... hablamos mañana, ¿de acuerdo? La cabeza rubia asintió.

—Vale... ¿qué tal si os retiráis? ¿Sabes cómo llegar a tu habitación? —Era un pobre intento de bromear, pero consiguió hacer sonreír un poco a Liv y a Rayne. Mette se apoyó en el marco de la puerta de la sala de estar, observando mientras Rayne cogía su equipaje y seguía a Liv escaleras arriba. Y tomando aliento de nuevo, entró en la cocina.

Rayne dejó el equipaje en el suelo y se volvió hacia Liv.

La pequeña rubia estaba en medio de la habitación, con una expresión perdida en la cara. Volvió a tomar aliento temblorosamente y se mordió el labio inferior, esforzándose desesperadamente por contener las lágrimas que amenazaban con derramarse en cualquier momento.

Sabía que Rayne la estaba mirando.

Dios... después de todo lo que le habían contado Rayne y Lorenz, lo cierto era que no se había esperado que reaccionaran con gran alegría, pero con todo, la reacción de su padre le dolía. La expresión de sus ojos le dolía...

Notó una mano delicada en la barbilla y alzó la cabeza. Al mirar a los comprensivos ojos azules, todas sus intenciones se vinieron abajo y se echó a llorar con fuerza.

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Acogida en un refugio de calor y seguridad, siguió llorando.

No notó que Rayne se había trasladado con ella a la cama y se había sentado, colocándola en una postura más cómoda. Pero sí que oyó el canturreo de la voz grave.

—...no sé... no sé qué haría sin... sin ti...

Una mano cálida le frotó la espalda y notó la caricia delicada en la sien donde Rayne la besó.

Por fin se calmó. Respirando hondo, se frotó la cara con la mano e intentó sonreír sin fuerzas.

Y obtuvo un dulce beso.

—Todo va a ir bien... sólo tiene que asimilarlo. Seguro que mañana se disculpa. —¿Y si...?

Otro beso acalló cualquier protesta. —Todo va a ir bien.

Miró a aquellos ojos azules... y lo creyó. Sólo el hecho de tener a Rayne aquí significaba que todo iba a ir bien. Alzó la mano y tocó esos rasgos marcados, acariciándolos con delicadeza, perdiéndose en las profundidades azules.

—Te amo.

—Jag älskar dig.

Se sonrieron hasta que Rayne se echó un poco hacia delante y apoyó la frente en la de Liv.

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La cabeza rubia asintió y Liv se apartó, dejando que Rayne se levantara. Observó mientras la figura alta se movía por la habitación y volvía con sus pijamas.

Rayne se quitó la camiseta por encima de la cabeza y de inmediato sintió que Liv se pegaba a su espalda, acariciándole suavemente la piel de una forma que la alteraba mucho.

Notó un largo suspiro que le calentaba el hombro al tiempo que unos dedos tiernos acariciaban la pequeña imagen que encontraron en él.

—¿Cuándo te hiciste esto? —Un leve susurro.

Sabía que Liv intentaba hacerse la fuerte, no dejar que la reacción de su padre la afectara demasiado, pero también comprendía lo difícil que era.

Ver a alguien a quien quieres reaccionar de esa manera ante ti siempre dolía. Y dolería siempre.

Cerrando los ojos, respiró hondo, sin dejar de disfrutar de las delicadas caricias que le recorrían la espalda y de los sentimientos que creaban.

—Mmm... hace unos años. Una de esas locuras que hacía cuando era más joven —Puso a propósito tono de autocompasión y obtuvo la reacción que esperaba. El resoplido de una carcajada contenida subió flotando hasta ella.

Luego unos labios suaves acariciaron el pájaro. —¿Por qué un colibrí?

Se dio la vuelta. Cogiendo la delicada cara con una mano, se encogió de hombros.

—La verdad es que no lo sé. Vi el dibujo y... simplemente... —Su pulgar acarició la piel suave y sedosa—. Me pareció bien. Por algún motivo...

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Sonrió y se sentó en la cama. —Encajaba.

Liv se colocó entre sus piernas, notó las manos de Rayne apoyadas en sus caderas y se estremeció al sentir los labios suaves rozándole la tripa.

Pasó los dedos por la melena oscura y luego frunció pensativa las cejas claras. —¿Pero cuántos años tienes?

La risa grave le hizo cosquillas en la piel y se echó a reír, risa que se transformó rápidamente en un suave gemido cuando Rayne le levantó la camisa y una lengua cálida le acarició el ombligo.

—Treinta y dos este año.

—Eres mayor que yo. —Un suave susurro con la respiración entrecortada.

Miró a los divertidos ojos claros cuando las cejas oscuras se alzaron interrogantes. Liv le guiñó un ojo y se agachó para robarle un beso.

—Mi mujer mayor.

Eso hizo reír de verdad a Rayne, que hizo cosquillas a la pequeña figura que tenía en sus brazos, haciendo que Liv se debatiera en un débil intento de escapar.

—¡No bromees con eso! Voy a tener canas mucho antes que tú.

Lo dijo en broma, pero se quedó paralizada al darse cuenta de cómo sonaba. De lo que suponía...

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No es que no fuera cierto. Porque ya sabía que quería que su relación fuera seria. Que durara.

Para siempre...

Los inseguros ojos azules miraron a Liv parpadeando. Pero eso no quería decir que Liv quisiera lo mismo.

La pequeña rubia tragó. Ésta era en realidad la primera vez que Rayne decía algo que indicara lo que quería de su relación. Y por un momento Liv no supo si reír o llorar. Sus emociones seguían revueltas tras la escena con su padre.

Vio que los ojos azules la miraban con una expresión atormentada. Notó la rigidez de la alta figura. Está asustada. Cayó en ello de repente.

Tomando aliento con fuerza, apoyó la frente en la de Rayne, con los ojos muy cerca, y luego sonrió, sintiendo cómo Rayne poco a poco, muy despacio, se iba relajando.

Echó a un lado la melena oscura, un movimiento que se convirtió en una suave caricia cuando sus dedos bajaron por la mejilla de Rayne. Cerrando los ojos, volvió a besar esos labios suaves. Sintió los fuertes brazos que la estrechaban mientras las dos se perdían en su propio mundo durante una breve eternidad. Sin romper el contacto de sus labios, susurró:

—Qué ganas tengo de verlo.

Y entonces su espalda dio en la blandura del colchón y no hubo nada más salvo las delicadas caricias de Rayne y el fuego que iba creciendo en su interior.

De la alta figura que tocaba la suya cuan larga era no emanaba más que calor y amor, arrebatándolas a las dos en una oleada de emociones y sensaciones que parecían tan nuevas y, sin embargo, tan familiares que se dejó ir sin planteárselo siquiera. Confiando plenamente...

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