SPAN, CALIBRATION, AND LINEARITY
Section 9: Span, Calibration, and Linearity
Algún tiempo después del 4000 a.C, el gran Anu, soberano de Nibiru, vino a la Tierra en visita de estado.
No era la primera vez que hacía tan arduo viaje espacial. Unos 440.000 años terrestres antes -sólo 122 años de Nibiru-, su hijo primogénito, Enki, había liderado el primer grupo de 50 anunnaki que llegaron a la Tierra. Su objetivo era obtener oro, con el cual había sido bendecido este séptimo planeta. En Nibiru, la naturaleza y la tecnología se habían combinado para enrarecer y dañar la atmósfera del planeta, una atmósfera que no sólo necesitaba respirar, sino también cubrir al planeta como un invernadero, para evitar que se disipara el calor interno. Y sus científicos concluyeron que, para evitar que Nibiru se convirtiera en un globo helado y sin vida, habría que suspender partículas de oro en las partes altas de la atmósfera.
Enki, el brillante científico, amerizó en el Golfo Pérsico y estableció su base, Eridú, en sus costas. Su plan consistía en extraer el oro de las aguas del golfo; pero no consiguieron suficiente de esta manera, y la crisis en Nibiru se agudizó. Cansado de las promesas de Enki de que su proyecto sería un éxito, Anu llegó a la Tierra para ver las cosas con sus propios ojos. Con él, venía su heredero legal, Enlil, que, aunque no era el primogénito, tenía el derecho de sucesión porque su madre, Antu, era hermanastra de Anu. Él carecía de la brillantez científica de Enki, pero era un excelente administrador; no le fascinaban los misterios de la naturaleza, pero creía que podía hacerse cargo y conseguir que las cosas funcionaran. Y lo que había que hacer, todos los estudios lo indicaban, era extraer el oro allí donde era abundante: en el sur de África.
Se desencadenaron las más airadas discusiones, no sólo en lo referente al proyecto en sí, sino también entre los dos hermanastros rivales. Anu llegó incluso a pensar en quedarse en la Tierra y dejar a uno de sus hijos como regente en Nibiru; pero la idea aún provocó más discordias. Al final, lo echaron a suertes. Enki se iría a África y organizaría las labores de extracción, mientras que Enlil se quedaría en el E.DIN (Mesopotamia) y construiría las instalaciones necesarias para refinar los minerales y embarcar el oro en dirección a Nibiru. Y Anu volvió al planeta de los anunnaki. Aquélla fue su primera visita.
Y, después, vino la segunda visita, provocada por otra emergencia. Cuarenta años de Nibiru después del primer aterrizaje, los anunnaki que habían sido destinados para trabajar en las minas de oro se amotinaron. En qué medida tuvo lugar por el arduo trabajo en las profundas minas y en qué medida reflejaba la envidia y las fricciones entre los dos hermanastros y sus contingentes, es algo que sólo se puede adivinar. Lo cierto es que los anunnaki supervisados por Enki en el sur de África se amotinaron, se negaron a seguir trabajando, y tomaron a Enlil como rehén cuando fue allí para neutralizar la crisis.
Todos estos acontecimientos quedaron registrados; se los contaron a los terrestres milenios después, para que supieran cómo había comenzado todo. Se convocó un Consejo de Dioses. Enlil insistía en que Anu viniera a la Tierra a presidirlo, para que pronunciara sentencia contra Enki. En presencia de los líderes reunidos, Enlil detalló la cadena de acontecimientos y acusó a Enki de haber dirigido el motín. Pero, cuando los amotinados relataron su historia, Anu sintió simpatía por ellos. Eran astronautas, no mineros; y su trabajo había terminado por hacerse insoportable.
Pero, ¿es que no era necesario hacer este trabajo? ¿Cómo iban a sobrevivir en Nibiru si no se extraía el oro? Enki tenía una solución: ¡crearemos unos trabajadores primitivos, dijo, que se harán cargo de los trabajos duros! Ante la asombrada asamblea explicó que había estado llevando a cabo experimentos con la ayuda de la oficial médico jefe, Ninti/Ninharsag. En la Tierra, en el este de África, existe un ser primitivo -un hombre-simio. Este ser debió de evolucionar en la Tierra a partir de la propia Simiente de Vida de Nibiru, que pasó de Nibiru a la Tierra durante la ancestral colisión celeste con Tiamat. Existe compatibilidad genética; lo que hace falta es implementar mejoras en este ser, dándole algunos de los genes de los anunnaki. Entonces, se convertirá en una criatura a imagen y semejanza de los anunnaki, capaz de utilizar herramientas, lo suficientemente inteligente como para obedecer órdenes.
Y así fue como se creó el LULU AMELU, el «trabajador mezclado», por medio de la manipulación genética y la fertilización del óvulo de una mujer-simio en una probeta de laboratorio. Pero los híbridos no podían procrear; las hembras anunnaki tenían que hacer de diosas del nacimiento en cada ocasión, por lo que Enki y Nin-harsag perfeccionaron a los híbridos por medio de un sistema de ensayo-error, hasta que lograron el modelo perfecto. Le llamaron Adam, «el de la Tierra» -terrestre. Con estos siervos fértiles, se produjo oro en abundancia. Los siete asentamientos se convirtieron en ciudades, y los anunnaki -600 en la Tierra y 300 en las estaciones orbitales- se acostumbraron a una vida relajada. Algunos, incluso, y a pesar de las objeciones de Enlil, tomaron por esposas a las Hijas del hombre, y tuvieron hijos con ellas. Para los anunnaki, la tarea de extraer oro ya no era una tarea con lágrimas; pero, a Enlil, todo aquello se le empezaba a antojar una misión pervertida.
Todo terminó con el Diluvio. Durante mucho tiempo, las observaciones científicas venían advirtiendo que la capa de hielo que estaba creciendo en el continente antartico se estaba haciendo inestable; la próxima vez que pasara Nibiru por las cercanías de la Tierra, entre Marte y Júpiter, su atracción gravitatoria podría hacer que esa tremenda masa de hielo se deslizara fuera del continente, generando una marea de proporciones globales, cambiando abruptamente los océanos y las temperaturas de la Tierra, provocando tormentas sin precedentes. Después de consultar con Anu, Enlil dio la orden: ¡disponed las naves espaciales, estad preparados para abandonar la Tierra!
Pero, ¿qué iba a pasar con la humanidad?, se preguntaban sus creadores, Enki y Ninharsag. Dejad que perezcan, dijo Enlil, e hizo jurar a todos los anunnaki que guardarían el secreto, para que los desesperados terrestres no interfirieran en los preparativos de partida de los anunnaki. Enki, aunque reacio, juró también; pero, simulando que hablaba con una pared, dio instrucciones a su fiel seguidor, Ziusudra, para que construyera un Tibatu, una nave sumergible, en la cual él, su familia y bastantes animales podrían sobrevivir a la avalancha de agua, para que la vida en la Tierra no pereciera. Y le proporcionó a Ziusudra un navegante, para que llevara la nave hasta el Monte Ararat, la montaña más visible de Oriente Próximo.
Los textos de la Creación y del Diluvio que los anunnaki les dictaron a los sumerios ofrecen relatos mucho más detallados y concretos que las versiones bíblicas, más concisas, con las que estamos familiarizados. Llegado el momento, tuvo lugar la catástrofe. Pero en la Tierra no sólo había semidioses; algunas de las principales deidades, miembros del círculo sagrado de Doce, eran también, de alguna forma, terrestres: Nannar/Sin e Ishkur/Adad, los hijos más jóvenes de Enlil, habían nacido en la Tierra; lo mismo ocurría con los hijos gemelos de Sin, Utu/Shamash e Inanna/Ishtar. Enki y Ninharsag (con la cual él pudo compartir su secreta «Operación Noé») se unieron a los demás para sugerir que los anunnaki no dejaran la Tierra por las buenas, sino que permanecieran en órbita terrestre durante un tiempo para ver lo que ocurría. Y así, después de que la inmensa ola hubiera ido y venido, y de que cesaran las lluvias, las cumbres de la Tierra comenzaron a verse, y los rayos del Sol, brillando a través de las nubes, pintaron arco iris en los cielos.
Enlil, al descubrir que la humanidad había sobrevivido, se enfureció en un principio, pero después se ablandó. Se dio cuenta de que los anunnaki aún podrían vivir en la Tierra; pero, si tenían que reconstruir sus centros y reanudar la producción de oro, al hombre habría que permitirle proliferar y prosperar, y habría que dejar de tratarlo como a un esclavo para empezar a hacerlo como a un compañero.
En los tiempos antediluvianos, el espaciopuerto para la ida y venida de los anunnaki y de los suministros, así como para el embarque del oro, estaba en Mesopotamia, en Sippar. Pero todo aquel fértil valle entre el Eufrates y el Tigris tenía ahora encima miles de millones de toneladas de lodo. Utilizando todavía la doble cumbre del Ararat como punto focal sobre el cual anclar el ápice del Corredor de Aterrizaje, erigieron dos montañas artificiales gemelas en el paralelo 30, a orillas del Nilo -las dos grandes pirámides de Gizeh-, para que hicieran de balizas de aterrizaje del espaciopuerto postdiluviano de la península del Sinaí. Estaba tan cerca, incluso más, de las fuentes de oro africanas de lo que había estado el espaciopuerto de Mesopotamia.
Para que los terrestres pudieran sobrevivir, multiplicarse y ser útiles a los anunnaki, se les concedió la civilización en tres estadios. Se trajeron de Nibiru semillas para cultivos vitales, se domesticaron variedades silvestres de cereales y animales, se les enseñaron las tecnologías de la arcilla y el metal. Esta última fue de gran importancia, pues tenía que ver con el propio éxito de los anunnaki a la hora de reanudar el suministro de oro, ahora que las viejas minas estaban atascadas de lodo y agua.
La primera vez que Nibiru pasó por las cercanías de la Tierra después del Diluvio se recibieron materiales vitales de allí, pero poco de valor se pudo enviar de vuelta. En las fuentes de oro de antaño había que encontrar filones nuevos, hacer túneles en las laderas, excavar pozos en la tierra, perforar las rocas. Había que dotar de herramientas a la humanidad -herramientas duras- para que pudieran extraer lo que los anunnaki podían localizar y perforar con sus pistolas de rayos. Afortunadamente, la avalancha de agua también había hecho algo bueno, pues había expuesto filones, los había lavado y había llenado los lechos fluviales de pepitas de oro, mezcladas entre el lodo y la grava. Hacerse con este oro podría abrir nuevas fuentes, más fáciles de trabajar, pero de más difícil acceso y transporte, pues el lugar en donde había pepitas de oro en grandes cantidades estaba al otro lado de la Tierra: allí, a lo largo de unas cadenas montañosas frente al gran océano, habían quedado expuestas riquezas indecibles. Y estaban allí para hacerse con ellas, si los anunnaki iban allí; si se podía encontrar un modo de embarcar aquel oro.
Y ahora que Nibiru se había acercado de nuevo a la Tierra, el gran Anu, con su esposa Antu, venía a la Tierra en visita de estado, para ver con sus propios ojos cómo iban las cosas. ¿Qué se había conseguido al conceder a la humanidad los dos metales divinos, AN.NA y AN.BAR, con los cuales hacer herramientas duras? ¿Qué se había conseguido al extender las operaciones al otro lado del mundo? ¿Estaban los almacenes llenos de oro, como se había dicho, listo para ser embarcado hacia Nibiru?
«Después de que el Diluvio barriera la Tierra, cuando se trajo la Realeza desde el Cielo, la Realeza estuvo primero en Kis». Así comienza la relación, en las Listas de los Reyes Sumerios, de las distintas dinastías y capitales de la primera civilización en Oriente Próximo. Y lo cierto es que la arqueología ha confirmado la preeminente antigüedad de esta ciudad sumeria. De sus 23 soberanos, uno lleva un nombre-epíteto que podría indicar que fue metalúrgico; se dice con toda claridad que el vigésimo segundo soberano, Enmen-baragsi, fue el «que se llevó como botín el arma fundida de Elam». Elam, en las montañas al este y al sudeste de Sumer, era uno de los lugares en donde comenzó la metalurgia; y la mención del preciado botín, un arma fundida, confirma las evidencias arqueológicas de una metalurgia totalmente desarrollada en Oriente Próximo poco después del 4000 a.C.
Pero «Kis fue herida por las armas», quizás por los mismos elami-tas cuya tierra había sido invadida; y la realeza, la capital, se transfirió a una flamante ciudad llamada Uruk (la bíblica Erek). De sus doce reyes, el más conocido fue Gilgamesh, de heroico renombre. Su nombre significaba «a Gibil, dios de la Fundición [consagrado]». Parece ser que la metalistería fue importante para los reyes de Uruk. Uno de ellos que tenía la palabra herrero, describe el motivo por el cual era famoso. El primer soberano, cuyo reinado comenzó cuando Uruk no era más que un recinto sagrado, tenía el prefijo MES -«Maestro fundidor»- como parte de su nombre. La inscripción de este rey resulta ser inusualmente larga:
Mes-kiag-gasher, hijo del divino Utu,
se convirtió en sumo sacerdote del Eanna así como en rey... Meskiaggasher entró en el Mar Occidental
y partió hacia las Montañas.
Esta información, en la que se registra una hazaña renombrada, es muy importante, habida cuenta de la longitud de la inscripción, cuando lo normal es que se pusiera solamente el nombre del rey y la duración de su reinado. Qué mar cruzó Meskiaggasher, el Maestro Fundidor, y a qué montañas llegó, nunca lo sabremos seguro; pero los términos parecen sugerir el otro lado del mundo.
Podemos comprender la urgencia por traer la metalurgia a Uruk: tenía que ver con la inminente visita de estado de Anu. Quizás para hacerle ver que todo iba bien, que la ciudad, Uruk, se había construido en su honor, y presumir de logros metalúrgicos. En el centro del recinto sagrado se construyó un templo de muchos niveles, con las esquinas hechas de metal fundido. Su nombre, E.ANNA, se suele interpretar como «casa de Anu»; pero también podía significar «casa de estaño». Los textos en los que se detalla el protocolo y el programa de la visita real a Uruk nos muestran un lugar pródigo en oro.
Las tablillas encontradas en los archivos de Uruk, que, según lo que anotó el escriba, eran copias de textos sumerios anteriores, se pueden leer sólo a partir de la mitad. Anu y Antu ya están sentados en el patio del templo, contemplando una procesión de dioses que lleva el cetro dorado. Mientras tanto, unas diosas preparan los dormitorios de los visitantes en la E.NIR -«casa de la Brillantez»- que estaba cubierta con la «hechura de oro del Mundo Inferior». Al oscurecer el día, un sacerdote ascendió hasta el nivel más alto del zigurat para observar la esperada aparición de Nibiru, el «gran planeta de Anu del Cielo». Después de que se recitaran los himnos correspondientes, los visitantes se lavaron las manos en sendas jofainas de oro y se les sirvió la cena en siete bandejas de oro; cerveza y vino les escanciaron en recipientes de oro. Y, después de algunos himnos más ensalzando «al planeta del Creador, el planeta que es el héroe del Cielo», una procesión de antorchas portadas por dioses acompañó a los visitantes hasta su «recinto dorado» para pasar allí la noche.
A la mañana siguiente, los sacerdotes llenaron los incensarios de oro durante los sacrificios, mientras se despertaba a los dioses para servirles un elaborado desayuno servido en fuentes de oro. Cuando llegó el momento de partir, una procesión de dioses llevó a los visitantes hasta el muelle en donde estaba amarrado su barco, acompañados por los cantos de los sacerdotes. Dejaron la ciudad a través de la Puerta Elevada, bajaron por la avenida de los dioses y llegaron a «el muelle sagrado, el dique del barco de Anu», que tenía que llevarlos por «el sendero de los dioses». En una capilla llamada Casa de Akitu, Anu y Antu se unieron a los dioses de la Tierra en sus oraciones, recitando las bendiciones siete veces. Y después, «agarrándose las manos», los dioses partieron.
Si, en la época de esta visita de estado, los anunnaki ya habían estado buscando oro en el Nuevo Mundo, ¿Anu y Antu habrían incluido en su itinerario una visita a las nuevas tierras del oro? Y los anunnaki de la Tierra, ¿no habrían intentado impresionarles con sus nuevos logros, con sus nuevas perspectivas, con la promesa de suministrar a Nibiru el vital metal en cantidades suficientes, de una vez por todas?
Si la respuesta es sí, entonces se podría explicar la existencia de Tiahuanacu y de otras muchas cosas más; pues si en Sumer se fundó una nueva ciudad con un flamante recinto sagrado, con un recinto de oro y una avenida de los dioses y unos muelles sagrados para la visita de Anu a la Tierra de Antaño, sería de suponer que se fundara también una nueva ciudad con un flamante recinto de oro y una avenida sagrada y muelles sagrados
en el corazón de las Nuevas Tierras. Y, como en Uruk, sería de esperar encontrarse con un observatorio para determinar el momento de la aparición de Nibiru en los cielos nocturnos, seguida por la elevación del resto de los planetas.
Creemos que un paralelismo así podría explicar la necesidad de un observatorio como el Kalasasaya, por su precisión y por su fecha: hacia el 4000 a.C. Sugerimos que sólo una visita de estado de estas características podría explicar la elaborada arquitectura de Puma-Punku, sus regios muelles y, sí, su recinto chapado en oro. Pues eso es exactamente lo que los arqueólogos han encontrado en Puma-Punku: evidencias incontrovertibles de que no sólo se cubrió con placas de oro parte de los pórticos (como los paneles traseros de la Puerta del Sol en Tiahuanacu), sino que se chapó en oro la totalidad de las paredes, entradas y cornisas. En muchos bloques de piedra pulidos, Posnansky encontró y fotografió hileras de pequeños agujeros redondos que «servían para sujetar las placas de oro que los cubrían, a través de clavos, también de oro». Y, cuando en 1943, pronunció una conferencia sobre el tema en la Sociedad Geográfica, presentó uno de estos bloques con cinco clavos de oro todavía clavados en él (los otros clavos se los habían llevado los buscadores de oro cuando arrancaron las placas).
La posibilidad de que en Puma-Punku se hubiera erigido en la época más remota un edificio con las paredes, el techo y las cornisas recubiertas de oro, tal como lo había sido la E.NIR en Uruk, se hace más significativa cuando descubrimos que los bajorrelieves que decoran las puertas ceremoniales en Puma-Punku, así como algunas de las gigantescas estatuas del Gran Dios en Tiahuanacu, tenían incrustaciones de oro.
Posnansky descubrió y fotografió los agujeros de sujeción, «algunos de dos milímetros de diámetro, alrededor de los relieves». Una importante puerta de Puma-Punku, llamada la Puerta de la Luna, tenía «incrustado en oro» tanto el relieve de Viracocha como el rostro del dios en la franja inferior, «lo cual hacía que los jeroglíficos