Si nuestra mirada se enfrenta a un mapa, veremos un diálogo pictórico entre la tierra y el agua y al contemplar los rasgos trazados sobre el papel, esta es la característica principal con la que se abre nuestra exploración. Pareciera como si ambos espacios, el oceánico y el terrestre, se enfrentaran entre sí, también podríamos pensar que uno está siendo devorado por el otro. Sin embargo, no hay que olvidar que el inmenso mar descansa sobre una extensión terrestre y todavía más abajo de todo esto, existen las placas tectónicas que ejercen una constante presión entre sí. Nuestras limitaciones físicas nos impiden ver la totalidad del lugar que habitamos y la efímera finitud, a la que nos vemos sujetos, también nos vuelve imposible observar el lento desplazamiento de los continentes y demás extensiones de tierra. Desde la proximidad continental que se observó en la Pangea, hasta la apariencia actual que tiene nuestro planeta, han ocurrido muchos cambios y estos se deben al movimiento provocado por aquellos bloques del manto terrestre y cambios climáticos. De estas fuerzas en constante choque se originan también las cordilleras. Estos pronunciamientos surgen de esa presión latente, podríamos preguntarnos entonces, con relación a la taxonomía geográfica, ¿cuáles son las claves para diferenciar una cordillera, de una montaña, un monte y cerro? ¿En qué se distingue la Pangea, los continentes, un archipiélago, una isla y un promontorio? La respuesta sería la dimensión y la distancia. En cuanto la extensión comprendemos que un monte se distingue de una montaña por su tamaño, al igual que una isla del continente. El punto de la distancia es particular, porque alude a la creación de espacios con relación a la proximidad de los cuerpos. Una cordillera es la unión de varias montañas, así como un archipiélago es un conjunto de islas agrupadas en una superficie extensa de mar.
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Al trasladar este pensamiento geográfico a la cartografía del intelectual hispanoamericano, podemos reflexionar en la manera en que estos dos elementos, la dimensión y la distancia, se conjugan para crear el mapa que se ha decantado a través de las décadas. En el museo de aquellos que escogieron el camino del pensamiento y la palabra, podremos encontrar exponentes capitales que dieron sentido a su época y al pensar en su imagen podríamos afirmar que fueron grandes continentes, ¿pero por qué continentes? Por la suma de atributos que se aglutinan en su aportación y figura; no obstante, no hay que olvidar que el protagonismo histórico que tuvieron ciertos individuos, hubiera sido imposible sin la creación de un espacio y éste fue viable gracias a la agrupación y la prensa. La grandeza o prominencia es un asunto de comparación. No tiene sentido abrir una reyerta sobre quién destacó más, lo relevante es contemplar a estos personajes como si fueran puntos cardinales o ejes de dirección en la escena intelectual y observar las relaciones que se crearon con sus contemporáneos y el cambio de ruta que tuvieron con respecto a sus antecesores. No olvidemos que: ―Los intelectuales son personas, por lo general conectadas entre sí en instituciones, círculos, revistas, movimientos, que tienen su arena en el campo de la cultura‖ (Altamirano, en Historia de los intelectuales en América Latina I, 14). Este juego de distancias, que involucra la cercanía o la separación, crea los relieves en este mapa de los intelectuales hispanoamericanos. Pero esto es sólo una cuestión física, es decir, aquello visible. Estas agrupaciones crean también espacios intangibles en los cuales podemos discernir los campos que abren sus ideas y pensamientos y es ahí donde es clara la interconexión que existió en toda la esfera intelectual. Por esta razón, vale la pena analizar aquellas vías que hicieron posibles estos diálogos, como las migraciones y la prensa, e intentar concebir este escenario, en constante decantación, que no se encuentra desarticulado y está siempre en tensión.
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El desplazamiento de las superficies terrestres se nos presenta como arrebatos repentinos de fuerza. Los terremotos son una forma en que podemos percibir esas fuerzas latentes e indómitas que subyacen debajo del suelo que pisamos y dicha actividad podríamos concebirla como destructiva por los estragos que causa; no obstante, también hay creación en estos portentosos despliegues. Así por ejemplo, el cataclismo que representó la conquista significó también el ascenso de importantes intelectuales y miembros de la cultura letrada.
La responsabilidad de la conquista espiritual e intelectual de Hispanoamérica, recayó sobre el sector letrado del clero católico y las principales órdenes religiosas fueron los dominicos, franciscanos y a principios del siglo XVI los jesuitas asumieron la tarea de reemplazar las religiones autóctonas por la suya (Myers, en Historia de los intelectuales en América Latina I, 31). La iglesia fue una de las instituciones que más se involucró en la tarea de la educación. Además de sus monasterios, fundaron varias universidades, como: la Real y Pontifica Universidad de México, la Real y Pontifica Universidad de San Marcos en Perú, la Pontifica Universidad de Santo Tomás de Aquino en Colombia, etc.
Es importante señalar el asunto del clero porque su contribución al mundo del conocimiento en Hispanoamérica fue fundamental. Haber aportado las instituciones del conocimiento, como las Universidades y escuelas, de las cuales surgieron los hombres que se dedicaron al conocimiento y la palabra fue de gran importancia aunque se haya desdibujado la relación, entre el letrado monástico y el intelectual de nuestro tiempo, a través de los años y los procesos de secularización:
En Hispanoamérica, escribió Tulio Heperin Donghi, el intelectual procede del letrado colonial, es decir, de quien ejercía en el viejo orden las tareas y la representación de la cultura savant. Entre aquel antepasado y el intelectual moderno latinoamericano no hay, sin embargo, una línea continua, sino transiciones, dislocamientos, metamorfosis. (Altamirano, en Historia de los intelectuales en América Latina I, 20)
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Sin embargo, a la Iglesia no se le puede adjudicar todo el crédito en la formación de estas personas, porque ellas también se deben a las condiciones de su tiempo y la construcción que se fue dando sobre su propio oficio. Además, como señala Altamirano, no existe ―línea continua‖ y esas transformaciones se deben, en gran medida, a la profesionalización de la escritura, la creación de espacios para la discusión de ideas, la depuración de la retórica en cuestiones legales y todo esto apunta directamente a los caminos que ha abierto la palabra. Si bien hay cierta controversia en llamar intelectuales a aquellos personajes anteriores al establecimiento del término con el caso Dreyfus, esto no impide observar rasgos en común o actividades ubicables en el quehacer intelectual. Como ejemplo están los protagonistas de la Ilustración francesa como Rousseau, Montesquieu y Voltaire. En Hispanoamérica también hubo ciertos hechos que ayudaron a gestar el campo y la figura del intelectual:
A finales del siglo XVIII, los hombres de letras que se involucraron en actividades novedosas en aquel entonces – la publicación de gacetas, la creación de academias o de sociedades económicas – empezaron a autodenominarse ―sabios‖, ―ilustrados‖, ―publicistas‖, ―escritores públicos‖ o ―políticos‖. A estas denominaciones correspondían no sólo modos distintos de oficiar y de insertarse en la sociedad circundante, sino también concepciones inéditas sobre cuáles eran los conocimientos más útiles al Estado y a la sociedad, cómo se debían jerarquizar los valores de autoridad, fe y razón, cuáles eran los criterios del accionar social civilizado. (Lempérière, en Historia de los intelectuales en América Latina I, 247)
Al dejar lo religioso en manos del clero, falta explicar la importancia y papel histórico que tuvieron estos llamados ―letrados‖. Rafael Rojas señala que los principales movimientos independentistas de comienzos del XIX, estuvieron dirigidos:
[…]por intelectuales (Francisco de Miranda [1750-1816], Simón Bolívar [1783-1830], Mariano Moreno [1778-1811], Bernardo O‘Hggiins [1778-1842], José María Morelos [1765-1815] que, provenientes del clero, el ejército o la jurisprudencia, defendieron la separación de la metrópoli para conformar nuevas soberanías nacionales sobre la base del gobierno representativo. (Rojas, en
Historia de los intelectuales en América Latina II, 205)
Rojas señala más adelante que los procesos de independencia, además de guerras, fueron revoluciones intelectuales, una pugna de ideas y lenguajes políticos (Rojas, en Historia de
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los intelectuales en América Latina I, 205). El comienzo del siglo XIX se caracterizó por los fuertes cambios sociales que surgieron de las guerras civiles en todo Hispanoamérica; pero la historia de dichos sucesos y lo que devino de ellos, como la conformación de los Estados nacionales, no podría entenderse si no contemplamos el:
[…] punto de vista de los hombres del saber, a los letrados, idóneos en la cultura escrita y en el arte de discutir y argumentar. Según las circunstancias, juristas y escritores pusieron sus conocimientos y sus competencias literarias al servicio de los combates políticos, tanto en las polémicas como en el curso de las guerras, a la hora de redactar proclamas o de concebir constituciones, actuar de consejeros de quienes ejercían el poder político o ejercerlo en persona. (Altamirano, en Historia de los intelectuales en América Latina I,9)
Una vez que estos territorios se independizaron de la corona española, tuvieron la tarea de unificar el Estado y para la consolidación de esas naciones emergentes se requirió, en primer lugar, de una delimitación geográfica. Una vez establecidos los límites se tuvo que proceder a redactar sus propios códigos legales, impulsar la educación pública y: ―discursos de legitimación destinados a engendrar la alianza incondicional de los ciudadanos con ‗su‘ Estado –narrativas de la patria, de la identidad nacional, del pueblo en lucha por la nación en los campos de batalla –.‖ (Altamirano, en Historia de los intelectuales en América Latina I, 10). Este proceso se observó también en el siglo XX, por ejemplo, con el triunfo de la Revolución Mexicana.
Hasta mediados del siglo XX, concebir al hombre de letras como un apóstol secular, un educador de la nación o un defensor de las minorías por medio de la palabra, fue algo generalizado. El encumbramiento de estos personajes que cultivaron el pensamiento y el arte de la discusión de ideas y la elocuencia, muchos de ellos jurisconsultos, propició que se volvieran personas dignas de respeto y admiración. El papel social que llegaron a desempeñar tiene su principal referente o guía en la Ilustración (Altamirano, en Historia de
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los intelectuales en América Latina I, 15-16) y su lugar se lo ganaron a raíz del valor que representaba su cúmulo de conocimientos:
El grupo social conformado por los especialistas en derecho –de creciente presencia en las postrimerías de la colonia, como lo señalan dos artículos centrados en la experiencia caraqueña, el de Rogelio Pérez Perdomo y el de Paulette Silva– pasó a convertirse en uno de los principales sostenes de la función intelectual durante el siglo XIX. (Myers, en Historia de los intelectuales en América Latina I, 35)
Los siguientes dos elementos que se erigieron fueron las asociaciones y la prensa. Estos dos se consolidaron paralelamente (Sabato, en Historia de los intelectuales en América Latina I, 397). La profesionalización de la escritura y el surgimiento de la opinión pública tuvieron lugar en la prensa y este esfuerzo no hubiera sido posible sin la congregación de los intelectuales:
Así, la centralización y la consolidación del Estado fue una característica de este período en toda la región, aunque con diferentes ritmos y resultados. En paralelo en esta transformación, tuvo lugar el desarrollo de una sociedad civil relativamente autónoma, cuyo síntoma más evidente fue la expansión de la actividad asociativa y de la prensa independiente, sobre todo en las principales ciudades, desde México hasta Buenos Aires. Asociaciones y prensa no actuaban solamente en el cambio limitado de la representación, la defensa o la protección de los intereses y las opiniones específicos de sus propias bases, sino que constituían tramas conectivas que atravesaban y articulaban vertical y horizontalmente a la sociedad, creaban, además, espacios de interlocución con el Estado y las autoridades, constituyendo instancias decisivas en las formación de esferas públicas, propias de las repúblicas liberales en formación. (Sabato, en Historia de los intelectuales en América Latina I,387)
La ampliación de un público lector también contribuyó al florecimiento del sector editorial, pero la literatura dirigida a un público enterado o cultivado, estaba muy lejos de ser algo redituable, por esa razón, muchos se vieron forzados a tener empleos relacionados con el periodismo, la diplomacia y la educación pública (Altamirano, en Historia de los intelectuales en América Latina I, 10). La creación de estas islas o promontorios para la discusión y la escritura, como los periódicos y revistas, representaron un punto de reunión para aquellos viajeros de la palabra. De esta manera, los hombres de letras crearon un espacio que fue fruto de su agrupación y del cultivo del pensamiento y la elocuencia. Si se
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reflexiona sobre ello, este juego resulta interesante, porque representa un nudo que se afianza sobre sí mismo y sus partes. El reconocimiento de su figura estribó en la profesionalización de la escritura y para que esto fuera posible tuvo que abrirse un campo editorial. Éste pudo ser creado por la asociación entre los hombres de letras y el apoyo financiero del Estado; la prensa y demás medios impresos los conectó entre sus iguales, tanto nacionales como extranjeros y también entabló un vínculo con la población. Pero antes de avanzar más, es necesario tener en cuenta lo que se entendía por asociación en los albores del siglo XIX:
Desde los tiempos de las revoluciones de independencia, por ―asociación‖ se entendía la asociación voluntaria, que reunía individuos libres y autónomos, iguales entre sí, unidos por vínculos de tipo contractual en torno de un objetivo común. Eran formas de sociabilidad nacidas al calor de la modernización social y política inaugurada por las Luces, y que se distinguían de las regidas por criterios de adscripción y tradición, como las cofradías y los gremios artesanales, propias de las sociedades del antiguo régimen. Para las élites ilustradas hispanoamericanas, estas nuevas asociaciones constituían espacios decisivos para la expansión de los valores y las prácticas de la civilidad y de la vida cívica, en fin, de la ―civilización‖. Por lo tanto, habían considerado la promoción del asociacionismo como un aspecto decisivo de su misión civilizatoria, de sus acciones en pos de la construcción de un pueblo que pudiera hacerse cargo de las responsabilidades que habrían de corresponderle en el nuevo orden social y político impulsado por ellas. (Sabato, en
Historia de los intelectuales en América Latina I, 389)
Los individuos se congregaron por la afinidad en sus inquietudes, gustos, preocupaciones e intereses. Paulatinamente, estas uniones fueron autoorganizándose y dieron como resultado la creación de un espacio cultural en el cual se podía discutir las ideas y atender problemas concretos para intervenir después, en algunos casos, en forma pública. Algunos no sólo los consideraron: ―escuelas de civismo y civilidad, sino también ejemplos (‗vanguardia‘) de funcionamiento republicano‖ (Sabato, en Historia de los intelectuales en América Latina I, 389). Pero de la misma manera en que se daba la fraternidad y la unión, obviamente, también hubo diferencia en las formas de pensar y éstas causaron divisiones que crearon grupos, la mayoría de las veces en oposición y otras pocas no. A partir de ellas observamos
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cómo el juego de la proximidad y la lejanía tuvo un papel importante en el esbozo de los territorios intelectuales. Igualmente, por medio de estas pugnas podemos percatarnos de la conformación de estos bloques en constante presión.
Tanto el siglo XIX como el XX estuvieron marcados por esta dinámica de grupos. Por un lado, esto gestó un espíritu de solidaridad y fraternidad entre los intelectuales; por otro, también fuertes polémicas, como la del nacionalismo y el cosmopolitismo. Además de estas discusiones de corte estético e ideológico, hubo otras que fueron por cuestiones de poder, como el odio hacia los científicos durante los años en que el General Porfirio Díaz estuvo en el poder (Lomnitz, en Historia de los intelectuales en América Latina I, 441). Si bien, el surgimiento de los intelectuales representa un fuerte choque en la escena sociopolítica, porque se están pronunciando en contra de un orden práctico y pensamiento hegemónico, las divisiones en su mismo territorio no dejan de ser relevantes, ya que éstas dan cuenta de la pluralidad que nace del libre ejercicio de la crítica y la razón.
Para que esas discusiones, que se llevaban en privado en una alta esfera alejada de la mayoría de la población, llegaran a un público más amplio, fue necesario el florecimiento de la prensa y en ese espacio se plasmaría las edades del pensamiento intelectual en Hispanoamérica y su diálogo interno y externo.