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CONTEXTO Y PERCEPCION

1. EL TRABAJO COMO CONTEXTO PSICOSOCIAL.

El trabajo constituye la actividad humana primordial y el marco de referencia crucial que define el sentido de la existencia de los seres huma- nos. El mito bíblico sobre el pecado original de Adán y Eva subraya la necesidad ineludible de trabajar para sobrevivir y desarrollarse. Las so- ciedades se organizan en función del trabajo y las personas estructuran su vida en etapas y tiempos laborales. El trabajo constituye así el princi- pal contexto moldeador de los seres humanos, la principal val de su ser y su quehacer. Esto es crucial recordarlo antes de examinar las formas específicas de la interacción personal, ya que el sentido de ese hacer entre personas está condicionado desde su misma base por el contexto laboral. No se trata de elaborar aquí una psicología del trabajo; se trata de situar la interacción humana en su marco más definitorio, y así como he- mos visto que las clases sociales condicionan el sentido estructural de lo que las personas son y hacen, así hay que subrayar que el trabajo es el elemento crucial en el que las estructuras se hacen concretas para las per- sonas. Cuando se deja de lado el contexto laboral, la interacción humana queda abstraída de sus raíces inmediatas y privada del sello cotidiano que le da su forma social concreta. El análisis de la percepción, de las actitu- des o de los intercambios personales debe ser continuamente referido al, contexto laboral, que constituye su molde esencial de posibilidades y de significación histórica social. Examinaremos así, brevemente, la natura- leza del trabajo, su carácter de raíz de las personas y su papel condi- cionante como contexto de la vida humana.

1.1. Naturaleza del trabajo.

Etimológicamente, el término trabajo está relacionado con una for- ma de tortura, el "tripalium", que era una especie de cepo consistente en 182

tres maderos cruzados ("tres" "palus") a los que se sujetaba al reo (ver Corominas, 1967, pág. 577). De este modo, trabajar es sinónimo en su origen de sufrir, esforzarse dolorosamente, y todavía conserva ese senti- do cuando por ejemplo se habla de "los trabajos del parto". Ahora bien, si en la esencia del trabajo está el esfuerzo, físico o intelectual, no es par- te suya necesaria el carácter de dolor o de sufrimiento. Desvincular al tra- bajo de este sello peyorativo es precisamente uno de los principales cauces de la humanización.

Desde el punto de vista social, el trabajo es la actividad más impor- tante en la organización de la vida humana. En primer lugar, la vida de los individuos se articula alrededor del trabajo. El individuo dedica una buena porción de su vida a prepararse para el trabajo, bien como apren- dizen los sistemas sociales más tradicionales, bien como estudiante en los sistemas de organización social contemporánea. Todavía después dedica- rá mucho tiempo a seguirse formando en alguna especialización, laboral o en la actualización de sus conocimientos, todo ello en función 'de su tra- bajo actual o futuro. Ya involucrado en una ocupación laboral, el indivi- duo determina su lugar de vivienda, la organización de su tiempo, la distribución de sus otras actividades partiendo de las exigencias del tra- bajo. De esta manera, el trabajo se constituye en el núcleo alrededor del cual

a

individuo organiza su vida personal.

El trabajo no sólo organiza la vida del individuo, sino que la misma vida social se estructura principalmente en función del trabajo. Los asientos poblacionales han seguido en la historia las exigencias del traba- jo y de su división social, así como las estructuras urbanas establecen una regulación de espacio (y aun de tiempo) en función de las necesidades im- puestas por el trabajo. Las mismas estructuras políticas se cimentan sobre la división del trabajo, que permite la organización de los diversos núcleos poblacionales, la asignación de cargas y responsabilidades así co- mo la distribución de bienes y beneficios.

En última instancia, el trabajo es la actividad que más organiza las relaciones humanas, estableciendo las determinaciones fundamentales para la interacción. Mediante la apropiación social del producto del tra- bajo, un sector de la población adquiere poder para imponer sus intere- ses, mientras que la enajenación del fruto de su trabajo deja a otro sector de la población impotente para avanzar sus intereses al interior del.siste- ma social. Así, la división social del trabajo en relación con la propiedad de los medios de producción separa a la sociedad en grupos y clases contrapuestas, determinando quién puede ser "señor" y quien tiene que ser "esclavo", quién manda y quién obedece.

En lo psicológico, el trabajo no es menos importante

que en

lo so- cial. El trabajo constituye la actividad fundamental para el desarrollo del ser humano. La persona dedica un largo tiempo de su vida a aprender aquellos conocimientos y habilidades necesarias para el desempeño de un trabajo,_y es la praxis laboral la que determinará después el carácter y al-

cance del desarrollo de la persona. El trabajo articulado socialmente co- rno rol (de obrero o campesino, médico o abogado, comerciante o profe- sor), constituirá el marco de referencia para que el individuo establezca sus aspiraciones y su estilo de vida, para que perciba su propia identidad y la identidad de las personas que con él se relacionan. El trabajo consti- tuye así la principal atalaya desde donde las personas adquirimos una perspectiva sobre lo que somos y lo que son los demás,, sobre nuestros de- rechos y nuestros deberes sociales, sobre el mundo y nuestra incardina- ción en él. Es, por fin, a través del trabajo como el individuo va objeti- vando su ser plasmándolo en realizaciones, en éxitos y en fracasos, que le, llevarán no sólo a las alegrías y tristezas más importantes de su día tras día, sino, sobre todo, a la satisfacción o a la insatisfacción consigo mis- mo, a su realización o a su frustración existencial.

1.2. El trabajo como raíz personal.

La persona humana es producto de su propia historia, lo que incluye tanto los determinismos biológicos como los determinismos sociales, el impacto de las fuerzas que confluyen en el individuo y las acciones que el individuo realiza en el entramado de esas fuerzas. Ahora bien, en la me- dida en que el trabajo es la principal actividad que conforma la historia humana, es claro que el trabajo constituye el molde fundamental donde se acuña la vida de las personas,

Al ingresar en el mundo del trabajo, la persona entra en el juego dialéctico de su realización o enajenación, de su expresión y desarrollo personal á través de su quehacer, o de su alienación instrumental como eslabón productivo al interior de un sistema despersonalizante.

En el trabajo, el ser humano puede encontrar el venero principal que dé sentido a su vida: la persona sabe lo que está haciendo, sabe la impor- tancia de lo que está realizando y se sabe a sí misma frente al producto de su quehacer. Así, a través del trabajo, la persona se hace socialmente sig- nificativa, y se conoce como alguien que aporta algo valioso a los demás. Pero, si en lugar de asumir el trabajo como expresión y proyección de su persona, el individuo tiene que integrarse al trabajo como un elemento instrumental más, como parte insignificante y sustituible de una cadena productiva, de una burocracia anónima, desaparece el carácter dotador de sentido del trabajo, que se transforma en fuente de alienación, de en- quistamiento y de desintegración personal.

Cuando Erikson (1966) define las edades del ser humano en relación con los conflictos cruciales que en cada etapa debe resolver, el conflicto que caracteriza al período de madurez es el de la generatividad frente al estancamiento. Para Erikson, la generatividad incluye tanto la producti- vidad como la creatividad humana, y se centra en el legado que cada per- sona transmite a la siguiente generación. Resulta entonces lógico que el conflicto que caracteriza la última

etapa de la

vida humana según Erik-

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son sea el de la integridad del yo frente a la desesperación: la persona que logra realizarse como tal a través de su existencia, que lo es en forma esencial a través del trabajo, mantiene su integridad humana, mientras quien tiene que alienarse día tras día en un quehacer rutinario o embrute- cedor se va desintegrando objetiva y subjetivamente.

Precisamente porque el trabajo juega un papel tan crucial en la defi- nición de la existencia personal, en lo que una persona puede llegar a ser mediante lo que hace, resulta tan grave la falta generalizada de trabajo que se presenta como situación normal para una mayoría de latinoameri- canos. En El Salvador, las tasas reales de desempleo de la población eco- nómicamente activa han llegado en años recientes a niveles superiores al 50%, y esta trágica realidad apenas logra ser paliada por el empleo oca- sional o los subempleos marginales. Así, el primer problema que $e plan- tea a un sector muy grande de la población salvadoreña es el de encontrar trabajo, y sólo en segundo lugar el de desarrollarse personalmente en el trabajo que se le ofrece. En este sentido, el planteamiento no es ante todo el de realización o alienación, sino el de la simple subsistencia: es necesa- rio encontrar trabajo, cualquier trabajo, para poder subsistir. La. bús- queda continua de empleo es la principal ocupación del salvadoreño me- dio y ciertamente su más profunda preocupación. Sólo después, para aquel que tiene trabajo se le plantea el problema del sentido laboral. 1.3. El trabajo como contexto.

El trabajo nos ubica en un contexto material, un medio ambiente donde día tras día tenemos que realizar nuestras tareas. Hablar del mun- do del trabajo es, entonces, afirmar que el trabajo nos incardina en una situación material, física, en una circunstancia específica, sea ésta el ca- fetal o la oficina, el bus o la clínica, la fábrica o el comercio, el aula de clases o la estación de servicio. Este contexto, como ha subrayado la psicología ecológica, constituye un marco ineludible que en buena medi- da define las posibilidades y las exigencias de la actividad laboral que he- mos de realizar y el grado de personalización que se puede poner en ese quehacer.

Ahora bien, la misma psicología ecológica apunta a un sentido más profundo en el que el trabajo se constituye en contexto de la existencia humana: el mundo del trabajo, cada mundo laboral concreto, constituye un sistema social específico con sus intereses grupales, sus valores y sus principios, sus normas y su estilo de vida. En otras palabras, cada con- texto laboral admite y aun exige un particular tipo de comportamiento. Ya se vió en el capítulo anterior cómo la socialización secundaria consiste precisamente en integrarse a los submundos particulares de una determi- nada sociedad (Berger y Luckmann, 1968). El mundo de la oficina no es el mundo de la hacienda, ni el mundo del gran supermercado es el mundo del mercado tradicional. Cada uno de estos contextos laborales propicia

y reclama una forma característica de comportarse; es ahí donde los inte- reses en juego se convierten en valores y los valores se traducen en expec- tativas cuando no en exigencias normativas inapelables. El individualis- mo, la competencia o la violencia para conseguir los objetivos de la empresa pueden ser impuestos a las personas en determinados medios la- borales. En otros medios imperará la ley del esfuerzo mínimo, la exigen- cia de no rendir más de lo necesario, de encubrir al compañero, de medrar al calordel anonimato y del nepotismo burocrático. Todo ello va moldeando a la persona ya que su quehacer cotidiano no puede menos de transformarse poco a poco en actitudes profundas y en opciones más o menos asimiladas.

Por encima de la determinación particular de cada contexto laboral está la determinación del sistema de producción dominante que, en nuestro medio, impone la producción y los intereses del productor como criterio último del quehacer social. El consumismo no es sino la conse- cuencia de la producción guiada por el lucro mayor en beneficio de aquellos pocos que controlan los medios productivos de la sociedad. La sociedad capitalista se organiza en función de lo que resulta mejor pro- ducir para lucrar más, así tenga que someterse a la población a una conti- nua presión para que acepte en su vida innumerables objetos innecesa- rios. Como se ha dicho no sin cierta ironía, el consumidor se convierte así en consumido, en un pelele social impulsado por las exigencias perento-

rias de las mil necesidades aparejadas a un estilo de vida que se le presen- ta engañosamente como ideal y alcanzable. El individuo se someterá de este modo a las condiciones más enajenantes en su trabajo con tal de lograr escalar los peldaños de la jerarquía social, materializados como ni- veles de consumo cada vez mayor. La vida, en última instancia, se con- vierte de este modo en un trabajar para lograr un objetivo por lo general elusivo y cuya consecución parcial deja siempre una creciente sensación de frustración y vacío.

2. LA PERCEPCION INTERPERSONAL.

En la vida contidiana, continuamente estamos interactuando con otras personas. Desde que nos levantamos en la mañana y saludamos a los miembros de nuestra familia, hasta que nos volvemos a dormir en la noche, la mayor parte de nuestro quehacer supone un continuo intercam- bio con otras personas: damos indicaciones a nuestra secretaria, discuti- mos un informe con un compañero dé trabajo, atendemos varias visitas o llamadas telefónicas, almorzamos con unos amigos, y así hora tras ho- ras, día tras día. En todo este continuo toma y daca entre las personas, nuestro quehacer no es un simple repertorio de respuestas vinculadas con mayor o menor fuerza a una estimulación: ni siquiera las estimulaciones que recibimos son totalmente conocidas y menos aún previsibles. La per- sona actúa más bien a partir del sentido que las otras personas adquieren en cada situación: se trata de la Sra. de López, mi secretaria, o de Ricar- do, mi amigo, y vienen a presentarme una solicitud o una invitación, a que firme una carta o a notificarme de un suceso importante. Mi acción estará en función directa de lo que la situación objetivamente demande, pero también de la captación subjetiva que de esa situación y de las per- sonas involucradas en ella yo tenga. Así, mi acción tendrá unos condi- cionamientos subjetivos, en buena medida determinados por mi percep- ción de los hechos y de las personas.

La mediación cognoscitiva no explica por sí sola la acción de las per- sonas en cada circunstancia: pero resulta difícil explicar adecuadamente esa acción sin tomar en cuenta la percepción que de la situación tiene el individuo. La misma circunstancia puede llevar a un comportamiento to- talmente diferente a una persona según sea su percepción, es decir, según sea el sentido que atribuya a dicha circunstancia. Es bien conocido el lla- mado "efecto de Pigmalión". De acuerdo con la mitología griega, Pig- malión era un escultor que se enamoró de una estatua que él mismo había labrado y a la que la diosa Afrodita dió vida, recibiendo el nombre de Galatea. El "efecto de Pigmalión" consiste en que lo que una persona cree que es real o verdadero termina por serlo, precisamente por el influ- jo de la creencia en el comportamiento de la persona. Este efecto, en el ámbito social, ha sido bautizado por Robert Merton (1968) como las profecías que se cumplen por sí mismas.

Robert Rosenthal y Lenore Jacobson (1968) realizaron un experi: mento en una escuela pública para probar que las expectativas de los maes- tros podían influir en el rendimiento de los alumnos. Se pasó un test de inte- ligencia a los alumnos y se dijo a los maestros de qué estudiantes podían esperar un crecimiento intelectual más rápido en el año escolar. Los nombres habían sido seleccionados al azar y el único cambio que se produjo en el tratamiento de los alumnos escogidos fue la expectativa de sus profesores. Sin embargo, los resultados confirmaron las predic- dones, y los alumnos escogidos lograron un rendimiento superior al de otros alumnos, medido por un incremento significativo en su cociente in- telectual, Según Rosenthal y Jacobson, el efecto se pudo deber a que los maestros dedicaron más atención a esos alumnos, o quizás a que fueron más estimulantes o pacientes con ellos. En todo caso, la percepción que los maestros tenían de esos alumnos influyó en los resultados de su activi- dad docente.

Los estudios de Rosenthal y Jacobson han sido criticados desde muchos puntos de vista, sobre todo metodológicos. Pero de confirmarse esta hipótesis, el "efecto de Pigmalión" sería un ejemplo dramático sobre el impacto que la percepción puede tener en la acción del sujeto, incluso más • allá de su concíencía expresa. De ahí el interés de la psicología social por indagar sobre el papel que los procesos cognosciti- vos ejercen en la acción de las personas, así como los factores que deter- minan las formas y contenidos de esos procesos. Si el "efecto de Pigma- lión" es real, nos encontramos con la posibilidad de que las estructuras sociales condicionen el quehacer de las personas y encaucen sus resulta- dos en beneficio de unos u otros determinando su percepción de perso- nas, acciones y circunstancias.

Es necesario, por tanto, examinar psicosocialmente los procesos de percepción. Pero, ¿qué es la percepción? Una de las definiciones más aceptadas señala que es el proceso por el que se captan estímulos y se in- terpreta su significación o sentido. Huelo el perfume de las flores, veo a Juan corriendo, siento que me duele la cabeza, oigo las consignas grita- das por un grupo de manifestantes. En todos estos casos, los sentidos su- ministran información sobre objetos, personas o acciones, pero los estímulos son interpretados como realidades con una significación. La percepción no es, por consiguiente, un simple proceso de reflejar estímulos que se le presentan al sujeto. La persona no es un procesador pasivo o mecánico de información; por el contrario, la persona desempe- ña un papel activo y determinante en la configuración perceptiva de aquello que capta. Según Jerome S. Bruner (1958/1974), el proceso de percibir se caracteriza por dos importantes aspectos: (a) entre la diversi- dad de datos disponibles, se tiendé a seleccionar aquellos que permiten lograr un objeto o "cdnstructo" perceptivo adecuado a la capacidad de la persona; (b) la persona tiende a completar significativamente su per- cepción, añadiendo información a los datos captados y logrando asi pre-

decir el futuro a partir de lo percibido. De este modo, indica Bruner, per- cibir es el acto de seleccionar e interpretar los estímulos que llegan a nuestros sentidos con el fin de predecir su significación para la persona. Las características del proceso perceptivo señaladas por Bruner indi- can con claridad que la percepción no constituye una imagen especular de la realidad, pero no permiten concluir que el sujeto "construya" la rea- lidad en forma arbitraria o a partir de factores puramente subjetivos.

Lo que sí se puede concluir es que los factores sociales juegan un papel crucial tanto en la determinación del proceso selectivo como en la deter- minación del sentido de lo que se percibe. Cabe entonces preguntarse