5.1 Exploratory Search Effectiveness
5.1.1 Specificity and Diversity
En esta corriente “postmoderna” de la geografía, encaja el concepto de paisaje que se propone como método para obtener información directa desde las bases sociales sobre los territorios, urbanos o no, democratizando así los modos contemporáneos de su planificación y gestión.
El concepto de paisaje ha derivado desde lo puramente estético (en la pintura y otras artes plásticas) a método científico (Minca, 2008) para comprender la compleja realidad territorial. Expresa nuestra relación con el mundo y proyecta los parámetros culturales, políticos y económicos de la sociedad que los crea (Cabrerizo, 2013). Nos permite identificar qué patrones de ordenación y construcción territorial se repiten sobre la superficie de la tierra (o en una ciudad, en una región), mediatizados por el pensamiento racional o impregnados por imaginarios y deseos. Podemos encontrar en nuestras ciudades muchos paisajes que nos indican los códigos de la cultura neoliberal hegemónica que los han construido, y otros donde aún podemos leer los rasgos culturales de sociedades pasadas, con modelos de producción diferentes, que reflejan esfuerzos colectivos, espontaneidad y modos de hacer no doctrinales, estos últimos cada vez menos visibles por los continuos procesos de renovación y sustitución en la ciudad (Rodríguez Chumillas, 2012).
Proliferan y conviven en las ciudades paisajes que responden, por un lado, a estrategias aplicadas en cada período por los agentes políticos y económicos dominantes del territorio, soportadas y legitimadas por el aparataje técnico y legal, y que a su vez dependen del ritmo de consolidación de los flujos del capital acumulado que va a ser invertido en la construcción de espacios residenciales, recreativos o de infraestructuras, y también, del nivel tecnológico alcanzado. Y por otro, a cuestiones relacionadas con lo cultural y lo subjetivo, como los imaginarios colectivos e individuales (Lindón y otros, 2006), que operan sobre los territorios de forma distinta en cada momento histórico (Cabrerizo, 2013).
El paisaje está compuesto por una doble dimensión (Nogué, 2008), una visual, material y objetiva, y otra invisible, cultural y subjetiva. Por eso, el paisaje como método, nos permite interpretar de forma rigurosa las transformaciones que acontecen en la ciudad, las formas dominantes globales y las alternativas locales a partir de la perspectiva de los actores sociales involucrados, analizando los imaginarios urbanos, junto al estudio de las formas de la ciudad (Méndez y otros, 2011). Nos permite enfrentar “la ciudad globalizada” y la “ciudad ciudadana” (Harvey y Smith, 2005).
El paisaje se convierte en un modo de conocer el mundo, y lo hacemos a su vez a través de sus paisajes (Besse, 2010). Es, a la vez, una cosa y su descripción (Minca, 2008), es materia y representación significante.
Así como el rostro de una persona es la parte del cuerpo que mayor y más rápida información nos da para conocer a dicha persona (sus muecas al hablar o escuchar, su forma de mirar, de mover la boca, de reír…), el paisaje es el rostro del territorio (es decir, el paisaje es espacio humanizado), y nos ofrece su imagen, su representación artística, su significado social y político y nos cuenta su historia (Minca, 2008). O como señala Meinig “Todo paisaje es una acumulación, una fuente enormemente rica de datos sobre las gentes y las sociedades que lo crearon” (Nogué, 1985).
En el paisaje se leen los vínculos entre formas y proceso socio-político de construcción, dando importancia a lo formal, a la materialidad por sus significados. Por eso, al comprender dichos significados, podemos también comprender los principios que rigen el comportamiento de las sociedades que los crean y los modelos que les inspiran. Es decir, la ética y estética dominantes, o la capacidad o no de dichas sociedades para darse cuenta de los límites de la naturaleza. Al hablar de la ética del paisaje, éste como resultado de la acción humana, nos referimos a la forma de relacionarse que un grupo social tiene con su entorno natural, con la tierra y los recursos que lo rodean. Así el paisaje o los paisajes que crean una sociedad proveen de información sobre su cultura territorial y sobre las relaciones de poder que se ejercen en él.
Esa relación, o los principios que la rigen, pueden dar como resultado paisajes bellos, armónicos, equilibrados y ecológicamente funcionales, cuando existe un reconocimiento de los derechos de la naturaleza sin esperar de ella un reconocimiento o un deber similar, algo que por otro lado es completamente imposible. Cuando hay un respeto y una valoración del entorno positivos, sin ser ese respeto un deber objetivo sino una obligación voluntaria, libre. Se construyen teniendo en consideración el medio natural,
la trayectoria de los lugares y de sus gentes, sin arrasar la herencia, lo que les lleva además a reconocer los derechos de las generaciones futuras, sin esperar nada de ellas. Se aplica entonces una ética de la responsabilidad (o ecológica), asimétrica (no recíproca ni unilateral) y fundamentada en la praxis colectiva de la humanidad (y no en acciones individuales) (Zimmer, 2008).
En la ciudad, esta relación se complica. Sin embargo, no habíamos visto hasta tiempos más o menos recientes que la acción del hombre en la máxima aculturación del medio natural que suponen las formas urbanas, ponga en serio peligro el futuro de la naturaleza, de las próximas generaciones y de la integridad social.
La estética del paisaje tiene que ver con cómo se percibe, no sólo por la vista también por el resto de los sentidos, cómo se experimenta, se valora y se interpreta. Supone un conjunto de símbolos, de representaciones, que sugieren cosas para los que utilizan esos paisajes y para los que los contemplan, otorgándoles valores. Valores que, además, son cambiantes, según el momento histórico, la sociedad e incluso, el colectivo social. Así, por ejemplo, una plaza pública de un centro urbano, que tiene una espacialidad física concreta, es valorada de forma distinta por los diferentes actores que la utilizan, la contemplan o la interpretan. Representará significados diferentes para un grupo de turistas, que la valorarán según su belleza o fealdad, para un grupo de vecinas y vecinos, que desean tener en ella un espacio necesario para su cotidianeidad, el descanso, la descongestión urbana y el contacto con lo verde, para los niños para los que representa un lugar de juego, o para un grupo de empresarios del ocio que la imaginan como un espacio útil para el negocio en base a bares y terrazas.
No se debe, por tanto, reducir el paisaje a un sentimiento de la estética basado sólo en la belleza. Y menos cuando el modelo que se generaliza es el que propagan los medios de comunicación, la publicidad o el marketing urbano. Aunque, cuando esto ocurre, y por desgracia lleva tiempo ocurriendo, se produce, como afirma Milani “el desastre de la banalidad y del kitsch generalizado” (Milani, 2008).
Esta profusión de paisajes homogéneos, banales, que se vinculan a formas de habitar y consumir globales, y que aparecen hoy en las periferias urbanas, en las ciudades del turismo, pero también en los centros históricos en proceso continuo de renovación y sustitución, genera crisis de representación en las sociedades, donde surge la sensación de que se está robando la herencia territorial, la memoria, las identidades. El proceso de
metropolización acelerado y expansivo que ha caracterizado a nuestras ciudades en las últimas dos décadas, ha sido especialmente irresponsable tanto con el entorno territorial no construido, al extender la ciudad hasta el infinito, como con los símbolos culturales e identitarios locales, que van siendo poco a poco borrados. Como contrapunto, aparecen en nuestras ciudades cada vez más no-lugares, los definidos por Marc Augé, espacios reales pero sin carácter, uniformes, sin identidad, de tránsito, que no generan vínculos o sentimiento topofílicos, espacios alejados de aquellos que representan la memoria colectiva, lo propio, lo territorial.
La importancia del paisaje como ámbito donde acontecen las experiencias cotidianas y en la construcción de identidades individuales y colectivas, de conciencia como grupo social, de la dignidad y la autonomía de una sociedad, produce que, cuando se eliminan los símbolos propios de la cultura local, se elimina a su vez la legibilidad de los lugares, su familiaridad (Nogué, 2008). Esta cuestión, de máxima importancia, está presente en las luchas indígenas por el territorio (y por sus paisajes), tan frecuentes en Latinoamérica desde la década de los años 90, una lucha que ya no es simplemente por sus tierras agrícolas, “sino la raíz misma de su identidad cultural” (Sousa Santos, 2012). Una lucha que hoy comenzamos a ver también en nuestras latitudes y en los ámbitos urbanos, donde la cuestión del territorio y la cultura e identidad vinculadas a él es cada vez más relevante, la reivindicación de la re-territorialización y del derecho a la ciudad, de sus símbolos locales, del patrimonio11 y de la participación en su protección, construcción
y gestión, como veremos en la tercera parte de este documento al hablar sobre los actuales movimientos sociales.
Estas luchas y movimientos responden a intentos de oponerse a las formas hegemónicas de construir paisaje urbano por el capital, que incentiva el consumo de recursos poco responsable, a la valorización de los paisajes construidos por actores económicos dominantes como generadores de renta monopólica (Harvey y Smith, 2005), al uso de elementos identitarios por el poder institucional y económico como forma de demostrar
11 El término patrimonio es aquí un concepto amplio, como patrimonio construido, pasado y presente, más
la dominación12, a la elitización de amplias zonas urbanas, y a la conversión de lo
cultural y de los comunes en “mercancía global” con la consiguiente desposesión de sus habitantes (Garnier, 2014).Todo ello, además de transformar los lugares en dividendos, ejerce un férreo control social pues al borrar memoria e identidad (y, por tanto, bloquear los sentimientos topofílicos), se logra neutralizar la consciencia de grupo (y la conciencia individual) y, por tanto, la rebeldía y la política.