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Los planteamientos morales exhibidos al servicio de la vida animal nos devuelven de manera irresistible a la plétora de juguetes zoomórficos con que rodeamos el mundo de la tierna infancia, evocados por Lévi-Strauss al principio de este trabajo. Conviene recordar que estas representaciones lúdicas aparecen siempre en clave benévola, ingenua y con la constante fundamen-

tal de una infantilización de sus rasgos físicos. En ese mundo infantilizado no caben ni la muerte ni el mal. El lobo fraterniza con el cordero y el león se enamora de los antílopes. Alguien observó que aquellos juguetes no suelen comportar garras ni dien- tes, nada que evoque el peligro o el carácter predador del animal representado y venga a empañar el sueño edénico49. Para sus

defensores, el animal conserva siempre una dimensión pueril y, como el niño, sigue siendo heterónomo y necesitado de protec- ción. Lo que hemos venido llamando antropomorfización siste- mática del animal es, al mismo tiempo, una “minoración” donde, ante la imposibilidad de hacer de él un sujeto de derecho, se le trata como un menor de edad todavía necesitado de tutoría. En consecuencia, además de quedar amputado de sus señas de iden- tidad etológicas, a este animal infans, carente de lenguaje, se le presta la voz que no tiene para convertirlo en juguete de peluche, en dócil ventrílocuo de nuestras ensoñaciones. Al final, queda así transformado en zombi, en un muerto viviente, manipulado, accionado y animado desde el exterior. La muerte y el mal, que se quisieron echar por la puerta, regresan así por la ventana. Pero estos neoanimismos beatíficos, estos neo-panteísmos angelicales, base frecuente de las ideologías animalistas, tienen la convicción inquebrantable de que su torrencial compasión a punto está de

reencantar el mundo.

Hay pues en estas proyecciones edénicas un verdadero temor a la lucidez intelectual y al carácter ímprobo del esfuerzo de conocer, luego una renuncia a las dudas, las incertidumbres y la prudencia que acompañan el trabajo científico. En su lugar se exhibe un derretimiento retórico-emocional que sirve para perfi- lar los blandos contornos de una conciencia moral básicamente 49Menos en el caso de las «reencarnaciones» del tigre Hobbes, el peluche,

compañero y mentor de Calvin en la genial tira cómica lamentablemente inte- rrumpida por su autor, Bill Watterson, en 1996. Era una lúcida excepción en la ñoñería «buenista» de los personajes animales de la literatura infantil.

autocomplacida. El cúmulo del conocimiento humano es tan abrumador que cada uno de nosotros solo puede tener acceso a una parte infinitesimal. Los seres humanos son ellos, uno por uno, muy complicados. Pero el animal es en cambio un homún-

culo fácilmente abarcable. Además, conocido el individuo, pen-

samos razonablemente que podemos abarcar la especie. La idea de esta abarcabilidad de la condición animal por el hombre, ese «poder sobre la vida y sobre los seres» evocado por Digard, está siempre latente en las posturas animalistas. Si los animales son domesticables físicamente, también lo son moralmente. El ani- malismo es esencialmente un fenómeno occidental y es insepa- rable de cierta idea del fin de la historia, de la conciencia de ocupar un nicho confortable en una sociedad pacificada donde el bienestar económico y el bienestar moral se confunden y se con- sideran definitivos. Hoy, en las sociedades opulentas, resulta fácil legislar moralmente sobre animales y protegerlos. El des- enfreno compasivo otorga a quien lo practica la gratísima certe- za de su propia excelencia. Por otro lado, el odio a veces feroz, inaudito, patológico, hacia todos aquellos a quienes se les asig- na el rol de verdugos brinda a los tartufos la posibilidad de revestir su turbiedad de cándida limpidez50. No se trata de una

marcha ascendente hacia la plenitud moral sino, opuestamente, del carácter gratificante y evasivo de una ética de juguete que se entretiene con muñecos irrisorios y pasivos. Pura moralina de la que sacaba a Nietzsche de quicio y no es más que uno de esos mecanismos llamados «endotélicos» porque su finalidad es la de preservar nuestra estabilidad interior.

50«¡Haber (sic) si se muere ya José Tomás, por favor!!!»; «¡Que se joda!»;

«¡Ojalá le amputen la pierna por h. de p.»; Son algunos comentarios, en You Tube, tras la gravísima cogida de José Tomás en Aguascalientes. Elijo algunos de los más breves, no los más desalmados ni groseros. El que sigue es uno de los más «líricos»: «¡qué pena que el toro no le haya arrancado ese corazon tan frío!»

La ética, en cambio, es siempre costosa, con frecuencia indecidible, potencialmente sacrificial. En la continuidad de los totalitarismos siniestros del pasado siglo XX, o tal vez «compañe- ros de viaje» de los fundamentalismos patibularios que amenazan el horizonte del siglo XXI, los grupos animalistas sueñan con un hombre mondo y lirondo de las adherencias de su historia natural, desposeído de su espesor sustancial, maleable y convertible a pla- cer en un «hombre sin atributos» como en la novela de Robert Musil. Para los animalistas, hombres y animales sólo se conciben reducidos al estado de seres esquemáticos, condenados a la ino- cencia, prometidos al destino de ser los vehículos de una bondad atrofiada, solamente capaz de andar apoyada en las dos muletas de las prescripciones y las proscripciones. En realidad, la dedicación preferente y obsesiva a la cuestión del sufrimiento animal, que drena tiempo y actividades, supone una ruptura voluntaria con la sociedad humana y la inevitable anestesia de la empatía que el individuo experimenta espontáneamente por sus congéneres. Cabe hablar de una mutación deletérea de las facultades humanas. El desplazamiento ideológico que los lleva a anteponer los intere- ses de ciertos animales a los del hombre es autoinvalidante y engendra patéticas consecuencias. Convertidos arbitrariamente en los intérpretes exclusivos de los intereses animales, se consideran asimismo intérpretes exclusivos de los intereses y la ética huma- nos y terminan creando una nueva cadena de los seres, encabeza- da por ellos, seguidos, a corta distancia, por sus animales predilectos y sólo después por el resto de las tribus humanas con- sideradas desalmadas.

No conocemos el porcentaje de aquellos entre los anima-

litarios que comparten la escalofriante capacidad de odio contra la raza de los verdugos de la que acabamos de proporcionar

algunos ejemplos anecdóticos, pero su número parece importan- te y deja presagiar una verdadera deriva sectaria con claras dimensiones patológicas y secuelas algún día criminales.

Nuestras esporádicas incursiones informativas en la Red demuestran su importante presencia en México. El dato es suma- mente revelador. Se trata de la segunda nación taurina en orden de importancia, donde la corrida de toros sufre semejante o peor proceso de desafección que en España, pero es también un país donde la espeluznante violencia de los cárteles mafiosos está socavando el cimiento social, carcomiendo las instituciones y arrodillando prácticamente al Estado, ante la incomprensible indiferencia del mundo. La situación nos parece absolutamente premonitoria. No nos cabe la menor duda de que un futuro de pesadilla, en el que unas sociedades acéfalas, corruptas y atemo- rizadas por el crimen organizado podrán disfrutar, al mismo tiempo, de minuciosas legislaciones zoofílicas, ellas sí estricta- mente respetadas, está perfectamente a la orden del día.

COROLARIO CONCLUSIVO

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