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Progreso y civilización son términos que cualquiera de nosotros

acostumbra a escuchar más de diez veces al día sin concederles especial importancia, motivo por el cual nos veríamos en un tremendo apuro en el hipotético caso de que alguien nos exigiera dar de ellos una definición breve y concisa.

En realidad, para los hombres de nuestra época, progreso quiere decir algo así como ciencia e industria, descubrimientos e invenciones, esto es, todo aquello que hace referencia a los esfuerzos realizados por la humanidad desde el comienzo de los siglos, en orden a crear ese utillaje instrumental que de una u otra forma ayuda a sobrevivir al hombre, contribuye o coadyuva a que el ser humano soporte mejor su existencia en la tierra. Desde el empleo de los metales a la cultura de las plantas industriales, desde la domesticación de los animales a la invención de la radio, sin olvidar el descubrimiento y la colonización del planeta tierra. Sin embargo, descubrimientos e invenciones son fiebres de ciertas épocas que no tardan en colmarse para permitir que durante largos períodos pasen años y años sin que aparezca ningún invento ni descubrimiento nuevo. Durante siglo y medio, Occidente se vio invadido por una auténtica fiebre de invenciones técnicas que fue seguido, en los siglos XV y XVI, por una segunda oleada de descubrimientos geográficos. Después se hizo la calma, e invenciones y descubrimientos pasaron a un segundo plano en el conjunto de las preocupaciones del hombre europeo.

Si dejamos a un lado el siglo XV y nos remontamos a los primeros tiempos de la historia mediterránea, percibiremos que sólo en el momento de la creación de la ciencia griega resulta correcto emplear con cierto rigor la expresión progreso, de suerte que haciendo un balance global, nos encontraremos con que el tiempo histórico del progreso ocupa un breve espacio temporal y espacial en el conjunto general de la existencia humana. Durante veinte siglos los progresos técnicos y científicos apenas se distinguen en medio de la marea histórica que los transporta y oculta. Y a pesar de todo, en ese tiempo han tenido lugar grandes transformaciones. Por citar un único ejemplo, baste mencionar tan sólo las grandes religiones monoteístas y su expansión universal. Reducir la palabra progreso a un mero portador de ideas relacionadas con la ciencia y

la técnica, supone proclamar que el gran esfuerzo creador representado por el judaísmo, el cristianismo o el islamismo, no ha tenido ninguna incidencia en el avance humano, simplemente porque no habría procurado progreso alguno. Absurda conclusión, a la que nos encontramos abocados desde el momento en que confundiendo progreso con civilización, somos incapaces de distinguir el uno de la otra.

Pensamos que la civilización es un estadio superior de la existencia porque nos proporciona bienes desconocidos en una situación de barbarie. Pero ¿cuáles son esos bienes?, ¿poseer un gusto más refinado?, ¿o quizás un más alto grado de educación social?, ¿o un sentido más elevado de justicia y de humanidad? Obviamente no existe acuerdo al respecto y cada cual tiene sus propias preferencias. No obstante todos coinciden en admitir que estos bienes, sean los que fueren, no sólo no dependen de la ciencia ni de la técnica, sino que además pueden incidir negativamente sobre ellas debilitándolas, confundiéndolas y destruyéndolas.

En definitiva, las ideas de progreso y civilización que tan importante papel parecen jugar en nuestra existencia, no son más que términos confusos y equívocos. ¿Existe algún medio para clarificarlos? Es evidente que ambas palabras —progreso y civilización— reflejan un ideal común, el de mejora, el de superación, el de pasar de un algo desconocido a un otro algo que ha sido adquirido, descubierto, captado o comprendido por la inteligencia humana. Ahora bien, cabría preguntarse, ¿es que acaso existe en origen, un mal reconocible al cual imputar la autoría de los cambios y transformaciones que hasta la fecha venimos calificando con los apelativos de civilización y progreso?

El origen de ese mal primordial no puede estar más que en el miedo. El miedo es el alma del universo viviente. El universo no entra en la esfera de la vida más que para darse miedo a sí mismo. Los animales están en permanente situación de alarma, en

constante posición de huida, porque buscando a toda costa ampliar y multiplicar sus defensas terminan inexorablemente siendo a la vez víctimas y causas directas del miedo. En este contexto, ¿qué es la domesticación de animales por el hombre sino una victoria sobre el miedo antes que éste se torne intratable? No es posible domesticar más que animales muy pequeños, casi recién nacidos, capturados antes que los reflejos del miedo se hayan apoderado de ellos y los conviertan en terribles fieras salvajes17.

Ahora bien, en el reino de la naturaleza y de los seres vivientes el hombre es, sin la menor duda, el espécimen que más sufre y provoca el miedo, porque él es el único animal viviente con inteligencia suficiente como para hacerse una idea clara de esa maldición, de esa terrible y oscura vorágine hacia la que inexcusablemente y desde la eternidad se encamina la vida, la muerte. El hombre y nadie más que el hombre de entre todos los seres de la creación, tiene la facultad de construir instrumentos mortíferos, armas destructoras de la vida. Sabiendo que puede morir en cualquier instante y que un día u otro deberá necesariamente dejar este mundo, el hombre ve en todas partes amenazas y desafíos contra su vida, mientras que su imaginación, deslumbrada por el miedo, llena el universo de fantasmas y de fuerzas conflictivas que al igual que él llevan consigo el poder de sembrar la muerte. Aquí radica precisamente uno de los puntos referenciales claves que separan al hombre de los animales, porque éstos temen siempre peligros si no totalmente reales, sí al menos potencialmente factibles. Un pájaro que picotea unos granos de maíz en medio de una calle desierta y que rápidamente emprende

17 Las semejanzas entre Ferrero y Hobbes en este punto resultan evidentes,

incluso puede decirse que resultan extraordinariamente evidentes, confróntese al respecto, y simplemente con carácter ejemplificador lo aquí dicho y las afirmaciones mantenidas por Hobbes en el Capítulo XHI del Libro I de

el vuelo nada más intuir la proximidad de una sombra humana, huye de un peligro inexistente pero posible, ya que aún cuando el hombre que se acerca no tuviera deseo alguno de hacerle daño, podría fácilmente albergarlo, y como el pájaro no sabe, ni puede llegar a saber nunca, las verdadera intenciones del ser cuya sombra teme, es razonable de su parte darse al vuelo, si se me permite servirme de una expresión que en este caso tiene poco de metafórica.

Una parte de los seres humanos —hombres primitivos, salvajes o bárbaros— tiemblan, han temblado y temblarán todavía, ante un gran número de peligros imaginarios, llámense espíritus, muertos, magos, sortilegios o divinidades malignas, que frecuentemente se superponen a los peligros reales, e incluso en más de una ocasión llegan a ocultarlos. Así ocurre, por ejemplo, con los cocodrilos en ciertos países africanos. Numerosos testimonios —recogidos por Levy-Brühl en su ensayo La Mentalité primitive—, proporcionados por los viajeros que han conocido y frecuentado las orillas de los ríos y lagos de aquel continente, afirman que estos reptiles son considerados por los nativos animales hasta tal punto inofensivos, que no dudan en bañarse con sus hijos a pocos metros de tan mostruosos saurios. En cierto modo no carecen por completo de razón ya que los cocodrilos, al igual que los demás componentes del reino animal, son en extremo temerosos de la presencia humana, de forma que basta el más leve ruido del chapoteo del agua provocado por un grupo de niños para asustarlos, hacerles huir o incluso obligarles a permanecer inmóviles, tratando de hacerse pasar por muertos. Pero volviendo a las creencias de los pueblos africanos, ¿cómo se explican esos seres que aquellas pretendidas pacíficas bestias de cuando en cuando ataquen y devoren a algún hombre que otro?

Muy sencillo, para esas almas primitivas la causa es siempre inevitablemente la misma, un mago que pretendía hacer daño o

provocar el mal en la víctima, hechizo al cocodrilo, que bajo los efectos del embrujo no ha tenido más remedio que romper con sus tendencias naturales, comportándose como una auténtica alimaña asesina. El hombre africano, pues, no tiene ningún miedo del animal que representa el peligro real y vivo, sino el mago creado por su fantasía, el mago es el verdadero culpable a perseguir y castigar.

Ahora bien, el hombre no sólo tiembla ante peligros reales o imaginarios, como conoce y sabe de su capacidad de hacer daño a los de su propia especie, se teme ante todo a sí mismo. Paradoja imprevisible, el hombre es de todos los hijos de Dios, el ser que más miedo infunde a sus semejantes, a sus hermanos de existencia, porque él y nadie más que él, posee en este mundo la habilidad suficiente como para fabricar útiles capaces de segar la vida, de causar la muerte. Precisamente en esa habilidad radica la razón que incrementa el miedo humano. Las armas deberían inspirarle confianza en sus propias fuerzas y asegurarle una tranquilidad mayor, puesto que lo defienden y garantizan frente a las previsibles agresiones de las bestias feroces del mundo exterior. Sin embargo, las armas pueden ser empleadas también contra el mismo hombre, de manera que cuanto más se armen los seres humanos para estar más seguros, mayor será su miedo, porque el resultado natural de todo este proceso no puede ser otro que el hombre —bien como individuo, bien como grupo— termine resultando un terrible peligro para el propio hombre.

El Consejo de sabios que en 1932 buscaba en Ginebra la definición de arma estrictamente defensiva, posiblemente no se imaginaba que si la hubiera encontrado habría cambiado por completo el destino de la humanidad, inaugurando sobre la faz de la tierra una era de paz en la que el hombre conseguiría finalmente vencer al miedo.

El hombre por tanto, vive en el centro de un sistema de terror, en parte natural y en parte ficticio, siendo el segundo mucho peor que el primero. El poder es la manifestación suprema del miedo que el hombre se provoca a sí mismo en su vano esfuerzo por huir del terror. Y aquí estriba el secreto más oscuro de la historia. Un principio de autoridad existe incluso en las más primitivas y rudimentarias agrupaciones humanas. El esquema del poder es único e igual en todas partes, el superior es quien manda e imparte justicia, el gendarme y el soldado son quienes imponen por la fuerza la voluntad y las decisiones del superior, la masa es el cuerpo amorfo que obedece espontánea o forzadamente las decisiones dictadas por sus jefes. La humanidad ha vivido, vive y vivirá organizada de este modo por una razón muy simple: los hombres se temen los unos a los otros, desconfían mutuamente de los de su propia especia a causa, sobre todo, de las armas que han fabricado para defenderse de sus miedos.

Cada hombre sabe que es, sin duda, más fuerte que alguno de sus semejantes y más débil que otros muchos, como sabe también que, solo, aislado, en medio de la anarquía total, sería el terror de los más débiles y la víctima de los más fuertes. Es por esto por lo que siempre y en todas partes la mayoría de los hombres han decidido renunciar a ejercer el terror sobre los más débiles para, en contrapartida, temer menos a los más fuertes. Tal es la fórmula secreta del orden social. Añádase ahora a todo ello el miedo a la guerra. En el momento en que dos grupos humanos entran en contacto, comienzan a recelar y a temerse de la misma manera y por las mismas razones que anteriormente señalábamos como causa directa e inmediata del enfrentamiento entre los sujetos individuales que componen la sociedad: el miedo a las armas que unos y otros poseen, o al menos dicen poseer. Con toda probabilidad el grupo contrario no tiene intenciones agresivas, pero ¿quién puede estar seguro por completo? Puede ser que esa

sea su posición actual, pero ¿quién asegura el futuro? La prevención se impone, es necesario armarse y obedecer a los líderes que organizan la defensa, pero estas preocupaciones defensivas suelen presentarse a los ojos del grupo adversario como amenazas. Las desconfianzas recíprocas terminan generando una imparable dinámica de miedo y terror que se alimenta en el temor ajeno, de idéntica forma que dos espejos situados frente a frente se reenvían recíprocamente sus imágenes hasta el infinito. En este juego de miedo de espejos está el origen cósmico de la guerra. La codicia y la ambición se desatan entonces bajo la apariencia de premios y recompensas por los servicios prestados, bajo la forma de efectos y no de causas de una guerra provocada, en sus orígenes, por el miedo.

EL poder, como arma, es, en sus prístinos orígenes, un medio de defensa contra los dos mayores terrores que azotan a la humanidad: la anarquía y la guerra. El poder es al mismo tiempo, un producto del miedo universal y, si se me permite utilizar una terminología cara a una mala filosofía de moda desde hace más de siglo y medio, de la existencia de dos tipos de sujetos en que se puede dividir a la humanidad. La mayoría de los hombres son seres tímidos, modestos y pasivos que nacidos para obedecer, constituyen la materia plástica sobre la que actúa el poder, modelándola a su antojo y voluntad. Por su parte, los señores, son una minoría dotada de una inmensa fuerza vital, son los ambiciosos, los activos, los impositivos que a través de su acción o de su pensamiento exteriorizan su necesidad de afirmar su propia personalidad. El espíritu de superioridad está tan arraigado entre los hombres de esta clase, que no dudan en lanzarse decididamente contra los obstáculos más peligrosos, afrontando directamente una alternativa dramática, destruir o ser destruidos.

Si se pudiera dar crédito a un traductor solitario, que a comienzos del siglo XIX, trató de interpretar los sagrados textos, investigando

las fuentes más remotas y originarias, estos dos tipos de hombres estarían representados en el capítulo cuarto del Génesis, por dos

grandes personajes mitológicos llamados respectivamente Caín y Abel.

Caín escondería un nombre simbólico, cuya raíz etimológica expresaría con carácter general, todo lo que es denso, comprimido, activo, absorbente y, más concretamente, en lo que respecta a la naturaleza humana, cuanto es fuerte, poderoso, rígido, vehemente, central, cuanto sirve de base, de regla, de medida de norma, cuanto aglomera, seca, se apropia, asimila, integra todo lo que le rodea. El nombre de Abel llevaría implícita una connotación muy diferente, significando en el orden físico todo aquello que de alguna manera se dilata, es tenue, blando, inconsciente y, en el orden moral, todo lo que es dulce, pasivo o implica abandono o debilidad, en el terreno de las consideraciones políticas, Caín se identificaría con los hombres llamados a mandar, mientras que Abel sería el portaestandarte de los destinados a obedecer18.

Esta polarización de la humanidad en señores y siervos parece corroborar admirablemente la idea de un plan de ordenación preestablecido por la divinidad atendiendo a la naturaleza misma de los hombres. Puesto que existen seres predestinados a mandar y seres predestinados a obedecer..., puesto que aquellos son una minoría y éstos la mayoría..., puesto que ni los unos ni los otros pueden subsistir solos... la minoría activa deberá autoidentificarse colocándose a la cabeza de la masa para guiarla y dirigirla. La relación entre los dos tipos humanos se torna así en complementaria e integrativa, de suerte que resulta sencillo y fácil mantenerla y consolidarla en el tiempo. Por esta vía se llega a determinar, sin excesivas complicaciones, la auténtica naturaleza de

esos medios de coacción que sirven al amo para hacerse obedecer y que comparten con las armas aquella característica peculiar que señalábamos más arriba, de reprimir y despertar simultáneamente en el corazón de los hombres, el sentimiento del miedo.

La fuerza bruta obviamente puede reducir al súbdito a un estado de obediencia, pero también puede desencadenar la revuelta. Los dos efectos son siempre posibles y no hay forma alguna de prever anticipadamente y a ciencia cierta, cuál de ellos terminará por imponerse, todo depende de circunstancias frecuentemente ocultas, de factores misteriosos, imposibles de conocer a priori, como el carácter, la disposición del momento, las resistencias reales o supuestas que habrá que vencer, así como las formas que revestirá la coacción que puede ser, más o menos justa, más o menos inteligente, más o menos rigurosa. Esta incertidumbre en los efectos y en las reacciones, consustancial a todos los actos de fuerza, es causa profunda y última de una de las complicaciones mas misteriosas e importantes de la historia de la vida, ya que si los hombres temen siempre al poder al que están sometidos, también el poder que los somete teme siempre a la colectividad sobre la que impera. Caín tuvo miedo de Abel y por esto terminó matándolo. En los Estados fuertemente constituidos, en las grandes civilizaciones, el miedo puede quedar reducido a la mínima expresión, a un simple residuo espectral, pero aun así sobrevivirá eternamente, al menos potencialmente, y cualquier incidente, hasta el más intrascendente estará en condiciones de resucitarlo. No ha existido nunca, ni existirá jamás un amo que pueda estar totalmente seguro de ser siempre y en todo momento obedecido voluntariamente por su esclavo.

Cualquier poder sabe perfectamente que la posibilidad de una rebelión subyace permanentemente en estado letárgico y en forma latente por los siglos de los siglos en el corazón de los súbditos, incluso en el más obediente de todos ellos, de suerte y manera que

el día menos pensado y so pretexto del más minúsculo incidente, puede estallar la chispa desencadenante de la revuelta. En este contexto la afirmación de que los amos del poder se han venido sintiendo en el pasado y se sentirán en el futuro tanto más en precario justamente cuanto mayor sea su necesidad de emplear la fuerza para imponer sus decisiones, resulta a todas luces incontestable.

La única autoridad que desconoce el miedo es precisamente la que deriva del amor, aquella que por ejemplo ejerce el padre sobre el hijo. Para evitar que entre el hombre y el poder medie constantemente esa relación de miedo recíproco, sería menester que el poder fuera obedecido y reconocido con plena y absoluta libertad por respeto y amor sincero. En el momento en que intervienen las amenazas y los reproches, aparece inmediatamente el miedo: los hombres empiezan a tener miedo del poder que los constriñe y el poder termina por temer que los hombres puedan rebelarse.

Ahora bien, los miedos inherentes al poder no provienen tan sólo de los sujetos a él sometidos, sino que también encuentran en múltiples ocasiones explicación en sus propios agentes y colaboradores. Mientras le sirven fielmente, son su brazo irresistible, su instrumento imprescindible, pero ¿qué ocurrirá en el momento en que deciden hacer buena su condición humana y con ella su inestabilidad de carácter, optando también por rebelarse?, ¿qué queda del poder cuando sus agentes y colaboradores se

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