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SSM in Actions (Stages 5 and 6): Evaluation of toolkit and workshop

Chapter 4: Research Methodology

4.2 Development of a Soft Systems Method (SSM)

4.2.3 SSM in Actions (Stages 5 and 6): Evaluation of toolkit and workshop

Dentro de las nociones más usadas y generalizadas, desde al lado de las subjetivi- dades, conocemos a los cuidados desde la autora Borgeaud (2017), quien advierte que son “brindar lo mejor que una tiene para que el otro se sienta tranquilo”; insiste en que el cuidado sobre todo tiene que ver con la satisfacción de las otras personas. Sin embargo, las palabras “cuidado” y “cuidar” abarcan dimensiones que complejizan, de alguna manera, su comprensión.

Estos términos se consideran apropiados para dar cuenta del carácter polisémico del cuidado; proviene el latín cogitãtus y cogitare (pensamiento, pensar); su sig- nificado se relaciona sobre todo al proceso cognitivo del cuidado: anticiparse y esmerarse en la ejecución de las acciones. Asimismo, posee una dimensión moral: la preocupación, solicitud y atención para hacer bien el trabajo, la disposición para asumirlo como una responsabilidad. Finalmente, se encuentra la dimensión práctica: es una acción, es hacer algo para mejorar, mantener el bienestar y sos- tener la vida de otra persona.

En el marco de la perspectiva ética, que de alguna forma confronta los enfoques feministas más clásicos de los cuidados, en términos de la consecuencia repro- ductora de subordinación femenina que puede provocar su postulado, la teórica filósofa feminista Carol Gilligan (1982), en su teoría sobre la ética de los cuidados, afirma que las mujeres son quienes poseen el atributo “ético” del cuidar. Son ellas las que han dedicado casi toda su vida a desarrollarlos, determinando de otro modo que los hombres construyen su moral en relación a otros ámbitos, como la justicia y el utilitarismo en sus relaciones cotidianas, pues no “piensan en el otro”. En definitiva, es un debate que la autora apertura para reflexionar, de alguna manera, sobre la posibilidad de politizar los cuidados y de tomar en cuenta “las voces diferentes” de quienes cuidan.

En esta misma tendencia sobre la ética, y probablemente desde la capacidad revolucionaria del cuidado ante el sistema capitalista, Joan Tronto (2006) mencio- na que los cuidados son una serie de actividades que vinculan todo lo que hace- mos para mantener, continuar y reparar nuestro mundo, de manera que podamos vivir en él como sea posible. Esto incluye nuestro cuerpo, nuestro ser, el medio ambiente, es decir, tejer una red de sostenimiento de la vida. En definitiva, para la autora, el cuidado está en todo lo que nos rodea y en todo lo que somos; por ello, todos y todas deberíamos dedicarnos más a cuidar que a producir. Esto se convierte, efectivamente, en un enfoque transformador desde un feminismo del cuidado.

Desde otra perspectiva feminista que asume a los cuidados como trabajo, Pascale Molinier (2007) conceptualiza los cuidados como un ejercicio de preservación de la vida del otro u otra. Para la autora, cuidar no necesariamente requiere de una implicación afectiva; es decir, el afecto no hace al cuidado (inherentemente) y no siempre es requisito para cuidar bien. Molinier hace esta fuerte enuncia- ción recalcando sobre todo que los cuidados son un trabajo, sean remunerados o no. La autora enfatiza la relevancia que se debe dar en la correspondencia placer-sufrimiento en las relaciones de trabajo de cuidado; igualmente, moti- va a pensar en una nueva figura del proletariado: las trabajadoras del cuidado, mujeres.

De otro modo, desde una mirada más sociológica y política, Batthyány (2015) reflexiona los cuidados como una dimensión que ha existido siempre, a pesar de la mimetización social y económica; advierte que las sociedades han debido forjarse a través de tres actividades esenciales: la productiva, la reproducción social y la construcción de imaginarios sociales a través de los cuidados. Este criterio tiene relación íntima con la interdependencia necesaria que existe como fundamento en los cuidados; un día podemos ser cuidadoras y pasar en algún momento a ser cuidadas (sin embargo, el sujeto no cambiante, es el cuidador: en gran parte son mujeres).

La autora Nadya Guimaraes (2019), desde una mirada más sociológica, realiza un análisis a partir de circuitos de cuidado, cuya base es la percepción social que se otorga al cuidar en relación a la forma como se cuida, los y las cuidadoras y las personas cuidadas, con qué se cuida y por qué se cuida. Por un lado, identifica en sus estudios un tipo de cuidado que se profesionalizó, sobre todo los que están relacionados a los servicios. Estos se tecnificaron a través de una formalización

educativa, “licencia para trabajar”, es decir, un permiso, un recurso de validación de estas prácticas de cuidado; dentro de estos trabajos, por ejemplo, se encuen- tra la enfermería. Por otro lado, están los cuidados por obligación. La principal característica de este tipo de cuidados, para Guimaraes, es que la protagonista de estos actos del cuidar no son profesionales con “licencia técnica”; es la madre, la abuelita, la hija, quien está obligada a cuidar del otro u otra familiar, bajo el supuesto del amor o el afecto por correspondencia familiar. La abnegación, el sacrificio, el altruismo son los principios habituales en este tipo de cuidados3. En estas reflexiones de Guimaraes, encontramos la noción de los cuidados, inter- pretados socialmente como “ayudas”4; no son una profesión y no son una obliga- ción, sus huellas son las más imperceptibles en el mundo del trabajo de los cui- dos, son relaciones de sostenibilidad de las vidas que se hacen por solidaridad, necesidad y, muchas de las veces, por ausencia de un sujeto obligado a cuidar y la asunción del cuidado común por sujetos mujeres que cuidan colectivamente (Guimaraes, 2019).

Desde otra perspectiva, al ver al cuidado como “ayudas”, Cristina Vega, Raquel Martínez y Myriam Paredes (2018) señalan que, cuando el cuidado es sacado de los hogares, de las familias y los cuidados circulan, se denominan “cuidados comunitarios”5. Señalan que lo comunitario en el cuidado hace visible el coo- perativismo y, así, permite pensar el potencial que tienen estos cuidados para construir arreglos que no estén comandados por la privatización social y espacial de la familia.

En definitiva, los cuidados, así comprendidos, unos más que otros, se inmiscuyen en la intimidad de las personas, pues en el cuidado de la vida se encuentran todas las necesidades a ser satisfechas, sobre todo cuando se sostiene la vida de personas dependientes. Aquí ven expuesta su intimidad ante las cuidadoras y 3 Condicionamientos que, como denomina Bourdieu, conforman un/unos habitus. Disposiciones durade- ras y transferibles, estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes, es decir: como principios generadores y organizadores de prácticas y de representaciones que pueden ser objetivamente adaptadas a su meta sin suponer el propósito consciente de ciertos fines ni el domi- nio, expresión de las operaciones necesarias para alcanzarlos (Bourdieu, 2007).

4 La principal característica de este arreglo de cuidados tiene que ver con una cuestión fundamental. Mientras más se colectivizan los cuidados, con más fuerza son denominados como ayudas¸ pues se alejan de manera abismal del principio ontológico del trabajo: la individualidad de la fuerza de trabajo en el mercado laboral, la competitividad, el mérito y el trabajo por resultados. Esto pone en discusión las imposibilidades que ciertos arreglos de cuidado encuentran para ser denominados como trabajo en paradigmas clásicos y liberales de pensamiento económico.

5 En el contexto ecuatoriano, en pleno auge del neoliberalismo de desprotección social, los cuidados han tenido que ser reconcentrados en las familias, pues ya no es un acompañante de protección social. La familia se convierte en el micro-Estado protector de todos sus miembros, pero, además, resalta la comunidad de los cuidados; entonces, también se convierte en una urgencia en tiempos neoliberales.

cuidadores, de tal forma que los cuidados requieren de cuerpos que enfrentan la vida cotidianamente a través de actividades múltiples y se usan todas las formas posibles para provocar bienestar a otros y otras. No obstante, los cuidados no solo se resignan al espacio del hogar, se traslapan hacia el exterior, a los espacios públicos, laborales, educativos, de salud, sea a modo de servicios, de voluntades, de obligación, de sororidad, de colectivizar, etc.

Entre estas nociones y entendimientos, se encuentran también las reflexiones y cuestionamientos feministas a la intangibilidad de su base económica, pero que forma parte fundamental de la economía. Desde allí, los cuidados, igualmente, son un trabajo, uno mimetizado por los trabajos denominados “productivos”, los cuales no existen sin su fuente vital, de las mujeres que provocan la fuerza de y para el trabajo. Es un trabajo de cuerpo a cuerpo, un cuerpo que articula sus capacidades físicas, cognitivas, emocionales, relacionales, intelectuales para cui- dar de otro y otros cuerpos.