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Stabilization without Commitment

2.5 Leaning Against the Winds

2.5.2 Stabilization without Commitment

El místico estructura su experiencia de relación con lo Otro, con la realidad última según los medios de su tradición y cultura. La realidad última o mistérica, presenta rasgos diferentes en las tradiciones dioses/Dios/Diosa, con representaciones antropomórficas, teriomórficas, dendromórficas. En todas las representaciones de esa realidad transcendente aparecen dos rasgos comunes, la absoluta transcendencia de nuestro mundo y a la vez la inmanencia íntima en nosotros y el núcleo de esa realidad, “superior summo meo, interior intimo meo” como lo expresaba S. Agustín.

Esta condición de Presencia no objetivable y sin embargo, fundamento de la realidad, no puede ser percibida como el mundo que sustenta, a pesar de ello aparece en las dimensiones de la persona: la conciencia, la tendencia y el deseo, el sentimiento, la libertad.62 Las preguntas acerca de esta realidad pueden tener su

origen en el yo, en el deseo y por eso la tendencia a ser completadas en ella, con el peligro de crear un cuento, un ídolo, si consideramos esa Presencia como un objeto, solo nos referiremos de modo auténtico a ella si la consideramos nuestro origen y raíz. Dios pregunta primero a nosotros ¿Dónde estás? Dios precede. La pregunta radical anterior a cuantas preguntas podemos hacernos acerca del mundo es ¿por qué hay mundo? ¿quién soy yo, por qué soy? Se descubre que soy más grande de lo que yo mismo puedo comprender y que el deseo es mi propia esencia constituyente, insaciable por tanto.

El deseo ha sido categorizado de formas diferentes, en la E. Media se consideraba “deseo natural de ver a Dios” el hombre es un ser para Dios. Es una forma de expresar que existe una huella precedente y fundante de Dios en el hombre y todos los místicos se refieren a ella como la causa desencadenadora del proceso místico.

La concepción del hombre desde el punto de vista de la mística es de alguien más grande que sí mismo “el hombre supera infinitamente al hombre” hay un componente divino en el hombre con lo que se indica esa infinitud dentro de la limitación propia. En el cristianismo el hombre es imagen de Dios y esto además

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de conferirle dignidad, nobleza, culmen de la creación, también le dota de abismo en sí mismo, en correspondencia con el abismo de Dios.

El espíritu es un proyecto, es una aventura, que puede realizarse, o bien reducido al mundo o orientado a Dios, como nos describe S. Juan. Hay que salir de uno mismo desde y hacia el interior de uno mismo hasta encontrar el Otro allí. El místico nos muestra la estructura fundamental del ser humano, el centro es el abismo de la Presencia originante de Dios. El vacío en el que se instala el místico y que es lo que a nosotros nos interesa.

Para el Islam el hombre también es creado a imagen y semejanza de Dios y Rumi le llama “astrolabio de las cualidades de sublimidad” y “medida de las demás cosas”. Entre los sufies aparece la conciencia de vivir desterrados fuera del verdadero lugar y nostalgia de su verdadera patria, encuentra en el Corán el mandato de volverse hacia ellos mismos: “Quien se conoce a sí mismo conoce a su Señor” es el camino paralelo al cristiano de adentrarse en la intimidad hasta encontrar el punto de contacto con Dios. En Rumi, lo mismo que en S. Bernardo, es la invitación a la humildad como primer paso para lograrlo, entre las ruinas del propio corazón vacío de sí mismo se encuentra el hombre con Dios y en algunos místicos como Ibn Arabí se encuentra superada la frontera entre Dios y el alma. La presencia de Dios pues, reside en todas las personas y eso explica que no falten experiencias místicas en todas las épocas y tradiciones, pero eso no basta ¿Por qué se tarda tanto en descubrirlo o no se descubre en absoluto?

Puede ser por la desviación de la mirada, se busca fuera y no dentro o no se está suficientemente vacío, puede ser que no se responda, ignorándole, situándose en la increencia, pues la respuesta alteraría la vida que conocemos. Pero es necesaria además de la huella de Dios en nosotros, una actitud que el cristianismo llama fe, el judaísmo lo llama obediencia y fidelidad, el Islam sumisión, el hinduismo devoción o entrega de sí mismo a Dios, el taoismo conformidad con el Tao, en suma, es colocarse en una actitud de recibir pasiva.

Reconocer la Presencia es descentrarnos a nosotros como sujetos de nuestra vida y fundarnos en la relación con esta Presencia en nosotros, no se puede hacer sin fe.63 La experiencia mística se da en la fe, la fe es la conversión del corazón a Dios,

como decía S. Bernardo, y esa conversión se realiza en el centro unificador de la persona en el corazón, la mística consiste en una forma peculiar de vivir la fe. Y lo conocido en esta experiencia tiene significado desde otros ángulos pensamos. La experiencia personal de fe ha sido vista con desconfianza por la religión oficial. La experiencia mística es un tipo de experiencia directa, aprehensión de un valor, un hecho interno, un bien, en el sentido de connaturalidad del que ha experimentado muchas veces lo mismo. El místico ha entrado en contacto y vivido personalmente la Presencia Mistérica de la que viven las religiones “Hasta ahora sabía de ti de oídas; ahora te han visto mis ojos” Job 42,5. En el misticismo ateo se describe como una última puerta que se abre, o un último límite.64

La experiencia mística, conocimiento experiencial, contacto directo con la realidad a la que se refiere, muestra características recogidas admirablemente por Sta Teresa, para ella es la propia experiencia, el camino místico, quien puede decir sobre ello y no conceptos ni otros modos de saber.

La primera de estas características es la certeza segurísima y sin duda alguna de la realidad de lo vivido que no se olvida. La experiencia mística origina un antes y un después en la vida de la persona la aparición de una nueva forma de conciencia y la apertura a otras formas de realidad, ojos nuevos, iluminación, renacimiento, son expresiones comunes para referirse a ella. Se superan con esta experiencia las formas ordinarias de conciencia, la división sujeto/objeto son una de las formas eminentes de las experiencias cumbre, totalizadoras frente a las experiencias analítica del funcionamiento ordinario de la mente.

M. de Certeau dice: “Es místico aquel o aquella que no puede parar de caminar y que, con la certidumbre de lo que le falta, sabe, de cada lugar y de cada objeto, que no es eso, que uno no puede residir aquí ni contentarse con esto. El deseo crea un exceso. Excede, pasa y pierde los lugares. Hacer ir más lejos, a otra parte. No habita en ningún lugar”.65 La verdadera realidad no es ésta, es otra, parece ser

la certeza del místico.

64 MARTÍN VELASCO, Juan. El Fenómeno Místico. o.c., p. 290. 65

a) Etapas del camino místico.

En todas las tradiciones la experiencia mística se denomina camino o también escala, que las diferentes tradiciones dividen en etapas, algunas hasta el millar como en Ibn Arabí, pero en todos hay tres etapas principales; las prácticas preparatorias, la entrada en el camino y la iluminación o éxtasis místico. El Pseudo-Dionisio lo llama vía purgativa, iluminativa y unitiva.

La primera consiste en prácticas que preparan al sujeto para desarrollar virtudes, y prácticas para preparar la mente y la voluntad que permitan la nueva forma de conciencia, las llamaremos técnicas de unión mística.

Las estaciones preparatorias dependen del esfuerzo de la persona, a diferencia del estado propio del místico que procede de la gracia y se presenta o desaparece sin que dependa de la voluntad del hombre. Fundamentalmente consisten en arrepentimiento del mal hecho, necesidad del maestro o guía con plena confianza en él. Vamos a describir las más comunes que se dan en todas las místicas.

En la India la practica del yoga, común al brahamanismo, a la escuela samkya, al jainismo y al budismo, tiene como finalidad la reunificación del sujeto y el sucesivo tránsito del yo empírico al sí mismo y a la realización de su identidad con el absoluto.

Ocho son los pasos descritos por Patanjali, sistematizador del Yoga:

El primero llamado Yama, consiste en la supresión de la violencia, la mentira, la avidez, y el desorden sexual.

El segundo, Niyama trata de la purificación externa e interna, moderación, ascesis, estudio del yoga, abandono en el Señor. Con la práctica de todo esto, el sujeto se encuentra preparado para iniciar el camino. Después viene el tercer paso, los asanas, o ejercicios corporales y el cuarto que consiste en el control de la respiración pranayama, el quinto practica la retracción de los sentidos de sus objetos propios pratyahara, y el sexto consiste en la fijación de la mente en un punto que facilita la concentración, dharana.

Más tarde el septimo paso, la meditación, en ella la conciencia se concentra hasta verse absorbida en el objeto, y por último el octavo se llega al samadhi o iluminación. La finalidad del yoga es el aislamiento del espíritu y la unión con el absoluto, la unidad en una nueva conciencia que lleva a la felicidad y la liberación,

Hay otros caminos como el bhakti con once etapas, o las seis etapas del shivaísmo, y ya hemos hablado de las ocho etapas del budismo.

Existen sistematizaciones de los grados de la oración en las diversas tradiciones. El hilo conductor de todo ello consiste en ir de lo exterior a lo interior, de la posesión al desprendimiento, de la multiplicidad a la unificación y termina con el logro de una nueva conciencia que supera el sujeto/objeto haciendo posible el éxtasis o salida de sí mismo.

El hasidismo nos habla de los baños purificatorios y de la oración como pasos previos.

Después de estas prácticas preparatorias el místico debe efectuar la plena entrega a Dios aceptando sus designios y su voluntad, la pobreza característica del sufí, o del hassid, el piadoso judío, o el monje cristiano, el vaciamiento tan bien representado en las mezquitas, celdas y sinagogas vacías, la paciencia necesaria para las dificultades del camino, la gratitud, el temor que aparece y que es descrito en la noche oscura del alma por S. Juan de la Cruz y que son previos a la experiencia mística.

Estos estadios previos se articulan según las tradiciones y la concepción antropológica del hombre; en el Islam hay que purgar el alma-sentido con penitencia y mortificación, el corazón con soledad y aislamiento y oración mental y el espíritu con la fe. En el cristianismo S. Juan de la Cruz lo expone mejor que nadie en la “Subida al Monte Carmelo”. Este tratado y la “Noche Oscura” describen experiencias que no se pueden lograr con el solo intento del hombre, es un momento de la purificación que corresponde a Dios, Dios purifica y el hombre lo acepta.

Una vez preparado el místico se adentra en el camino, que puede entenderse de dos maneras: como etapas por las que transita el alma y el camino como medios para llegar, entendido en la segunda acepción poco se diferencia de las prácticas preparatorias ya descritas.