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3. FINITE ELEMENT MODELING AND MODAL ANALYSIS

3.3 Static Analysis under Dead Loading

Volviendo ahora al proceso mismo del estrés, para tener una visión clara debemos distinguir entre el modo en que lo tratan las diferentes disciplinas científicas, reflejando así diferentes niveles de análisis científico. La fisiología se encarga del estudio del organismo, especialmente del cerebro y de los neu- rotransmisores hormonales. Otras dos disciplinas –la sociología y la antropolo- gía– estudian sobre todo la sociedad o el sistema sociocultural. Una cuarta dis- ciplina, la psicología, se interesa por la mente y conducta individual.

En los siguientes apartados se comentan dos de estos niveles de análisis del estrés, los niveles sociocultural y fisiológico; se examina la relación que existe entre ellos y se revisan las variables distintivas esenciales para cada una. El estrés psicológico, referido a la mente individual y que incluye la valoración y el manejo, se reservan para el Capítulo 3.

Nivel sociocultural

La estructura social se relaciona con el modo en que se organiza una socie- dad –por ejemplo, en clases sociales, edad y género– y el modo de participa- ción objetiva o subjetiva de estos subgrupos influye sobre los significados sociales, valores, creencias sociales, actitudes y acciones, que son los principa- les aspectos de la cultura. La sociología y la antropología cultural son las disci- plinas fundamentales implicadas en este nivel.

El vínculo entre la estructura social y la cultura con el estrés es que ciertas condiciones, como el cambio sociocultural, la inmigración, la guerra, el racis- mo, los desastres naturales y las crisis sociales, como las depresiones económi- cas, el desempleo, la pobreza, el aislamiento social, la privación y la anarquía social, todos ellos alimentan reacciones de estrés en las personas individuales y en grupos sociales, dependiendo de sus respectivas posiciones en la sociedad. Como he señalado previamente, estas fuentes de malestar en la sociedad a menudo son denominadas por los sociólogos como tensiones sociales, las cuales producen estrés psicológico en individuos y colectividades o grupos (Smelser, 1963).

Además, los científicos sociales de diversas disciplinas, así como los psicó- logos clínicos, los psiquiatras y los trabajadores sociales que manejan concep- tos de la ciencia social en sus esfuerzos por ayudar a los individuos con proble- mas, estudian también los desastres naturales e industriales (Baker y Chapman, 1962; Lucas, 1969), las fuentes sociales comunes de estrés como los exámenes escolares (Mechanic, 1962/1978), los problemas familiares (Hetherington & Blechman, 1996) y el estrés derivado del trabajo o de la organización (Cooper & Payne, 1980; French, Caplan & Van Harrison, 1982; Kahn, Wolfe, Quinn, Snoek & Rosenthal, 1964; Perrewé, 1991).

En el siglo XIX, muchos pensadores sociales, como Max Weber, Emill Durkheim y Karl Marx, que podrían considerarse entre los fundadores de la moderna sociología, se interesaron por las injusticias sociales y su rol en la pro- ducción de alienación de la sociedad en grandes segmentos de la población. Durkheim (1893) escribió sobre el concepto de la anomía, que se sobrepone a la alienación pero se refiere específicamente a la pérdida o a la carencia de nor- mas aceptables en las que fundar la propia vida en una sociedad problemática. Esto también es de interés para los psicólogos y antropólogos, en la línea de las dificultades generadas por la descolocación y la inmigración (Berry, 1997) y el cambio dentro de una cultura (Shore, 1996).

Los tres fundadores de la sociología se refirieron a la alienación producida por el trabajo y por la sociedad como resultado de la revolución industrial y el cambio tecnológico. Observaron que los trabajadores de factorías ya no po- dían responsabilizarse de su producto de principio a fin, como durante una época había sido lo propio entre los artesanos de la sociedad preindustrial. En lugar de esto, se veían a sí mismos como contribuyentes de sólo una pequeña

parte del proceso total de producción. Su única recompensa era económica, en consecuencia perdieron el sentido de la eficacia, el orgullo y el compromiso con su trabajo.

La anomia y la alienación, independientemente del modo en que se pro- duzcan, no sólo son antitéticos al mantenimiento de una sociedad basada en reglas o normas, además desempeñan un importante y negativo rol en la moral, en la motivación personal, en la identidad y en el compromiso social. Otras expresiones para referirse a estos mismos estados mentales son “indefensión”, “sinsentido” “ausencia de normas”, “aislamiento” y “enajenación del self” todos los cuales producen consecuencias emocionales negativas.

La investigación sociológica ha demostrado que si una comunidad está sometida a tensión, la incidencia de la desviación social y de la enfermedad mental aumenta (como se observó, por ejemplo, en un estudio clásico de Hollingshead y Redlich, 1958). El vínculo es tan fuerte que el alcoholismo, el suicidio, el crimen y la enfermedad mental son contemplados como síntomas de decadencia social, pero estos síntomas son más prevalentes en las personas que están excluidas u ocupan una posición marginal en la estructura social. Esto aproxima los conceptos sociales a la psicología. Una diferencia importan- te entre el concepto de estrés tal y como se encuentra en la sociología y la psi- cología es que la sociología se centra más en la estructura social, mientras que la psicología presta más atención al estado mental de las personas individuales y los subgrupos que configuran el sistema social.

La antropología cultural, en muchos respectos, combina estos dos enfoques, pero todas las ciencias sociales emplean ambos niveles de análisis, incluso aun- que se centren fundamentalmente en un único nivel. Los antropólogos cultu- rales se centran en diversos valores y significados culturales. Presumiblemente, los valores y los significados están fuertemente influenciados durante la infan- cia. Los valores, compromisos y creencias resultantes sobre uno mismo y el mundo se perpetúan –aunque también puedan cambiar– cuando los niños cre- cen. Estas variables influyen sobre lo que es estresante y sobre el modo en que se manejan y se expresan públicamente las emociones estresantes.

El factor fundamental sobre los niveles de análisis es que la preocupación sociológica por el pánico, las revueltas y las modas (Smelser, 1963) y las preo- cupaciones antropológicas por los significados sociales y valores culturales, dirigen nuestra atención a las colectividades –es decir, subgrupos dentro de la sociedad– aunque también haya que atender a los individuos que conforman estas colectividades, el cual es el principal dominio de la psicología. En este mismo orden, el suicidio, el homicidio y la enfermedad mental pueden consi- derarse como fenómenos sociales y psicológicos, pero no se comprenden del mismo modo en estos diferentes niveles.

Antes de proceder, me gustaría referirme a las diferencias entre los campos y a la territorialidad, lo que estereotipa a los sociólogos, antropólogos y psicó- logos, distorsionando muchas veces lo que a ellos, como individuos, les intere-

sa. Cuando nos referimos al estrés y a la emoción, es obvio que existe cierto solapamiento entre las diversas ciencias sociales. Las distinciones entre los nive- les de análisis en la sociología, la psicología y la antropología cultural, por lo tanto, son menos nítidas como consecuencia de la interdependencia de la estructura social, la cultura y las vidas individuales.

Esto se ilustra en el hecho de que muchos antropólogos culturales de la actualidad se refieren a sí mismos como psicólogos culturales o psicólogos antropólogos y, junto con los sociólogos, muchas veces se asemejan a los psicó- logos y viceversa (White & Lutz, 1986). Esta falta de nitidez también se pro- duce con ciertas perspectivas metateóricas dentro de las disciplinas –por ejem- plo, el interaccionismo simbólico en la sociología y la teoría de la valoración y construccionismo social en la psicología– todas las cuales son francamente sub- jetivas en su enfoque de la conducta social y de los procesos psicológicos.

Sin embargo, no debemos permitir que estos solapamientos entre las disci- plinas de las ciencias sociales nos confundan sobre las principales diferencias entre los dos niveles de análisis –es decir, el de la sociedad y el de la mente indi- vidual, independientemente de la disciplina que los maneje. Los conceptos de estrés y emoción se manejan de forma diferente en estos dos niveles de análisis. Esta diferencia se aplica también dentro de la psicología, dentro de la sociolo- gía y en el seno de la antropología cultural y ayuda a explicar gran parte de las discusiones dentro y entre los representantes de cada campo.

Para concretar el problema del nivel de análisis, consideremos a dos familias y a los individuos que constituyen cada una de ellas. Imaginemos que una de las familias vive en relativa armonía; los progenitores suelen hacer un frente común al manejar las relaciones con sus hijos. La otra familia, por el contrario, está mucho más sometida a la tensión social en forma de conflicto marital, anarquía y resentimiento. Otras características de estas familias también pueden conver- ger o divergir –por ejemplo, el modo que emplean para tomar decisiones, el con- traste entre los estilos autoritario o democrático de paternidad, etc.

Los científicos sociales deben reconocer que las descripciones de las dos fami- lias como sistemas sociales no necesariamente caracterizan los estados mentales de los individuos infantiles que viven en ellas, lo que pone de manifiesto la importancia de la atención al problema de los niveles de análisis. Es probable que entre los hijos de la familia autoritaria descubramos algunos que son segu- ros, sociables y que aceptan a los demás, y otros que rechazan la autoridad paren- tal y que se muestran hostiles y conflictivos ante la ley. En la familia democrá- tica, también es probable que descubramos algunos hijos que rechazan la auto- ridad parental o la autoridad en general –tal y como se representa, por ejemplo, en los profesores o la policía– y otros que son respetuosos con la autoridad.

Las diferencias en el sistema social entre los dos medios familiares se pue- den aplicar en cierto grado a sus hijos individuales, pero sólo en el sentido pro- babilístico. Cada hijo individual crece con un temperamento diferente, metas y valores únicos y estilos de pensamiento particulares. Aunque los progenito-

res ejercen una influencia significativa sobre sus hijos, el efecto sobre cualquier hijo individual es habitualmente complejo y variable tanto en el tipo como en el grado. Con frecuencia reafirmamos excesivamente esta influencia, los efectos de los cuidados parentales pueden determinar en una dirección opuesta a la presión parental, como cuando los progenitores beben y fuman, pero ninguno de los hijos lo hace, quizá porque han aprendido a ser conscientes del mal ejem- plo que han recibido de sus progenitores, o han sido fuertemente influidos por la comunidad, sus amigos o los medios de comunicación.

Lo importante en este caso es que los hijos no son copias idénticas de sus progenitores, y esto podría llevarnos a cuestionar si los progenitores son siem- pre responsables de los vicios de sus hijos o si pueden enorgullecerse de las vir- tudes de éstos. El patrón emocional de un hijo, que está influido por una com- binación de variables familiares, ambientales y personales individuales –algu- nas de ellas genéticas, algunas experienciales, o ambas– no puede explicarse por referencia a la estructura social en la que vive. Como tampoco puede explicar- se la estructura social de las familias por referencia a las características de los hijos individuales. Cualquier determinismo impuesto por el medio familiar es suave o leve.

Esto también se observa en el proceso de manejo. El modo en que una fami- lia en su totalidad maneja el estrés –es decir, como cultura familiar– digamos, negándolo, evitándolo o vigilándolo, no nos permite predecir cómo maneja el estrés cualquier individuo de dicha familia, Y viceversa, no podemos identifi- car el patrón de manejo de la familia por referencia al manejo de sus miembros individuales.

En general y con relación a los diferentes niveles de análisis de la mente y del cerebro, el carácter y la conducta de cualquier individuo determinado no puede explicarse adecuadamente por referencia a la cultura de un sistema social más de lo que el sistema social es explicable por referencia a la vida de los indi- viduos que viven en él. Es conveniente analizar la intersección de ambos nive- les, pero uno no puede reducirse al otro. Este aspecto epistemológico es pasa- do por alto constantemente por muchos investigadores que regularmente no establecen ninguna distinción entre lo que sucede en el nivel social y en el individual.

El nivel psicológico

Los estresores físicos se relacionan con la reacción del organismo a las con- diciones físicas nocivas; el término nocivo significa perjudicial para los tejidos vivos. Agentes nocivos importantes incluyen los daños derivados de accidentes, la ingestión de sustancias perjudiciales como el alcohol, las drogas o los fárma- cos, la invasión de microorganismos como las bacterias o viruses y los creci- mientos anormales como los cánceres o tumores malignos que se extienden des- controladamente y, si no se tratan satisfactoriamente, producen la muerte a

consecuencia de la destrucción de órganos vitales. Existen también algunos fallos sistémicos especiales que sólo entendemos en cierta medida, como por ejemplo las alergias y las enfermedades auto-inmunes en las que el sistema inmunológico no distingue entre las proteínas extrañas y aquellas de los pro- pios tejidos y ataca a los propios órganos como si fueran externos.

El científico del siglo XIX que más contribuyó a la fisiología del estrés fue el francés Claude Bernard, quien descubrió que una de las funciones del híga- do era almacenar azúcar, que es esencial para todas las funciones biológicas y psicológicas. Una hormona pancreática, la insulina, regula la cantidad de azú- car que se almacena en el hígado y la cantidad que se libera al torrente sanguí- neo para proporcionar energía a las células del cuerpo. Si el páncreas es incapaz de elaborar o secretar insulina, se produce la diabetes, que es fatal salvo que se aplique desde el exterior la cantidad correcta de la hormona. Si se secreta dema- siada insulina (algunas veces por efecto de un tumor en algunas células pan- creáticas), se produce lo contrario a la diabetes, generando una insuficiencia de azúcar en el torrente sanguíneo y en el cerebro, crisis de confusión mental y por último coma y muerte.

Este descubrimiento dirigió la atención de los científicos biológicos y socia- les hacia el concepto de la homeóstasis, mediante la cual se mantiene un equili- brio interno estable del cuerpo que es esencial para la supervivencia. Del mis- mo modo que se requiere la cantidad correcta de azúcar en sangre y en las célu- las del cerebro a pesar de la falta de alimento, otros equilibrios también deben ser mantenidos. Por ejemplo, la temperatura corporal debe mantenerse entre estrechos límites independientemente de la temperatura que haya fuera del organismo. Debe aportarse suficiente oxígeno a las células del cerebro para que puedan funcionar, incluso aunque en el medio donde se encuentre no haya sufi- ciente, digamos, sobre montañas muy altas donde el nivel de oxígeno de la atmósfera es muy bajo.

Claude Bernard no contribuyó directamente al estrés y a la emoción pero su investigación e ideas facilitaron el camino de la perspectiva moderna compleja y sofisticada del proceso de adaptación. El peligro de estos procesos, sin embar- go, surge cuando iniciamos acciones adaptativas, como obtener alimentos, bus- car cobijo, vestirnos para evitar el frío, protegernos del calor y alejarnos de los depredadores, factores que alteran nuestro estado homeostático estable.

Concretamente, el peligro reside en que la misma lucha por adaptarnos y sobrevivir, especialmente el último caso mencionado, puede alterar gravemen- te el estado homeostático estable del que dependen nuestras vidas. Esto se con- virtió en el tema central de la investigación e ideas de otro distinguido fisiólo- go, Walter Cannon (1932). Cannon centró su atención en el factor de los depre- dadores, o en lo que llamó la reacción de “lucha o huida”, que se asocia con las emociones de ira o miedo. Los recursos orgánicos deben movilizarse para soste- ner un ataque o para huir del peligro. Esto contribuye a la tensión del organis- mo para que éste mantenga un medio interno estable. En efecto, si son pro-

longados e intensos, la ira y el miedo son fisiológicamente estresantes y pueden perjudicar al organismo.

Siguiendo con el trabajo de Bernard y de Cannon, la teoría moderna más importante del estrés fisiológico fue formulada por Hans Selye (19566/1976). Su investigación y formulaciones teóricas describen el modo en que responde el organismo cuando debe movilizarse para manejar los peligros y amenazas a su integridad. Describió una serie neuroquímica orquestada de defensas corporales –denominada síndrome de adaptación general (SAG)– que es la encargada de defender al organismo de las condiciones nocivas o los estresores físicos.

El SAG está compuesto por tres estadios. El primer estadio es el de la reac- ción de alarma. Un agente nocivo inicia su proceso neurohumoral elaborado en defensa del cuerpo vivo. Si el estrés persiste, entra en juego el segundo estadio, la resistencia, en la cual el cuerpo se moviliza para defenderse él mismo. Los teji- dos dañados se inflaman, lo que permite aislarlos del resto del organismo para que el daño pueda ser contenido y resuelto sin que produzca más perjuicio. Cuando la hinchazón inicial se ha aliviado mediante las hormonas adrenocorti- coides antiinflamatorias, se facilita el proceso de curación. El estadio de resis- tencia es de acción catabólica –es decir, recurre y consume los recursos orgáni- cos en lugar de elaborarlos o generarlos anabólicamente.

El tercer estadio es el del agotamiento. Si el estrés es suficientemente grave o continua durante suficiente tiempo, los recursos orgánicos empiezan a no res- ponder. Aunque el SAG nos ayuda a sobrevivir ante los entornos nocivos, la merma de los recursos es el potencial coste fisiológico de la defensa, que nor- malmente suele ser controlada porque el síndrome a menudo no va más allá del segundo estadio. Sin embargo, si las dificultades debilitan tanto el organismo que éste ya no puede sostenerse, entonces se produce la muerte.

Aunque iniciado por un agente nocivo, el SAG entra en movimiento por acción de la glándula pituitaria, la cual está estrechamente vinculada con el hipotálamo. La pituitaria es una parte del cerebro que también sirve como glándula endocrina. Elabora y segrega la hormona ACTH (adrenocorticotropi- na) la cual, cuando se descarga, estimula las glándulas adrenales para que éstas descarguen al torrente sanguíneo sus propias hormonas. La adrenocorticotropi- na es la hormona que inicia la segregación de las hormonas adrenales. A conti- nuación se han subrayado las primeras letras de cada unidad significativa para clarificar el acrónimo de cuatro letras. “Adreno” representa a las glándulas adrenales; “cortico” representa al córtex y anillo externo de las glándulas; “tro- pina” originada del término tropismo, por tratarse de un agente estimulante; “hormona” por la substancia bioquímica– ACTH.

Una serie de hormonas adrenales descargadas por la ACTH son los cortico- esteroides, que son producidos por el anillo externo de cada glándula adrenal. La otra serie, influida más por el sistema nervioso autónomo, consiste en dos

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