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Step 6: Consider the security requirements

Chapter 5: Guidelines for implementing machine learning in an accounting context

5.7 Step 6: Consider the security requirements

Aníbal Gejo

La España del siglo XVIII: entre la reforma ¿y la revolución?

En la segunda mitad del siglo XVIII la decadencia del Antiguo Régimen era evidente ante las nuevas fuerzas económicas y sociales desarrolladas al amparo de la expansión capitalista, concentradas fundamentalmente en las regiones del norte de Europa, particularmente en las islas Británicas que tras la revolución industrial se aprestaban a

convertirse en el “taller del mundo”. En el extremo occidental del Viejo Mundo las

monarquías de la península ibérica, pioneras de la expansión atlántica, se hallaban al margen de estos nuevos desarrollos. En España, el más extenso de los reinos ibéricos, una base fuertemente rural relativamente atrasada y dominada por las fuerzas tradicionales del Antiguo

Régimen, se muestra impermeable al avance de las nuevas fuerzas económicas y sociales.

Sin embargo, en el transcurso del siglo XVIII la península ibérica se transforma. Su población crece sostenidamente. El siglo XVIII es un periodo de marcada expansión demográfica. El avance demográfico y el crecimiento de las ciudades impulsan el desarrollo agrícola: lentamente se abandonan los métodos de producción tradicionales; se utilizan nuevas técnicas agrícolas (por ejemplo, la construcción de canales de riego); se producen nuevas roturaciones (mediante el cercado de las tierras comunales). Impulsada por una naciente burguesía rural se consolida una agricultura mercantil orientada a la venta de cosechas en los crecientes mercados urbanos. No obstante, el progreso agrícola se concentra casi exclusivamente en el norte de la península. En la árida meseta central (Castilla-La Mancha) y en las extensas llanuras del sur (Extremadura y Andalucía) el latifundio y el atraso siguen dominando en el campo español; particularmente en el fértil valle del Guadalquivir, frente a la

rural y a una Iglesia que continúan aferradas a las costumbres antiguas y a los viejos privilegios que supone un estilo de vida señorial.

La expansión del comercio es más vigorosa aun. Son también las provincias del norte de la península (las tierras cantábricas, el País Vasco y fundamentalmente Cataluña) las que encabezan el desarrollo mercantil. En torno a los prósperos puertos de Barcelona, Mataró, Santander, Gijón y La Coruña, pequeños astilleros arman flotas comerciales que pasan rápidamente de la navegación de cabotaje y del comercio mediterráneo al tráfico con América. Los inmensos capitales acumulados en el tráfico marítimo se invierten en una incipiente producción industrial; los comerciantes adquieren innovaciones técnicas, importan maquinarias, acopian materias primas (lana, algodón, lino, etc.), construyen talleres de manufactura. Hacia fines del siglo XVIII una pequeña revolución industrial”1florece en ese norte próspero y mercantil de la península ibérica; particularmente en Cataluña se multiplican las industrias textiles algodoneras vinculadas a la provisión de los mercados coloniales. La península ibérica repite los mismos patrones de desarrollo industrial que siguen en el mismo periodo otras regiones europeas: como sucede en los alrededores de los grandes puertos coloniales del norte de Europa como Liverpool y Bristol en las islas Británicas, Le Havre o Burdeos en Francia, son los comerciantes del norte español, enriquecidos en el trafico de ultramar, los que organizan e impulsan las nuevas fuerzas productivas relacionadas con la industrialización capitalista.

Las provincias del norte español progresan aceleradamente en el siglo XVIII. El desarrollo del capitalismo en la península profundiza los desequilibrios regionales: en ese norte mercantil y crecientemente industrializado se fortalece un regionalismo orgulloso y receloso del centralismo de Madrid, la capital imperial que situada en la meseta central se presenta como la emisaria de las empobrecidas provincias del sur; el centralismo de Madrid–

por momentos prepotente- pretende ahogar las aspiraciones autonomistas de las nuevas fuerzas económicas y sociales que se desenvuelven a lo largo de la costa cantábrica y fundamentalmente en Cataluña.

En esas provincias del norte español, estrechamente vinculadas al desarrollo mercantil y marítimo de fines del siglo XVIII, surge y prospera una burguesía urbana -activa y emprendedora- integrada por hombres de negocios (financistas, comerciantes, armadores, fabricantes, etc.) y profesionales liberales, principalmente hombres de leyes (la abogacía es

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Estas clases medias ascendentes se muestran receptivas a la influencia del Iluminismo, sistema de ideas que representa fielmente sus aspiraciones políticas y económicas. La filosofía racionalista e individualista difundida desde mediados del siglo XVIII por Europa y sus territorios de ultramar por la gran Enciclopedia de los franceses Denis Diderot y Jean

D’Alembert, coincide con la visión que estas clases medias se han forjado de si mismas: su ascenso económico y social es interpretado como el triunfo del talento y el esfuerzo individual sobre el privilegio hereditario propio de una aristocracia decadente. Gerentes de casas mercantiles, capitanes de la industria, financistas, “hombres nuevos” en una sociedad todavía

dominada por una base a la vez rural y señorial, su ascenso es el de la nueva riqueza mercantil y manufacturera.

En esas prósperas comunidades mercantiles del norte español florecen las primeras

sociedades ilustradas, que luego se extienden por toda la península difundiendo el espíritu

enciclopedista y la nueva fe en el progreso de la razón. En el País Vasco, la Sociedad

Económica de Amigos del País exalta la ciencia y la técnica. En Cataluña, la Academia de Ciencias Naturales y Arte de Barcelona se entusiasma con el desarrollo de la industria y el

comercio. En Galicia, la Academia de Agricultura promueve las nuevas técnicas agrícolas. Un vigoroso movimiento intelectual emerge de los salones ilustrados. En las tertulias se multiplican los debates sobre temas literarios, filosóficos y económicos... Poco a poco, las burguesías provincianas se atreven a cuestionar los aspectos más recalcitrantes del Antiguo

Régimen.

Si bien las nuevas ideas penetran profundamente en los ámbitos mercantiles de la península, el iluminismo español no se afirma como ideología radicalizada o revolucionaria. En un país dominado por el apego a las viejas costumbres, las minorías ilustradas -abiertas al espíritu del siglo- no atacan al poder real, pilar fundamental del Antiguo Régimen; al contrario, creen fervientemente que una autoridad monárquica fortalecida puede convertirse en la garantía del progreso económico y social. Las moderadas y tímidas aspiraciones de los hombres de negocios son comprensibles: la legislación acompaña el crecimiento económico de la España de fines de setecientos. Esa legislación permite la difusión de las nuevas ideas (mediante la creación de sociedades ilustradas y la renovación de la enseñanza en algunas universidades como la de Salamanca, donde funciona tempranamente una Academia de economía política); recorta los poderes eclesiásticos (mediante la expulsión de los jesuitas); favorece el avance del capitalismo en el campo y la colonización agrícola (mediante el cercado de tierras comunales, la venta de tierras reales y eclesiásticas); fomenta la

y lino importados); promueve el comercio (mediante la autorización del comercio libre con América).

¿Cómo se explica esta legislación progresista? ¿Esta dispuesta la corona a dar impulso a las nuevas fuerzas productivas (económicas y sociales) que se desenvuelven en el norte de la península? ¿Esta dispuesta a destruir el orden político y social del Antiguo Régimen del cual ella misma constituye uno de los pilares fundamentales? Es que la misma institución monárquica sufre profundas transformaciones en el transcurso del agitado siglo XVIII. El inmenso imperio español–construido al calor de la expansión atlántica- ingresa al nuevo siglo desgarrado por sucesivas derrotas militares. Los últimos Austrias se muestran incapaces de defender los enormes dominios ultramarinos del Atlántico y del Pacifico ante la sostenida presión de las potencias rivales: para 1713, España ha perdido sus dependencias en Europa (Los Países Bajos católicos, las posesiones italianas, Menorca y Gibraltar…)y cedido parte de sus territorios ultramarinos en América. Sobre todo en la zona caribeña, el poder español retrocede: hacia fines del siglo XVII corsarios y marinos británicos, franceses y holandeses se apoderan de algunas islas de importancia (la isla de Jamaica, la parte occidental de Santo Domingo...) convirtiéndolas rápidamente en prósperas colonias y en bases de apoyo de un floreciente contrabando con los dominios españoles. Fundamentalmente es el avance del naciente poder naval, mercantil y manufacturero británico el que inquieta a la aristocracia gobernante en España.

Los Borbones, llegados al trono madrileño a comienzos del siglo XVIII tras la Guerra

de Sucesión, advierten la crítica situación; con ellos la corona española intenta un esfuerzo

modernizador para mantener su declinante papel de potencia imperial. Se inicia así en la península un ciclo de transformaciones “desde arriba” que buscan –en primera instancia- dotar de mayor eficacia al aparato estatal. La engorrosa maquinaria gubernamental de los Austrias es férreamente centralizada. Los privilegios regionales desaparecen; los viejos organismos autónomos son sustituidos por capitanías, intendencias y audiencias controladas directamente por la corona. La autoridad monárquica se fortalece. Bajo la prolongada administración de Carlos III de Borbón (1759-1788) las transformaciones se profundizan. Influenciado por las ideas de la Ilustración, Carlos III mantiene la tradición centralizadora de sus antecesores combinándola con pequeñas dosis de progresismo modernizante. Durante su reinado las cortes reciben en sus salones a miembros de la elite ilustrada. Muchos de los ministros reclutados por el“despotismo ilustrado”provienen de las provincias mercantiles del norte de la península. En la segunda mitad del siglo XVIII, un puñado de hombres de

Floridablanca, Campomanes o Jovellanos dan forma a una serie de iniciativas que tratan de promover el renacimiento (resurgimiento) político y económico de la vieja España imperial.

Las denominadas reformas borbónicas buscan adaptar a España al mundo moderno mediante un moderado impulso de las nuevas fuerzas económicas y sociales que anidan en el norte de la península: se promueve el comercio y la industria, se alienta la mejora de la agricultura, se reducen los privilegios de la poderosa Iglesia católica. Las transformaciones - sin embargo- no se limitan al ámbito de la península. La corte madrileña muestra un renovado interés por la explotación de su inmenso imperio ultramarino. Sin duda alguna entre las urgentes motivaciones de la nueva política colonial sostenida desde mediados del siglo XVIII por la administración borbónica figura la de frenar el avance de las potencias rivales que ambicionan las posesiones españolas; pero también figura la no menos urgente de impulsar el progreso económico de la metrópoli. Con el apoyo del iluminismo español el reformismo borbónico pretende convertir a las colonias en el motor del desarrollo metropolitano. La nueva política colonial de Carlos III intenta transformar a las Indias en el gran mercado consumidor de la producción metropolitana y fundamentalmente en la fuente abastecedora de materias primas para la metrópoli. Se afirma entonces un“nuevo imperialismo”de carácter burocrático y mercantil que expresa no sólo las pretensiones del centralismo borbónico sino también los intereses de los hombres de negocios del norte español que buscan asegurarse facilidades en los mercados ultramarinos.

Las reformas borbónicas (I): el nuevo imperialismo

Para apuntalar el control metropolitano sobre su vasto imperio ultramarino, Carlos III emprende un ambicioso plan de reformas administrativas y económicas en los territorios coloniales ¿Qué implican las reformas? En lo administrativo el centralismo borbónico busca básicamente un mayor control de la metrópoli sobre los territorios ultramarinos: se crean nuevas unidades administrativas en el Caribe (Capitanía General de Venezuela) y en el extremo sur del imperio (Virreinato del Río de la Plata) zonas donde el dominio español se muestra tambaleante ante el avance de las potencias rivales; se crean nuevas magistraturas –

como las Intendencias- fuertemente dependientes de las autoridades residentes en la península; se renuevan los funcionarios llegados de la península… Todas estas iniciativas tratan de lograr un aparato administrativo solidamente controlado por la corona: la creación de

peninsulares busca fortalecer la presencia de la corona en los lejanos territorios de ultramar.

Las pretensiones de la corona generan–sin embargo- no pocos conflictos con algunos poderes que se encuentran sólidamente asentados en las Indias y que parecen moverse con excesiva autonomía de la corte madrileña. El más significativo de ellos quizás sea el que la corona mantiene–desde mediados del siglo XVIII- con la poderosa Compañía de Jesús que ha desplegado una enorme influencia en América. Asentados principalmente en las zonas fronterizas del imperio español donde establecen numerosas Misiones o reducciones que imponen el cristianismo entre la población indígena, los jesuitas extienden su influencia sobre diversos ámbitos de la vida colonial mediante el control de los centros educativos y las instituciones de caridad, e incluso, en algunas regiones del Imperio como el Río de la Plata, muestran interés -no del todo celestial- en la explotación mercantil de la incipiente riqueza ganadera. En cualquier caso, la Compañía ha crecido demasiado en los territorios de ultramar y la corona se muestra inquieta ante el despliegue que realizan posibles competidores. Con la expulsión de la orden decretada en 1767 aproximadamente unos dos mil quinientos monjes jesuitas deben abandonar los dominios españoles dejando en la sociedad colonial un vacío político y cultural que rápidamente es ocupado por la corona: decenas de edificios y propiedades donde funcionaban diversas casas de estudios pertenecientes a los recién expulsados pasan a ser administrados por un nuevo funcionariado proveniente de la península y en muchos casos comprometido con las nuevas ideas, que será, en gran medida, el responsable de la renovación de los centros de enseñanza de Indias hacia fines del siglo XVIII.

Las reformas se extienden también al ámbito militar: la organización miliciana del periodo de los Austrias –que descansa casi exclusivamente en reclutamientos de fuerzas locales- es reemplazada por un ejército profesional, con oficiales formados en las academias militares de la península. Preocupada por la defensa de sus inmensos dominios ultramarinos, la corona despliega las nuevas fuerzas militares fundamentalmente en las fronteras del extenso Imperio español. A lo largo de la fachada atlántica se construyen una serie de guarniciones y fortificaciones costeras que se extienden desde La Florida hasta el Río de la Plata: es en este período cuando en la disputada zona caribeña se erigen las soberbias fortificaciones portuarias de Veracruz, Cartagena, Puerto Cabello, La Guaira y Cumaná.

En cuanto a la marina, son conocidos los esfuerzos de la corona borbónica por construir una gran flota de guerra que garantizara la defensa de sus lejanos dominios

importantes astilleros en La Habana y en Guayaquil donde, hacia fines del siglo XVIII, son armadas numerosas fragatas que renuevan la envejecida armada española. Por otra parte, mientras que los viejos centros del poder naval español –situados fundamentalmente en el Caribe- se fortalecen, en el despoblado sur americano emergen otros más nuevos como Montevideo, en el Río de la Plata, y Talcahuano, en el Pacífico sur. Interesada -como otros

despotismos ilustrados- en la difusión del progreso técnico entre las fuerzas militares y

especialmente entre la marina, la corona borbónica promueve la fundación de escuelas

náuticas en los puertos de la fachada atlántica para la enseñanza de las modernas técnicas de

navegación y las ciencias matemáticas, etc. Interesada también en el normal abastecimiento de las fuerzas navales promueve el cultivo del cáñamo, materia prima utilizada para la elaboración de lienzos y velas para la flota...

Los aprestos defensivos son acompañados por esfuerzos dirigidos a rediseñar y reorientar la economía de las Indias. Las reformas de 1778 establecen el “comercio libre”

entre la península y las Indias. No se trata obviamente de ningún comercio libre, pues se mantiene la política del exclusivismo colonial: en el nuevo esquema mercantil proyectado por el iluminismo español, las colonias siguen obligadas a comerciar con la metrópoli. Sin embargo, el pacto colonial se reconstruye sobre nuevas bases. Con el Reglamento y

aranceles reales para el comercio libre de España e Indias, numerosos puertos españoles y

americanos son habilitados para el comercio con ultramar. El Reglamento permite entonces que las provincias del norte español ingresen de manera definitiva al comercio colonial hasta entonces en manos de los intereses mercantiles del eje portuario Sevilla-Cádiz, en Andalucía: de los trece puertos penínsulares habilitados para el comercio con América, cinco (Alfaques de Tortosa, Barcelona, Santander, Gijón y La Coruña) se encuentran en el norte mercantil e industrial. El principal interés de la nueva política comercial consiste en asegurar los mercados ultramarinos para la naciente producción industrial que proviene de la península. El

“nuevo imperialismo” de Carlos III expresa –en parte- los intereses de la burguesía mercantil del norte español que se muestra ávida de nuevos mercados y descubre las posibilidades de las Indias como mercado consumidor.

Por otra parte, el reformismo borbónico profundiza y complejiza el papel de las Indias como abastecedora de materias primas para la metrópoli. Hasta mediados del siglo XVIII la riqueza minera constituye el aporte casi exclusivo que las Indias envían a la metrópoli. A lo largo de dos siglos y medio el núcleo del Imperio español estuvo concentrado en las zonas altas mexicanas y andinas, zonas particularmente atractivas no sólo por su abundante riqueza

utilizados como mano de obra forzosa en la economía minera de exportación. En el siglo XVIII esta implantación territorial es parcialmente corregida con el mayor protagonismo que adquieren zonas hasta entonces marginales y despobladas del Imperio español, particularmente las Antillas, el litoral venezolano y las pampas rioplatenses. Es la entera fachada atlántica la que prospera con la nueva situación caracterizada no solo por el renovado interés metropolitano en la explotación económica del Imperio, sino también por la mayor presencia de las potencias rivales en el tráfico marítimo.

La legislación borbónica acompaña el ascenso económico de la fachada atlántica. La nueva política comercial habilita numerosos puertos americanos para el comercio con ultramar. Los intercambios con la península crecen en forma notable… La conexión más

estrecha con los mercados internacionales favorece el surgimiento de núcleos de economía exportadora al margen de la minería. A través de una veintena de puertos de la costa atlántica y caribeña un reducido número de materias primas de origen agropecuario encuentran ahora desemboque en la metrópoli: es el caso del tabaco–y posteriormente el azúcar- antillano, el cacao venezolano y los cueros rioplatenses. Si bien la minería sigue dominando las exportaciones hispanoamericanas, el avance vertiginoso de los rubros menos tradicionales refleja la expansión que viven las regiones de la periferia del Imperio español.

Las reformas borbónicas (II): la expansión de la fachada atlántica

Los reajustes imperiales de la segunda mitad del siglo XVIII acompañan el ascenso económico y demográfico de regiones que hasta entonces formaban parte de la periferia del imperio español: el norte mexicano, las Antillas y fundamentalmente el litoral venezolano y el Río de la Plata. Si los Austrias habían organizado su inmenso imperio en torno a las zonas de minería andina situadas en lo profundo del continente, ahora son las franjas costeras que dan al Atlántico las que progresan aceleradamente. A lo largo de la extensa fachada atlántica del imperio nuevas fuerzas económicas y sociales se desarrollan al ritmo de los mayores intercambios con la vieja metrópoli española y las nuevas metrópolis industriales europeas.

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