A principios de 1524 el Cabildo español dejó Coyoacán y se instaló en Tenochtitlan, donde supuestamente nadie –al menos españoles- vivía desde 1521 y había pasado los últimos años en reconstrucción. Parece un poco exagerado considerar que durante tres años la ciudad en obras había estado completamente vacía excepto por los
peones. La fecha exacta de la vuelta a Tenochtitlan no ha sido precisada aún, debió de ser entre la Navidad de 1523 y la primera fecha de las actas del Cabildo que es de marzo de 1524 (Estrada 2000: 56, 100).
Hernán Cortés, ya en la ciudad de México, dio solares a los vecinos y se nombraron alcaldes y regidores, como en la península (Estrada 2000: 95). La traza fue diseñada por Alsonso García Bravo tomando como ejes las calzadas prehispánicas que, junto con la plaza Mayor, estructuraron la ciudad. Estrada (2000: 97) recoge la idea de Mª del Carmen León Cazares (1982) de que la ciudad se reconstruyó con estilo europeo y manteniendo las dimensiones del urbanismo mesoamericano de espacios abiertos de gran expansión; idea retomada por Carlos Chanfón Olmos (1997: 222) que ensalza la ‘planeación escenográfica hasta el horizonte’ prehispánica. La cuadrícula creada por García Bravo no parece que respondiera a la tradición prehispánica (Borah 1974: 84-86), ya que aparte de las calzadas rectas mexicas no hay más datos de la rectangularidad de Tenochtitlan, y en una cita de Francisco Cervantes de Salazar (2001: 48) se indica que las casas estaban de forma desordenada “así es costumbre antigua entre ellos”. Además, para que la ciudad hubiera mantenido o adoptado esas dimensiones y tradición mexicas Alonso García Bravo debía haberlas asimilado primero o haber contado con la colaboración de un geómetra indígena; si bien éste y Cortés tuvieron que apoyarse en los pillis para la reconstrucción y organización del trabajo de los macehuales, sería arriesgado afirmar que a través de ellos fue influido para conservar la monumentalidad y los espacios abiertos. Pero pudo ser una posibilidad.
En lo que coinciden varios investigadores es que la ciudad novohispana fue un diseño urbano completamente nuevo en la tradición española que dejó atrás las pequeñas y estrechas calles y plazas medievales (Bonet Correa 1991: 80; Chanfón Olmos
1997: 222); tal vez conocieron los modelos teóricos urbanos de Leon Battista Alberti que plantea en su obra De Re Aedificatoria (1450) las ideas de vías amplias y rectas y la jerarquización de los edificios (Gómez López 2011: 18-21). Por más que el aspecto físico- urbano-arquitectónico fuera hispano, no hay que olvidar que su población mayoritaria no lo era, y más concretamente sus transeúntes y trabajadores –los vecinos de la traza sí serían más españoles- así que ellos le daban la actividad que debía tener el escenario. La ilustración 2 muestra ese diseño de cuadrícula de la traza y las casas sueltas de los barrios indígenas.
Santiago Tlatelolco Traza de la ciudad de México
Así, como gran ejemplo de la ciudad en su totalidad –traza más parcialidades o barrios- la plaza Mayor era un gran escenario donde sucedía toda la vida de la comunidad, desde las decisiones políticas y ceremonias religiosas, hasta las compras diarias y las fiestas como los juegos de cañas y otros torneos (Gutiérrez 1983: 92-93). En este escenario los toldos de los portales y sus bancos, las mesillas y mantas del mercado, los arcos de triunfo de madera y palma, los tapices de los balcones y los altares de caña establecían la utilización del espacio (Gutiérrez 1983: 93). Toda esta arquitectura era efímera, pero constante a lo largo del tiempo.
La importancia de la plaza Mayor estaba en ser el punto de atracción e irradiación; por allí pasaba toda la población, por obligación y por curiosidad para ir al otro lado de la ciudad, visitar el mercado y las tiendas, resolver asuntos en el palacio o el Cabildo, o asistir a la Catedral. Este espacio no pertenecía a españoles ni indígenas, pues como se verá en la descripción y análisis de su mercado, los compradores y vendedores pertenecían a ambos grupos, a los que hay que incluir a los negros, mestizos y otras castas.
Para completar esta idea de la ciudad, nada mejor que las palabras de Serge Gruzinski (2004: 226, 228):
‘En ese tiempo, México-Tenochtitlan era una ciudad doble como no lo volverá a ser nunca más. Una ciudad india, aún impresionante por su tamaño y sus actividades, pero también una ciudad del Renacimiento que busca, por todos los medios, proclamarse como tal. La ciudad del Renacimiento era una ciudad doble, a la vez india y española. Doble por estar escindida en dos por la conquista europea, pero también porque ahí subsistía, a pesar de todo, una alternativa indígena al modelo hispánico y europeo.’
El espacio de la ciudad indígena estaba dividido en San Juan Tenochtitlan y Santiago Tlatelolco. La primera parcialidad –San Juan Tenochtitlan- tenía cuatro campas o barrios: San Juan Moyotlan, San Pablo Teopan también llamado Zoquipan o Xochimilca, San Sebastián Atzacualpa o Atzacoalco y Santa María la Redonda o Tlaquechiuhcan; mientras que Santiago Tlatelolco tenía siete campas pero sin la misma importancia que tuvieron las de Tenochtitlan, en especial San Juan Moyotlan (Estrada 2000: 106-107).
La tesis de maestría de Mª Isabel Estrada (2000) es una excelente investigación sobre los barrios indígenas de la ciudad de México: San Juan Tenochtitlan y Santiago Tlatelolco. Analiza los cambios y continuidades de estos espacios, la conformación de la sociedad indígena, su organización interna, principales actividades económicas, políticas y religiosas. De su investigación se ha sacado este apartado sobre las dos parcialidades para situar a los lectores.
Poco después de que Cortés mudara el Cabildo a la traza, los indígenas empezaron a solicitar el regreso a sus propiedades o a lo que podía quedar de ellas. Los tlatelolcas lo solicitaron a través de sus pillis y pronto se aceptó. Sin embargo, la población de Tenochtitlan quedó bajo la autoridad de Hernán Cortés en la periferia de la traza, e invitó a los principales a participar en cargos del gobierno de la ciudad y éstos se encargaron a continuación de reagrupar y distribuir a su población que quedaba exenta de la encomienda (Estrada 2000: 56-58, 104). No sólo los tenochcas y tlatelolcas se instalaron en las parcialidades, la ciudad se convirtió en un foco de atracción y allí llegaron tlaxcaltecas, mixtecos y zapotecos –entre otros- haciendo que la urbe llegara a 30.000 vecinos en 1524 (Estrada 2000: 105).
Los barrios se identificaron con el tipo de oficio que ejercían sus habitantes, debido en parte a la transmisión de los mismos de padres a hijos (Estrada 2000: 136),
común y tradicional en épocas anteriores (Estrada 2000: 38), y también en España. Los indígenas, hasta la implementación de los cabildos, tuvieron un gobernador o juez gobernador normalmente descendientes de los principales mexicas o de pueblos cercanos, y en algunos casos sugeridos por las autoridades españolas. Sus funciones eran la organización del trabajo, el abastecimiento de materiales y bastimentos, y lo que fuera necesario para el establecimiento de la ciudad de México. A pesar de no utilizar las leyes hispanas también se encargaron de la justicia, los problemas de propiedades, producción, habitación y sanidad, dejando a los religiosos hispanos la educación, el culto y la vida cotidiana en general (Estrada 2000: 58-59).
Este sistema de gobierno comenzó a deshacerse cuando en 1549 se juntaron a los indios en pueblos con alcaldes, rompiendo así con el señorío indígena (Menegus 1991: 44-47). De este modo se trató de solucionar dos factores: la reorganización tributaria para incorporar a los que estaban exentos para así incrementar las rentas de la Corona, y además reacomodar a la población por migración voluntaria o por medio de las congregaciones debido al descenso demográfico (Estrada 2000: 61). La República de Indios que se creaba en este momento quedó bajo la jurisdicción de las autoridades virreinales que obtendrían una mayor cantidad de tributos, servicios y el control del trabajo y el modo de pago (Estrada 2000: 62).
Los indios tenían sus viviendas y talleres en San Juan Tenochtitlan y Santiago Tlatelolco, lo que no quita para que, como ya se ha indicado anteriormente, trabajaran, compraran y anduvieran por la traza, en talleres, tiendas, obrajes o en las obras de la Catedral (Estrada 2000: 148). La mayor parte de los vecinos se dedicaban a actividades urbanas, a oficios artesanos en los que destacaron y también al comercio; otros trabajaban como peones, y los que tenían chinampas en las afueras continuaron cultivando. Como
se puede apreciar, la población continuó siendo igual de urbanizada que durante la época mexica (Estrada 2000: 132-135), lo único es que tuvo como competencia a un nuevo grupo dentro de la ciudad. No entran en este estudio los renteros o mayeques –braceros- que trabajaban y pagan tributos a los nobles indígenas (Carrasco 1975: 180-181).
Los principales indios mantuvieron su poder político y económico adaptándose a las nuevas circunstancias, y así lo ha puesto de relieve el estudio de José Luis de Rojas (2010) Cambiar para que yo no cambie. La nobleza indígena en la Nueva España. Tras la conquista Cortés recompensó según correspondía a los principales indígenas, de manera similar a la tradición prehispánica configurando ‘un sistema señorial con los nuevos en los lugares de privilegio, o mejor dicho, con los señores de los nuevos en los lugares de privilegio. No todos los españoles se colocaron en la cúpula de la nueva sociedad, ni mucho menos’ (Rojas 2010: 47-49). Los nobles continuaron emparentando entre sí y también con los españoles pero sin perder la condición de indígenas para mantenerse en los puestos de tlatoani (Rojas 2010: 103-106).
Algunos señores ocuparon cargos de la administración hispana, incluso simultaneando algunos en distintos lugares como alcaldes, regidores, gobernantes, en momentos concretos el cargo de juez-gobernador para contar tributarios o mediar en disputas, y como jueces de residencia (Rojas 2010: 123-124, 130-138). Estos señores actuaban en pueblos no-propios durante periodos más o menos largos, podían tener otras obligaciones al mismo tiempo en sus propiedades; por ejemplo, don Fernando de Alva Ixtlilxochitl que además de intérprete en la Audiencia actuó como juez en Chalco y Tlalmanalco (Rojas 2010: 125). ¿Por qué eran elegidas estas personas? Probablemente debido a sus relaciones de poder, a las alianzas entre sí y con los españoles, razones por las que los principales cuidaron sus relaciones tanto
a nivel local como regional y así trataron de asegurarse futuros resultados a su favor (Rojas 2010: 141).
Con la creación de los cabildos indígenas los gobernantes no perdieron sus privilegios, participaron directamente como electores y, aunque los cargos duraban un año y la reelección era posible pasados cuatro años, en bastantes casos el puesto más alto –el de gobernador- era ocupado por el descendiente del cacique, llegando a ocupar este puesto de por vida (Rojas 2010: 146-147, 152-167), y para muestra la cita de Alonso de la Cruz Tezozomoc (1590) recogida en el estudio de Rojas (2010: 160): (los caciques)
“siempre han venido haciendo y ocupándose en el oficio o cargo de gobernadores, alcaldes, regidores y en los demás cargos de la república y fiscales de la iglesia”.
Los señores indígenas continuaron controlando el trabajo de los indios, no sólo como parte de los servicios personales de tributo, también como agravios ya que se quedaban sin pagar sus trabajos y materiales como sementeras, transporte de zacate, construcción de jacales (Rojas 2010: 180-182), todo bajo el conocimiento de las autoridades locales españolas y de la Audiencia (Rojas 2010: 203).
La posesión de la tierra se mantuvo, se utilizó para cultivos y para ganadería mayor y menor, en teoría prohibidos, y para su arrendamiento (Rojas 2010: 245-247, 240-241). Las tierras procedían de derechos demostrados y reconocidos por la Corona, además de anexiones matrimoniales, herencias y compras (Rojas 2010: 226-238). La cría de ganado y el cultivo de maíz o grana, en palabras de José Luis de Rojas (2010: 250) no era ‘porque sí, sino como actividad empresarial’.
Otras actividades económicas a las que se dedicaron fueron los obrajes, sobre todo en Tlaxcala (Rojas 2010: 250-251) y la seda que como en el caso de los obrajes se producía desde el origen –ovejas, morales y gusanos- hasta su hilado y su posterior
venta (Rojas 2010: 252). Se pueden añadir otros productos diversos como el azúcar de los ingenios, madera, piedra de cantera, agua y sal, además de la explotación de minas y el arrendamiento de casas (Rojas 2010: 253-257). La prohibición de la entrada de comerciantes españoles en los pueblos indígenas para ‘proteger de los comerciantes poco escrupulosos’ en realidad era para proteger sus propios monopolios sobre el comercio local (Rojas 2010: 177). La comercialización de estos productos, las conexiones con los mercados locales, regionales y exteriores aún no está plenamente estudiada (Rojas 2010 322), tema que no ha entrado en esta tesis doctoral por centrarse en la ciudad de México, pero que de seguro ofrecerá la información necesaria sobre la articulación del comercio de la ciudad con los lugares de producción.