Rem Koolhaas nació en Holanda en 1944 y sus padres se trasladaron a Indonesia, donde pasa su primera infancia. A los diez años regresa a Holanda donde finaliza su bachillerato para iniciar estudios de periodismo. En sus tiempos de estudiante, el cine se convirtió en una de sus pasiones y es desde entonces cuando ve la posibilidad de desarrollar nuevas técnicas de expresión y representación, técnicas que desarrollará y aplicará en la arquitectura tras finalizar la carrera (Moneo, 2004, pp.308, 309).
Koolhaas inició sus estudios en la Architectural Asociation en
Londres, en 1968, escuela marcada entonces por el trabajo de Archigram, que daba una visión de la arquitectura donde la tecnología primaba sobre la forma; posteriormente desarrolló estudios de maestría en Cornell, bajo la tutela de O. M. Ungers, implicado en la explicación de la forma urbana. De su trabajo con este arquitecto aprendió a ver y estudiar la ciudad como una referencia necesaria previa a toda intervención arquitectónica y a entender la relevancia que el Movimiento Moderno había tenido en la arquitectura.
En la década de los años 70s viajó a Nueva York, cuando “era una presencia casi invisible en el mapa arquitectónico” que nadie se había ocupado por analizar, y trabajó en el Institute for Architectural and Urban Studies, ‒dirigido por Peter Eisenman‒; donde inició el análisis del im- pacto de la cultura metropolitana sobre la arquitectura, base para el desarrollo de su estudio “Delirious New York”, estudio en donde puso fin a su formación como arquitecto y aprendió a vivir sin caer en la tentación de la utopía69 (Moneo, 2004, p.309).
En esta ciudad conoció a Elia Zenghelis y a Madelon Vriesendorp, con quienes fundó Office For Metropolitan Architecture (OMA). Koolhaas entonces inicia la práctica a través del trabajo de experimentación en equipo y es con este grupo de trabajo que produce sus primeras pro- puestas sobre la ciudad y sus condiciones futuras.
La ciudad de Nueva York es para Koolhaas, la expresión de la moder- nidad, no es producto de un movimiento intelectual como el moderno o como las vanguardias europeas, es necesario estudiarla para com- prender; “A los europeos les gusta producir manifiestos que no llegan a cumplirse en la realidad; los americanos construían, sin duda pragmáti- camente, pero no producían manifiestos” (Koolhaas & West, 2001, p.14) 69 “Para Koolhaas Nueva York es la
ciudad moderna por antonomasia. De ahí su interés por explorarla para poder así entender cuáles son los auténticos principios de un urbanismo contemporáneo” (Moneo, 2004, p.309).
Para Koolhaas los manifiestos no llegan a cumplirse en la realidad, Manhattan es una montaña de pruebas y hace falta dar cuenta de su pro- ceso de formación; es en este punto en el cual el trabajo del autor tendrá gran relevancia pues propone la deducción de una teoría sobre un hecho consumado y no, el hecho como aplicación de la teoría.
Determinó pues que la cultura de masas sería el centro del trabajo; es en esta donde el autor exploró e indagó para deducir los procesos de formación de la arquitectura de la ciudad y donde propuso establecer las bases sobre las cuales se debería producir la nueva arquitectura; en “Delirious New York” el autor explora el impacto que ha tenido la cultura de masas en la arquitectura y la ciudad (Moneo, 2004, p.310).
La construcción del manifiesto para Manhattan se realizó mediante el estudio de los procesos con los cuales la ciudad tomó forma; para Koolhaas, en un período de tiempo definido entre 1890 y 1940 una nueva cultura utilizó a Manhattan como laboratorio en el que se hicieron suce- sivos experimentos colectivos que convirtieron a la ciudad en una fábrica de experiencia artificial lo más lejana posible a lo natural.
El estudio es entonces una interpretación de Manhattan que escoge episodios específicos de la historia de la ciudad –“aparentemente dis- continuos e incluso irreconciliables”‒, los ordena y les da una lectura coherente; esta interpretación buscó reconocer la ciudad como producto de una teoría no formulada, que por sus características de fantasía, para haberse hecho realidad no podía haberse enunciado. Una vez identificada la teoría, sería posible establecer la fórmula para la construcción de una arquitectura que fuera al mismo tiempo ambiciosa y popular. Afirmará el autor “Dedico mis esfuerzos a comprender la ruptura y los cambios en la condición urbana” (Koolhaas & West, 2001, p.26).
El libro será ‒al igual que la retícula sobre la que se desarrolla Manhattan‒, una colección de fragmentos encabezados por palabras que se juntan y yuxtaponen para armar la historia; en las primeras cuatro partes del estudio se describen la formación y cambios de lo que el autor denomina doctrina del manhattanismo. Como conclusiones en la última parte, incluye proyectos propios que ilustran la arquitectura que produce la doctrina explicada.
El estudio tuvo como objetivo ser un plan para una cultura de la con- gestión, de la cual Manhattan es para el autor un paradigma; su análisis desde esta perspectiva, reveló las estrategias, los teoremas ‒propuestas demostrables lógicamente‒ y los avances que le dieron una lógica y un
modelo a la ciudad del pasado. Una vez entendidos y definidos, se podría llegar a relanzar el manhattanismo, esta vez como una doctrina explícita que vaya más allá de la isla y forme parte de las corrientes del urbanismo contemporáneo.
El método de trabajo se basó en tomar los momentos en la historia en que esta cultura de la congestión se hace más evidente y toma forma explí- cita en la arquitectura de la ciudad ‒construida y proyectada‒, ya que “sólo mediante la reconstrucción especulativa de un Manhattan perfecto pueden interpretarse sus monumentales éxitos y fracasos” ( Koolhaas, 2004, p.11).
Desde su origen, afirma en su análisis el autor, Manhattan mostró unos principios que se han repetido a lo largo de la historia: es un lugar de progreso constante cuyo argumento de actuación es el paso de la barbarie al refinamiento, donde el segundo pasa con el tiempo a ser el primero; de esta forma se crea un ciclo que no termina ya que la creación y la destrucción están unidas y se repiten continuamente.
El análisis se inicia sobre la especulación que se plantea sobre el mapa de Nueva Ámsterdam de 1672 de Jollain, que daría comienzo a una historia de ciencia ficción urbana: toda la información que consigna es falsa, no se basa en la realidad, sino en el deseo de una ciudad cons- truida con fragmentos de ciudades europeas. Desde este momento se inicia una historia “artificial” que se repetirá en distintos episodios.
Con el trazado de la retícula de 1807, apareció un escenario ideal para el desarrollo de una nueva cultura urbana que permitía construir los deseos de nuevas realidades expresadas ya en el plano de Jollain. Para Koolhaas, el diseño de la retícula es una especulación conceptual,“(…) el más valeroso acto de predicción realizado por la civilización occidental: el terreno que divide, desocupado; la población que describe, hipotética; los edificios que coloca, fantasmales y las actividades que enmarca, inexistentes” (Koolhaas, 2004, p.18).
Esta retícula racional que omite los accidentes del lugar, reivindica la superioridad de la razón sobre la realidad existente, al anunciar el sometimiento y extinción de la naturaleza; para el autor, esta construc- ción abstracta que ignora la realidad hace irrelevante la historia de la arquitectura y el urbanismo y fuerza a los constructores a inventar nuevos modelos y estrategias para llenarla, lo cual genera una total libertad para las nuevas propuestas donde el control y el descontrol están siempre presentes, respetando cada uno los límites que permitan que la ciudad fluya dentro del caos.
Para Koolhaas, las raíces de la historia de la ciudad están fuera de la isla, en Coney Island, el embrión de Manhattan, laboratorio en el que se experimentaron los distintos temas, las estrategias y los mecanismos con los que se configuraría la ciudad en el futuro. Aquí, se hizo evidente la presencia de la masa que buscaba elementos que obligaban a la conver- sión sistemática de la naturaleza en un servicio técnico a la mano de una gran cantidad de población. Fue el nacimiento de lo que el autor deno- minó como el síndrome de lo sintético irresistible.
La reproducción del mundo es ilustrada por el autor con el teorema de 1909, que representa lo que en su momento sería el funcionamiento ideal del rascacielos: una sobreposición de parcelas desconectadas, todas iguales, en las que la arquitectura es un hecho independiente que puede cambiar de forma o uso sin afectar la totalidad; esto hace que la arquitectura sea menos previsible y que el urbanismo tenga una capa- cidad de predicción bastante limitada. (Koolhaas, 2004, p.83).
Así entonces, lo establecido en Coney Island, se hizo realidad en Manhattan a través del rascacielos, fruto de la triple fusión entre la re- producción del mundo ‒la multiplicación de la planta baja‒, la torre y la conquista de la manzana; con la aparición del ascensor, se generó la pri- mera estética basada en la ausencia total de articulación y se descubrió que cualquier solar podía multiplicarse indefinidamente para aumentar su utilidad.
De esta forma, en el rascacielos70, la tecnología de lo fantástico de
los parques de Coney Island se convierte en tecnología programática con el fin de apoyar los negocios; así lo sintético irresistible colonizará los nuevos territorios artificiales ‒las parcelas superpuestas‒, para esta- blecer realidades a cada nivel. Desde este momento, cada nuevo edificio que se proyecte se esforzará por ser “una ciudad dentro de la ciudad”, lo que hizo de Manhattan una colección de ciudades‒estado arquitectó- nicas todas en contraposición unas con otras.
Los otros dos factores que confluyen en el rascacielos son la torre, que tiene como objeto atraer hacia sí a la gran masa de la metrópolis, y la conquista de la manzana que hace que la ciudad no sea una textura ho- mogénea sino un mosaico de fragmentos complementarios, donde cada manzana es una isla independiente. La cultura de la congestión, cultura del siglo XX, propone el desarrollo de una sola construcción por cada manzana, de forma que cada edificio se convierta en una gran casa con un estilo de vida particular, como una ciudad dentro de la ciudad.
70 “El rascacielos es uno de los raros y escasos tipos de edificios del siglo XX verdaderamente revolucionario, que ofrece toda una serie de trasformacio- nes fundamentales, técnicas y psico- lógicas, que han dado lugar a la vida metropolitana y que han separado esta centuria de todas aquellas que la han precedido”. (Moneo, 2004, p.312)
Estos factores hicieron de cada rascacielos un monumento, lo que supuso una ruptura radical con el simbolismo convencional, ya que su presencia no representaba ni un ideal abstracto, ni una efeméride o una institución; por su volumen no pudo evitar ser un símbolo, vacío y dis- ponible para el significado que la masa quiera otorgarle. El rascacielos es el automonumento, que tiene exigencias opuestas: dar sensación de permanencia y solidez –monumento‒ y ser eficiente a los cambios de la vida ‒el anti monumento‒.
En el rascacielos existe una discrepancia deliberada entre el interior y el exterior: se ha producido en la arquitectura una lobotomía que se- para el contenedor del contenido construyendo interiores autónomos que nada tienen que ver con el exterior; así, se asegura un interior libre que puede ser sometido a permanentes cambios según la sociedad que lo ocupa, dejando un exterior dedicado únicamente a la apariencia de unidad e inmutabilidad.
En Nueva York, para el autor, la forma del edificio es ajena a la exi- gencia funcional, lo que sugiere que en una ciudad no necesariamente hay correspondencia entre funciones y lugares, y que la distancia entre forma y función puede ser una característica de la arquitectura de Manhattan. No hay correspondencia entre función y lugar y tampoco entre las distintas funciones al interior del edificio; la desconexión deli- berada entre las plantas permite una distribución arbitraria de funciones, un “cisma vertical”.
Normas como la Ley de Zonificación de 1916 o investigaciones como la emprendida por pensadores y teóricos a finales de los años 20s en la cual establecieron directrices de desarrollo para los edificios, corrobo- raron la idea del rascacielos como el eje de la arquitectura de Manhattan: la investigación propuso pues adaptar la teoría al rascacielos y no el ras- cacielos a la teoría71.
Sobre el tema del rascacielos, hay en el estudio una especial atención al Downtown Atheltic Club, remodelación de una estructura existente que para el autor hizo realidad el teorema de 1909: una serie de plataformas superpuestas que repiten la forma de la parcela y que tienen funciones distintas e inconexas con todos los usos necesarios para convertirlo en autosuficiente; en la “ciudad” que se crea al interior del edificio, todo el movimiento horizontal de congestión tradicional es remplazado por un movimiento vertical, llevando la congestión del exterior al interior del edificio.
71 Los trabajos de arquitectos y teóricos giraron en este tiempo alrededor de inventar un método para tratar de forma racional lo irracional; es en este intento donde surge un urbanismo metafórico que buscaba abarcar una situación más allá de lo cuantificable, basado en la cultura de la congestión, condición esencial de la ciudad. Esto hace que Manhattan sea la ciudad de “la perpetua huida hacia delante”. (Koolhaas, 2004, p.123)
El Downtown Athletic Club, es para Koolhaas la prueba de una arqui- tectura que no mantiene una relación correspondiente entre interior y exterior y en la que no existe dependencia alguna entre la forma arqui- tectónica y el uso; en este edificio la planta ya no es la generadora de la arquitectura, sino que la forma queda liberada del programa y dependerá más de la sección. El análisis de este edificio permitirá al autor descubrir el principio de la sección libre, el cual se convertirá en método proyectual para abordar proyectos desde el corte (Moneo, 2004, pp.322, 323).
Finalmente, para finales de la década de los años 30s Manhattan se convirtió en una herencia que la siguiente generación de arquitectos y teóricos no pudo descifrar y que hizo que la esencia de su arquitectura se perdiera en las influencias que provenían de Europa. En este tiempo con- cluye el período de estudio, cuando las estrategias ya no tenían lugar y la arquitectura de la ciudad perdió su identidad.
Como conclusión ficticia, el estudio afirma que la metrópolis de Nueva York es una máquina de la que no hay escapatoria y que su exis- tencia ha llegado a ser como la naturaleza que remplazó, algo que se da por sentado, casi invisible e indescriptible; es una ciudad que ha gene- rado su propio urbanismo metropolitano basado en la cultura de la con- gestión, en donde la metrópolis generó su propia arquitectura especiali- zada, una arquitectura que desarrolla más allá, hasta su interior.
Para el autor, la tarea del final del siglo XX será entonces, afrontar las distintas necesidades, pretensiones, ambiciones y posibilidades de la metrópolis y proyectar con ellas la arquitectura del futuro. Las pro- puestas que se incluyen en el último aparte del estudio ‒ proyectos arquitectónicos que en su mayoría no quedan en Manhattan‒, deben en- tenderse como ejemplos de una doctrina consciente que aunque ejempli- fica este tipo de actuaciones, su pertinencia no está limitada únicamente a Manhattan72.
En síntesis, para Koolhaas la ciudad moderna está reflejada clara- mente en Nueva York, de aquí su interés en analizarla para extraer así los principios para un urbanismo contemporáneo; el objetivo del estudio fue el mostrar una arquitectura que no sigue las convenciones y que se atiene únicamente a las fuerzas que modelan el mundo moderno: la economía y la tecnología, formas del auténtico progreso. Para el autor, Nueva York habla, con mayor eficacia que cualquier tratado de urbanismo, de lo que es la ciudad moderna (Moneo, 2004, p.311).
72 Así entonces se afirma en el texto: “La conclusión ‒nunca expresada‒ del libro es que, entre las dos guerras mundiales la arquitectura sufrió un cambio definitivo. El significado cultural de las formas tradicionales había perdido sin lugar a dudas su univocidad”. (Koolhaas, 1988, p. 91)
Legado
Se puede afirmar entonces que Koolhaas se atiene a la realidad, la analiza y aprende de ella; su modelo de realidad es la ciudad contemporánea con todas sus características. La ciudad de Nueva York es para el autor un ejemplo paradigmático ya que todas las características de las grandes metrópolis contemporáneas son llevadas al límite: el desarrollo rápido y sin control, las fuerzas económicas y comerciales, el gran crecimiento poblacional, etc.
El estudio, enmarcado en la realidad de la ciudad, fue “una búsqueda de la influencia de las masas y la cultura metropolitanas sobre la arqui- tectura y el urbanismo”; su intención fue la de encontrar conexiones entre nuevos programas que expresaban exigencias sociales del momento y nuevas formas arquitectónicas (Koolhaas, 1988, p.91).
El estudio del rascacielos le permitió concluir que los edificios pueden definirse con mayor independencia del lugar y de la parcela que ocupa, no se estructuran superponiendo niveles horizontales uno sobre otro, sino que deben ser pensados desde la sección; su análisis le per- mitió concluir que los edificios encuentran su forma a partir de la escala y el papel que juegan en la ciudad en la que se localicen, sin hacer un es- pecial énfasis en los programas73.
Mediante el análisis y la relación entre una serie de elementos ‒como fueron los programas, los edificios, y las leyes‒, y la deducción de unas estrategias de actuación como lo sintético irresistible, la tecnología de lo fantástico, el cisma vertical, la cultura de la congestión, la gran lo- botomía y el automonumento, entre otros, el estudio demuestra que en las ciudades existen fuerzas colectivas que dirigen sus destinos y que del estudio de estas fuerzas y su materialización en la arquitectura pueden deducirse teorías que acerquen el proyecto a la ciudad.
73 Para Koolhaas el programa es un elemento difuso que no tiene una relación directa con la arquitectura por construir; es una categoría que propicia no formas precisas sino edificios abiertos y adaptables a distintas condiciones del medio. De aquí su propuesta por un máximo de programa y un mínimo de arquitectu- ra. (Moneo, 2004, p.314)
Figura 24. Madelon Vriesendorp: Después del amor. (Fuente: Delirious New York a retroactive manifiesto for Manhattan, New York, 1978)
Por otra parte, en Manhattan para Koolhaas, se deducen algunos ele- mentos que definirán la ciudad genérica, texto posterior del autor donde el urbanismo se describe como un instrumento radicalmente pragmático. “Delirious New York” plantea un método de análisis de la ciudad que parte del conocimiento de la realidad en sus diferentes dimensiones –fí- sicas, sociales, económicas, etc.‒ para encontrar la esencia de cada es- tructura urbana y definir de esta manera, formas de actuación.
Así pues para el autor, las características predominantes de esta rea- lidad son el caos, la dificultad de su predicción, su cambio permanente, sus contradicciones, de allí la importancia de trabajar llevando a límite su análisis con el fin de encontrar principios que apoyen el desarrollo del proyecto de arquitectura; “…diría que mi obra debe verse como una