• No results found

Strong organizational commitment and capabilities to develop responsible governance of supply chains

7. Discussion and Recommendations

7.1. Strong organizational commitment and capabilities to develop responsible governance of supply chains

La inestabilidad identitaria es el tercer escenario de la teatralidad masculina. Entendida como el reverso del orden heterosexual, esta inestabilidad tiene que ver tanto con las fuerzas históricas que clasifican, jerarquizan y autorizan un lugar social para el cuerpo; como con la resistencia a la normatización. Tiene que ver además con el lugar del cuerpo como despojo desde el que siempre emerge la masculinidad como una identidad estable, fija y encerrada en sí misma.

Pero la inestabilidad identitaria sobre todo implica tanto un nivel de conciencia de los mecanismos de la masculinidad para emerger como tal, como con las consecuencias de esa emergencia. Es decir, la inestabilidad oscila entre un en sí que es el lugar del mismo cuerpo como totalidad no fragmentada; y un para sí, que es la conciencia de la normatización y de sus efectos en la misma corporalidad. En este segundo momento de la oscilación se inscribe la propuesta performática Transtango, en tanto la inestabilidad

identitaria sobre la que se apoya es una crítica tanto a los modelos de “interiorización” y “epidermización” (Fanon, 2009: 44) de la norma corporal, como a la deshumanización a la que conduce la normatización corporal, racial y económica.

Transtango junta en el escenario a un transmasculino con una bigénero

(Almeida, Vásquez, 2010), unidos en la sensualidad heterosexual que exige el tango, pero parodiándola desde el contacto entre una drag queen y un drag

king. Solo en esta enunciación, Transtango ya transgrede los anclajes de la

estabilidad indentitaria masculina que básicamente lo que hace es vincular de manera forzosa la identidad masculina a los hombres y la femenina a las mujeres. De esta manera, ambas investiduras en escena vuelven a la heteronorma inestable, riesgosa, seductora..., destituyéndola, en tanto logran hacer del contacto homoerótico un emplazamiento político puesto que colocan la identidad genérica en “una lucha no solo contra las definiciones de la masculinidad y de la homosexualidad tal y como son reiteradas e impuestas por los discursos sociales heterosexistas, sino también contra esas mismas definiciones tan seductora como fielmente reflejadas por aquellos cuerpos masculinos (en buena medida inventados y construidos culturalmente) que llevamos en nosotros mismos como inagotables fuentes de excitación” (Bersani, 1995: 96).

Transtango nos permite además entender la inestabilidad identitaria al

menos en dos líneas de interpretación de la erótica sobre la que se asienta. En la primera, este performance procura una reacción de identificación/desidentificación vía el placer visual esópico y por la evocación afirmativa de lo excedido en el momento de la masculinización normativa del transitorio personaje femenino. En esa reacción se inestabiliza la distancia y carencia corporal que provoca lo escópico, y se crítica al placer en la desposesión de lo humano que generan los protocolos clasificadores. De esta manera, se logra cuestionar, vía la crítica a la relación escópica, a la interiorización de la mentalidad opresiva en el deseo homosexual que, sin esta crítica, combina y confunde, como todo deseo sexual “pulsiones de apropiación y de identificación con el objeto del deseo” (Bersani, 1995: 96).

La otra línea de interpretación tiene que ver con la relación entre emergencia de lo inhumano como consecuencia de la inestabilidad de lo humano y el excedente de placer. Transtango, al desplegar su crítica sobre la normatización de los cuerpos, lo hace también sobre la formalización visual que la sostiene. Esta crítica es un emplazamiento a la fobia al cuerpo como miedo a lo biológico –parafraseando a Fanon (2009: 147)–; que se revela en el miedo al vacío identitario al que conduce la crítica al binario. En esta crítica, lo que surgen son unos cuerpos patetizados por el reconocimiento de su exclusión constitutiva. Unos cuerpos que intercambian, interceptan y combinan lo masculino con lo femenino para colocar al sujeto en la zona de la generización, que es la zona de la inhumanidad, la zona de la no clasificación, la zona que hace posible el discurso de lo humano.

Y en esta acción de desestabilización, de inestabilidad identitaria, estos cuerpos procuran un terror ambiguo: terror gravoso y placentero al reconocer que la “internalización” de la opresión es placentera en tanto produce un espacio de reconocimiento social, de humanidad formateada. Placer que es excedente puesto que nunca podrá dar cuenta de un cuerpo emancipado.

Transtango, en su crítica a la heteronormatividad nos devuelve un

cuerpo ampliado, en su multivocidad, sin fragmentaciones, pero también con las tensiones inscritas por la norma. Al poner a consideración de la subjetividad esta potente transgresión, Transtango sugiere una destitución de esa humanidad formateada por otra que no exige clasificación; o, desde otro punto de vista, reivindica la inhumanidad como signo de resistencia y autonomía corporales. Y en ese gesto, la propuesta deviene en placentera. Es el placer de la irrupción y quizá del desplazamiento a la zona de lo abyecto, en donde el cuerpo, desde su materialidad integral, se resiste a la normatización, aunque sea queerizada.

Estamos, por tanto, ante una crítica a las políticas del cuerpo que lo enuncian como verdadero; crítica, entonces, a la articulación entre el discurso y el poder “[que] es lo que hizo Verdadero a ese régimen [de lo verídico/corporal],

lo que permitió a ese régimen hablar de la identidad, en nombre de la verdad, para el resto del mundo” (Hall, 2013: 349).

CAPÍTULO 2