Y consecuentemente con el retraso en el proceso de formación de familias, encontramos una tendencia al retraso en la edad de la maternidad. El cambio, respecto a la situación de 1982, es rotundo, especialmente si tenemos en cuenta que en aquella época justamente concluía un ciclo
media en Extremadura estaba incluso muy por encima de la media nacional, en 29 años, para 1982 había caído ligeramente por debajo de los 27 años, y sobre todo había caído incluso por debajo de la medida nacional.
¿Qué explica aquella caída? Sin duda alguna el menor acceso a mecanismos de control de natalidad: el bajo nivel de desarrollo socioeconómico y de urbanización de la región, que en esta cuestión se expresa en tres ámbitos claramente interrelacionados: la escasa educación sexual; la mayor dificultad de acceso a métodos anticonceptivos, o al aborto (limitado hasta su legalización en 1985 a grupos sociales con recursos económicos, que podían viajar al extranjero); y finalmen- te, consecuente de ese mismo atraso, la pervivencia del rol tradicional de la mujer, orientado a la maternidad.
Desde ese momento, la edad media no ha hecho sino aumentar, en el caso extremeño es ligeramente inferior a la media nacional hasta 2003, fecha en la que ambas tendencias coinciden en su crecimiento hasta 2008, en donde nuevamente volvemos a observar mayores diferencias entre ambas curvas. Este cambio de tendencia podemos explicarlo con algunas de las políticas puestas en marcha en las últimas décadas: la mayor inversión en educación, la despenalización del aborto, el mayor desarrollo socioeconómico de la región, el alargamiento de la etapa educativa obligatoria, el acceso creciente a la educación universitaria y sobre todo la masiva incorporación de la mujer al mercado de trabajo harán posible este cambio. La diferencia entre ambas curvas que puede observarse a partir de 2008 hasta nuestros días, a nuestro juicio, tiene que ver con la crisis económica y financiera que se inicia en esos momentos y que aún perdura. La peor situación eco- nómica de Extremadura, y el paro femenino que castiga especialmente a las mujeres más jóvenes (36,90% en el primer trimestre de 2013) podría indicar una vuelta a los valores más tradicionales y a situar a la mujer, de nuevo, al frente del espacio doméstico; no obstante necesitaríamos un ma- yor número de datos y otros tipos de exploraciones para poder confirmar esta tendencia.
El retraso en la maternidad es aún más evidente cuando atendemos a la distribución por eda- des del total de partos. El gráfico siguiente compara la distribución, año a año, de entre menos de
14 y más de 50, en 1982, y en 2011. Vemos el ostensible corrimiento piramidal hacia las cohortes de más edad. Los 335 partos de mujeres menores de 18 años en 1982 se redujeron a 88 en 2011.
Pero además del corrimiento hacia edades más avanzadas (la moda de la distribución de edades en 1982 estaba en 23 años, mientras que en 2011 la encontramos en los 32), observamos cómo en la mayoría de los tramos de edad, salvo entre los de las jóvenes adultas (entre 30 y 40 años) se reduce el número de partos. Y es que, en lógica lo que venimos analizando tiene su coro- lario en la caída de la natalidad, que finalmente, cerrando el círculo, impacta directamente en el primer punto que tocábamos, el tamaño de las familias.
La Tasa Bruta de Natalidad (TBN) es uno de los más interesantes indicadores, y relaciona el número de nacimientos ocurridos en un año concreto con el número total de habitantes; leyén- dose como número de nacimientos de una población por cada mil habitantes en un año. El gráfico siguiente compara entre la TBN extremeña y el conjunto de la española y nos permite analizar las distintas evoluciones de ambas tendencias. En la década de los 80 y primeros de los 90 es mayor la TBN extremeña, es decir, nacen más niños en Extremadura por cada mil habitantes que en el conjunto de España porque aún no ha llegado plenamente a nuestra región los efectos de la modernización y el desarrollo sociocultural, que como ya hemos comentando, es menor y más lento en Extremadura que en el conjunto de España, por lo que siguen vigentes algunos elemen- tos y valores propios de sociedades menos desarrolladas, siendo la mayor natalidad uno de ellos.
En la década de los 90 Extremadura, ya en pleno proceso de desarrollo socioeconómico, se suma a la fuerte corriente de reducción de la natalidad que venía ocurriendo en España desde la década de los 80 siguiendo las tendencias de los países de su entorno. Es la década del hijo único, del masivo acceso de la mujer a la educación universitaria y al empleo. Se retrasa la edad media del matrimonio y del primer hijo hasta que las parejas, y especialmente las mujeres, no se perci- ben seguras económicamente, con un empleo fijo y bien remunerado que les permita el acceso a una vivienda y mantener cómodamente a sus hijos; ese empleo que tarda en aparecer, debido a las
Con el nuevo siglo, sin embargo, se detiene la caída de la natalidad, si bien no se observa todavía un claro remonte, en el caso extremeño incluso sigue decayendo ahora sólo en unas décimas. La explicación a este cambio de tendencia la encontramos, por un lado, en la buena mar- cha de la economía durante la primeros años del siglo, y el consiguiente crecimiento del empleo, que permite tanto la mejora de la capacidad económica, como sobre todo una mayor seguridad, que finalmente repercute en una subida de la natalidad a nivel general. Pero es que además, y este aspecto es aún más determinante, el crecimiento económico atraerá a un gran número de in- migrantes extranjeros, quienes llegan procedentes de culturas con hábitos reproductivos distintos, haciendo saltar la población española de 40 a 47 millones de habitantes entre 2000 y 2011. Pero son únicamente las zonas más desarrolladas del país los focos receptores, ello explica por qué en dicho periodo la tasa bruta de natalidad cae en Extremadura por debajo de la media nacional.