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Chapter 5 Problematising the governance of equine sport ‘A canter is a cure for every evil’ (Benjamin Disraeli)

5.1 Structures, fractures and the Interface Problem

¿Cuáles son los temas recurrentes en 1 Juan? Tras una breve introducción (1:1–4) en la que invita a los lectores a la comunión con el Padre y con el Hijo, Jesucristo, el escritor dice: “Dios es luz” (1:5). El primer tema tiene entonces que ver con las características de Dios.

Características de Dios

Juan utiliza el lema Dios es luz para rebatir las afirmaciones de sus oponentes gnósticos que dicen que ellos pueden tener comunión con Dios sin tener que “vivir conforme a la verdad” (1:6). Les dice que están viviendo en la oscuridad y que son mentirosos. Va aún más allá de esto y declara que ellos hacen a Dios mentiroso (1:6, 8, 10). Juan fortalece a los creyentes asegurándoles que si andan en la luz, tienen comunión unos con otros. También les asegura que Dios perdona sus pecados mediante la sangre de Jesús (1:7, 9).

El amor de Dios es la característica siguiente (2:5, 15). El amor de Dios ilumina al creyente cuando éste obedece los mandamientos de Dios, ya que entonces sabe que está en Dios. El mandamiento del amor no es nuevo sino antiguo. Por lo tanto, la persona que obedece este antiguo mandamiento ama a su hermano y vive en la luz (2:10). El es el receptor del amor y de la luz de Dios. Pasa a ser alguien en quien mora la palabra de Dios (2:14); el que hace la voluntad de Dios tiene vida eterna (2:17).

Dios Padre prodiga su amor a sus hijos (3:1); a dichos hijos se les dice que deben amarse unos a otros (3:11, 14, 23). El amor se origina en Dios (4:7), y la persona que es hijo de Dios (4:4, 6) le conoce porque “Dios es amor” (4:8, 10, 16).

¿Cómo expresa el hijo de Dios su amor por Dios? Obedeciendo sus mandamientos (5:3). La persona que es nacida de Dios no vive continuamente en pecado, puesto que Dios lo mantiene a salvo del ma- ligno (5:18). ¿Y por qué cuida Dios a su hijo? Dios ama a su hijo a causa de su Hijo Jesucristo, que es verdadero Dios y vida eterna (5:20).

[p 253] Hijo de Dios

Ya en la introducción misma a su primera epístola, Juan demuestra claramente que Jesucristo es humano y divino. Declara que Jesucristo tiene un cuerpo físico, es vida eterna y es el Hijo de Dios (1:1– 3). Juan se opone a las enseñanzas de los falsos profetas que niegan la humanidad de Cristo (4:1–3; 2 Jn. 7). “La negación de que Cristo haya venido en la carne es también una negación de que Jesús es el Hijo de Dios (4:15; 5:5)”.57

Los gnósticos enseñaban que dado que Dios mora en luz pura, su Hijo no puede vivir en un cuerpo impuro entre hombres pecadores. La consecuencia de esta enseñanza es que el Cristo de los gnósticos no puede ser el Hijo de Dios como manifiestan de él las Escrituras.

56 Consúltese especialmente Plummer, The Epistles of John, p. liv.; R. Law: “The Epistles of John”, ISBE (la. ed. [1939],

tomo 3. pp. 1711–20; R. C. H. Lenski, Interpretaron of the Epistles of St. Peter. St. John, and St. Jude (Columbus: Wartburg, 1945), p. 367; and Burdick, The Letters of John the Apostle, p. 91.

57 G. E. Ladd, A Theology of the New Testament (Grand Rapids: Eerdmarts, 1974), p. 611. Donald Guthrie destaca que en 1

Juan el término Hijo se menciona veintiún veces. Véase New Testament Theology (Downers Grave: Inter-Varsity, 1981), p. 316.

Juan revela a Jesucristo como la persona con quien tenemos comunión (1:3), quien nos perdona y “nos purifica de todo pecado” (1:7, 9). Jesús es el que habla en defensa nuestra ante su Padre. Es nuestro abogado defensor que argumenta a favor de nuestra absolución y que es capaz de liberarnos (2:1). El mismo se ha ofrecido como sacrificio por el pecado (2:2).

Juan revela que Dios nos manda creer en el nombre del Hijo de Dios (3:23). Creer en Jesucristo debe manifestarse en un reconocimiento de que Jesucristo “ha venido en carne” (4:2). La persona que confie- sa que Jesucristo es el Hijo de Dios tiene comunión con Dios y es hijo de Dios (4:15; 5:1). Dicha persona tiene fe en Dios.

Fe en Dios

Juan define explícitamente el mandamiento de Dios: “Creed en el nombre de su Hijo, Jesucristo” (3:23). Cuando obedecemos este mandamiento, tenemos comunión con Dios y con su Hijo.

El creyente, empero, debe por su parte ejercitar la habilidad de discernir si una enseñanza viene de Dios o del maligno. El reconoce al Espíritu de Dios cuando confiesa que Jesucristo ha venido en carne humana (4:2). La fe en Cristo es fundamental para el hijo de Dios, ya que dicha fe le da la victoria al oponerse al mal y vencer al mundo (5:4). Jesucristo, el Hijo de Dios, es verdaderamente humano; co- menzó su ministerio público sometiéndose al bautismo y concluyó su vida en la tierra al derramar su sangre en la cruz del Calvario (5:6–7). Y Jesús es verdaderamente divino, porque posee vida eterna (1:2; 5:11, 13, 20).

La diferencia entre el creyente y el incrédulo está en que el primero acepta el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo, y el otro rechaza [p 254] este testimonio, rotulando de esta manera a Dios como mentiroso (5:10). ¿Cuál es el testimonio de Dios? Juan es bien específico, ya que escribe: “Y este es el testimonio: Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo” (5:11). Todo aquel que cree en el nombre de Jesucristo lo acepta como Hijo de Dios y por su intermedio entra en posesión de la vida eterna (5:13). Jesucristo es vida eterna y la comparte con todos los que creen en él.

Asimismo, la fe y el conocimiento están entretejidos de modo inseparable. Juan enseña esta verdad cuando dice: “Y así conocemos y confiamos en el amor que Dios siente por nosotros” (4:16).

Conocimiento de Dios

La primera epístola le da al lector la tranquila certidumbre de que Dios cuida de sus hijos, de modo que el poder del maligno no puede hacerles daño. “1 Juan infunde una atmósfera de tranquila confian- za sin negar la responsabilidad del hombre”.58

Esta confianza se manifiesta cuando el creyente puede decir que conoce a Dios, que tiene comunión con él y que obedece sus mandamientos (2:3). ¿Cómo sabemos que tenemos comunión con Dios? Juan escribe: “Así es como sabemos que estamos en él: todo el que dice que vive en él debe andar como lo hizo Jesús” (2:5–6). Juan alaba a los padres porque han conocido a Dios desde el principio y elogia a los hijos porque han conocido al Padre (2:13–14).

El creyente conoce la verdad (2:21), ha recibido la unción del Espíritu de Dios que vive en él (2:27) y espera confiadamente el regreso de Jesucristo (2:28). Y no sólo espera la venida de Cristo, sino que tam- bién tiene la esperanza fervorosa y el conocimiento cierto de que los creyentes serán como Cristo y que serán purificados de sus pecados (3:2, 2, 5).

58 Guthrie, New Testament Theology, p. 616. Véase también I. Howard Marshall, “John, Epistles of”, ISBE, tomo 2, p.

Los creyentes ya están en condiciones de expresarse acerca del tiempo presente: han pasado de la muerte ocasionada por el pecado a la vida que Cristo les ha dado. Demuestran esta vida en su amor mutuo. Saben qué es el amor al contemplar a Jesús, quien sacrificó su vida por ellos (3:16). Y cuando ven el efecto del amor en sus vidas, se dan cuenta de que pertenecen a la verdad y que Dios, por medio de su Espíritu, vive dentro de ellos (3:19, 24).

Juan enseña que el creyente, por conocer a Dios, tiene también la capacidad de distinguir entre en- señanzas que provienen de Dios y doctrinas que son falsas (4:2). El hijo de Dios, por consiguiente, sabe cómo reconocer el Espíritu de Dios frente al espíritu de la mentira (4:6). Puede hacerlo porque el Espíri- tu de Dios mora en su interior (4:13).

[p 255] Finalmente, el creyente tiene plena confianza de que Dios escuchará sus oraciones y peticio- nes. Siempre que pide algo en oración, siempre que la petición esté en consonancia con la voluntad de Dios, Dios contesta esa oración. Es más, Juan quita toda incertidumbre en cuanto al futuro cuando es- cribe con total certeza: “Y si sabemos que él nos escucha—en cualquier cosa que pidamos—sabemos que tenemos lo que le pedimos” (5:15, bastardillas añadidas). Juan termina su primera epístola revelando la fuente de nuestra confianza: el Hijo de Dios. Jesucristo ha venido y nos ha dado el conocimiento de la verdad y la vida eterna (5:20).

El pecado

El pecado es un tema teológico que Juan considera en cada capítulo de su primera epístola. El desta- ca que Jesucristo nos purifica de todo pecado y de toda injusticia; cuando confesamos nuestros pecados, él está dispuesto a perdonarnos y a limpiarnos (1:7, 9). Subraya asimismo que si afirmamos ser impeca- bles o decimos que no hemos pecado, estamos en poder del engaño. Es decir, nos engañamos a nosotros mismos y declaramos que Dios es mentiroso (1:8, 10).

La remisión del pecado, si tenemos en cuenta que todos nosotros hemos caído en pecado, se hace posible mediante Jesucristo, el Justo (2:1). El es nuestro abogado ante la corte cuando el Padre nos acusa de ser desobedientes. Entonces el Hijo de Dios habla en defensa nuestra. El es nuestro sacrificio propi- ciatorio por el pecado (2:2) y sabemos que nuestros pecados han sido perdonados a causa de su nombre (2:12). El cumplió las demandas de Dios Padre, quien inició nuestra redención. En su amor por noso- tros, Dios envió a su Hijo “como sacrificio propiciatorio por nuestros pecados” (4:10).

Si el creyente recibe remisión del pecado, ¿qué seguridad hay de que Cristo lo guardará del pecado? Juan contesta con tres afirmaciones que comienzan con la expresión nadie. (o ninguno) En primer lugar, “Nadie que vive en él sigue pecando”. Después: “Nadie que continúe pecando le ha visto ni le conoce” (3:6). Y finalmente: “Nadie que sea nacido de Dios continuará pecando” (3:9). El diablo y sus seguidores continúan en el pecado, pero esto nunca puede decirse de los hijos de Dios. El creyente obtiene el per- dón del pecado mediante Jesucristo, pero el incrédulo continúa viviendo en pecado.59

[p 256] ¿Cómo sabemos que somos hijos de Dios y no del diablo? Juan responde: “Todo aquel que no obra la justicia no es un hijo de Dios; ni lo es cualquiera que no ama a su hermano” (3:10).

En lenguaje conciso Juan afirma: “El pecado es quebrantamiento de la ley” (3:4). Vuelve a esta decla- ración hacia el fin de su primera epístola (5:16–17). Allí se extiende acerca del significado de pecar vo-

59 Consúltese Burdick, The Letters of John the Apostle, quien llama la atención al uso del tiempo presente (3:9) para des-

cribir las vidas de los falsos maestros que siguen pecando. El uso del aoristo (2:1) describe la vida del creyente genuino que “comete pecados que necesitan ser confesados y perdonados” (p. 77).

luntariamente. Se percata de que “toda injusticia es pecado”, aunque añade “hay pecado que no lleva a la muerte” (5:17); el pecado que lleva a la muerte es un rechazo deliberado de la ley de Dios. “En tanto que el cristiano tiene un freno en contra de un pecado deliberado de esta naturaleza, el mundo no tiene tal freno”.60 Juan exhorta a los lectores a orar por el hermano que comete un pecado que no es mortal. Se

ocupa de enfatizar que no está exhortando a sus lectores a orar por la persona que ha cometido un pe- cado mortal (5:16). Pero para reafirmar a sus lectores, les recuerda que el hijo de Dios no continúa en pecado, es mantenido a salvo y está fuera del alcance de Satanás (5:18).

Vida eterna

En la literatura de Juan se destaca nítidamente la enseñanza acerca de la vida eterna. Por ejemplo, en la conocida oración sumosacerdotal Jesús declara: “Y esta es la vida eterna: que ellos puedan conocerte, el único verdadero Dios, y a Jesucristo, a quien enviaste” (Jn. 17:3). En 1 Juan, el concepto de vida eterna se encarna en Jesucristo, de modo que el escritor de esta epístola de hecho dice: “Os proclamamos la vida eterna, que estaba con el Padre y que se nos manifestó” (1:2). Junto con los demás apóstoles, Juan proclamó la “Palabra de vida” (1:1). Juan revela que esta Palabra es eterna y da a entender por consi- guiente que el Hijo de Dios “ha vivido eternamente con Dios para beneficio de los hombres (Jn. 1:4; 1 Jn. 1:1s), es decir, él es la fuente de vida y poder divinos tanto en la antigua como en la nueva creación”.61

Jesucristo ha aparecido para darle al hombre vida eterna. En cierto sentido, este don de la vida es una promesa (2:25); en otro sentido, es una posesión, puesto que ya hemos pasado de la muerte a la vi- da (3:14). Quizá debiéramos pensar en términos de promesa y cumplimiento. En principio ya poseemos vida eterna en razón de nuestra unión con Cristo. Pero al momento de morir, cuando dejamos este es- cenario terrenal y entramos a la eternidad, recibimos la vida eterna en su plenitud tal como Dios lo prometiera en su Palabra.

Cuando conocemos al Hijo de Dios como nuestro Salvador personal y creemos en su nombre, enton- ces tenemos vida eterna (5:13). Juan afirma [p 257] que “Dios nos ha dado vida eterna” (5:11). Especifica que el origen de esta vida está en el Hijo de Dios, y que todo aquel que tenga al Hijo tiene vida (5:12).

El perdón del pecado da por resultado la vida. Es decir, si ves a un hermano cometiendo un pecado que no es mortal, entonces deberías orar y pedirle a Dios que lo perdone: “y Dios le dará vida” (5:16). Dios concede remisión de pecados y vida eterna mediante su Hijo Jesucristo.

A lo largo de su primera epístola, Juan habla de la vida eterna que Dios le da al creyente y menciona asimismo que Jesucristo es la encarnación de la vida eterna. En el epílogo de su epístola, él destaca que el Hijo de Dios es “el verdadero Dios y vida eterna” (5:20), y que nosotros estamos en él. El propósito de 1 Juan es darnos a conocer que nosotros, por estar en Jesucristo, tenemos vida eterna.

En ninguna parte de la epístola de Juan detectamos contraste alguno entre la descripción de la vida presente en Jesucristo y la de la vida futura. Juan no enumera las diferencias que puedan haber entre poseer vida en el presente y la plenitud de la vida en el futuro. En vez de eso, él describe la vida eterna en términos de una comunión íntima con Jesucristo. Cuando estamos en él, tenemos vida eterna (1:2; 2:24–25; 5:20).

El regreso de Cristo

60 Guthrie, New Testament Theology, p. 196. 61 Hans-Georg Link, NIDNTT, tomo 2, p. 482.

¿Qué dice Juan acerca del regreso de Jesucristo y la vida futura? Las referencias directas e indirectas al evento del regreso de Cristo son pocas.

Las referencias indirectas son las siguientes: Juan menciona que este mundo y sus deseos llegarán a su fin; por el contrario, el creyente que obedientemente cumple con la voluntad de Dios vive para siem- pre (2:17). El también le informa a los lectores que ellos están viviendo ya en la última hora, que incluye toda la era presente. Y es en esta era en particular en la que el anticristo ha venido (2:18). El espíritu del anticristo ha aparecido y hace sentir su presencia en el mundo en que vivimos (4:3; 2 Jn. 7).

Otra referencia indirecta es la palabra victoria, que se relaciona con el fin de un conflicto. Juan habla acerca de la victoria de la fe que ha vencido al mundo. (5:4). El hijo de Dios, más precisamente el cre- yente en el Hijo de Dios, es el vencedor, aunque él bien sabe que todo el mundo está controlado por el maligno (5:19).

Las referencias directas al regreso de Cristo son más explícitas. Juan habla claramente de la apari- ción del Señor. Por ejemplo, él nos exhorta a permanecer en Cristo, “para que cuando aparezca poda- mos estar confiados y sin vergüenza ante él en su venida” (2:28). Juan se refiere al regreso de Cristo y no a su primera venida, cosa que es evidente si tenemos en cuenta el contexto más amplio. Habla además con anticipación acerca de nuestra posición y apariencia. Exclama: “Queridos amigos, ahora somos [p  258] hijos de Dios, y lo que seremos no ha sido dado aún a conocer. Pero sabemos que cuando él apa- rezca, nosotros seremos como él, porque le veremos como es” (3:2). Aquí él nos dice que veremos a Je- sús cuando regrese, y nos informa que seremos como Jesús en apariencia. En otro pasaje, Juan pone la apariencia de Jesús en el contexto de su ministerio terrenal: “Pero sabéis que él apareció para poder qui- tar nuestros pecados” (3:5).

Finalmente, Juan introduce la noción del día del juicio. El nos alienta por medio de la enseñanza de que el amor nos completa; por consiguiente: “tendremos confianza en el día del juicio” (4:17). Por ser uno con Cristo en amor, el temor está ausente. El amor ha desterrado al temor, y el temor está relacio- nado con el castigo. En definitiva, el creyente no se enfrentará con un castigo en el día del juicio final (4:18). En el capítulo 2, Juan afirma que el creyente puede tener confianza en que Jesucristo lo defenderá ante la corte (v. 1). Es así, entonces, que en el día del juicio Jesús hablará a favor del creyente y le dirá a su Padre que él ya ha expiado todos los pecados del creyente (2:2).

Hay otros temas que Juan explica, incluyendo los conceptos mundo, odio y el maligno. Pero estos con- ceptos son lo contrario de los temas que tienen que ver con la comunión que los creyentes tienen con Dios, con el amor que manifiestan hacia él y el uno por el otro y con las bendiciones que reciben en Cris- to. Al ir tratando los temas positivos, implícitamente tomamos nota de los temas opuestos. Por consi- guiente, estamos conscientes de cuales son, pero los consideramos solamente en forma elemental. En otras palabras, enfatizamos lo positivo a expensas de lo negativo, siguiendo así el ejemplo del apóstol Juan.