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Chapter 4: Seasonality, DNA degradation and spatial heterogeneity as drivers

5.6. Study 2: The River Ecclesbourne, Derbyshire

Aunque muchas de nuestras lectoras dominan el sistema de articulación de los fonemas en catalán, antes de proseguir con el relato de las investigaciones resulta imprescindible aportar, a aquellas que lo desconozcan, unas nimias lecciones de fonética para que aprecien en profundidad algunos de los entramados lingüísticos que se crearon a raíz de la pronunciación incorrecta de determinados nombres y apellidos. Preciso es recordar que en la mencionada lengua autonómica el dígrafo [ny] suena exactamente igual que la [ñ] castellana, con la particularidad de que también se pronuncia cuando se encuentra situado al final de la palabra. Así, por poner un ejemplo, diremos que la palabra «seny» no se pronuncia «seni» sino «señ». La { ll] (antigua letra del alfabeto, actualmente reducida a dígrafo) es palatal en el punto de articulación y lateral en el modo. No se pronuncia, por lo tanto, ni como una [y] (fenómeno

conocido como yeísmo), ni como una [i], ni como una [l] aunque se encuentre en posición final de palabra. El ejemplo más claro al respecto es el de localidades como Sabadell o Martorell, cuya pronunciación no es ni «Sabadel», ni «Sabadei», ni «Martorel», ni «Martorei» con la lengua algo floja, sino que este órgano debe presionar en toda su amplitud el paladar para que el fonema se produzca como corresponde. Ambos dígrafos, tanto [ll] como [ny], se pronuncian siempre y de forma sonora en cualquiera de sus posiciones. Conviene, así mismo, resaltar que en la lengua de Víctor Caíala (literata ilustre donde las haya), se pronuncian de forma totalmente audible tanto las consonantes finales como las dobles o triples consonantes intervocálicas. Así, por ejemplo, al enunciar apellidos como Ponsdoménech, suenan con la misma intensidad las tres consonantes seguidas [n], [s] y [d] sin omitir la [s], como es costumbre en ciertas regiones, mientras que el sonido de la [ch] final queda reducido a [k]. Apuntemos, por último, que la pronunciación de la [j] y de la [g] no es velar sino prepalatal fricativa y sonora en ambos casos y, por lo tanto, no se pronuncia ni [sh] ni [y]. Como dato aclaratorio, diremos que suena, aproximadamente, igual que en la lengua inglesa. Teniendo en cuenta estas puntualizaciones, recomendamos a las lectoras permanezcan muy atentas al desarrollo gráfico y, por lo tanto, fonético de los diálogos que vienen a continuación.

— No pueden hacernos esto en pleno período de vacaciones — protestó Cecilia—. Además, nuestra abogada nos dijo que la expropiación es ilegal. Tendrán que echarnos a la fuerza.

Intuitiva y perspicaz como era, la inspectora García dedujo que la visita de Nuria Capell podía tener alguna relación con la orden de expropiación que pesaba sobre la casa, dato que Gina y Cecilia acababan de confirmarle.

— Núria nos dijo anoche que tenía una información importante sobre el tema de la expropiación y que había que actuar con rapidez.

— ¿Explicó qué tipo de información? — preguntó García.

— No. Sólo dijo que tenía que hacer algunas gestiones para confirmarla, pero que, si era cierta, teníamos el caso ganado.

La inspectora se dirigió a la consellera. — Señora Camani...

— Campmany — rectificó ella pronunciando su apellido como hemos indicado al principio del capítulo.

— ¿Cree que la desaparición de la señora Capel tiene algo que ver con el asunto de la expropiación?

— Capell — corrigió la consellera recalcando la «11»—. Eso es usted quien debe averiguarlo. ¿Tiene ya alguna sospechosa?

— ¿Cómo quiere que la tenga si aún no he interrogado a nadie? Mire, señora Camani... — Campmany, Campmany —volvió a insistir.

— Se creerá que es fácil — rezongó García por lo bajinis—. Está bien, Cammain. Voy a empezar la ronda de interrogatorios esta misma tarde — a continuación, dirigiéndose a Cecilia preguntó—: ¿Sabía alguien más que Núria Capel tenía que venir?

— Que yo sepa no... — Estaba respondiendo Cecilia, pero en seguida Gina la contradijo. —Sí, un persona preguntado para ela ayer —exclamó—. ¿Tú acuerdas? Yo habla Karina a la teléfona.

Hubo unos segundos de confusión, pero Cecilia no se molestó en corregir a su compañera.

— Es cierto — afirmó—, nuestra ex socia llamó ayer para preguntar por Núria.

García se rascó una ceja con aire reflexivo, intentando poner en orden sus pensamientos y, dirigiéndose a la consellera, advirtió:

de las vacaciones. Tengo a esas periodistas locas por cubrir la noticia y... Cecilia atajó a la inspectora con un grito.

— Hasta el final de las vacaciones y hasta que se aclaren las cosas. Resistiremos en la casa aunque tengamos que defenderla con uñas y dientes. Nuestra abogada tenía una información importante sobre el tema de la expropiación y mientras no aparezca de aquí no nos echa nadie. ¡Vamos!

— Mantengamos la calma — ordenó García—. Avisen a las huéspedes de que no pueden abandonar la casa. Las quiero a todas dispuestas para el interrogatorio. ¡Ah!, necesitaré un coche para desplazarme. Voy a interrogar también a esa tal Karina. Le parece bien señora Cammain — y esta vez recalcó la «m» con énfasis.

— Muy bien — suspiró la otra—. Le enviaremos uno desde la conselleria.

— ¡Ah! Por cierto, que sea un Peuyó, si es posible. Es que yo tengo uno y ya me lo conozco.

— De acuerdo — resopló su interlocutora—, le enviaré un Peugeot. — ¿Alguna cosa más, señora Camain, digo Cammain?

Un poco desesperada, la consellera claudicó: — Déjelo, inspectora, llámeme Gemma.

García respiró aliviada, le resultaba mucho más fácil pronunciar el nombre que el apellido.

— De acuerdo, Yema — exclamó orgullosa—, la tendré informada.

Gemma Campmany se tapó los ojos con una mano y esbozó una desolada negativa con la cabeza.

Aquella tarde, las habitantes de la casa merodeaban por el interior del recinto mientras García las iba llamando una a una (o dos a dos en el caso de Clara y Ana y en el de la parejita anónima) para ser interrogadas. Así que durante la espera tuvieron que distraerse realizando actividades varias. Las vascas jugando a volei, Clara y Ana instruyendo a la niña con tareas lúdico pedagógicas, la silenciosa pareja retozando en su habitación, Marga

haciendo meditación, la doctora Giménez leyendo un tratado sobre Ginecología alternativa, Tilita y Minerva persiguiéndose de un lado a otro del jardín, Azafrán durmiendo, la gata Cristi en una cornisa y Tea y Mati discutiendo.

— ¡Harta! — protestó Adelaida—. Me tenéis harta. Yo no sé qué os pasa, pero de verdad que me tenéis aburrida con tanta discusión.

— Pasa que a Mati no hay forma de hacerla entrar en razón —gruñó Tea agarrando el paquete de tabaco.

— Pasa — dijo Mati con cierta flema—, que cuando hay contradicciones ideológicas se entra en conflicto.

Tea encendió un cigarrillo, aspiró una bocanada de humo que le llegó hasta las entrañas y con sorna interpeló a Mati:

— ¿No lo dirás por mí?

Volvieron a enzarzarse hasta que apareció la inspectora García y llamó a Tea a declarar. En su ausencia, Mati no quiso hacer comentarios, pero cuando le tocó a ella el turno de ser interrogada y Adelaida y Tea se quedaron solas no pudieron ni quisieron evitar la conversación.

— No pienso bajar de la burra — afirmó Tea—. Yo soy hétero y muy hétero y si no le gusta ya puede ir buscándose a otra.

— Ya lo creo que puede — dijo Adelaida—. Ese es el peligro que corres. Tea esbozó una sonrisa burlona.

— ¿Peligro? Ninguno. ¿Sabes qué te digo? Hace mucho tiempo que no pruebo a un macho y empiezo a tener el mono. Si no está conforme con lo que hay, es su problema — fumó con avaricia y tras unos segundos concluyó—. En cualquier caso, ella se lo pierde.

Entrado el crepúsculo, la inspectora García había interrogado ya a casi todas las mujeres. Algunas de las entrevistas, como el de la silenciosa y ausente pareja cuya única actividad era hacerse arrumacos mutuos, habían resultado francamente cortas. Con avispada intención, la inspectora había dejada para el final a la doctora Giménez. Pensó que a última hora iba a estar muy cansada y tener un estímulo reavivaría su ánimo. Estaba claro que la doctora no despertaba la más mínima sospecha y a ella, aquella mujer le había hecho tilín desde el primer momento. Cuando le tocara el turno, pediría un par de cafés y se tomaría su tiempo para charlar con ella de forma relajada. Tenía intención de proponerle una cita en la capital del estado pluriautonómico una vez finalizadas las vacaciones y resuelto el caso. Sí..., sí..., pensaba mientras escuchaba la aburridísima declaración de Marga, empeñada en relacionar con lo sucedido un sinfín de señales esotéricas. Sí..., insistió convencida, la llevaría a cenar a un buen restaurante y luego... se detuvo a meditar unos segundos, luego tomarían una copa en algún lugar romántico a orillas del Manzanares.

— ¡Sea! —exclamó en voz alta.

— ¿Cómo dice? —preguntó Marga desconcertada.

La mente de García regresó de sus oníricos proyectos al escenario real y en una rápida maniobra de resituación dio respuesta a su interlocutora.

— Que... sea lo que fuere que influyera en el suceso, alguna mano terrena fue la ejecutora, digo yo.

— Claro, inspectora, pero lo que quiero decirle es que en esta casa hay energías negativas y es porque todavía no le han hecho el feng shui. Cuando el espacio esté armonizado, le resultará mucho más fácil resolver el caso, se lo garantizo. Y si no, pregúntele a Inés Villamontes. ¿Conoce usted a Inés Villamontes?

— Ahora mismo, no me suena.

— ¿Cómo es posible? Si hasta hizo un programa en la Cadena 4 de televisión. Tendría que hacerle una consulta, porque ella con el péndulo puede ayudarla muchísimo.

— Muy bien, muy bien, lo tendré en cuenta —intentó concluir García.

— También hace tarot y astrología, le dirá como estaban los astros la noche de autos y... — Bueno, bien, me pondré en contacto con ella.

Pero Marga seguía:

— Conoce un montón de técnicas de autocontrol que le servirán para dominar sus reacciones en situaciones de estrés tensional. En su profesión, eso es muy importante. ¡Ah! Y puede pedirle que le haga una sanación general para armonizar el Yin y el Yang. De esa forma captará las energías positivas y negativas de las sospechosas y le resultará mucho más fácil descubrir a la culpable.

— Ta bien, mujer — cortó por fin García—, no me maree más — y amablemente la invitó a que se retirara.

A continuación, se preparó para recibir a la siguiente interrogada, la doctora Marisa Giménez. Claro que, de todo lo que había pensado minutos antes y de su incipiente sentimiento, no podía hacer la más mínima manifestación, antes al contrario, debía mostrarse fría y distante, como procedía a su profesión y a su cargo. Ya dejaría caer algo con sabio disimulo a lo largo de la conversación, pero, de entrada, consideró que era mejor no ofrecerle el café, no era bueno empezar con tantas confianzas. La hizo pasar, le ordenó con sequedad que se sentara y con la misma sequedad comenzó:

— ¿Su nombre completo? — Marisa Giménez, con g.

— Bien — tomó nota en una pequeña libreta—. ¿Qué hizo usted la noche del lunes al martes?

La doctora había entrado acompañada por su perrita, lucía un vestido de lino con cuello de pico y falda por encima de las rodillas que subió a la altura de los muslos en cuanto se

sentó; encima llevaba una rebequilla a juego, que, al quitarse, dejó al descubierto sus tersos y redondeados hombros. García tragó saliva.

— Se refiere a la noche de la tormenta ¿verdad? — La misma.

— Parece mentira que me lo pregunte. — Cruzó las piernas con un gesto que a la inspectora le recordó la escena más gloriosa de Instinto Básico—. ¿No se acuerda de que estuvimos de tertulia en el jardín?

— Ya, ya — dijo García algo aturdida—. Me refiero a después.

— Me fui a mi habitación. — Al tiempo que decía esto, cogió a Minerva y se la puso en el regazo.

García observó cómo acariciaba a la perra en los rizos de la cabeza con aquellas manos tan... tan... tan asépticas, pensó, aunque no le parecía el calificativo más adecuado a la reverberación interna que estaba experimentando al contemplar la escena.

— Tengo una testiga — añadió Giménez posando su mano bajo la mandíbula de la perra para mostrarla—. ¡Qué bonita eres! —exclamó y bajó sus labios hasta la diminuta cabeza de su mascota para depositar un sonoro beso.

A continuación la rascó debajo del cuello y la chucha estiró el maxilar y entornó los ojos con una expresión de gustito que hasta provocó cierto cosquilleo en los bajos de la inspectora. García, que estaba apoyada en el borde de la mesa con los brazos cruzados, se incorporó, hundió las manos en los bolsillos del pantalón de pinzas, se giró y, con disimulo, llevó la mano derecha hasta el pubis por el interior del bolsillo para darse un rápido, aunque certero masaje de alivio. Luego carraspeó.

Cuando se giró de nuevo hacia la interrogada, observó que ésta tenía el cuerpo ligeramente adelantado, ya que al incorporarse después del beso a la mascota, no había llegado a reclinar la espalda en el asiento, se había quedado ahí, a medio camino, con la perra en el regazo rodeada por aquellos brazos tan lisos, las piernas cruzadas, los hombros avanzados y visible el lateral de ambos senos, turgentes y esponjosos, a través del escote en punta. Para rematar aquella imagen que estaba dejando sin saliva a la inspectora, tenía los ojos color mandarina de la doctora clavados en los suyos y, un poco más abajo, se dibujaba una media sonrisa que fue recorrida de extremo a extremo por una húmeda y sibilina lengua antes de preguntar:

— ¿Se encuentra bien, inspectora?

La voz sensual de la doctora le llegó a García como desde una especie de limbo inesperado. De hecho, cada uno de los fonemas que oyó se tradujo en sus oídos como una nota musical, cada palabra como un arpegio, la frase entera como un cadencioso acorde, que tras acariciarle el tímpano, llevó el mensaje a través de la cadena de huesecillos y la trompa de Eustaquio, rebotó en la cóclea, pasó al nervio auditivo, se recibió en el cerebro y, desde allí, en una orden involuntaria, se diseminó por todo el sistema nervioso erizando el extremo de todas las terminales sensibles de su cuerpo. Notó que la piel se le había convertido en un granuloso enjambre de pelillos erizados y que el clítoris le latía como si le estuvieran tocando un pizzicato allí mismo. Volvió a tragar saliva y a carraspear y, antes de poder articular palabra, sintió por su sien el resbalar de unas gotas de sudor. Como no se le ocurría nada, los segundos pasaban y se sentía cada vez más incómoda, con visible torpeza acertó a pronunciar:

— Tengo sudores. — Descompuesta por su propio atolondramiento e intentando arreglar lo que ya no tenía arreglo, añadió con una estúpida sonrisa: — ¿No estaré menopáusica?

La doctora la miró enternecida.

— No se preocupe, eso me demuestra que sigue el tratamiento. A veces produce estos ligeros efectos secundarios.

tabique nasal.

— Follón de pastillas que me llevo —murmuró.

Se situó de nuevo en el escenario y casi sin poder aguantar la mirada de la doctora intentó, más que proseguir, concluir el interrogatorio.

— Bueno, entonces no vio ni oyó nada, ¿no es así? — Así es.

— Pues... —titubeó—, ya está, ya puede retirarse.

La doctora se levantó y se dirigió hacia la puerta con la perrita en brazos. Al pasar delante de la inspectora, a menos de un metro de distancia, se detuvo.

— ¿Sabe una cosa, inspectora? Cuando acabe todo esto, me gustaría llevarla a cenar a un sitio que conozco.

García se quedó boquiabierta.

Aquella noche, cuando cumplió el ritual de tragarse todas las pastillas que le tocaba ingerir, decidió tomarse una doble dosis de valeriana. Tenía la cabeza muy espesa y necesitaba dormir. Al día siguiente, le esperaba una jornada muy ajetreada. Iría a la ciudad, a recoger los análisis de las muestras que había enviado al laboratorio y a interrogar a Karina. Tomó una cena ligera en su habitación y se acostó temprano, pero la valeriana tardó un tiempo en hacer el efecto deseado y mientras esperaba que el sueño se apoderara de ella, en su cuerpo reverberaban todavía los cosquilleos y humedades que la habían asaltado durante el interrogatorio a la doctora. Las imágenes se sucedían en su mente y a cada visión que rememoraba, cosquilleo y humedad aumentaban. Hizo enormes esfuerzos por pensar en otra cosa, por alejar de su cabeza aquellas rodillas, aquella mirada, aquellos labios, aquellos pechos, aquel efluvio incontrolable. «Que no, que no, que yo soy poli, que esto no puede pasarme a mí», se repetía sin poder vencer a la mente. Los puños cerrados y un calor interior cada vez más intenso, hasta que no pudo resistir más y sucumbió a la tentación. Su mano se deslizó certera por el interior de las bragas y dejó que los dedos y la imaginación se explayaran sin trabas hasta que una gozosa sacudida la liberó de todas sus tensiones y, entonces sí hizo efecto la valeriana.

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APÍTULO

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