• No results found

Subordinated debt

In document 2008 REGISTRATION DOCUMENT (Page 191-193)

otros. No obstante, dicho lugar de enunciación de lo campesino puede ser considerado un acto neocolonial por parte del saber académico (iv).

3.1. Condiciones de emergencia y de funcionamiento de un proyecto intelectual sentipensante

“Orlando Fals Borda nos abrió la puerta al país real, Camilo Torres al país posible y Eduardo Umaña Luna al país político”

Alfredo Molano Hablar de un proyecto intelectual, que a su vez es político, no significa la unidad de grandes teorías que derivan en consensos metodológicos. De acuerdo con Foucault “la épistéme de una época no es la suma de sus conocimientos, o el estilo general de sus investigaciones, sino la desviación, las distancias, las oposiciones, las diferencias, las relaciones de sus múltiples

discursos científicos” (1991, p. 50). En esa medida, me dispongo a situar al sujeto intelectual que participó de la creación de las ZRC en un amplio campo intelectual que tomó forma en la Universidad Nacional de Colombia en la década de los sesenta.

Mi propósito no es realizar un recorrido histórico, a pesar de entender que el punto de partida en el que ubico al proyecto no es el nacimiento de algo nuevo u originario. Retomo la palabra transformación, como lo propone Foucault (1991), para indicar que el proyecto intelectual que expondré es la transición de sucesos anteriores y simultáneos, que no provocan el cambio, pero sí lo constituyen.

En ánimo de lograr una mayor precisión denominaré al proyecto político-intelectual que se gesta –transforma- a partir de la segunda mitad del siglo XX, específicamente en la Universidad Nacional de Colombia, como un proyecto sentipensante. Por un lado, fue una palabra que recoge Orlando Fals Borda de un poblador ribereño, cuando se encontraba haciendo su trabajo de campo para su obra Historia doble de la Costa. Esta adopción trascendió su obra y ahora es un concepto usado por distintos académicos del país, incluso en Latinoamérica6. Y por otro lado, en medio de una variedad de disciplinas y metodologías, este concepto permite, a mi parecer, un lugar de enunciación común desde el cual los intelectuales se pueden identificar parcial o totalmente, sin un necesario consenso en sus definiciones.

De acuerdo a las aproximaciones teóricas que se abordaron en el primer capítulo, considero los siguientes como elementos que posibilitaron la formación de un proyecto político intelectual sentipensante: la creación del Instituto de Economía por Antonio García, la formación de un grupo de académicos (Jesús Bejarano, Gerardo Molina) y sus aproximaciones teóricas sobre el desarrollo y la práctica económica; la apertura de los programas de sociología y antropología por parte de Orlando Fals Borda y un grupo de intelectuales interesados en las investigaciones sobre poblaciones subalternizadas (Virginia Gutiérrez de Pineda, Blanca Ochoa de Molina, Mílciades Chaves, Juan Friede, Eduardo Umaña Luna, Camilo Torres) y la transformación de la historiografía tradicional a la nueva historia (Jaime Jaramillo Uribe, Bernardo Tovar, Hermes Tovar Pinzón).

El primer Instituto de Ciencias Económicas fue creado en 1945 por el maestro Antonio García Nossa, adscrito a la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la

Universidad Nacional y que posteriormente se transforma en la Facultad de Economía en 1952 (FEC, s.f.). Se considera que los planteamientos de Antonio García en torno al desarrollo equitativo, la reforma agraria, el indigenismo y el compromiso del quehacer intelectual marcaron la identidad de una corriente dominante en esta facultad (FCE, 2012).

Para 1959, Orlando Fals Borda y Camilo Torres fundan el Departamento de Sociología dentro de la Facultad de Ciencias Económicas (FCE), del cual hacían parte conocidos antropólogos como Virginia Gutiérrez, Juan Friede, Roberto Pineda Giraldo, Mílciades Chávez, quienes dictaban cursos de antropología social, razón que posibilitó en 1963 la creación de una licenciatura en sociología con especialización en antropología social. Ya para 1966, se funda la Facultad de Ciencias Humanas (FCH) y, con ella, el Departamento de Antropología, con el liderazgo de Virginia Gutiérrez y otros intelectuales. Esta iniciativa contagió al historiador Jaime Jaramillo Uribe, considerado el padre de la “nueva historia”, para crear el programa de historia en los años setenta (FCH, s.f.).

Paralelo a la creación de la FCH, en 1963 el docente Jaime Jaramillo Uribe funda el Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional. En una fase inicial, los estudios del Anuario se centraron en aspectos sociales y demográficos de la Colonia, como la esclavitud de la población negra, el mestizaje y la formación de grupos sociales; ya luego toman fuerza las investigaciones en historia económica local y regional desde abordajes político-institucionales (Tovar, 1990).

La importancia de Orlando Fals Borda es indudable cuando de articular academia y activismo político se trata. Él mismo se proclamaba, al igual que Julio Cortázar, como un intelectual del Tercer Mundo: latinoamericano, colombiano, costeño y tropical, que decidido a denunciar el colonialismo intelectual7, de derechas como de izquierdas, gestado por la “ciencia universal”, contesta el “para qué” del conocimiento mediante sus trabajos académicos multihistóricos desde los que pretendía informar y enseñar sobre la realidad encontrada; su propósito era generar “actitudes y actividades capaces de cambiar la injusta estructura social existente, especialmente en los campos”, para defender un justo control y uso de tierras y aguas (Fals, 2014, p. 19).

7 También en Aníbal Quijano, Enrique Dussel, Arturo Escobar, Pablo González Casanova y Boaventura de Sousa Santos.

No obstante, estos trabajos no fueron del todo eficaces para el propósito de transformar lo estudiado, aunque sí útiles para el conocimiento de la realidad regional y nacional. Por tal razón, Fals Borda y un grupo de marxistas críticos, en búsqueda de una solución teórico-práctica y política, crean en Ginebra (Suiza) el 6 de julio de 1970 un Centro para el Estudio de la Realidad Nacional que se conocería en Bogotá como Fundación “La Rosca8”, con el objetivo de aportar a las organizaciones populares desde una metodología de “participación-inserción”, en la cual la ciencia se encontrara al servicio de la revolución del pueblo (Parra, 1983). De “La Rosca” surgen distintos trabajos académicos que dieron nacimiento a la investigación acción-participativa (IAP), que desde un sesgo ideológico reflejaría “un determinado tipo de compromiso con la acción popular a mediano y largo plazo” (Fals, 2014, p. 19).

El nexo político-académico de los sesenta, dentro del campo científico nacional e internacional, implicó el “vuelco” a la subjetividad en las ciencias sociales y, con ello, la formación de una nueva historiografía, es decir, un cambio en el hacer historia (Scott, 1999). La demanda de una historia con otros protagonistas fue clara por parte de grupos subordinados, como las mujeres en EEUU (Joan Scott) y los campesinos e indios de las antiguas colonias inglesas y francesas (Spivak, Said, Bhabba y Guha); su entrada a la historiografía vislumbró ausencias y permitió cambios en quién escribía la historia y dio lugar a nuevas corrientes críticas dentro de las ciencias sociales.

Al mismo tiempo, en las Universidades del país se conformaba un grupo masivo de estudiantes desde un claro contenido político: el rechazo a la matanza de estudiantes a manos de la fuerza pública. Dicho movimiento masivo, en 1971, tuvo como insignia “Por una educación nacional, científica y de masas” y, por causa, “abolir los Consejos Superiores Universitarios, conformados por representantes de los gremios y el clero (sectores extrauniversitarios), y modificarlos por un organismo integrado por estudiantes, profesores, rectores y un portavoz del Ministerio de Educación, cuya función sería la de gestionar las universidades bajo la fórmula del cogobierno” (Semana, 2017). Este agitado ambiente universitario, fue condición para la emergencia de “La Rosca”, como una apuesta político-

8 El uso de este término, en ocasiones peyorativo, fue un gesto a la independencia ideológica a los partidos políticos del país. La Rosca a partir de los núcleos de animación rural NAR estableció nexos con la ANUC, dejando claro su intención por el trabajo con los gremios populares independiente de partidos políticos y grupos armados (Parra, 1983).

intelectual de la década de los setenta, en la que el intelectual tercermundista colombiano tomó partido por los motivos de la lucha contra la concentración y el uso de la tierra a manos de pocos. Pero, ante todo, planteó unas formas de conocer y de acercarse a la realidad, que se fundaron en la IAP y que hicieron parte de la emergencia de métodos de investigación orientados al trabajo con grupos sociales históricamente oprimidos.

Las décadas de los setenta y ochenta significaron el caldo de cultivo para la formación de intelectuales sentipensantes como Alfredo Molano y Darío Fajardo, tanto en su paso por la Universidad Nacional como alma mater, durante el periodo de creación de sus programas, como en su afiliación a un propósito político-intelectual de la investigación orientado a la transformación social, el cual no ha sido estático. En Molano y Fajardo se pueden encontrar puntos de enunciación distintos tanto en la metodología como en el papel del investigador:

[S]us historias apasionadas enriquecidas con sueños, adoloridas por la persecución, me hicieron olvidar la tesis y las caras doctorales de mis calificadores franceses. Fue allí donde a cambio de una historia cedí a la tentación de tener un cartón. No me cupo duda, era demasiado lo que me habían contado los colonos, era muy grande mi compromiso (…) Lo escribí en primer persona como si ellos, los colonos, lo hubieran escrito, (…) no se podía distinguir entre la verdad y la fantasía. Para mi la cuestión no era de método, sino de ética. Se produjo entonces un cumplimiento de ciencia- conciencia, una ruptura epistemológica con quien parecía más que un juez un maestro y sobre este rompimiento, eché andar (Molano, 2014, párr. 10).

Los estudios sobre la colonización, la violencia y el desarrollo que realizados a partir de la década de los ochenta por Alfredo Molano y Darío Fajardo se pueden considerar como una “actualización” del propósito de investigación social del proyecto sentipensante. Dichos estudios tienen en común: la crítica a un modelo de desarrollo empresarial y de manejo fiscal –instaurado por las misiones económicas–, la explicación que sobre la violencia entregaban los gobiernos de Samper y Pastrana en la década de los noventa y, con ello las propuestas para lograr una paz negociada con los grupos guerrilleros, como fue el caso de las ZRC.

Ambos intelectuales se consolidan como expertos en temas de reforma agraria, desarrollo rural, conflicto armado y , los cuales les permiten un reconocimiento que no solo pasa por el campo científico, sino por un campo político y social que posibilitó su

participación como parte de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Victimas (CHCV) en la Mesa de Conversaciones de La Habana durante el año 2015, sus continuas participaciones en eventos de movimiento sociales, escribir artículos y dar entrevistas a medios de comunicación de gremios populares (Presa Rural).

***

La fervorosa intensión de escribir sobre las historias de los campesinos colonos, como una fuerza perturbadora para hablar en defensa de los oprimidos, sugiere un necesario análisis de las implicaciones de esta forma de conocimiento en la relación sujeto-sujeto, que resulta en una constitución “dialéctica” entre investigador-investigado. Es decir si toda forma de conocimiento es un ejercicio de poder sobre el objeto que va a ser conocido, puesto que lo configura como un sujeto de análisis social, el acto mismo de la investigación debería implicar un beneficio para el intelectual, sea en legitimidad o de acopio editorial, que resulte en un capital social:

Lo que es percibido como importante e interesante, es lo que tiene posibilidades de ser reconocido como importante e interesante, por lo tanto, de hacer aparecer al que lo produce como importante e interesante a los ojos de los otros (Bourdieu, 1999, p. 79).

Se puede decir que escribir sobre los campesinos ha cultivado un gran capital cultural en torno al sector agrario, como base para su reconocimiento de experto. Este capital no solo opera en el campo científico, el intelectual sentipensante es un tipo de ideólogo, de pensador crítico deseable para el propósito de los movimientos sociales, lo cual le permite mantener relaciones cercanas con la población, elemento que es sumamente importante dentro de las perspectivas metodológicas que desarrollan.

In document 2008 REGISTRATION DOCUMENT (Page 191-193)