CHAPTER 6 DISCUSSION AND CONCLUSIONS
6.5 Suggestions for Future Research
un militante de la UES de 19 años. El blanco fue elegido por la ban-
da del Indio Castillo.
La noche del 23 de diciembre de 1975, La Plata era una ciudad sitiada, zona liberada para el accionar de los grupos de tareas del terrorismo de Estado. Horas antes, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) había fracasado en su intento de tomar el Batallón de Arsenales 601 “Domingo Viejobueno”, en la localidad de Monte Chingolo, en la zona sur del Gran Buenos Aires, du- rante lo que pasaría a la historia como la mayor operación militar –y la peor derrota– protagonizada por una organización guerrillera en la Argentina. La represión desatada luego de la intentona fue sangrienta y no se limitó a las inmediaciones de la unidad militar sino que se replicó en otros puntos de la provincia de Buenos Aires, como Florencio Varela, Berazategui y La Plata, a modo de represalia. En la capital provincial, las operaciones fueron dirigi- das personalmente por el jefe del Área de Operaciones 113, coronel Roque Carlos Presti, quien se puso al frente de los grupos de tareas integrados por militares, policías bonaerenses y miembros de la CNU, esta última determi- nante a la hora de seleccionar los blancos de los operativos.
A las 23.30 de esa noche, María Juana Rivas de Rave, maestra, conocida por todos como Marucha, leía en el hall de su casa tipo chorizo de la calle 8 N° 532 de La Plata. Más adentro dormían su marido, Luis Homero, y sus cuatro hijos menores, Federico, Mariana, Miguel y Verónica. Los cinco ma- yores no vivían en la casa. Uno de ellos, Luis, era un dirigente sindical y militante del Peronismo de Base; otros tres, Marcelo, Gustavo y Guillermo (este último por entonces detenido ilegalmente y más tarde blanqueado en la provincia de San Juan), militaban en Montoneros; y el menor de los más grandes, Ricardo Arturo, a quienes su familia y amigos llamaban Patulo, integraba la Unión de Estudiantes Secundarios (UES). Tenía 19 años.
Poco antes de la medianoche, Marucha escuchó la llegada de una moto y le abrió la puerta de calle a Ricardo, que venía de comer en la casa de sus compañeros y amigos Joaquín Areta y Adela Segarra. “Estuvimos charlando
un rato. Patulo me dijo que esa noche se quedaría a dormir con nosotros y me pidió que le dijera a su papá que cuando se despertara para ir a trabajar lo lla- mara para poder despedirse de él, porque se iba a Villa Gesell, donde estaba su novia, María José Noriega”, recuerda más de 35 años después Marucha, entrevistada por los autores de la investigación de Miradas al Sur. Poco
después, madre e hijo se fueron a acostar. Esa noche hacía un calor húmedo, agobiante, insoportable.
“Nos llevamos a éste”. Poco después de las dos de la mañana, unos golpes violentos en la puerta despertaron a todos los habitantes de la casa. Luis Ho- mero, vestido apenas con un calzoncillo y una musculosa, fue a ver quién era.
Cuando abrió se encontró con un grupo de hombres armados, vestidos con uniformes sin identificación. Uno de ellos con una pistola, el resto con armas largas. “Lo pusieron mirando contra la pared del hall, con los brazos en alto.
“Alcancé a ponerme un deshabillé y a meterme en el bolsillo una carta que le había escrito a Gustavo. El que mandaba la patota me hizo acostar boca abajo en mi cama, con los brazos cruzados en la nuca. Cuando vi que entraban al cuarto de al lado, donde dormían mis hijas, salté de la cama y corrí hacia ahí. El que mandaba me vio y me apuntó en la cabeza. ‘¡Qué hace acá!’, me gritó. Yo agarré a Verónica y a Mariana de las manos y las llevé a mi cuarto, donde nos pusieron a las tres boca abajo sobre la cama”, relata Marucha.
Mientras esto ocurría, otros integrantes del grupo de tareas llevaron a tres de los hermanos al patio. “Entraron al cuarto del fondo, donde estábamos, y nos sacaron a Patulo, a Miguel y a mí apuntándonos a las cabezas con los FAL”, cuenta Federico Rave. En el patio, a los empujones, los tiraron al piso. La madre no podía verlos, pero escuchaba. El que sí observó lo que ocurría fue el padre, desde el hall. Cuando vio cómo los tiraban al suelo y los patea- ban, reaccionó:
–¡¿Tienen necesidad de patearlos?! ¡¿No ven que son criaturas?! –se quejó, y dejaron de pegarles.
El resto del grupo se repartió por toda la casa. “Revolvieron todo, tiraron abajo todo lo que había en los placares. Decían que buscaban armas, que no había. Robaron muchas cosas. Como estábamos por mudarnos, porque ha- bíamos comprado una casa, tenía una copia de la escritura sobre la cómoda y la rompieron. Se llevaron unos dólares que mi marido guardaba en la mesa de luz. Después, con una maza, rompieron todo lo que pudieron”, dice Maru-
cha. Al mismo tiempo, eran interrogados por el jefe de la patota. Preguntaba
por Marcelo y por Guillermo. Recuerda que respondió, indignada a pesar del miedo que sentía: “Ustedes sabrán dónde está Guillermo (por entonces des- aparecido), porque lo tienen ustedes”. Finalmente, otro integrante del grupo obligó a Patulo a levantarse y dijo:
–Es éste. Éste es uno de los que anda jodiendo. Y le ordenaron:
–Andá a vestirte y agarrá los documentos que te venís con nosotros. Minutos más tarde se iban, dejando una familia aterrorizada en una casa destrozada. Ninguno de los miembros de la familia Rave pudo ver el opera- tivo que habían desplegado afuera, pero hubo testigos entre los vecinos. Y también otro testigo clave, secuestrado poco antes por la misma patota.
El último Peugeot. Alrededor de las 2 de la mañana, en el primer piso del edificio ubicado frente a la casa de la familia Rave, una mujer despertó so- bresaltada por el llanto de su bebé. El calor era insoportable y decidió sacarlo al balcón para tratar de calmarlo. Estaba allí, acunando a su hijo cuando vio que una moto policial cortaba la esquina de 8 y 43. Al mismo tiempo, cinco autos entraron a la calle 8 desde 42 y, detrás de ellos, otra moto que cortaba el tránsito en esa esquina. De los primeros cuatro autos, en su mayoría Peugeot 504, bajaron una veintena de hombres que se apostaron en la calle apuntando hacia la casa de los Rave. De ellos se desprendió un grupo, cuyo jefe golpeó la puerta con fuerza. La mujer se quedó petrificada en el balcón, observando. Del último Peugeot –la testigo cree que era de color celeste–, sólo se bajaron dos hombres por las puertas delanteras. Al encenderse las luces interiores del auto, la mujer creyó ver a tres personas en el asiento de atrás.
Allí, custodiada por dos integrantes del grupo de tareas, había una mujer que no podía ver nada, pero sí escuchar. La habían secuestrado una hora antes, de la casa de sus padres, donde estaba de visita con su pareja. Aquí se la identificará como V.R., mientras que a su compañero se lo llamará E.C. Ambos habían militado hasta hacía poco en las Fuerzas Argentinas de Liberación 22 de agosto (FAL22) y provenían del frente universitario. V.R. había estudiado en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata, un dato sig- nificativo para la investigación de este caso, ya que por esa militancia había sido marcada hacía tiempo por la CNU.
El secuestro de V.R. se produjo en un operativo de las mismas caracte- rísticas que el de Patulo Rave. La casa desde donde se la llevaron quedaba en la zona norte de la ciudad y la calle fue cortada también por dos motos de la policía provincial. El grupo que entró a la vivienda también vestía de fajina. Una vez adentro, les preguntaron los nombres a todos y el jefe del grupo consultó una lista. El nombre de V.R. estaba en ella; el de E.C., no, aunque era un militante tan comprometido como ella. No lo conocían, no lo tenían marcado.
Desde el asiento trasero del último Peugeot V.R. no pudo ver nada, pero escuchó el desarrollo del operativo en la casa de Rave. Los gritos, los golpes y, más tarde, cómo arrancaban los autos que iban delante. Finalmente, el últi- mo Peugeot también arrancó. Minutos más tarde, no puede precisar cuántos,
V.R. escuchó que uno de los tripulantes del auto decía: “¡Pará, que ahí hay un teléfono!”. El auto se detuvo y bajó el hombre que viajaba en el asiento del acompañante. No demoró mucho en volver y el auto volvió a ponerse en marcha. Esa llamada parece haber cambiado el destino de V.R., porque poco después, el mismo hombre que había bajado le dijo: “Esta vez te vamos a dejar ir, pero dejate de joder” y, después de una pausa, agregó:
“En el auto de adelante llevamos a Patulo Rave. Fijate mañana en los dia- rios, porque lo que le va a pasar a él es lo mismo que te iba a pasar a vos”.
Un rato más tarde, la abandonaron en una calle de la zona sur de La Plata. Más de 35 años después, V.R. no puede precisar cuál, pero asegura que el lugar no quedaba lejos de las vías del ferrocarril provincial, en la calle 71.
Nunca pudo saber a quién habían llamado sus captores. Su pareja, E.C. –ya fallecido– tenía parentesco con un oficial de la Armada, a quien intentó lla- mar apenas el grupo de tareas abandonó la casa. V.R. no sabe si esa llamada –que no recuerda si se concretó o no– tuvo que ver con su liberación. Algu- nos miembros del grupo de tareas –posiblemente los integrantes del CNU– no parecieron estar conformes con esta decisión: menos de dos meses más tarde el frente de la casa de los padres de V.R. fue destruido por un explosivo de alto poder. Hace unos meses, V.R. prestó declaración en la causa abierta ante el Juzgado Federal 3 de La Plata por el secuestro y asesinato de Ricardo Arturo Rave. Allí repitió este relato.
En la mira de la CNU. A principios de julio de 1975, un comando de
Montoneros ejecutó a Gastón Ponce Varela en la puerta de su casa, cuando estaba a punto de entrar con su mujer. Conspicuo integrante de la Concentra- ción Nacional Universitaria (CNU) y amigo íntimo del jefe de su grupo de tareas, El Indio Castillo, Ponce Varela solía jactarse provocadoramente ante sus amigos y en reuniones familiares de los muertos que cargaba.
“Una vez dijo delante mío, sabiendo que yo estaba en sus antípodas políticas, que ya llevaba como noventa muertos, pero que El Indio le ganaba, porque había matado como a ciento diez. También se jactaba de haber participado de la Masacre de Ezeiza y del derrocamiento de Obregón Cano y Atilio López, en Córdoba”, relató a Miradas al Sur uno de sus primos, Marcelo Ponce.
Gastón Ponce Varela y los mayores de los Rave se conocían desde chi- cos. Habían jugado juntos en la infancia, pero por entonces estaban en veredas diametralmente opuestas. Marcelo y Guillermo Rave eran mon- toneros; Ponce Varela integraba una patota platense del terrorismo de Es- tado. Los autores de esta investigación pudieron establecer que la CNU platense culpaba a Marcelo Rave (luego asesinado por la dictadura) de haber participado de la ejecución de Ponce Varela. Y quería venganza. El 7 de julio de 1975, el grupo de tareas de la CNU asesinó indiscriminada- mente a seis militantes de superficie de organizaciones de izquierda y de la
tendencia revolucionaria del peronismo. El operativo criminal fue bautizado “once por Ponce”. Sin embargo, entre los blancos de ese día no estuvo nin- gún miembro de la familia Rave. Eso vendría poco después.
Secuestro infantil y atentados. Miguel es el menor de los hermanos
Rave. Todavía cursaba la primaria cuando el 4 de agosto de 1975, a las ocho menos cuarto de la mañana, fue secuestrado por un grupo de tareas de la CNU cuando iba a la escuela. “Es el único caso de un chico que se- cuestraron solo. Salió a las ocho menos cuarto para la escuela y lo levan- taron en la esquina de 9 y 42, a una cuadra y media de casa, en pleno día. Con su guardapolvo blanco y su portafolio. Recién apareció al día siguien- te”, relata Marucha Rave. “Lo que él contó –agrega– es que le taparon los ojos con una cinta negra, que no vio nada y que le preguntaban por Mar- celo”. Miguel no sabía dónde estaba su hermano y nada les pudo decir. El 24 de agosto, otro grupo de tareas colocó una bomba de fabricación casera en el frente de la casa de 8 entre 42 y 43. El objeto, inconfundi- ble, fue descubierto a tiempo y, en un acto tan valiente como irresponsa- ble, un vecino de los Rave, el comisario Martín Arzuaga, que trabajaba en la imprenta de la Jefatura de Policía, la desactivó. “Después nos dije- ron que estaba armada con dinamita y gelamón. Cuando finalmente vino la policía de la Comisaría 2°, que era la del barrio, le dijeron que estaba loco, que cómo se le había ocurrido desarmarla, que podía haber volado en pedazos. Arzuaga no era experto en explosivos sino que era casi per- sonal civil de la policía y así y todo la desarmó”, recuerda Marucha. Dos días después, el 26 a la noche, la CNU colocó otra bomba en el frente de la casa de la calle 8. Esta vez no la descubrió nadie y estalló. La onda expansiva fue más para la vereda opuesta que hacia la casa, cuyo frente quedó de todos modos destruido. Sin embargo, los mayores daños se registraron en un insti- tuto de radiología que había en la vereda opuesta, cuyo frente también quedó destruido, así como valiosísimo material médico. Estallaron casi todos los vi- drios de la cuadra y algunos de casas ubicadas a más de cien metros de distancia. No hubo víctimas. La próxima sería Patulo.
Colgado sobre las vías. Con las primeras luces del 24 de diciembre, un em- pleado ferroviario que transitaba por las vías del Ferrocarril Provincial, a la altura de la calle 30, hizo un horrendo descubrimiento. Colgado con alambre de un puente de hierro que pasaba por encima de los rieles se bamboleaba el cuerpo de un joven, casi adolescente. El hombre dio aviso en la Comisaría 5° y el cadáver fue trasladado a la morgue de la policía. Según el diario El Día del 26 de diciembre, “en el lugar se encontraron cápsulas servidas de calibre 9, 45 y de escopeta Itaka, precisándose que Rave presentaba múltiples heri- das producidas por proyectiles de esas características”. Una ejecución con la
marca distintiva de la patota de la CNU. La autopsia precisó que Rave había sido duramente golpeado a patadas, posiblemente hasta la muerte, y luego baleado. Finalmente, el cadáver fue colgado del puente mediante alambres. La familia Rave, que no tenía teléfono, supo algo de su hijo secuestrado recién a las 9 de la noche del 24 de diciembre, en vísperas de Navidad. Fue a raíz de un llamado de la Policía recibido por una tía de Marucha que vivía a la vuelta de la casa de los Rave. El mensaje decía que Ricardo estaba en la Jefatura, sin precisar si vivo o muerto. Pensando que estaba detenido, Luis Homero, acompañado por su vecino, el comisario Martín Arzuaga, se dirigió al edificio de 2, entre 51 y 53. Recién allí supo que lo habían asesinado. “Nos lo entregaron a las 9 de la mañana del 25 de diciembre, en una funeraria, y antes de las 12 teníamos que enterrarlo por ser Navidad –recuerda Ma-
rucha–. Esa nochebuena discutí con mi marido porque él me dijo que iba
a ir sólo al cementerio, que no quería que viéramos en qué estado habían dejado a Patulo. Le dije que fuera solo si quería, pero que yo iba a ir, que nadie me iba a impedir verlo. No puedo olvidar ese viaje hasta el cementerio. Adelante, el coche fúnebre que llevaba los despojos de mi hijo, y el único acompañamiento era el auto donde viajaba lo que quedaba de la familia. Al llegar, lo pusimos en tierra. La fosa ya estaba cavada. Nos quedamos un rato y volvimos a casa. Pasaron más de 35 años, pero hay cosas que están graba- das a fuego en la memoria del corazón”.
Fachos, canas y milicos. La participación de tropas del Regimiento 7 de Infantería en la represión ilegal de la madrugada del 24 de diciembre de 1975 en La Plata fue confirmada por una fuente militar acercada a los autores de esta investigación por el periodista Ricardo Ragendorfer. El ex oficial del Ejército señaló: “En dos allanamientos realizados en La Plata participaron tropas del Regimiento 7 de Infantería, un pelotón completo, encabezado por su jefe, el coronel Roque Carlos Presti”. Al preguntársele sobre la ubicación de las casas allanadas y si había habido muertos o heridos, la fuente se negó a dar precisiones. En cambio, explicó que esos operativos realizados en La Plata formaron parte de un plan represivo más amplio, que incluyó también las localidades de Florencio Varela y Berazategui.
Los autores de esta investigación han señalado que, para esa fecha, los gru- pos de tareas de la CNU platense ya estaban operando bajo la supervisión del Destacamento 101 de Inteligencia del Ejército, con sede en La Plata, y a las órdenes del coronel Roque Carlos Presti, jefe del Área de Operaciones 113. Esta línea de mandos sobre la patota capitaneada por Castillo se mantendría después del golpe, hasta el 29 de abril de 1976, cuando el grupo fue desacti- vado por orden de ese jefe militar.
Tanto V.R. como la familia Rave eran blancos señalados desde hacía tiem- po por el grupo de tareas del Indio Castillo. Ninguna de las dos víctimas
pertenecía al PRT-ERP, objetivo natural de la operación represiva luego del intento de copamiento del Batallón de Arsenales de Monte Chingolo. Los autores de esta investigación no tienen dudas de que las víctimas de los se- cuestros de la madrugada del 24 de diciembre de 1975 en La Plata fueron elegidas por la CNU.
Los operativos fueron realizados, en zonas liberadas por la Policía Bonaerense, por tropas del Ejército guiadas y apoyadas por miembros de esa organización integrada al terrorismo de Estado. A fines de 1975, la CNU utilizaba para sus operaciones la flota de Peugeot 504 robados que guardaba en la quinta del In-
dio Castillo y en la casa operativa ubicada detrás de la Facultad de Agronomía.
La causa por el secuestro y asesinato de Ricardo Arturo Rave se encuentra radicada desde el 3 de mayo del año pasado en el Juzgado Federal 3 de La Plata, por entonces a cargo del ahora renunciante Arnaldo Corazza. Hasta el momento prestaron declaración la madre de Patulo, –representada por el abo- gado Pablo Llonto– y la sobreviviente del otro secuestro de esa noche, V.R.
Poco después del asesinato de Patulo, el librero nazi Patricio Errecarte Pue- yrredón, integrante del grupo de tareas de la CNU y hombre compulsiva- mente suelto de lengua, se jactaría ante un conocido: “A Rave lo hicimos nosotros”. Esta persona –que no tenía vínculo alguno con la banda– hizo correr ese dato para que le llegara a la familia de la víctima.