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La crítica como actividad social comporta un potencial radical: la subversión de la inmanencia. En términos maximalistas, la crítica puede poner en tela de juicio cualquier práctica moral e incluso derrocarla. Esto porque al exponer las tensiones y contradicciones de una sociedad, el crítico anima al cambio y lo hace estando vinculado a una comunidad concreta.

El juicio crítico ocurre dentro de la esfera doméstica, tanto en sus instituciones como en sus prácticas guarda estrecha relación con el individuo; es decir, con la esfera privada o personal. El crítico pretende mostrarle a su público cómo es el mundo realmente, para ello elabora su crítica y la erige como un espejo que refleja ante sí y ante los demás los ideales más profundos de la cultura, haciendo evidentes las rupturas entre dichos ideales y sus prácticas morales. Precisamente, las argumentaciones del crítico parten del idealismo social existente y señalan que los ideales son hipócritamente asumidos e inadecuadamente promovidos por los poderes que tendrían que hacer posible su realización, o simplemente denuncian que son inadecuados en sus propios términos.

Ahora bien, la crítica social se expresa en pluralidad de voces, que representan a su vez múltiples interpretaciones de un hecho y cuyas “verdades” son a menudo discutibles, inacabadas, falibles y susceptibles de ser afirmadas, rechazadas y reemplazadas por otras mejores. Este hecho parece hacer evidente la necesidad de apelar a un estándar externo, que trate satisfactoriamente las materias en disputa, empero el trabajo del crítico social no ocurre en algún tipo de agencia universal de la crítica social en la cual tal propósito sea posible. Aun cuando existen instancias jurídicas nacionales e internacionales encargadas de considerar los problemas de orden mundial, los recursos discursivos de éstas corresponden siempre a la particularidad de una sociedad doméstica, en la cual existe una tradición del discurso moral que recurre a formas del derecho positivo para enjuiciar a los culpables. En

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este sentido, la teoría crítica tiene un carácter transcultural e internacional, pero no parte de considerar criterios universales, sino, por el contrario de considerar a las moralidades domésticas, densas y reales. Efectivamente, esta labor corresponde más a una tarea interpretativa que a una labor filosóficamente creativa. Con todo, Walzer cree sin embargo, que es posible teorizar una suerte de minimalismo moral, que considere en cada caso las prácticas morales que se reiteran al interior de cada sociedad doméstica sin que ello signifique suprimir los momentos universales del juicio crítico.

Cómo ya lo hice notar, la práctica de la crítica social se relaciona más con las reclamaciones ordinarias que mujeres y hombres se hacen entre sí, en tanto consideran su vida en común, que con la alta argumentación filosófica o con la discusión diplomática que sostienen los Estados en la ONU y en la Corte Internacional de Justicia. De esta manera, lo que está en juego en la sociedad no es en principio determinar cuáles son los bienes que deben ser universalmente deseados y practicados, sino qué valores deben ser considerados dentro de la vida local de una sociedad. En efecto, la crítica social es una actividad reiterativa y los críticos que persiguen la descripción correcta apuntan a una corrección relativa en cada nueva ocasión crítica, con ello buscan producir una argumentación fuerte con efectos políticos locales. En conclusión, la crítica se desarrolla desde la descripción densa del idealismo democrático y se dirige hacia la revisión de los límites internos de la sociedad; es decir, la crítica en una sociedad doméstica atiende a la manera como están siendo comprendidos los bienes sociales que están en juego en las diferentes esferas.

Ahora bien, ¿qué puede hacer el crítico cuando pone su mirada en gobiernos tiránicos en otros países lejanos y ve a la gente manifestarse demandando valores como verdad, justicia y democracia?, ¿podría acaso la crítica en conexión subvertir el orden social en un Estado extranjero y producir efectos políticos reales? Walzer aborda este tema en detalle en Moralidad en el ámbito local e internacional. A su parecer, la práctica de la crítica social en el ámbito internacional debe plantearse desde una posición moral tenue, lo que no significa que deba realizarse el idealismo de una comunidad local en el ámbito de las sociedades internacionales, sino que ésta debe llevarse acabo desde la particularidad, ya que dentro de cada sociedad impera moralmente un maximalismo denso que, de hecho, debe

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garantizarse a cada comunidad como un derecho fundamental en términos de respeto a sus creaciones culturales. En consecuencia, la crítica social en el ámbito internacional es posible únicamente en la medida en que imaginativamente el crítico local logre comprender tenuemente los términos de las reclamaciones sociales que se hacen en otra cultura. Para ello, el crítico debe reconocer lingüísticamente las reclamaciones morales provenientes del exterior y establecer conexiones semánticas con su propio idealismo moral, de manera que pueda asumir una posición propia desde la cual anime a los indignados a construir su propio camino democrático, sin esperar en definitiva que se instaure una democracia igual a la suya.

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