• No results found

Summary and Closing Remarks 49

Celanova, Cambados, Astudillo, Medina, Oviedo Naranco (1959-1970)

Cuántas veces en la vida Cambados tiene que ser… Y Celanova, y Astudillo, y Allariz,

y Medina… Con esta frase tan conocida por todos nosotros, tarareada, sentida y cantada en muchos de nuestros encuentros, Herminio nos invita a volver a aquellos momentos de nuestra niñez y juventud (aspirantado, noviciado, filosofía) y proyectar en nuestras propias vivencias personales o profesionales de adultos alguna anécdota o enseñanza que tenga que ver con aquellos momentos.

Me pregunto: ¿Porqué en nuestros encuentros no paramos de recordar y de hablar de los años compartidos en las casas salesianas…?

Porque está todo grabado en nuestra mente y en nuestro corazón a sangre y fuego. En esas reuniones no solo nosotros estamos hablando y hablando toda la reunión del mismo tema; también nuestras esposas participan y se unen a nuestros recuerdos y nos apuntan anécdotas puntuales.

Quiero destacar como algo auténticamente especial, porque no es normal, que nuestro pasado salesiano, en la gran mayoría de nosotros, no solo ha tenido una proyección personal para nuestro propio provecho y futuro; esta cultura ha llegado a nuestras familias de origen, a nuestras esposas, a nuestros hijos y a nuestros amigos, y hasta a las empresas en que trabajamos llegó el mensaje del espíritu salesiano, del sistema preventivo de Don Bosco, de la cultura y de las ideas importantes que aprendimos y metabolizamos muy profundamente en nuestros años de formación. Como apuntó Ángel Pellitero alguna vez, “vosotros, los de fuera, sois tan salesianos como nosotros…”. No lo sé Ángel, pero te aseguro que lo intentamos.

Senén y Jesús Castaño, ya casi mozos, en el jubileo de Santiago en 1965 (5º de Cambados).

Benito, Senén, Enrique Hernando, Castañín (al fondo), J. M Glez. Cabezas, Vicente Ruiz... y la jarra de agua

Aquellos humildes comienzos en Celanova, Cambados, Astudillo, Allariz y Medina, significaron para muchas de nuestras familias, grandes esfuerzos económicos, para mandarnos a estudiar.

Nosotros éramos niños y quisimos ir a los Salesianos; entendimos y asumimos aquella situación como la gran oportunidad de podernos formar y preparar para nuestras respectivas vidas en el futuro.

Y ese mismo esfuerzo o mayor es correspondido al llegar al colegio por nuestros superiores inmediatos y por los responsables de la economía de la Congregación y de los administradores de los centros para satisfacer todas las necesidades de todos y de cada uno de los que estábamos allí. Como niños, no sé si se nos ocurría pensar, aunque creo que sí, que todo aquello funcionaba porque estaba muy bien planificado y porque había un gran equipo humano detrás, muy vocacional y profesional, que lo hacía funcionar.

Aquella metodología y aquel estilo sencillo y alegre de hacer las cosas, aquellas costumbres de formas cercanas, impactantes del quehacer diario, de oración, de comportamiento, de clase, de recreo, de comedor, de cargos, de convivencia, de intensa actividad interactiva, aquella realidad envolvente y total de ausencia de ocio… fueron calando como un chirimiri vasco o un orvallo asturiano en el disco duro de nuestro subconsciente, de las mentes y de los corazones de aquellos muchachos que éramos nosotros.

Conocimos y entendimos bien nuestras obligaciones desde el primer día de nuestra llegada a la casa salesiana, fuera el lugar que fuese…

– qué era aquello de vivir de una manera tan organizada y original llenando las 24 horas del día sin parar un minuto;

– qué era aquello del esfuerzo diario y la exigencia personal;

– qué era aquello de estudiar cada día, suspender, y después de estudiar más en serio y aprendiendo, poder aprobar;

– qué era aquello de la disciplina y del silencio sagrado después de las oraciones de la noche hasta después del desayuno del día siguiente;

– qué era aquello de las representaciones de teatro, donde se nos invitaba a participar, a perder el miedo escénico, y de donde salieron auténticos artistas; – qué era aquello de las clases de canto que nadie habíamos tenido en nuestras vidas, donde afinamos nuestras voces y aprendíamos canciones que cantaríamos toda la vida;

– qué era aquello de ir a misa diaria y a la bendición eucarística, aprender poco a poco a conectar con el Señor e ir a confesarnos cada ocho días creciendo poco a poco en nuestra vida espiritual;

– qué era aquello de los propósitos semanales para mejorar y crecer en la necesidad de una superación personal;

– qué fue aquel maravilloso e importantísimo descubrimiento de la devoción a María Auxiliadora desde los primeros años, que luego sería una constante y una permanente presencia en toda nuestra vida;

– qué fue aquello de descubrir y empatizar con la vida de Juanito Bosco, procedente como notros de un entorno rural y empezar a ilusionarnos con su estilo y los ideales del mundo salesiano;

– qué era aquello de tantas cosas que podríamos seguir enumerando… La experiencia tan intensa y tan bonita que estábamos viviendo, casi sin darnos cuenta, significó el momento de preparar la tierra de la gran siembra, de ir construyendo y consolidando una forma de pensar, unos principios éticos y religiosos, unos conocimientos académicos y unas ideas que serían la base y el gran aval de nuestras vidas.

Nuestros profesores y educadores sabían que estaban cuidando una pequeña planta que primero tenía que echar aquellas raíces sólidas y profundas con la base ineludible del esfuerzo personal. Ellos sabían muy bien que los frutos vendrían después.

Todas aquellas vivencias y toda aquella formación han sido, me parece, y supongo que para la mayoría, un activo personal importantísimo y un constante eco en nuestras vidas de adultos que vendrían más tarde.

Sabemos que la vida después de dejar los salesianos no fue lo mismo para todos y cada uno, obviamente.

Para mí, después de un año precioso de convivencia con los niños huérfanos del colegio del Naranco de Oviedo, decidí marcharme, dejé la sotana, como me dijo alguno de mi pueblo. Me fui el 30 de junio de 1970. Algo no funcionó, al margen de haber sido ese año tan fantástico. Aquel verano me fui a mi casa a ayudar a hacer las faenas del verano. En el mes de octubre mis padres

del pueblo y nos fuimos a Madrid a compartir la vida con mis dos hermanos solteros que ya trabajaban en la capital.

Luego vino la mili, la experiencia de la disciplina rígida, vivida en un ambiente en que todas nuestras sensibilidades acumuladas empezaban a chirriar alarmantemente. Empecé a buscar trabajo; el primer trabajo fue en un almacén de alimentación donde solo se oía broncas y juramentos. Estuve un mes, me fui. Trabajar en una oficina en aquellos tiempos era reconocido por la sociedad de la época como signo de nivel intelectual. Ahí estuve dos años en la sección de contabilidad aprendiendo a distinguir que era una letra de cambio y lo que era un moroso. Me fui.

Esta vez probé fortuna en el entorno familiar en el sector de la alimentación mientras encontraba otra cosa. Me fui.

Conocí el mundo de la venta fría, la venta piramidal y el mundo de los seguros donde si vendes cobras, si no vendes no cobras, pero donde se aprende mucho. Me fui. El día que me aceptaron en esta empresa, pionera en facturación del libro de texto en España, me salieron otros dos trabajos de comercial en dos empresas de diferentes sectores. Elegí irme con mi amigo Jesús Castaño que me dio la mano y me abrió la puerta en grupo de Santillana.

Estuve 14 años en esa empresa. Los últimos 5, de Jefe de Ventas de Madrid. Al margen de las capacidades y actitudes, una mano y una cobertura psicológica siempre son muy importantes para el que empieza.

Finalmente llegó una gran oferta de la competencia –Oxford– y también me fui.

En esta última empresa, también del sector editorial, me contrataron de Director Comercial y posteriormente de Director de Relaciones Institucionales. Estuve durante 20 años intensísimos. Aquí no tuve la opción de irme. Aquí me jubilaron el día que cumplí 65 años.

En Medina en una de las lecciones de un gran tratado de pedagogía del Obispo Llorente, había un capítulo sobre la emulación.

La emulación es algo muy importante en la vida, pero no funciona sólo por si misma; funciona si hay interés, voluntad y ambición. Por eso me fui de los sitios siempre buscando otro mejor.

Senén, recién llegado a su despacho en la editorial Oxford, en 1992.

He percibido y apreciado, igual que otros compañeros que han ocupado puestos de responsabilidad, que en las empresas los llamados head hunters, “buscadores de talentos”, o simples jefes de personal aprecian e intentan elegir para puestos de ciertas responsabilidades de liderazgo y dirección a personal menos tecnicista pero sí, más humanista y académico.

Se aprecia y se pone en valor elegir para dirigir grupos de personas a gente que puede entender e interpretar los comportamientos y las inquietudes de los empleados de las empresas. Personas que sepan dirigir, comprender y motivar a un equipo y a su gente siendo capaces de crear un ambiente sano y muy profesional.

La gente que hemos pasado por congregaciones, órdenes religiosas y por seminarios solemos tener ese perfil… ¿Por qué?

Pues parece sencillo aunque no lo sea tanto. Nuestros currículos especialmente pedagógicos y académicos inspiraban confianza y garantías a quienes eran los responsables de elegir. A toda empresa le gusta rodearse de gente no solo aparente sino también competente y fundamentalmente honesta y responsable.

Y esas características tan esenciales se adquirían e imagino que se siguen adquiriendo en los seminarios y no en todas las universidades.

La base salesiana aparecía como un excelente y muy sólido aval en los momentos decisivos de la elección de una vida profesional de cierta responsabilidad, no tanto en cuanto al qué, al cuándo y al cuánto, sino al cómo.

La clave del éxito mayor o menor en el mundo laboral nace de la autoconfianza, del interés personal y de la constancia sostenida en el esfuerzo, que se genera y se asume a partir del momento que te dan una determinada oportunidad y respon- sabilidad.

Las oportunidades en la vida son escasas y hay que aprovecharlas. Yo tuve esa oportunidad profesional y la aproveché.

A los Salesianos se lo debo. Gracias, muchas gracias. Senén Fernández López

LA BUENA EDUCACIÓN

Related documents