La vida del sobrino de Pérez de Oliva (nacido en Córdoba en el año 1513, y fallecido en su misma ciudad natal, el 21 de septiembre de 1591) presenta fuertes paralelismos con la del rector de Salamanca. En primer lugar, al distinguirse también por una constante y profunda formación humanista. Esta formación, ya asentada en el seno familiar181
, se vio favorecida enormemente por el ejemplo y el sostén de su tío182
. Respecto a la notable influencia que el erudito cordobés tuvo en el fervoroso interés que puso en su instrucción Ambrosio de Morales, comenta Enrique Redel en su Estudio Biográfico:
Ambrosio de Morales, aunque muchacho, complacíase en oir a su tío, quien durante su estancia en Córdoba, gustaría en el seno del hogar de comunicar á su familia los pormenores de sus viajes, las deferencias de que había sido objeto y sus precoces tentativas literarias y científicas.(1909, p. 47)
Tras un breve periodo de estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, donde fue discípulo de Juan de Medina, siendo aún adolescente, acompaña a Pérez de Oliva a la Universidad de Salamanca en torno a 1526. La estrecha convivencia con la relevante intelectualidad de su tío supuso una influencia capital para la joven mente de Morales, y podemos entender muchos de los pasos que dio originados por la intención de emularle. Tras el fallecimiento de Pérez de Oliva183
, dedica un par de años a la vida monacal en la orden de los Jerónimos en 1533, en la que ingresa a la edad de diecinueve años, en el convento de Valparaíso184 situado en la sierra cordobesa. Abandonó la orden unos años
después185 para continuar con sus estudios, esta vez en la Universidad Complutense,
donde recibió lecciones de los principales eruditos de su tiempo como el ya citado Juan de Medina, y el también teólogo Melchor Cano. Parece ser, sin embargo, que siempre
181 El padre de Ambrosio de Morales, Antonio de Morales, formó parte del profesorado de la Universidad
de Alcalá de Henares como catedrático de Filosofía, seleccionado personalmente por el Cardenal Cisneros. Parte del gusto e interés por los autores clásicos pudo verse influenciada a través de la figura paterna.
182 Testimonio patente de que su amor por las letras fue heredado a partir de Pérez de Oliva, además del
prólogo que hiciera para el Diálogo de la dignidad del hombre, son las palabras que recoge en el prólogo a su obra cumbre, las Crónicas de España que continuaron la labor iniciada por el historiador Florián de Ocampo, por encargo de Felipe II.
183 Morales fue nombrado heredero de gran parte de sus bienes (Cobos Sampedro, 1879, p. 14) entre las
que es lógico suponer que se incluían sus escritos.
184 El prestigio de este centro espiritual, y los tesoros históricos que en él se conservaban, valieron para que
Morales, años después, lo reseñase en su obra a propósito de Las antigüedades de España.
185 Los diferentes autores que han estudiado su figura no han hallado una razón concluyente respecto a su
partida, sin despejar la duda sobre si se trató de una partida voluntaria o una expulsión forzada. Los motivos que alegan para ello pueden consultarse en Redel (1909, p. 71).
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sintió mayor interés por las letras que por la teología, destacando especialmente en el dominio de las lenguas latina y griega, cuestión que le supuso la obtención de la cátedra de Retórica en la Universidad de Alcalá, y la dirección de un colegio privado en el que instruía a los hijos de las familias más notables186
.
Conjuntamente a esta devoción por el estudio de la gramática y la lengua, prevalece en Morales un ávido interés por el estudio de la historia y sus diversas fuentes tanto literarias como arqueológicas, siendo particularmente entusiasta de la epigrafía y la numismática. Si su tío fue un versado renovador de la lengua castellana, las reformas que incorpora Morales en el estudio historiográfico, introduciendo métodos científicos basados en el análisis exhaustivo de las fuentes históricas, y la catalogación a partir de criterios regularizados de las piezas arqueológicas, que para su tiempo resultaron profundamente transformadores187, equiparan al de su tío su afán innovador por promover
el ejercicio ideal correspondiente a cada ciencia.
Los méritos alcanzados en este campo le establecen como una de las figuras preeminentes del panorama intelectual español del siglo XVI. Su amor filológico y su erudición histórica dio como fruto la consecución de la cátedra de Retórica en la Universidad de Alcalá en 1550; y sus avances en el campo de estudios históricos y arqueológicos se vieron recompensados a partir del encargo de diversos trabajos de estudios arqueológicos comisionados por el monarca Felipe II188
. Estas comisiones culminarían con su nombramiento como Cronista del Reino, en 1563, relevando a Florián de Ocampo189
. Entre estos primeros trabajos figuró la adquisición de libros, manuscritos y documentos para ampliar el fondo de la biblioteca de El Escorial,190
encargo que lo llevaría a viajar a lo largo de toda la península para estudiar, analizar y recopilar documentos y restos históricos. Del relato de estos viajes se ocupa en Viage de Ambrosio
de Morales por orden del Rey D. Phelippe II a los Reynos de León, y Galicia y Principado
186 Entre otros ilustres personajes, fue el maestro del príncipe Don Juan de Austria, hijo natural del
emperador.
187 «Morales significó un antes y un después en los estudios históricos de España», nos dice Juan Manuel
Abascal en la introducción de su notable y curiosísima edición crítica del manuscrito de Morales Las
Antigüedades de las ciudades de España (Abascal, 2012, p. 14).
188 En 1565 las Cortes del Reino le nombran cronista real, título al que le correspondía un salario de 80.000
maravedíes. (Mora, 2004, p. 21)
189 Florián de Ocampo (Zamora, 1499?- 1555?). Cronista del emperador Carlos I de España.
190 A esta, añadió, junto otros volúmenes principales, un tratado suyo sobre el origen de Córdoba titulado
De Cordubae urbis origine situ et antiquitate. Como Pérez de Oliva hiciera con su tratado Razonamiento sobre la navegación del Guadalquivir, y pese al escaso tiempo que pasó en ella, Morales no perdió ocasión
113 de Asturias, y a partir de él nació la idea de sugerir al rey la necesidad de redactar las Relaciones de la historia y características de los pueblos de España siguiendo un cabal
cuestionario, elaborado por él mismo, en el que se recogieran datos toponímicos, arqueológicos, históricos y eclesiásticos. Continuó las Crónicas de España, iniciadas por su predecesor en 1543, de las que ya se contaban cinco tomos, detenidos en el momento de la conquista de Hispania. Ambrosio de Morales proseguiría desde este punto, entre los años 1574 y 1586, añadiendo doce volúmenes más, en los que llegaría hasta los años de la ocupación musulmana de la península y el alzamiento de los reinos cristianos del norte. Morales aunó en sus tratados históricos su interés arqueológico y filológico, recurriendo tanto a los testimonios monumentales, con especial predilección por la numismática y las inscripciones lapidarias191
, como a los documentos literarios de los autores más relevantes de la antigüedad histórica, incluyendo notas de Estrabón, Plinio, Livio o Plutarco. Abordó ambas ciencias a partir de rigurosas pautas para fijar el escrutinio y análisis de las fuentes históricas, estableciendo un modelo de estudio que fue continuado por los historiadores españoles muchos años después.
En 1578, el cardenal primado de España y arzobispo de Toledo, Gaspar de Quiroga y Vela, le otorga la vicaría del Puente del Arzobispo y el cargo de administrador de los hospitales de la localidad, puestos que abandona en 1582 para retirarse a su ciudad natal, aquejado por problemas de salud. Permanecería en Córdoba hasta el fin de sus días. El mismo año de su retiro, libre de otros menesteres, inicia la tarea de recopilación de obras completas de su tío, publicándose al fin en 1586.
En la edición de Córdoba de 1586, es sumamente evidente la intervención que realizó el sobrino sobre el texto de Pérez de Oliva. Al margen de las variantes textuales y discursivas, presenta numerosos añadidos que amplían, explican, modifican o señalan determinados elementos de la trama, desvinculándose notoriamente del texto que recogen los testimonios que le preceden192. Así, la edición cordobesa se incluye separadamente,
estimando que la versión editada por Morales de La vengança de Agamenón bien puede considerarse una refundición de esta, en virtud de las numerosas adiciones o rectificaciones que el sobrino consideró pertinente realizar sobre la obra de su tío.
191 Sobre las aportaciones metodológicas para el estudio de la Historia, véase Mora 2004, 2005.
192 No es una práctica inusual. La edición de las obras completas de Gil Vicente para la Compilaçam de
todaslas obras, a partir de la recopilación de su hijo, Luis Vicente, también sufrió correcciones y
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La preocupación por la preceptiva retórica, inherente a todas las obras de Pérez de Oliva, y que consecuentemente incide en los rasgos compositivos de la tragedia, escrita en los albores de la corriente humanística, distaba mucho de la situación con la que abordar la problemática de la relevancia de las lenguas vernáculas desde el momento en que se publica la primera edición burgalesa al de la recopilación de Ambrosio de Morales, impresa cincuenta y ocho años más tarde.
La importancia de estos textos para explicar algunos de los episodios fundamentales de las ideas lingüísticas y estilísticas de los Siglos de Oro reclama, por encima de las modas, la recuperación y la justa valoración de los mismos, no tanto para reivindicar a sus autores, como para arrojar un nuevo foco de luz sobre las páginas de nuestra historia literaria en las que ambos autores deben insertarse. Concretamente, el texto de Oliva se sitúa en los prolegómenos y el de Morales en las postrimerías de un capítulo fundamental de nuestras letras: el debate sobre la lengua vulgar que a lo largo del siglo XVI ocupó los mayores y mejores esfuerzos de los humanistas de toda Europa. (Ruiz Pérez, 1991, p. 112)
No es un asunto menor, como manifiesta lúcidamente Ruiz Pérez193 la disposición
de las obras con las que se inicia el tomo recopilatorio de los trabajos de Pérez de Oliva. Esta ordenación refleja nítidamente la evolución de la discusión sobre la primacía de una lengua frente a la otra. Morales sitúa en primer lugar, tras la dedicatoria al arzobispo Quiroga, un texto latino194
, Los títulos de los generales de las Escuelas de Salamanca, reseñando «me parecio poner aqui luego al principio una cosa suya en Latin, muy pequeña, mas tal que quien bien la supiere gustar, entendera facilmente como no le falto al Autor mucha suficiencia, lindeza y gravedad, sino sola voluntad de escribir en Latin»195. A los títulos sigue un trabajo de juventud, Dialogus inter siliceum. Conscientemente, ya que así lo insinúa en la premisa para el lector, comienza las obras completas demostrando el dominio de Pérez de Oliva en la lengua que hasta la fecha se consideraba como la más apta para la transmisión de saberes. Que continúe el texto latino,
193 Indica: «la vía de las traducciones se convertía en afirmación implícita de la dignidad del castellano,
aceptado como una forma capaz de admitir los mismos contenidos que la lengua latina. Como consecuencia, la lengua romance, en franco ascenso, se veía enriquecer en posibilidades expresivas, preparando el camino de la prosa moderna, desarrollada en la siguiente centuria.» (Ruiz Pérez, 1978, p. 16)
194 Descarta la inclusión de su escrito, también en latín, sobre las propiedades de la piedra imán, al ser «muy
poco, y estaua todo ello imperfecto, y poco mas que apuntado, para proseguirlo después despacio, tan borrado queno le entendia bien» (Pérez de Oliva & de Morales, 1586, lib. A2)
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precisamente con un diálogo bilingüe, es el ejemplo más evidente de la contrastada distancia con la que se afronta la visión del lenguaje de uno a otro erudito.
La labor de Morales representa una concreta y eficaz propuesta crítica de intervención, que actúa, además, en el doble plano, el de la interpretación explícita y en el, más refinado y sutil, de la selección. El resultado es un corpus que ofrece un doble perfil del renacimiento: el correspondiente a una lectura de la obra de Oliva y el de las posiciones del propio editor, con la distancia de algo más de medio siglo entre ellas. (Ruiz Pérez, 2016, p. 96)
Morales prosigue con esta obra de Pérez de Oliva con la que, superada ya la maestría en la lengua latina, aparece la tentativa en la que se enfrentan, en un plano de igualdad, la lengua latina a la vulgar. La relevancia y valor del castellano pasan en este momento, para la concepción del maestro cordobés, compartida por otras de las figuras más relevantes en el plano literario español196
, por la equiparación, pero aún no se apunta a su supremacía. Este empeño por demostrar la validez del castellano por comparación pronto se verá superado a sí mismo, hasta la defensa del castellano por encima no sólo de la lengua latina, sino del resto de lenguas europeas que de ella derivaban. Este anhelo fue propiciado, conjuntamente al interés de corte erasmista de los humanistas castellanos por reivindicar unas obras pedagógicas que estuvieran recogidas en la lengua vernácula, por el beneficio político del imperialismo castellano, según el cual se concebía la lengua como el instrumento para transmitir la soberanía del imperio a través de sus dominios allende los océanos. Ambos rasgos potenciadores infunden a los textos, por la naturaleza de su objeto, didactismo y utilidad, y el gusto por un estilo claro y sencillo, cuya premisa sea fijar el ideal estético que representase ese modelo de dignidad, provecho y moral que se planteaba expandir a través de él; pues la premisa humanista de la dignidad de la lengua vernácula como lengua de ciencia conducía de manera unívoca a la demostración de la dignidad del hombre que la utiliza.
Cuando Morales edita su impresión, la determinada defensa de la preeminencia del castellano ha superado ya su enfrentamiento a la latina y ha cosechado sus frutos. Superado el punto de equiparación con el latín, ahora debe demostrar su valor frente a otras lenguas vulgares. Junto a esta nueva dimensión aparecen intentos por insuflarle un aire renovador y distintivo: ya no basta con elevar su dignidad, se ha de probar su
196 Nebrija publica conjuntamente una gramática latina, su homóloga castellana, y una gramática latina
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capacidad para reflejar construcciones originales además de hermosas. La literatura experimenta a lo largo del siglo XVI, y especialmente en el XVII, un gradual viraje de la naturalidad, la mesura y la sencillez, hacia el artificio y la ornamentación. La escritura pierde el valor de la concreción y la claridad en favor de formas cada vez más fastuosas y cultistas. Los recursos literarios ya no parten de esa defensa por encumbrar la lengua, sino por demostrar la «prueba de la altura del estilo, y la fuerza del ingenio» (Ruiz Pérez, 1991, p. 132). Si el objetivo que impulsa la edición de sus obras dramáticas en vida del autor es la consecución de ejemplos que avalen la virtud del castellano, en Morales la defensa es la de la figura de Pérez de Oliva. En este sentido, y a tenor de los cambios estilísticos que ahora demandaba una lengua cuya utilidad y gravedad ya imperaban en el ideario literario de su generación, parece natural que el texto sufriera arreglos sustanciales por parte del sobrino, acomodándolo a los nuevos hábitos.
Es comprensible, tratándose de una obra abordada en sus años de madurez, retirado ya de la vida activa, que el celo con el que emprendió Morales la labor de edición y recopilación de las obras del maestro Oliva le empujase a introducir aquellos cambios que considerase pertinentes, no como un intento por desprestigiar o ensombrecer la escritura de su tío, sino a partir de la pretensión por sacar a la luz una labor que consideraba tan admirable como beneficiosa.
Las variaciones entre la edición de Morales y los testimonios anteriores parecen así responder, en gran parte de los casos, a una modificación voluntaria del editor quien acondiciona o permuta el texto para ajustarlo a una preceptiva gramatical del castellano en vías de consolidación mucho más avanzadas. Máxime, cuando sobre la revisión que hiciera de las obras que compila, el propio Morales deja patente en la obra el juicio crítico con el que las abordaba a través de diversas aclaraciones o explicaciones adicionales que inserta como apuntes al lector al inicio o al final de cada uno de los trabajos197. En la
197 Comienza Morales con la dedicatoria al arzobispo Quiroga, donde ya expone en rasgos generales la
naturaleza de la obra compilatoria que se presenta. Añade una nota explicativa antes y después de los Títulos
de los generales, y lo mismo en cuanto al ejemplo reseñado, que antecede al diálogo bilingüe y se completa
con una conclusión en la que menciona otros discursos similares escritos por sus contemporáneos. Introduce también una nota aclaratoria sobre el Discurso de las potencias del alma y el buen uso de ellas, en la que indica cómo el maestro contaba con otros trabajos incompletos, basados en los ejemplos de Marco Tulio, Platón y Aristóteles, dejando sólo éste acabado. Ni la comedia ni las tragedias cuentan con notas al lector, más allá del previamente mencionado para Hécuba triste sobre la culminación ajena, como sí sucede con el Razonamiento sobre la navegación del río Guadalquivir, y el discurso de oposición.
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dedicatoria que antepone al Diálogus inter siliceum, por ejemplo, indica: «yo le conservé aquí el título como en aquello impreso lo tenía, aunque se pudiera mucho mejorar»198
.
198 Recogido en el verso de la p. 2, en la nota aclaratoria que precede al discurso. (Pérez de Oliva & de
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