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SUMMARY, CONCLUSIONS, IMPLICATIONS AND RECOMMENDATIONS

24 Plinio, H istoria Natural, 14, 23, 119. 25 Plinio, H istoria Natural, 16, 8, 24.

26 Séneca, D e ira, 3, 15, 4.

27 Séneca, Ep., 101, 14.

11 Y como la esposa en el momento de las bodas. Cfr. Festo, s.v. Nuptias, 174 L.

29 Cfr. entre otros H. Fulda, D as K reuz u n d die K reuzigung, Breslau 1878, pág. 55; K. Latte, Todesstrafe, cit. pág. 1614; W. Kunkel, U ntersuchungen, cit., pág. 42 (a propósito de la suspensio Cereri, sobre lo que volveremos).

¿Cuáles son los argumentos en apoyo de esta hipótesis?

Sustancialmente se trata de un argumento lexical. El verbo suspende­ re sólo podría significar “ahorcar” .

Pero en realidad suspendere no significa sólo levantar un objeto de modo que quede suspendido sin puntos de apoyo. Para com enzar p o r el sentido más amplio del término, suspendere significa estar en una posición elevada, sirva como ejemplo la posición del muro que Livio describe sus­ pensus fultibus ab hostibus m urus30 o como la roca que Virgilio describe como saxis suspensam 31. Además, cuando el objeto “suspendido” en una posición elevada era un cuerpo atado por una cuerda no se trataba necesa­ riamente de un ahorcado.

¿Cómo explicar de otro m odo la referencia ciceroniana a un tal Nin- fodoro de Atenas, “suspensus in o lea stro ” (árbol por lo demás infelix, como sabemos), y puesto a salvo tras haber permanecido por largo tiem ­ po en esa incom oda p o sició n ?32. E videntem ente no se había ahorcado a Ninfodoro. A la misma conclusión lleva inevitablemente el relato de Amia- no M arcelino de los acontecim ientos entre los años 350 y 380 d. de C. Durante un tumulto de la plebe, el prefecto Leoncio, hombre muy justo y de naturaleza clem ente, como había sido insultado por la m ultitud y habiendo señalado entre los sediciosos a un hombre “de cuerpo inmenso y cabellos rojos” , un tal Pedro llam ado Valvom eres, personaje notoria­ m ente rebelde, lo hizo arrestar y suspendere con las m anos atadas tras la espalda (post terga manibus vinctis). A sí pues, se trata de la movida y dra­ m ática historia de Pedro, cuyo arresto, después de que E. A uerbach lo señaló entre los ejemplos de realismo en la literatura occidental, es cono­ cido desde entonces por un público m ucho más amplio que el de los estu­ diosos de la Antigüedad33. Se trata por tanto de una historia célebre que sin embargo no termina con la suspensio de Pedro. En efecto, cuenta Amia- no, que después de haber sido “suspendido” continuó su vida infame hasta que finalmente se le condenó a m uerte por haber estuprado a una virgen non obscura, es decir, de condición social elevada34. E videntem ente, la suspensio no era un ahorcamiento.

No es menos significativa la descripción que hace Ausonio, en la poe­ sía Cupido cruciatus, de A m or suspensus a causa de sus tropelías. R ode­ ado por sus innum erables víctim as, las m ujeres que habían sufrido por amor y habían muerto (desde A riadna a Fedra y Safo), se había “suspen­ dido” a Cupido in excelso stipite, es decir en la copa de un árbol, “con las manos atadas tras la espalda, trabados los pies en un m adero”. Quedó en esa posición, aterrorizado de pensar todo lo que podría ocurrirle hasta que sus víctimas, apiadadas, decidieron liberarlo tras haber establecido que

“ Livio, 38, 7 ,9 . 31 Virgilio, Eneida, 8, 190. 32 Cicerón, V en in a s, 3, 23, 57.

33 E. Auerbach, M im esis, Berna 1959 (trad, italiana Turin 1956), vol. I, págs. 58 y sigs. 34 Amiano, 15, 7, 4.

había sido el destino (y no el amor) la causa de sus sufrim ientos35. No se había ahorcado al Am or “suspendido”.

Por otra parte, en un pasaje de Séneca leemos acerca de algunos con­ denados a muerte “suspendidos” con la cabeza inclinada hacia el su elo 36. Sin posibilidad de equívoco alude a condenados a la cruz atados al m ade­ ro en esa posición, como por ejemplo el apóstol P edro37.

Llegam os por último al testim onio inequívoco de Nonio, que en una glosa a Cicerón -m á s exactam ente a su discurso en defensa de R ab irio - com enta así la lex horrendi carminis: “Suspensun dicitur alte ligatum 3S. ” Para N onio a quien se suspende de la arbor infelix se le ata al árbol de m odo que no toque el suelo (alte), pero no pende de sus ram as, no se colum pia en ellas. Está ligatum al árbol, es decir atado.

Constatado así el escaso valor de los argumentos lexicales aducidos en apoyo de la tesis según la cual el verbo suspendere indica necesariamente un ahorcamiento, pasemos ahora a las razones que excluyen positivam en­ te su validez.

Los fantasm as de los ahorcados:

ideología funeraria y creencias mágico-religiosas

E n R om a el ahorcam iento era una m uerte m aldita. Las alm as de los ahorcados no encontraban descanso en el más allá y continuaban agitán­ dose entre los vivos siendo fuente de terrores invencibles. ¿Cuáles eran las razones de esta maldición?

Según una prim era hipótesis, el ahorcam iento, com o el estrangula- m iento, sería una form a de decapitación. A sí pues, como la som bra del muerto no tenía la cabeza en el lugar debido, estaría excluida de la socie­ dad de los m uertos39. Pero de ser así, también tendrían que provocar terror las almas de los decapitados con el hacha y las de quienes se habían suici­ dado estrangulándose. Pero no ocurría así. Entre otras cosas, el suicidio por estrangulam iento, además de considerarse más que honroso, como veremos más adelante, no estaba penado por las sanciones que penaban el ahorcamiento. Evidentemente la hipótesis no es aceptable, como tampoco es aceptable otra según la cual los ahorcados estarían afectados por un tabú que afectaría a todos los que habían muerto por asfixia.

En efecto, según esta hipótesis los antiguos creerían que el alma habita­ ba en el aliento y que tenía que abandonar el cuerpo con éste. El alma de quien moría asfixiado permanecería aprisionada en el difunto, impidiendo a

55 Ausonio, Cupido Cruciatus, vv. 59-62. 36 Séneca, Cons. ad M arciam , 20, 3.

37 Sobre cuya ejecución véase P. Franchi de Cavalieri, D elia fu rc a e della sua sostituzio-

ne alia croce n el diritto penale romano, en Nuovo Bollett. di Archeol. cristiana, 13 (1907) 63

y sigs. (en especial pág. 104 y η. 3). 3S Nonio, pág. 617 L.

su sombra alcanzar el más allá y obligándola a vagar entre los vivos como un aterrorizante y peligrosísimo fantasma40. Pero entre los muertos por asfi­ xia figuraban también los ahogados, los enterrados vivos y los estrangula­ dos. El hecho de que la maldición eterna afectase únicamente a los ahorca­ dos hace igualmente inaceptable esta explicación. En definitiva, bastante más convincente se muestra una tercera hipótesis, ligada a la constatación evi­ dente de que los ahorcados, a diferencia de todos los demás muertos, exha­ laban el último suspiro suspendidos en el aire. Esto, para los romanos, era un hecho gravísimo. Para ellos morir significaba regresar a la tierra, y a la tierra se regresaba sólo si el cuerpo, en último momento, yacía en contacto con el elemento originario, sede del reino en el que habitaban los difuntos41. Los elementos que revelan estas ideas son numerosos, de tipo diferente y remontan -e n p a rte - a los más antiguos usos funerarios.

Si bien en el territorio itálico existen huellas de la antiquísim a cos­ tumbre de quemar los cadáveres42, los romanos eran sobre todo inhum an­ tes. “Cremar”, escribe Plinio, “no fue costumbre antigua de los rom anos (...) ellos destinaban el cadáver a la tierra” ( “Cremare apud romanos non fu it veteris instituti (...) terra condemnabantur”). Además dice que el hábi­

to de quem ar los cadáveres se difundió por tem or a la violación de los sepulcros43. ¿Debemos creerle?

No hay razones para dudar de que se sepultaba a los difuntos de acuer­ do con la costumbre más antigua44. ¿Cómo explicar de otro modo la singu­ lar ceremonia del “dedo cortado” (os resectum)? Cuando quemaban un cadá­ ver los romanos, antes de entregarlo a las llamas, solían cortarle un dedo que posteriormente sepultaban arrojándole encima tres puñados de tierra45.

40 J. Bayet, Le suicide m utuel, cit., págs. 432 y sigs. Es en parte similar la explicación de W. A. Oldfather, L ivy I, 2 6 a n d the Supplicium de m ore m aiorum , en TAPhA 39 (1908), 49 y sigs. (en especial pág. 52, η. 2), según el cual, por lo demás, el alma podría abandonar el cuer­ po no sólo con el aliento sino también con la sangre.

41 J. L. Voisin, Pendus, crucifiés, oscilla dans la Rom e païenne, cit., págs. 432 y sigs. 42 H. J. Rose, A n cien t Italian B eliefs concerning the Soul, en CQ 29 (1939) 129 y sigs., según el cual las creencias en el más allá de los inhumadores y de los incineradores no serí­ an necesariamente diferentes. D e hecho los usos funerarios de los incineradores demostrarí­ an que también ellos creían en la vida en el más allá y que se preocupaban por garantizar al difunto una morada eterna.

43 Plinio, Historia Natural, 7, 54, 187. Cfr. Cicerón, Leyes, 2, 22, 56-57.

44 Las posibles razones de la opción por quemar o por enterrar son numerosas y m uy dis­ cutidas. Junto a la hipótesis según la cual los pueblos incineradores venerarían a los dioses celestes y los inhumadores a los dioses ctonios, existen muchas otras explicaciones, entre las cuales está aquella según la cual la incineración sería típica de las poblaciones nómadas y la inhumación de las sedentarias; otra para la que la incineración ayudaría al alma a liberarse del cuerpo o, también, la que sostiene que el fuego destruiría el poder maléfico de los muertos.

Por lo demás, tal como ha revelado Nilsson justamente, ninguna de estas explicaciones da cuenta de las diversas opciones realizadas y observadas en las diferentes situaciones (M.P. Nilsson, Geschichte der griechischen Religion I, Múnich 1955, págs. 174 y sigs.). Véase tam­ bién sobre el tema F. Cumont, L u x Perpetua, cit., págs. 387 y sigs. y J. M. C. Toynbee, Death

and Burial in the Rom an World, Ithaca, Nueva York 1971, especialmente págs. 39 y sigs.

45 Festo, i.v. M em brum , pág. 135 L.: “M em brum obscidi m ortuo dicebatur, cum digitus

eius recidebatur ad qu o d servatum iusta fie r e n t reliquo corpore com busto. ” Cfr. Cicerón, Leyes, 2, 22, 57-58.

El dedo cortado, que representaba simbólicamente el cadáver destrui­ do por el fuego, perm itía evidentemente el regreso del difunto a su lugar de origen.

A sí pues, para los romanos la tum ba era la “casa eterna”. Incluso anti­ guamente -com o escribe Servio46- era la m ism a casa en que habían vivi­ do. Isidoro lo confirma: “Antaño se enterraba a cada cual en su casa. Pero después las leyes prohibieron esta costumbre para que el hedor no conta­ giase a los v iv o s47.” E n efecto, las D oce Tablas prohibieron “sepultar y quem ar el cadáver en la ciudad” 48, evidentem ente sin dem asiado éxito. Todavía en el año 260 d. de C., bajo el consulado de Duilio, el Senado se vio obligado a reiterar la prohibición49. Pero esto no quita que, en el inte­ rior o en el exterior de las ciudades, la tumbas se concibiesen en todo caso com o una m orada en la que se sepultaba al m uerto con sus vestidos, los utensilios de los que se había servido en vida, las joyas si era una mujer, las armas si era un hombre. A veces estaban adornadas con bajorrelieves que reproducían los muebles de la casa y a veces también el exterior del edificio en que había vivido el difunto50.

Es por ello por lo que los romanos deseaban al difunto que continua­ ba viviendo en su sepulcro que la tierra le fuese leve. El deseo estaba tan ritualizado que para expresarlo bastaba una sigla. Sobre las tumbas se lee S T T L : S(it) T(ibi) T(erra) L(evis). Por otra parte a los enem igos, obvia­ m ente, se les deseaba que la tierra les resultase pesadísim a51. Pero ense­ guida, a pesar de que resultaba contradictoria con el ajuar de las sepultu­ ras, se difundió la creencia de que desde la tumba los muertos descendían bajo tierra al reino del Orco (el soberano que también daba su nombre a su reino), com unicado con el m undo de los vivos por m edio de volcanes incandescentes, por cuyos cráteres se exhalaban vapores m efíticos y en donde hervían aguas sulfúreas, no casualmente seleccionados, como vere­ mos, como sede de antiguos sacrificios humanos y de variados ritos ordá- licos. Por otra parte el Orco, además de por los medios de comunicación naturales, estaba unido a la tierra por una entrada artificial. Los romanos cuando fundaban una ciudad acostum braban a excavar un pozo vertical, que terminaba en una celda de techado cóncavo como la bóveda del cielo, denom inada por ello mundus. Tres veces al año (el 24 de agosto, el 5 de octubre y el 8 de noviem bre) se abría el mundus para perm itir que los difuntos regresasen entre los vivos52.

* Servio, Ad. A en., 6, 152. 47 Isidoro, Orig., 15, 11, 1.

48 XII Tablas, 10, 1 (= Cicerón, Leyes, 2, 23, 58). 49 Servio, Ad. Aen., 11, 206.

50 Véase F. Cumont, A fte r Life in Rom an Paganism, Yale U. P. 1922, reimp. Nueva York 1959, págs. 44 y sigs.: A fte r Life in the Tomb.

51 D e nuevo F. Cumont, A fte r Life., cit., pág. 46 y L u x P erpetua , cit., pág. 16. La maldi­ ción “Que la tierra te sea pesada” está en Tertuliano, D e testim. anim ae, 4.

5! M acrobio, S a tu rn a lia , 1, 16, 16-18. Sobre el m u n d u s además de F. Cumont, L u x

P erpetua, cit., pág. 59, véase G. Dum ézil, La religion rom aine archaïque, cit., págs. 344-

Por lo tanto al morir se retornaba a la tierra. Ésta es la razón de la anti­ gua usanza de situar en el umbral de la casa a los desperati, es decir, a los enfermos sin esperanza. Como escribe Servio, el rito se realizaba para que “diesen a la tierra su último suspiro” 53.

Además sabemos por M acrobio que durante las Saturnalia se hacían votos a Ops “estando sentados, tocando deliberadamente la tierra para mos­ trar que ella era la madre a la que los mortales debían ternura” 54.

Por último, ¿cómo no relacionar todo lo visto hasta ahora con el hecho de que una de las formas de sacrificio a los dioses era la vivisepultura, y que -com o verem os- la precipitación desde la roca Tarpeya (de forma aná­ loga a la precipitación del barathron en Atenas y del Kaiadas en Esparta) se consideraba un modo de enviar a los dioses a los culpables de crímenes religiosos?55. A sí pues ésta es la razón por la que la m uerte por ahorca­ miento era muerte maldita, no sólo para quien terminaba así sus días, sino también para los vivos destinados a ser atormentados por sus sombras. Es ahora que, finalmente, podemos comprender un oscuro relato conservado en los comentarios de Servio a la Eneida. Cuando Tarquino el Soberbio hizo construir las cloacas, algunos de entre los que se habían visto obliga­ dos a trabajar en ellas se suicidaron ahorcándose, y Tarquino ordenó que se crucificasen sus cadáveres56.

La historicidad de la noticia, que Servio toma de Casio Emina, escri­ tor del siglo i a. de C., es ciertamente discutible. La referencia a la cons­ trucción de las cloacas, entre otras cosas, lleva a pensar en Tarquino Pris­ co, más que en Tarquino el Soberbio. En efecto, cuando Plinio cuenta un episodio análogo (sin, por lo demás, especificar el modo en que se com e­ tió el suicidio colectivo), lo sitúa durante el reinado del prim er rey etrus­ c o 57. Pero lo que nos interesa, como siempre, no es la historicidad de los hechos sino la lógica del relato. ¿Por qué se suicidaron aquellos que se habían visto obligados a construir las cloacas? ¿Por qué Tarquino hizo cru­ cificar sus cadáveres?

L a única razón está en la convicción de que las almas de los ahorca­ dos perseguían a los vivos. El suicidio de los que habían sido obligados a un trabajo humillante fue un “suicidio por venganza” 58. Sus almas, desti­ nadas a vagar sin reposo, seguirían persiguiendo a Tarquino. Esto es pre­ cisamente lo que explica la reacción del rey, que no es una simple m ues­ tra de crueldad. L a respuesta de Tarquino fue la respuesta a un gesto que no era sólo una desesperada reivindicación de dignidad y una contestación de las órdenes y de los poderes del rex, sino que también representaba un atentado a su seguridad.

53 Servio, Ad. Aen., 12, 395. 54 Macrobio, Saturnalia, 1, 10, 20.

55 Más argumentos a favor de la hipótesis aquí aceptada se encuentran en J. L. V oisin,

Pendus, crucifiés, oscilla, cit., págs. 432 y sigs.

56 Servio, Ad. Aen., 12, 603.

57 Plinio, H istoria Natural, 36, 24, 106-108.

No es casual, por lo tanto, que los libri pontificali prohibiesen rendir honores fúnebres a los suspendiosi59. Sus cuerpos podían enterrarse pero sin el auxilio de las ceremonias que normalmente acompañaban el rito de la sepultura60.

¿Por qué rendirles honras fúnebres si vagaban por el aire? Si la prohi­ bición de la sepultura era normalmente una pena accesoria, que condenaba además del cuerpo al alma del condenado, en el caso de los suspendiosi era la consecuencia lógica de su elección de muerte. Pero puesto que su alma errante era un alma maligna, perteneciente a la categoría temible de difun­ tos que los romanos llamaban Lemures, era en cierto modo necesario pro­ tegerse de ella. Para eso servían precisamente los oscilla, unas muñequitas o figuritas recortadas o construidas de forma variable que se pendían de los árboles y oscilaban bajo la brisa como pequeños colum pios61. Según los rom anos los oscilla tenían poderes purificatorios. “Oscilla genus purga­ tionis maxim um ”, escribe Servio en el comentario a las Geórgicas: los osci­ lla pertenecen a la categoría de los actos purificatorios más eficaces62. Pen- diéndolos de los árboles en cuyas ramas había encontrado la muerte un ahorcado, se purificaba el aire, se hacía fe lix el árbol convertido en infelix. Pero esto no es todo, como escribe Varrón, los oscilla, imitando el modo en que había muerto el difunto y oscilando como su cadáver, aplacaban su alma, la hacían benévola y evitaban las desagradables consecuencias rela­ cionadas con su hostilidad63.

La deshonra de los ahorcados:

consecuencias sociales y jurídicas del ahorcamiento

Junto al tabú mágico-religioso que afectaba a los que se habían ahor­ cado se ponían, en el plano social y jurídico, dos diferentes tipos de san­ ciones. L a primera de ellas, la sanción social, consistía en la vergüenza que oscurecía la imagen de los suspendiosi, cancelando en la muerte su even­ tual respetabilidad como vivos.

A n n a les du M u sée Guimet, R evue d ’histoire des religions 119 (1939) 154 y sigs. Con refe­

rencia específica a Roma y a nuestro episodio véase E. Jobbé-Duval, Les m orts malfaisants, cit., pág. 74 y sigs.

59 Ver de nuevo Servio, Ad. A en ., 12, 603. Que el “lazo” instrumento de muerte al que alude el texto, fuese el del ahorcamiento y no el de la estrangulación, resulta claramente de lo que sigue en el texto, en donde Servio, citando a Varrón, repite que a los suspendiosi (y sólo a ellos) "iusta fie r i ius non sit", es decir, no es lícito rendirles honores fúnebres.

Sobre el valor negativo del término suspendiosi véase A. Emout, Les adjectifs latins en

-osus et en -ulentus, Paris 1949, págs. 80-81. Sobre los libros pontificales véase P. Preifisch, Q uaestiones de libris pontificiis, reimp. Nueva York 1975 (con Fragmenta librorum po n tifi­ ciorum ), bajo el título Two Studies on the Roman Pontifices.

“ Cfr. E. Jobbé-Duval, L es m orts malfaisants, cit., pág. 69.

61 V. Cremona, voz O s-oris en E nciclopedia virgiliana 3, 1983, 896 y sigs. 62 Servio, in Georg., 2, 389.

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