Veamos algunos de ellos, como por ejemplo las crónicas reales. En este caso aquella que narra la visita (el 1 de mayo de 1570) del Emperador Felipe II a la ciudad de Sevilla. Encargados de organizar el recibimiento fueron don Fernando Carrillo de Mendoza, conde de Priego, y el cardenal Diego de Espinosa, quien presidía el Consejo Real. El maestro de ceremonia elegido para el acontecimiento imperial y también “cronista oficial de la visita” fue el humanista don Juan de Mal Lara. La exhaustiva crónica de esos hechos brindada por el sevillano permite acercarnos al problema de pensar la forma en que los hombres de la Edad Moderna veían a la ciudad y que elementos quedan configurados en la representa- ción propia frente a la Monarquía:
Comenzaban a encaminar las partes de la ciudad por sus cuadrillas al reci- bimiento, y entre los primeros fue la infantería ordenada, la cual era toda de los más ricos oficiales, y de aquellos que quedaron para guardar su patria, gente de vergüenza y de valor… luego el Cabildo… se dio la comisión a Juan Gutiérrez Tello, caballero de la Orden de Santiago y alférez mayor des- ta ciudad, y tesorero de S. M. en la Casa de la Contratación della, para que de… el orden que tuvo fue mandar llamar de todos los oficios dos hombres, los más viejos y que más autoridad tenían entre los de su oficio, y destos se informó la cantidad de gente que había en cada uno, y les mandó que los apercibiesen a todos, que estuviesen los más aderezados que fuese posible
de vestidos y armas para salir al recibimiento de Su Majestad; y nombró de cada oficio un alférez para que rigiese y gobernase la gente dél… se les dio orden que otro día, a las ocho de la mañana, estuviesen todos en la plaza que dijimos de San Salvador, porque desde allí fuesen al recibimiento de Su Majestad…El día siguiente se juntaron todos en el lugar concertado, a son de doce tambores y dos pífaros, que la ciudad mandó vestir con seda de muchos colores y jubones de tafetán verde picados, cueras blancas cortadas y sombreros de tafetán azul. Los cuales, con maravilloso estruendo, regoci- jaban la ciudad. Tenían asimismo doce banderas ricas y de diferentes seña- les y colores. Salieron en orden. Don Francisco Tello, caballero del hábito de Santiago (hijo de Juan Gutiérrez Tello) Teniente de Alférez mayor, como ca- pitán delante, con coselete dorado y grabado, calzas de carmesí con broca- dos, gorra aderezada de camafeos, espada, daga dorada y un venablo en la mano. Delante iban cuatro pajes con calzas de saya entrapada, rojas, y ter- ciopelos negros, casacas de raso verde con alamares de la mismo color, ce- rradas por delante. Cuatro rodelas aceradas, grabadas y doradas y muy bien guarnecidas de terciopelo con flecos de seda y oro, embrazadas, y cuatro morriones. Venían luego en las primeras hileras, que eran de tres, doce gen- tiles hombres, con buenas calzas y coseletes, muy bien grabados y algunos dorados, con alabardas doradas, guarnecidas de terciopelo. Todos eran de buena disposición y talle. Tras ellos venía la gente de los oficios en la mismo orden, muy aderezados de calzas jubones y cueras gorras aderezadas de botones de oro y perlas y cadenas. Puédese bien certificar que en ninguna parte se ha visto tanto oro labrado junto, de tan costosas hechuras y tanto artificio. Las armas que llevaban eran arcabuces y algunas alabardas. Y en este orden fueron hasta el campo, adonde se mudaron de cinco por hilera. Sería la gente de Sevilla de todos los oficios (los más principales y de mejor lustre dellos) más de tres mil hombres… Su Majestad, desde una ventana, se paró a verlos… (J. de Mal Lara. 1570: 5-6)
He aquí una representación típica del mundo urbano frente a la Monarquía. Las rela- ciones de entradas triunfales habían consolidado un modelo de fiesta y propaganda política de antigua raigambre.
Sevilla no era cualquier ciudad, enclavada a orillas del río Guadalquivir, la riqueza comer- cial queda manifestada en su puerto y en toda su urbanización -el desfile por el interior de la ciudad acompañando al rey tiene el sentido de realzar la “ostentación” que hacen los vecinos de la potencia de la ciudad- la puerta de la ciudad, su alcázar, su catedral (Santa María de la Sede de Sevilla, la catedral gótica cristiana con mayor superficie del mundo) explicitan la impor- tancia de la ciudad en tanto cabeza jurisdiccional de los antiguos territorios que conformaban el llamado Reino de Sevilla -incorporado a Castilla-León después de la reconquista en el s. XIII- y que es también cabeza religiosa, al ser sede Arzobispal.
Es decir, Sevilla es “gran ciudad” porque ella reúne el ser cabeza tanto del poder temporal como del el espiritual. Hablamos así de una doble representación orgánica de la ciudad, como
parte de un cuerpo político y religioso mucho más amplio y extenso, que centra en ella ser la “cabeza” = “caput” = “testa”, es decir, la encarnación de todo el conjunto.
De esta manera, la ciudad se representa como un cuerpo político complejo y jerarquizado, sale a recibir al rey a través de un orden prelativo cuidadosamente dispuesto en función de las jerarquías de las corporaciones políticas que la constituyen. Junto al monarca desfilan así la nobleza y el patriciado urbano -las familias y linajes principales- el clero, los miembros de los gremios, los representantes de los organismos propios de la ciudad -Inquisición, Audiencia, Cabildo, Universidad, Consulado, etc.- así como los oficiales…los más ricos… reclutados para representar la infantería, su fuerza.
La vistosidad de su indumentaria expresa su posición y el lugar principal que ocupaban es- tos representantes “…la ciudad mandó vestir con seda de muchos colores y jubones de tafetán verde picados, cueras blancas cortadas y sombreros de tafetán azul. Los cuales, con maravillo- so estruendo, regocijaban la ciudad…” el resto de los vecinos se agolpaba en las calles, eran el “público”, si se quiere el principal destinatario del mensaje propagandístico del poder, no solo del monarca, sino, fundamentalmente de la ciudad para sí misma.
Debemos tener en cuenta que la forma en que el hombre de la Edad Moderna entiende la representación es “directa”: hacer presente en ausencia un objeto o alguien, es decir, como si estuviera allí presente lo que se es representado.
De esta manera la ciudad -orgánicamente (re)presentada- lo hace a través de “su mejor parte”, esencialmente como un todo jerárquicamente organizado134. Se expresa claramente en la crónica que es la “ciudad” -como cuerpo perfecto = civitas- la que recibe al rey, es ella quién lo acompaña a su interior, se muestra a través e su arquitectura emblemática, la que lo acoge en su visita, la que ostenta su magnificencia, etc. Estamos así en presencia de una representación de tipo orgánico y corporativo, una representación de cuño Antiguo Régimen. El principio de unidad -que configuran la forma de pensar la representación de los cuerpos políticos en al Edad Moderna- forma parte de la evolución de la teoría política medieval y es resultado de la colaboración de varias ramas del pensamiento: la teología, la patrística, la filosofía escolástica, las tesis de los iuspublicistas prácticos, etc., que conflu- yeron en la constitución de una doctrina jurídico-política en la cual tanto la organización política como la social de estos cuerpos complejos discurrían por un mismo cauce. La tra- ducción de las ideas agustinianas de la Ciudad de Dios por Santo Tomás de Aquino, su reinterpretación de la Política de Aristóteles, el ingente material jurídico del Derecho Ro- mano Justinianeo, así como del Derecho canónico y del Derecho Común, etc., otorgaron los “cimientos” necesarios para pensar la ciudad como comunidad y civitas perfecta.
134 Como se ha ya señalado en el cap. 2, el principio filosófico que constituye la visión del universo para el hombre de la Edad Media y la Modernidad es la razón divina -lex aeterna- o -unitatis principium- por el cual la unidad precede necesariamente a la pluralidad “omnis multitudo derivatur ab uno… ab unum reducitur” (toda la pluralidad deriva de uno y a uno se reduce). Santo Tomás de Aquino, Summa contra gentiles, III, q. 76-83. En este sentido cada parte representa al todo en tanto el “microcosmus” o “minor mundis” es, en esencia, reflejo -o si se quiere encarnación- del “macrocosmus” ya que se encuentra constituido de la misma materia y esencia cuyo sentido último forma parte del plan Divino. En este sentido queda claro que cada parte representa a la totalidad, y la representación, en este senti- do, es perfecta -directa- ya que es y tiende al todo. Es por ello que un cuerpo como la ciudad se representa, orgáni- camente, a través de su “mejor parte”.