Respecto a la obesidad como patología en relación al Otro, Cosenza considera importante dilucidar el vínculo que el sujeto establece con el Otro a fin de identificar la función
28 específica que tiene la obesidad, así como el estatuto de solución o respuesta inconsciente que encubre para el sujeto. A partir de esto se cuestiona el sentido de portar un cuerpo desbordado y a qué responde esa condición en la historia del sujeto; esta última pregunta se responde también en el marco de los hallazgos de este trabajo.
Cosenza enuncia que los sujetos con obesidad denotan un sometimiento a la demanda del Otro bajo la forma de una postura sacrificial y oblativa. El sujeto vive esta sujeción a la demanda, originariamente de la madre, en forma de orden superyoica que no admite desobediencia.
La otra cara de esa alienación radical, el rechazo frente al propio deseo, se presenta como consecuencia de lo anterior.
[Este rechazo] exime al sujeto obeso de la responsabilidad de la elección de lo que desea, de aceptar su deseo particular. En la clínica de la obesidad, el deseo del sujeto se encuentra absorbido e incorporado a la demanda del Otro, perdiéndose en el interior de esta demanda que lo devora. Por esta razón, en los momentos cruciales de su existencia, cuando se encuentra en una encrucijada en la cual su elección subjetiva no correspondiese o estuviese en conflicto con la demanda del Otro, el sujeto tiende a dejar caer su deseo con tal de evitar ese roce con la demanda del Otro. (Cosenza, 2014, p. 49).
Dado lo anterior, Cosenza indica que en los modos de funcionamiento de los obesos se aprecia que mantienen y preservan al Otro en su integridad imaginaria, omnipotente, como un Otro materno que todo lo provee, lo cual los lleva a evitar el encuentro con la castración materna y, por tanto, con la pérdida del objeto mítico de la primera satisfacción.
29 Cosenza advierte que el sujeto obeso tiende a ocluir la angustia a través de dos movimientos fundamentales: el primero, mediante el rechazo o desconexión con el Otro del deseo; el segundo, a través del el consumo irrefrenable y constante de comida. Cuando ocurre el atracón, la demanda del Otro se neutraliza, se produce la desaparición del Otro y, por tanto, deja lugar a un goce sin frenos. En ambos tiempos, el sujeto tiende a evitar su condición de sujeto deseante, el efecto de la regulación simbólica de su goce y la angustia que ello genera. Aparentemente, en las formas de exceso de peso sostenidas en el atracón, éste constituye un fino pasaje al acto, en tanto que el sujeto se entrega de manera momentánea al goce Uno15, rompiendo con todo lazo y sin retorno. Ese acto tiene consecuencias en el cuerpo, sobre el sujeto mismo: en el atracón, la aproximación hacia lo mortífero opera sin rodeos y prevalece el goce como modalidad de funcionamiento.
De la misma manera, Cosenza precisa que la experiencia depresiva está presente en la clínica de la obesidad. Allí, el afecto depresivo se manifiesta cuando la solución compensatoria vinculada a la alimentación en exceso se derrumba o se quiebra, de manera que la hiperalimentación es el recurso que evita la caída del sujeto al abismo depresivo ante la pérdida del Otro. Es decir, la obesidad puede transformarse en un tratamiento de la depresión. Este hecho constriñe a interrogar sobre su sentido, sobre lo que le ocurre al sujeto que se encuentra con dificultades para elaborar la pérdida.
En ese sentido, Cosenza señala un punto problemático a considerar en los tratamientos de obesidad orientados psicoanalíticamente: introducir un límite
15 El goce Uno fue formulado por Lacan (1972b-3/2008) para aludir al goce -quizá sea lícito decir-, en su máxima expresión, el goce orientado a prescindir del Otro, el que se juega en soledad.
30 a la enajenación del sujeto hacia la demanda del Otro, de manera que ello no se reduzca a la compensación del hiperconsumo de alimento, sino que se presente como un freno simbólico. Para el sujeto, esto supone experimentar el afecto depresivo como respuesta a la introducción de un límite en el Otro, que en los casos de obesidad neurótica lleva al encuentro traumático con la castración y la división subjetiva, produciendo la experiencia de pérdida de goce. Por su parte, en los casos de obesidad psicótica ese movimiento se torna complicado, por lo cual es necesario considerar sus posibilidades, a fin de evitar la desarticulación compensatoria que la patología alimentaria le ofrece al sujeto.
Ahora bien, a propósito de la condición estructural en la obesidad, Cosenza puntualiza que en muchos casos de obesidad neurótica, el síntoma emerge como una forma de venganza ante la ausencia de respuesta del Otro materno a la demanda de amor: el rechazo se hace presente de manera paradójica en estas formas de obesidad mediante un sí excesivo a la demanda de la madre, mientras que el cuerpo obeso encarna la venganza imaginaria. En otros casos, el cuerpo obeso funciona como defensa ante la angustia provocada por el encuentro con el deseo del Otro y como un mensaje hacia el Otro para averiguar sobre su amor. El sujeto se lamenta a causa de su obesidad, pero sin querer renunciar a su cuerpo.
En casos de obesidad psicótica, el cuerpo se estructura como un modo de respuesta ante la invasión del Otro desregulado que lo lleva a una angustia sin límites. La obesidad funciona como defensa y solución compensatoria que introduce una frontera somática a falta de un límite simbólico capaz de estructurar una efectiva separación del Otro. En estos
31 casos, a diferencia de la obesidad en las neurosis, el síntoma se torna una solución compensatoria frente a la angustia y su carácter mortificante. Si bien, se trata de una solución endeble, dado que, cuando ocurre una falla que la trastoque, existe el riesgo de que sobrevenga una descompensación psíquica bajo la forma de manifestaciones delirantes o alucinantes, o incluso mediante actos autolesivos que evidencian el carácter desestructurante de la angustia, frente a la cual, el sujeto de estructura psicótica queda expuesto.
Sea cual sea la estructura en la que se encarna el exceso de peso, el sujeto evidencia un anudamiento con el Otro que le causa estragos, que incide en su condición del cuerpo. En esa medida, es necesario discernir la singularidad de ese Otro tan presente en esta condición, así como sus alcances e implicaciones tanto en su dimensión simbólica como real. Esta es una condición fundamental, en especial cuando se trata de niños, puesto que precisan de la función simbólica que el Otro inaugural, inicialmente, y quien encarna su lugar, pueda brindar y, en ese sentido, se encuentran a expensas de sus lógicas y entramados.