La última vez que visité Peace Abbey, me detuve frente a cada uno de sus monumentos. Al alzar la mirada ante la altísima estatua de Gandhi, vi el mundo como él lo había visto, repleto de violencia y de sufrimiento, pero también de una belleza y de un potencial colosales. Recordé la Marcha de la Sal de 1930 y reflexioné sobre la dignidad de los indios que dieron sus vidas en nombre de la liberación no violenta. Pensé de nuevo en esta paradoja de la experiencia humana cuando bajé la mirada hacia el monumento parecido a una lápida y con la inscripción «Civiles inocentes muertos durante la guerra». Vi las calles de Iraq, los campos de Camboya y la jungla nicaragüense sembrados de cadáveres de toda forma, tamaño, color y edad. Sin embargo, también vi a las cuatrocientas mil personas junto a las que me manifesté a través de las heladas calles de la ciudad de Nueva York el 15 de febrero de 2003, en una concentración pacífica en contra de la inminente invasión de Iraq. Entonces, al mirar la estatua de Emily, imaginé cómo tuvo que ser su vida, a la que llegó para ser una máquina viviente. Pensé en las fábricas oscuras y en el terror y la indefensión de los innumerables animales que encierran. Pero también pensé en los investigadores infiltrados de la Sociedad Humana de Estados Unidos, cuya grabación del trato brutal que reciben los animales en los mataderos provocaron la ira de la población y la mayor retirada de carne de ternera de toda la historia estadounidense. En cada monumento, vi el mundo a través de los ojos de aquellos a quienes conmemoraba. Me convertí en testigo.
Cuando damos testimonio, no actuamos como meros observadores, sino que conectamos emocionalmente con la experiencia de aquellos a los que vemos.
Empatizamos. Y, así, cerramos el vacío de nuestra conciencia, el vacío que hace
posible que la violencia del carnismo perdure.
He hablado de este vacío de conciencia en el Capítulo 1. Es el eslabón que falta en nuestra percepción, es lo que impide que conectemos la carne con su animal de origen. El vacío bloquea el asco y la empatía. Y bloquea nuestra conciencia ante la incongruencia entre nuestros valores y nuestra conducta en lo que concierne al consumo de carne. Dar testimonio cierra el vacío porque nos conecta con la verdad. Cuando damos testimonio, validamos o hacemos real el sufrimiento que el sistema se esfuerza tanto en ocultar, y también validamos nuestra verdadera reacción ante el mismo. Dar testimonio nos conecta con la verdad de las prácticas carnistas, además de con nuestra verdad interior, con nuestra empatía. Damos testimonio ante los demás y ante nosotros mismos.
Al igual que dar testimonio de forma individual llena el vacío de nuestra conciencia, dar testimonio de forma colectiva llena el vacío de la conciencia social. El testimonio colectivo conduce a una opinión pública informada y a un sistema donde los valores y las prácticas son más congruentes. Piense en ello: prácticamente todas las atrocidades cometidas a lo largo de la historia de la Humanidad han sido posibles gracias a una población que ha dado la espalda a una realidad que parecía demasiado dolorosa para poder afrontarla mientras que prácticamente todas las revoluciones por la paz y la justicia han sido posibles gracias a un grupo de personas que han decidido dar testimonio y han exigido al resto de la población que haga lo mismo. El objetivo de todos los movimientos que defienden la justicia es activar el testimonio colectivo para que las prácticas sociales reflejen los valores sociales. Un movimiento tiene éxito cuando logra llegar a una masa crítica de testigos, es decir, una cantidad de testigos con el peso suficiente para inclinar a su favor la balanza de poder. Como el testimonio en masa constituye la mayor amenaza al carnismo, todo el sistema se organiza en torno a impedir que pueda suceder. En realidad, el único fin de todas las defensas carnistas es impedir el testimonio.
Podemos dar testimonio de muchas maneras: manifestaciones, vigilias con velas, pancartas, conferencias y creaciones artísticas. Históricamente ha sido siempre un acto creativo. Recuerde la música revolucionaria de la década de 1960, la colcha de
patchwork conmemorativa del SIDA (que se extiende a lo largo de 84 kilómetros y en la que aparecen los nombres de noventa y un mil personas), el enorme muro memorial de los veteranos de Vietnam (que atrae a 3 millones de visitantes cada año), el mayor símbolo humano de la paz de toda la historia (compuesto por seis mil personas que se reunieron en Ithaca, Nueva York) y la Hora de la Tierra de 2008, durante la que 50 millones de personas de los siete continentes apagaron la luz durante una hora para mostrar su apoyo a la justicia medioambiental.
El acto creativo de dar testimonio parece ser una respuesta humana a la destrucción que pretende transformar. Tal como explica la conocida psiquiatra Judith Herman: «La respuesta habitual ante las atrocidades es borrarlas de nuestra conciencia… Sin embargo, las atrocidades se resisten a ser enterradas. La convicción de que la negación no funciona es tan potente como el deseo de negar atrocidades».2 Herman prosigue y explica que el poder de hablar de lo innombrable levanta las barreras de la negación y de la represión, con lo que se libera una energía creativa gigantesca.