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generaciones antes.

Señala Whittaker (pág. 98) que el espacio de Newton y de Gassendi fue, "en cuanto se refiere a la geometría, el espacio de Euclides: finito, homogéneo y carente en absoluto de aspectos, en el que un punto es exactamente igual a otro punto cualquiera..." Mucho antes fue nuestro propósito explicar por qué esta ficción de la homogeneidad y de la continuidad uniforme se había derivado de la escritura fonética, especialmente en su forma impresa. Dice Whittaker que, desde el punto de vista de la física, el espacio newtoniano fue "mero vacío en el que las cosas podían ser colocadas". Pero, incluso para Newton, el campo gravitatorio parecía incompatible [298] con este espacio neutro. "En realidad, los sucesores de Newton sintieron esta dificultad; y habiendo comenzado con un espacio que era en sí mismo una nada, sin propiedades, excepto la capacidad de ser ocupado, comenzaron a llenarlo varias veces con éteres, ideados para procurar las fuerzas eléctricas, magnéticas y gravitatorias, y para poder explicar la propagación de la luz" (págs. 98-99).

Quizá no exista prueba más asombrosa del carácter meramente visual y uniforme del espacio que la famosa frase de Pascal: "Me horroriza el silencio eterno de los espacios infinitos." Si meditamos un poco por qué el espacio infinito ha de ser tan terrorífico, comprenderemos mucho de la revolución cultural que viene produciéndose en la sensibilidad humana a causa de la importancia visual del libro impreso.

Pero el absurdo de hablar del espacio como de un receptáculo neutro nunca afectará a una cultura que ha separado la consciencia visual de los demás sentidos. Sin embargo, dice Whittaker (pág. 100): "A juicio de Einstein, el espacio ha dejado de ser el escenario donde se representa el drama de la física: es en sí mismo uno de los actores; porque la gravitación, que es una propiedad física, está determinada completamente por la curvatura, que es una propiedad geométrica del espacio."

Con el reconocimiento del espacio curvo en 1905, la galaxia Gutenberg quedó oficialmente disuelta. Con el fin de las especializaciones lineales y de los puntos de vista fijos, el conocimiento compartimentado se hizo tan inaceptable como poco pertinente había sido siempre. Pero el efecto de tal modo de pensar segregado ha sido hacer de la ciencia una cuestión de departamentos, sin influencia sobre el ojo o el pensamiento sino indirectamente, al través de

sus aplicaciones. En los últimos años, esta actitud aislacionista se ha debilitado. Y lo que nos hemos esforzado en explicar en este libro es cómo se ha hecho posible la ilusión de la segregación del conocimiento por el aislamiento del sentido visual por medio del alfabeto y la tipografía. Quizá nunca lo repitamos bastante. Esta ilusión puede haber sido una cosa buena o una cosa mala. Pero solo un desastre puede surgir de la ignorancia de las causalidades y efectos inherentes en nuestras propias tecnologías.

A fines del siglo XVII se produjo una gran alarma y revulsión ante la creciente cantidad de libros impresos. Las primeras esperanzas acerca de una gran reforma de las costumbres [299] del hombre por medio del libro habían quedado chasqueadas, y en 1680 escribía Leibnitz:

Me temo que continuaremos durante mucho tiempo en nuestro actual estado de confusión y miseria, por nuestra propia culpa. Temo, incluso, que tras haber agotado inútilmente nuestra curiosidad sin obtener en nuestras investigaciones ninguna ventaja apreciable para nuestra felicidad, las gentes lleguen a sentir disgusto por las ciencias y que una desesperación fatal pueda determinar la vuelta a la barbarie. A este resultado puede contribuir mucho esa terrible masa de libros que continúa aumentando. Porque, al final, el desorden se hará casi insuperable; la infinita multitud de autores pronto los expondrá a todos al peligro del olvido universal; el afán de gloria que anima a muchos que se dedican al estudio, cesará súbitamente; quizá ser escritor llegue a ser considerado tan deshonroso como fue antes honorable. En el mejor de los casos, podremos distraernos con pequeños libros del momento, que durarán algunos años, y que servirán a distraer al lector del tedio de unos cuantos minutos, pero que habrán sido escritos sin propósito alguno de enriquecer nuestros conocimientos o de merecer el aprecio de la posteridad. Se me dirá que, por ser tantos los que escriben, es imposible que se conserven todas sus obras. Admito esto, y no desapruebo por completo esos pequeños libros de moda, que son como las flores de una primavera o como los frutos de un otoño, que apenas duran un año. Si están bien hechos, producen el efecto de una conversación útil, no simplemente agradable, y que mantiene al ocioso alejado de la conducta reprobable, formando su espíritu y su lenguaje. Frecuentemente, su propósito es inducir algún bien a los hombres de nuestro tiempo, y este es el fin que busco publicando este pequeño trabajo... 1.

Leibnitz considera aquí el libro como el sucesor natural, así como el ejecutor de la filosofía escolástica, que todavía puede volver. El libro como acicate para la fama y como instrumento de inmortalidad le parece ahora el mayor peligro, a causa de "la infinita multitud de autores". Para el grueso de los libros, ve la función de servir como coadyuvantes de la conversación, que "mantienen al ocioso alejado de la conducta reprobable" y "formando su espíritu y su lenguaje". Resulta claro que el libro todavía estaba muy lejos de haberse convertido en el modo principal de la política y de la sociedad. Constituía todavía un hecho superficial, que solo había comenzado a oscurecer los lineamientos tradicionales de la sociedad occidental. Con respecto a la persistente amenaza de una renovación escolástica, tenemos el eterno lamento, literario o visual, acerca del escolasticismo oral, y que es palabras, palabras, palabras. Al tratar del Arte del

descubrimiento, dice Leibnitz: [300]

Entre los escolásticos hubo un tal Jean Suisset, llamado el Calculador, cuyas obras todavía no he sido capaz de hallar, pues solamente he visto las de algunos de sus discípulos. Este Suisset comenzó a utilizar las matemáticas en sus argumentos escolásticos, pero pocos lo imitaron, porque habrían tenido que abandonar el método de discusión por el de la contabilidad y el razonamiento, y un rasgo de pluma hubiese ahorrado mucho clamor (1).

"The Dunciad", de Pope, acusa al libro impreso como agente de una renovación

primitivista y romántica. La cantidad puramente visual evoca la mágica resonancia de

la horda tribal. La taquilla aparece como un retorno a la cámara de resonancia del

sortilegio de los bardos.

En 1683-84 apareció en Londres la obra de Joseph Moxon Mechanick Exercises on the

Whole Art of Printing. Los preparadores de la edición señalan (pág. VII) que "pone por escrito unos conocimientos que fueron completamente tradicionales", y que el libro de Moxon "fue, con cuarenta años de diferencia, el primer manual de impresión publicado en cualquier lengua". Como hace Gibbon en su mirada retrospectiva sobre Roma, Moxon parece haber estado animado por el sentimiento de que la imprenta había llegado al punto máximo de su desarrollo.

1

Un sentimiento similar anima The Tale of a Tub y The Battle of the Books de Dean Swift. Pero es a The Dunciad donde hemos de volvernos en busca de la epopeya de la palabra impresa y sus beneficios a la humanidad. Porque allí se encuentra un estudio explícito de la zambullida del espíritu humano en el cieno de un inconsciente generado por el libro. La posteridad no ha podido ver, de conformidad con la profecía que aparece al final del libro IV, por qué la literatura precisamente ha de ser acusada de embrutecer al género humano, y de introducir mesméricamente al mundo civilizado en el primitivismo, en el "África interior", y, sobre todo, en el inconsciente. La simple clave de esta operación es la que hemos tenido en mano a lo largo de todo este libro; la creciente separación de la facultad visual y el resto de los sentidos en su interacción, condujo al rechazo por la conciencia de gran parte de nuestra experiencia, y a la consecuente hipertrofia del inconsciente. Pope llama a este dominio que crece sin cesar el mundo "del Caos y de la Noche [301] antigua". Es el mundo tribal, no alfabetizado, cantado por Mircea Eliade en The Sacred and the Profane.

Martinus Scriblerus, en sus notas a The Dunciad, hace reflexiones sobre cuánto más difícil es escribir una epopeya sobre los numerosos escritorzuelos y plumíferos de alquiler de la Prensa que sobre un Carlomagno, un Bruto o un Godfrey. Menciona después la necesidad de que un satírico "disuada a los estúpidos y castigue a los malos", y considera la situación general que ha producido la crisis:

Expondremos inmediatamente las circunstancias y las causas que impulsaron a nuestro Poeta a escribir esta obra. Vivió en aquellos días en que (después que la Providencia permitió la Invención de la Imprenta como flagelo para castigar los Pecados de los sabios) el Papel se abarató tanto también y los impresores se hicieron tan numerosos, que un diluvio de escritores cubrió el país: Con lo que no solo la paz del honesto individuo que no escribía se vio turbada diariamente, sino que se le hicieron despiadadas peticiones de aplauso, incluso de su dinero, por gentes que jamás serían capaces de ganar este o de merecer aquel; al mismo tiempo, la Libertad de Prensa fue tan ilimitada que se hizo peligroso negarles una cosa u otra; porque anónimos los autores, publicaban en el acto calumnias que quedaban impunes; y aun los mismos editores se ponían al socaire del castigo, protegidos bajo las alas de una ley del Parlamento, promulgada sin duda con mejores propósitos 1.

Pasa después (pág. 50), desde las causas económicas generales a la motivación moral privada de los autores inspirados por la "Estupidez y la Pobreza; la una, nacida con ellos, contraída la otra por descuidar sus verdaderas aptitudes..." En una palabra, el ataque está dirigido contra el conocimiento aplicado, en cuanto se manifiesta en "Industria" y "Tráfago". Ya que los autores inspirados por la opinión sobre sí mismos y por el afán de autoexpresión se ven impulsados a "producir esta triste y lastimosa mercancía". Por medio de la acción aglomerada de muchas de tales víctimas del conocimiento aplicado—esto es, autores engreídos, dotados de industria y capacidad para el tráfago—asistimos ahora a la restauración del reino del Caos y de la Noche antigua, y al traslado del trono imperial de la Estupidez, su hija, desde la Ciudad al mundo Civilizado. A medida que el mercado del libro se extiende, termina la división entre el intelecto y el comercio. El comercio del libro asume las funciones de la sabiduría, el espíritu y el gobierno. [302]

Este es el significado de las líneas preliminares de las primeras ediciones del poema:

Canto a los libros y al hombre, primero que trajo las Musas de Smithfield al oído de los reyes.

Al "mundo civilizado" de aquel tiempo le parecía completamente natural que la adopción de decisiones y el poder real fuesen asequibles a los autores populares. Hoy no consideramos extraño ni irritante estar gobernados por gentes a las que el libro del mes pueda parecer alimento respetable. Smithfield, donde se celebraba la feria de San Bartolomé, todavía era el mercado de los libreros de viejo. Pero en ediciones sucesivas Pope alteró el comienzo:

La poderosa Madre, y su Hijo, que trajo las Musas de Smithfield al oído de los reyes.

1

Pope ha dado con el público, el inconsciente colectivo, y lo apoda "la Madre poderosa", de acuerdo con el gusto por lo esotérico en aquel tiempo. Es el "abre la marcha, benévola gallina" de Joyce (foule, owl, crowd) que vimos antes.

A medida que el mercado del libro se hacía más grande y el acopio y difusión de noticias se perfeccionaba, la naturaleza del autor y del público experimentó los grandes cambios que hoy aceptamos como normales. El libro había conservado de los tiempos del manuscrito algo de su carácter privado y convencional, como indicó Leibnitz en su evaluación. Pero al mismo tiempo estaba comenzando a fundirse con el periódico, como nos lo recuerda la obra de Addison y Steele. El perfeccionamiento de la tecnología de la imprenta hizo que este proceso se desarrollara por completo a finales del siglo XVIII con el advenimiento de la prensa de vapor.

Sin embargo, en Literature and the Press (pág. 46) considera Dudek que, incluso después que la fuerza de vapor hubiese sido aplicada a la imprenta,

los periódicos ingleses del primer cuarto de siglo no estaban pensados, de ningún modo, para que resultasen atractivos a toda la población. De acuerdo con el gusto actual, habrían de ser considerados demasiado tristes para que interesaran a algo más que a una minoría de lectores serios... Los periódicos de comienzos del siglo XIX estaban dirigidos a las gentes refinadas. Su estilo era envarado y formal, y oscilaba entre la elegancia addisoniana y la elevación johnsoniana. El contenido consistía en pequeños anuncios, asuntos locales y política nacional; especialmente, en noticias comerciales y extensas transcripciones de los informes parlamentarios... La mejor [303] literatura al uso era mencionada en los periódicos... "En aquellos días", recordaba Charles Lamb, "cada periódico de la mañana mantenía a su servicio un autor, como colaborador esencial de la empresa, obligado a proporcionar una cuota diaria de párrafos ingeniosos..." Y como el divorcio entre el lenguaje del periodismo y el lenguaje literario todavía no se había consumado, vemos en el siglo XVIII y en los comienzos del XIX que algunos de los más importantes hombres de letras colaboraban en los periódicos y se ganaban la vida escribiendo.

Pope pobló su Dunciad precisamente con personajes como estos; porque sus percepciones y sus críticas no eran personales ni estaban basadas en un punto de vista particular. Le preocupaba más bien el cambio total. Es significativo que este cambio no sea especificado hasta el cuarto libro de The Dunciad, aparecido en 1742. Solo después de habernos presentado al célebre maestro de humanidades doctor Busby, de la escuela de Westminster, aborda el viejo y especialmente ciceroniano tema de la excelencia del hombre (IV, 11. 147-50):

El pálido aprendiz de Senador está en pie, todavía escocido, y se sostiene los calzones con ambas manos. Luego dice: "Puesto que el hombre se distingue de las bestias por la palabra, la palabra es la providencia del Hombre, y solo Palabras enseñamos."

Ya hemos señalado anteriormente el significado de este tema para Cicerón, que consideraba la elocuencia como sabiduría total, armonizadora de nuestras facultades y unificadora de todo conocimiento. Pope es aquí muy explícito al citar la destrucción de esta unidad, como originada por la denudación y especialización de la palabra. Ya hemos seguido el tema de la denudación de la consciencia a lo largo de todo el Renacimiento. Es también el tema de The Dunciad, de Pope. Continúa el aprendiz de Senador:

Cuando la Razón, incierta, como la carta de Samos, le señala dos caminos,' es mejor el más estrecho. Colocados a la puerta del Saber, para guiar a la juventud, jamás consentimos que se abra demasiado. En cuanto comienzan a preguntar, a suponer, a saber, cuando la Imaginación abre las rápidas fuentes del Sentido, ocupamos la memoria, cargamos el cerebro, atamos el Ingenio rebelde, y doble cadena sobre cadena, ponemos límites al pensamiento para el ejercicio de su soplo; y lo conservamos hasta la muerte en la palidez de las palabras. Cualesquiera que sean sus talentos, e importa poco su naturaleza, colgamos un resonante candado en su mente. Poeta el primer día, moja su pluma. ¿Y qué es, al fin? Un poeta todavía. ¡Piedad! El maleficio obra solo en nuestro muro, perdidos, perdidos demasiado pronto en aquella Casa. [304]

No se ha reconocido a Pope el mérito que le corresponde como serio analista de la malaise intelectual de Europa. Continúa la tesis de Shakespeare en Lear y de Donne en Anatomy of the

World:

Es la división de los sentidos y la separación de las palabras y sus funciones lo que Pope vitupera, exactamente como hace Shakespeare en El rey Lear. El arte y la ciencia habían sido separados cuando la cuantificación y la homogeneización visuales penetraron en todos los dominios, y continuó la mecanización del lenguaje y de la literatura:

Bajo de su pedestal, gime la Ciencia encadenada. Teme el Talento el exilio, las penas y los castigos. Allí rabia la Lógica rebelde, atada y amordazada.

Allí la discreta Retórica, desnuda, languidece sobre el suelo 1.

Pope vio el nuevo inconsciente colectivo como el embalse acumulado de la auto-

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