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El amor es fuego. Pero es imposible saber si éste va a abrigar nuestro corazón o a quemar nuestra casa. Esto es algo que nunca podremos predecir.

JOAN CRAWFORÍ)

La química, esa fuerza misteriosa que inicialmente hace que dos personas se junten, con frecuencia es el primer ingrediente que se debilita, aunque a veces sólo lo parece, porque cualquier fisura en este ingrediente es mucho más visible que en los otros. Hay muchas razones que hacen que dos personas que fueron como dos llamas gemelas, con el tiempo se asemejen más a dos témpanos de hielo.

Factores físicos

Algunas veces la palabra química puede tomarse literalmente: lo que se asume como un elemento emocional o como mera incompatibilidad es realmente producto de una reacción bioquímica. La sexualidad puede verse afectada por una serie de factores físicos, entre ellos la salud cardiovascular, problemas endocrinos como la diabetes y el nivel de ciertas hormonas y peptonas en el cuerpo. Es común que las parejas piensen que algo no está bien en su matrimonio cuando en realidad sus cuerpos están sufriendo ciertas transformaciones fisiológicas. Esto es particularmente cierto en la mediana edad, cuando la predecible declinación de las hormonas sexuales puede ser un poco desconcertante.

La depresión y la ansiedad también afectan negativamente a la sexualidad. Si bien estas dos condiciones pueden originarse por razones emocionales, sus causas bioquímicas, bastante conocidas en la actualidad, pueden ser tratadas con medicamentos (la combinación de los medicamentos y la psicoterapia suele ser el tratamiento más eficaz). Desafortunadamente, lo que se inicia como un problema físico no detectado puede convertirse en

una tormenta emocional e interpersonal. Los individuos frustrados empiezan por culparse a sí mismos o mutuamente, lo que suele dar paso a una serie de conflictos profundos. Se inicia así un círculo vicioso. Los problemas son tan abrumadores que no es posible relajarse en la cama, lo que erosiona aún más la química sexual de la pareja.

Los factores médicos están fuera del alcance de este libro. Si usted sospecha que la química de su relación puede estar siendo afectada por una condición física, le recomiendo que consulte cuanto antes con su doctor.

El componente físico de la química también está relacionado con los estragos causados en nuestros cuerpos por el tiempo. A los .cuarenta años no respondemos sexualmente del mismo modo que a los veinte. Lo que no es necesariamente negativo. Hay ciertos placeres que podemos disfrutar cuando somos mayores si comprendemos lo que nos está pasando y sabemos adaptamos a nuestra nueva biología. Los hombres, por lo general, se convierten en amantes más diestros, más dispuestos a disminuir el ritmo y a gozar más la /estimulación erótica previa al acto sexual que solían abreviar movidos por el afán de llegar al momento de la gratificación plena. Las mujeres tienden a ser más lanzadas, a confiar más en sí mismas y a ser más agresivas sexualmente. Estos factores, junto con el crecimiento del afecto y la ternura producto de una intimidad de vieja data, pueden dar origen a una química más poderosa cuando nos hacemos mayores. Desafortunadamente, muchas parejas insisten en compararse con esos amantes jóvenes que solían ser -esos que vemos todos los días en los medios-, lo que los lleva a concluir que su química está en condiciones críticas.

Nuestros cuerpos tampoco se ven iguales a los cuarenta. Pocos de nosotros somos como Sean Connery o Susan Sarandon, que con el paso de los años son más atractivos sexualmente. Puede ser triste decirlo, pero las cada vez más prominentes barrigas, las papadas dobles y los senos un poco caídos no suelen excitar lo mismo que los cuerpos delgados y firmes. En muchos casos, aunque parezca mentira, un cuerpo maduro representa más obstáculo para la persona que se mira en el espejo que para su pareja. El amor y todos los factores emocionales que hacen parte de la química pueden hacer caso omiso de las preferencias estéticas de una persona, pero la autoimagen de alguien que se ve gordo, horrible y poco atractivo puede ahogar una pasión incluso antes de que ésta se encienda.

Los elevados costos del estrés

Las presiones del trabajo, el dinero, la paternidad y tener mucho que hacer y poco tiempo pueden causar estragos en la química. El estrés puede

aumentar el nivel de sustancias que reducen el deseo y el rendimiento sexual. El cansancio físico tampoco es compatible con la pasión. A veces la tensión que se va acumulando debido a un estrés muy prolongado puede hacer que una persona se sienta enormemente excitada y que su cuerpo pida a gritos el placer y el alivio que le produce el clímax sexual. Pero esto también puede interferir la química de una pareja cuando no está sincronizada. Una queja común de las mujeres tiene que ver con compañeros hambrientos de satisfacción sexual que dejan totalmente de lado cualquier sutileza para lograrla. Hay pocas cosas que enfrían más a una mujer que un torpe y desabrido “hagámoslo”.

El impacto psicológico y emocional del estrés no es sino un elemento más que se añade al probléma. Cuando la tensión es muy fuerte, las cosas que normalmente evocan la ternura y el afecto pueden ahondar la problemática y generar hostilidad. Esto es particularmente cierto cuando usted tiene la percepción -justificada o no- de que su pareja es la causante de su estrés.

El estrés es particularmente dañino cuando ataca su autoestima. Si teme perder su trabajo, por ejemplo, es posible que empiece a sentirse incompetente, lo cual, por lo general, es como un balde de agua fría para la química de una pareja. Los hombres suelen ser especialmente vulnerables a esto, porque su autoimagen tiende a medirse de acuerdo con sus logros profesionales o el dinero que producen. Camilo era un agente de bienes raíces de cuarenta y siete años cuyo negocio estaba sufriendo una crisis muy fuerte. Incapaz de mantener el ritmo de costos al que había acostumbrado a su familia, reaccionó con un enorme abatimiento. La idea de tener que vender su casa y enviar a sus hijos a una escuela pública hizo que se sintiera como un fracasado. Estaba convencido de que Sandra, SU

esposa, lo consideraba algo menos que hombre, y entonces se encelló en un amargo silencio. En realidad, para Sandra su marido Seguía siendo el mismo hombre estupendo de siempre y lo quería tanto como cuando se casaron. Pero la autoestima de Camilo estaba tan baja como sus ingresos. Se consideraba indigno y proyectaba estos sentimientos en su esposa. La idea que albergaba su subconsciente era: “¿Por qué querría ella hacer el amor con un perdedor Como yo?”

En la terapia, cuando Camilo se atrevió a revelar su vergüenza, Sandra rompió a llorar. “Pero si sigues siendo el hombre más sensual que he conocido en la vida”, le dijo. Esa noche hicieron el amor por primera vez luego de muchos meses, y la actitud derrotista de Camilo cambió de repente: el que la química con su pareja se hubiera restablecido le dio un gran impulso a su autoestima y él empezó de nuevo a trabajar en la reconstrucción de su negocio.

El amante pronto se acostumbra a la belleza,

Ésta palidece ante sus ojos y pierde atractivo para sus sentidos.

JOSEPH ADDISON

Se han realizado experimentos con animales en los que encierran en una jaula a un macho y una hembra en calor y miden el tiempo que le lleva al macho tratar de copular. También miden el tiempo que transcurre entre la eyaculación y el siguiente encuentro sexual.

Este intervalo, denominado el período de refracción, se hace cada vez más largo entre cópula y cópula, hasta que el macho parece exhausto y abandona los intentos. Los humanos, sin duda, están familiarizados con esto. Pero aquí está el problema: si una nueva hembra es introducida en la jaula, el macho vuelve a responder rápidamente. El período de refracción vuelve a ser igual al de la primera vez.

Este fenómeno, denominado el Coolidge Ejfect [efecto Coolidge] parece tener cierto paralelo entre los humanos. Cuando el viagra apareció en el mercado, surgieron muchos chistes; uno de los más populares fue: “Un hombre de edad madura le pide al médico alguna medicina que le permita, al menos, volver a hacer el amor con su esposa. El médico le dice que se tome la píldora y se vaya a casa. El tiempo que tarda en llegar será suficiente para que la pastilla haga efecto. Llega, ansioso de empezar... pero su esposa no está en casa. Entra en pánico y llama al doctor para preguntarle qué hacer. El doctor sospecha que el hombre quiere encontrar un sustituto para su esposa y le pregunta si la empleada no está en casa, a lo que el hombre responde: “Oiga, doctor, si quisiera tener sexo con la empleada, no necesitaría una píldora”.

Un buen número de maridos angustiados -en menor proporción pero también muchas mujeres- me han confiado en terapia sentimientos similares. “Cuando miro a otras mujeres tengo fantasías con ellas”, confesó un hombre confundido de cuarenta años que estaba luchando por serle fiel a su esposa, con la que llevaba casado catorce años. “Objetivamente, la mayoría son menos atractivas que mi esposa y sus personalidades no son tan interesantes, pero me excitan. He llegado a pensar que quisiera no

haberla conocido porque si fuera una extraña sería la persona que encontraría más sexy”.

Una de las razones de la disminución de la química es la familiaridad y la monotonía. El recuerdo de un erotismo fuertemente estimulado por un amante nuevo frente a la monotonía sexual de la mayoría de las parejas que han convivido muchos años difícilmente puede compararse. El período de la luna de miel es el más irreal de la vida, pero desafortunadamente lo convertimos en la norma, en lugar de verlo como una excepción, una aventura cargada con muchos voltios y que sólo puede repetirse en momentos muy especiales. Esto nos decepciona, e incluso nos lleva a culpar a nuestra pareja por arruinar la diversión; no somos capaces de apreciar esa clase de química más tranquila y tierna que trae el amor maduro.

La solución para este caso particular de disminución de la química no es buscar a otra pareja. Como lo veremos más tarde, el problema puede solucionarse con un poco de imaginación.

Desgaste emocional

En las primeras etapas del romance, cuando la llama de la pasión arde con fuerza, su vida gira en tomo a su relación. Nada es más importante que la emoción de estar con el ser amado, exceptuando, quizá, la emoción que le produce saber que para esa persona lo principal es compartir su vida con usted. Con el tiempo, las exigencias de la vida diaria van retomando importancia y la ecuación se transforma: es necesario buscar lugar para su relación. Es como si uno y otro empezaran a ser menos importantes. En incontables ocasiones he escuchado esta queja: “Él solía hacer malabares en su vida para poder estar conmigo. Ahora hace malabares para que yo no interfiera en su partido de fútbol o su agenda de trabajo”. (Por supuesto, en las quejas de los hombres no están los partidos de fútbol sino los compromisos sociales, los hijos o las presiones profesionales que les roban la atención de la esposa.) La sensación de que uno ya no es tan importante para el otro puede producir efectos negativos en la química.

Por otra parte, todas las pequeñas imperfecciones que usted solía pasar por alto al comienzo, con el paso del tiempo se convierten en obstáculos en su camino. Al principio, esas costumbres molestas de su compañero -la rudeza en sus caricias, la torpeza de sus movimientos al hacer el amor- son como ese ruido de la ciudad que llega a su habitación a través de las ventanas: no lo oye cuando el equipo de música está funcionando, pero la enloquece cuando no hay música. La carga emocional se va haciendo mayor en una relación larga. No hay nada mejor para matar la química que la acumulación de resentimientos y críticas.

La ansiedad en la relación sexual

Bien sea que una mujer tema no excitar a su amante, o que un hombre tema por su erección, el miedo es un asesino de la química. Y no se necesita mucho para que esto se convierta en un círculo vicioso. Una o dos situaciones dolorosas o embarazosas, que pudieron ser causadas por alguno de los factores mencionados, pueden suscitar ansiedad sobre qué pasará la próxima vez, ansiedad que puede ser recurrente si el temor de fallar se convierte en una autoprofecía del fracaso.

El círculo vicioso continúa. Suponga que un hombre experimenta momentáneamente una eyaculación precoz o una disfunción eréctil. Su pareja puede reaccionar amorosamente, pero sus esfuerzos por tranquilizarlo lo hacen sentir cada vez más infeliz. Su ansiedad aumenta y lo hace sentir menos atractivo, porque para la mayoría de las mujeres un hombre seguro de sí mismo es excitante y uno inseguro no lo es. No pasará mucho tiempo antes de que la pareja esté cavilando y angustiándose en lugar de abandonarse al placer.

Cuanto más permitan que la tensión afecte su relación sexual, más se contaminará la química total entre ustedes. El paso siguiente, con seguridad, será evitarse uno al otro, y lo que antes era placer se transformará en una obligación. Es posible que teman excitarse porque esto los enfrentará de nuevo con el problema y se abrirán las puertas a la frustración.

Otros asesinos ele la química

Cualquier cosa que disminuya el respeto, el goce, la aceptación, la confianza o la empatia repercutirá en la química. Veamos unos ejemplos:

Respeto. Cuando Raúl e Inés empezaron a salir juntos se admiraban muchísimo. Pero después de seis años de matrimonio, el joven audaz del que Inés se enamoró se había convertido en un ser retraído, que exa objeto permanente del maltrato de su jefe. Raúl, a su tumo, veía que su vital esposa se había convertido en una persona temperamental y cruel bajo los efectos del alcohol. Llegó eL momento en que el respeto mutuo desapareció y su dormitorio, que antes era su nido de amor, se convirtió en una zona de guerra fría. “A veces llego a casa con ganas de hacer el amor”, me dijo Raúl, “pero esa mirada de alcohólica dispara mis sueños eróticos en otra dirección”. Inés solamente dijo: “Los peleles me congelan”.

Goce. En el noviazgo Diego y Beatriz solían pasarla maravillosamente, y ese disfrute surgía espontáneamente en la alcoba. Pero las presiones resultantes de la llegada de los hijos y del progreso en sus can-eras profesionales hicieron estragos en la pareja. También

desarrollaron nuevos intereses, que no compartían. El poco tiempo del que disponían para divertirse juntos los separó. En privado, cada uno de ellos me dijo lo mismo: la relación había dejado de ser divertida, y hacer el amor era otra de las mtinas domésticas. Obviamente, cada uno culpaba al otro. La risa que un día fue un afrodisíaco para ambos, ahora estaba tan ausente como el juego amoroso.

Aceptación. Entre Juliana y Roberto se había generado tanta hostilidad que les era imposible encontrar de qué hablar. Los dos tenían

una lista de lo que no podían aceptar del otro. Todavía se sentían atraídos sexualmente, pero como les era imposible dejar las críticas a un lado, les costaba excitarse. Cuando las temperaturas de sus cuerpos empezaban a subir, una crítica por algo que el otro había hecho ese día, o una semana antes, arruinaba el juego amoroso. Así, en lugar de encontrar el sueño unidos en un abrazo cariñoso, buscaban la forma de dormirse contando ovejas, cuando no rencores, y se aseguraban de guardar prudente distancia entre uno y otro.

Confianza. La desconfianza asfixió el fuego del amor entre Carolina y Pablo. Cuando la pasión agonizaba, Pablo desarrolló la tendencia a tratar bruscamente el cuerpo de su esposa. “Es como si olvidara que soy una mujer de carne y hueso”, dijo Carolina. “Me lleva y trae como si fuera una muñeca de trapo o algo parecido”. Cuando se enamoraron, ella encontraba fascinante el desenfreno de Pablo. Un año más tarde, estuvo tentada a romper el compromiso porque temía que llegara a hacerle daño. Entre tanto, Pablo empezó a evitar el encuentro sexual, porque Carolina había traicionado su confianza. “Solía contar a sus amigas cómo era yo en la cama”, dijo. “Ya no estoy seguro de poder confiar en ella”.

Empatia. El resentimiento acumulado trajo a Jaime y a Constanza a la terapia. Estaban intentando evitar el divorcio. “Hace tres años que no hacemos el amor”, dijo Jaime. “A veces tenemos sexo, pero no hacemos el amor”. La rutina se había apoderado del sexo, al cual ahora llegaban por costumbre y porque servía para calmar las tensiones. “Solíamos sintonizamos maravillosamente”, se quejó Constanza. “Queríamos complacemos mutuamente y sabíamos cómo hacerlo”. Pero la ira los volvió egoístas y vengativos. La empatia había muerto. Ya no les era posible pensar en las necesidades del otro. En lugar de tratar de complacerse mutuamente, lo que buscaban era la satisfacción personal. Ninguno de los dos volvió a encontrarla.

En cada uno de los ejemplos anteriores, la pareja tuvo que identificar cuál era el pilar más lastimado, el que había destruido su vida sexual. Antes de que pudieran revivir la química, era necesario reparar las heridas.

Estar alerta para identificar