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¿Por qué buscar las huellas y los rastros de nuestra ascendencia? ¿Para qué hurgar en la memoria colectiva nuestro pasado con sus alegrías, dolores, experiencias y enseñanza?

Para re-conocer-nos, re-pensarnos y re-valorarnos (¿re-pensar-nos y re-valo- rar-nos?) en nuestra diferencia y alteridad con los otros que pueblan los espa- cios próximos, es necesario dar cuenta del proceso histórico que han seguido los iñ bakuu como pueblo, para entender cómo se ha venido dando el rostro al presente, conlleva identificar los rastros, las huellas y los signos que ha dejado este pueblo en su tránsito por el tiempo; como afirma Derrida...

El signo representa lo presente en su ausencia. Tiene lugar en ello. Cuando no podemos tomar o mostrar la cosa, digamos lo presente, el ser-presente, cuan- do lo presente no se presenta, significamos, pasamos por el rodeo del signo. Tomamos o damos un signo. Hacemos signo. El signo sería, pues, la presencia diferida. (...) la circulación de los signos difiere el momento en que podríamos encontrarnos con la cosa misma, adueñarnos de ella, consumirla o guardarla, tocarla, verla, tener la intuición presente (Derrida, 1968: 8).

De esta manera, la diferencia es la que ha marcado y favorecido la configura- ción de lo iñ bakuu, la que nos lleva a encontrar y percibir esa diferencia diferida, hecha signo que circula, que va dejando rastros a través de los hilos del tiempo, lo que la ha marcado en su historicidad como pueblo; este ejercicio trata de in- terpretarla en su contexto y en su significación, con las evidencias y herramientas de las que se dispone.

De ahí, se hace una lectura interpretativa de los espacios existentes, las construcciones, las huellas materiales y documentales, para poder tener una mirada global del proceso de vida del pueblo iñ bakuu.

Los pueblos originarios de Abya Yala, entre ellos el pueblo iñ bakuu, de- bido a su desarrollo como sociedad compleja, con estratificación social, divi- sión social del trabajo, delimitación territorial, prácticas religiosas y lengua con capacidad de nombrar al mundo; generaron espacios para su vida so- cietaria, por lo tanto, construyeron escenarios propicios para sus diferentes prácticas de organización social y religiosa; de ello, volviendo al pueblo ci- tado, dan cuenta los espacios como: Llano Perdido, La Coyotera, Quiotepec, Tutepetongo y otros.

También, su concepción del mundo es planteada en su ritualidad religiosa, así como en otras prácticas que dejan traslucir su forma de entender su ser/es- tar en el mundo; para afirmar lo anterior, se han encontrado huellas, marcas y rastros que se proyectan en la memoria colectiva, que en este caso haya un es- pacio en la lengua d’bakuu, considerada también un territorio de la memoria.

Rastros y restos arqueológicos

Las huellas y los rastros de la presencia del pueblo iñ bakuu –vestigios ar- queológicos–, están esparcidos en diversos espacios de nuestro espacio vital (territorio), así como huellas pictográficas, de tal manera que en la parte de La Cañada Chica, se encuentran, según registros del inegi: Exotlan (cueva funeraria), Zoquiapan Viejo; en La Cañada, se encuentran: Tecomaxtláhuac, Cuicatlán, Quiotepec, Llano Perdido y La Coyotera (Spencer, 1982: 74-75); en la parte alta, que comprende una sección de la zona montañosa, se encuentran

Los espacios y su ubicación, pueden identificarse en el Mapa del Señorío Cuicateco (Doesburg, 2001: 6) que aparece a continuación

Lo anterior nos brinda información en cuanto a la presencia de los bakuu en climas diversos, de la misma manera, de sus las habilidades desa- rrolladas para adaptarse a las condiciones geográficas del entorno, puesto que hay una zona con planicie y la otra con terrenos escabrosos, con pen- dientes pronunciadas, en donde establecieron sus comunidades; al observar los terrenos de las poblaciones cercanas a las fuentes de agua, se pueden localizar una gran cantidad de apantles –o canales lliibε en d’bakuu–, que se utilizaban para riego, lo que evidencian su manera de utilizar el agua por parte de los iñ bakuu para asegurar la subsistencia. (Spencer, 1982: 37).

Esto nos documenta sobre la forma de vida del pueblo iñ bakuu apegada a la producción campesina, si se contrasta con la información que se tiene acerca de las relaciones comerciales con otros pueblos y culturas, se sabe entonces, que fue un pueblo que mantuvo rasgos de autodeterminación, autonomía con capacidad de autogobierno y autogestión, es decir, una pers- pectiva civilizatoria.

De acuerdo con los estudios realizados en La Coyotera y Llano Perdido –espacios arqueológicos de la memoria iñ bakuu–, comparativamente (Spen- cer, 1982: 76) se les ubica en el periodo de 200-600 años d. C. (Spencer, 1982: 76), están ubicados en la parte baja que nombramos La Cañada.

Los restos de las edificaciones revelan la existencia de espacios construidos ex profeso para actos rituales, así como los dedicados a actividades adminis- trativas (Spencer, 1982: 85); de la misma manera, algunos objetos encontrados fueron considerados en ese tiempo suntuarios como objetos de distinción, los cuales se supone llegaron traídos desde las lejanas tierras de Orizaba (Spencer, 1982: 152); todos estos datos indican que esta sociedad estuvo organizada de manera jerárquica, con rasgos de privilegio y prestigio para algunas personas que eran de cierto linaje; además, es indicador que la producción para el sus- tento cotidiano, con base en los excedentes de producción, permitía el uso de artículos que significaban prestigio, status o rango de distinguibilidad. Evidencias arquelógicas en el cerro Kúu Káan situado al norte de la

comunidad de Kúu Káan-Tepeuxila74

dispersas una cantidad de ruinas reconocidas por el inegi, las siguientes: Co- yollan, Coyollapan, Ahuacatitlán, Teczistepec, Tlecuasco-Etlatongo, Papaloti- pac, Xacayoltepc y Tutepetongo (Doesburg, 2001: 126-131); también existen vestigios de construcciones de considerable extensión no consideradas en los mapas, en las siguientes comunidades: Santos Reyes Pápalo, Coapan de Guerrero, Santa María Pápalo, San Andrés Pápalo, San Juan Teponaxtla, San Sebastián Tlacolula, San Juan Tepeuxila (váese anexo 1), Cacalotepec, Santa María Tlalixtac, Santa Ana Cuauhtémoc, San Andrés Teotilalpan, San Pedro Teutila, San Francisco Chapulapa y otras.

Doesburg, hace una reconstrucción sobre el señorío cuicateco en la llegada de los españoles, fue reconstruido en virtud de las evidencias, tanto lingüísticas, pictográficas y arqueológicas. Hay pinturas rupestres en una cueva de San Andrés Teotilalpan, en Cuicatlán y otra en San Juan Teponaxtla73.

73 Estos restos arqueológicos, están resguardados celosamente por las comunidades men-

cionadas, no hay un plan o proyecto de estudio y restauración, sin embargo, son espacios que no pueden ser destruidos desde la mirada de las propias comunidades.

74 La imagen fotográfica sugiere un espacio con las características del patio de juego de

pelota. Fotografía de una sección del espacio arqueológico en el cerro Kúu Kaan, que está

En las tumbas halladas en diversos sitios de la geografía iñ bakuu, también se refleja su sentido de la muerte y su relación con el territorio; todas tienen una orientación este-oeste75, de lo que no hay una explicación específica aún.

acerca de los acontecimientos, eventos y momentos relevantes de estos pue- blos originarios sólo son rescatables en el caso del pueblo iñ bakuu a partir de los códices: el Fernández Leal (fl) y el Porfirio Díaz (pd), cuya importancia para este pueblo es innegable, como lo también afirma Hunt (1978: 29), estu- diosa del pueblo cuicateco.

Estos documentos relatan la forma en que los primeros iñ bakuu dispu- taron el territorio actual de este pueblo; entre los datos más importantes, se encuentran algunos momentos de actos bélicos contra los pueblos chinanteco y mazateco, así como los conflictos internos para delimitar espacios de pose- sión; principalmente entre los señoríos de Papaloctipac y Tepeucila.

Como pueblo originario, los iñ bakuu, fueron los primeros pobladores de la demarcación hoy conocida como La Cañada, no se tienen referencias pre- cisas de dónde proviene su ascendencia, sólo puede conocerse parte de su his- toria a partir de lo que se relata en los códices mencionados y hacer un cruce de información con otros documentos históricos como el de Alva Ixtlilxó- chitl, que relata la imposición del dominio azteca. (Ixtlilxóchitl, 1891: 383).

Uno de los acontecimientos más importantes que relata el Códice Fernán- dez Leal, es la batalla contra los chinantecos (Doesburg, 2001: 167) por la posesión del territorio. En la disputa entre los iñ bakuu y los Ñan gué’es (chi- nantecos) por el territorio, según el códice Porfirio Díaz, hubo tres confronta- ciones donde los iñ bakuu lograron definir su espacio vital; estas luchas fueron encabezadas por los guerreros Mano que Causa Temblores y Pasajuego (Does- burg, 2001: 166), quienes representaban los señoríos de Papalotipac y Tepeucila. Además de la pugna con los chinantecos, hubo otras luchas contra otros pueblos, como el mazateco, también hubo batallas en el interior del propio pue- blo iñ bakuu (Doesburg, 2001: 167-168), quizá en la búsqueda de la hegemonía en el territorio, que es lo que se deduce del estudio de los códices cuicatecos.

Aún en la diferencia, si se pretende consolidar una cultura, una forma de entender el mundo y construir una forma de ser/estar, se ha requerido y nece- sitan requiere de estrategias diversas, desde entonces y en la actualidad –casi en todas las culturas–, ser posesionario de un territorio como espacio vida y

76 En la imagen aparece una tumba con dos urnas laterales a los pies y una en la parte cen-

tral, donde se supone se ubica la cabeza del cadáver, en dirección este-oeste, en el oeste la cabeza y al este los pies. La imagen fue tomada en el lugar denominado Lltε, un espacio arqueológico de Tepeuxila, está situado al suroeste de la comunidad, el clima de ese paraje es cálido y está al borde de un desfiladero.

Tumba en la zona arqueológica de Ltε (La Banqueta) en Tepeuxila76

75 En los restos arqueológicos de Tepeuxila, en el lugar denominado La Banqueta, se en-

cuentran tumbas con esta orientación.

Códices cuicatecos

La historia y memoria de los pueblos iñ bakuu, como gran parte de los pue- blos precolombinos, es difícil datarla debido a la pérdida u ocultamiento de sus documentos llamados códices; hasta ahora, las evidencias que existen

comunidad de sentido77, es una condición indispensable; en esta mirada, co-

bra relevancia en unas pinturas de los códices el Señor Cabeza de Serpiente-Sá’a Tíin kuu, del cual que por la información que se dispone –se supone que participa en una ceremonia en virtud de sus méritos militares–, participa en una ceremonia (Doesburg, 2001: 171) importante para el pueblo iñ bakuu; ello, como un proceso de preparación para asumir en lo posterior otras tareas o responsabilidades de más trascendencia para con su pueblo.

Para consolidar un dominio territorial y afianzar el territorio de los bakuu, en el último periodo antes de la llegada de los españoles; como estra- tegia se recurrió a las alianzas matrimoniales estratégicas (Doesburg, 2001: 182), donde la hija de Mano que Causa Temblores, señor de Papalotipac, se une en matrimonio al Señor Cabeza de Serpiente, señor de Tepeucila. Así se formali- za una alianza que permitía cuidar su territorio, en la intención de defenderlo de los mazatecos, los chinantecos o alguna otra invasión.

Pedimento de la futura pareja de Sá’a Tíi Kúu. Imagen del Códice Fernández Leal (Doesburg, 2001: 183)78

Matrimonio de Sá’a Tíi Kúu y la hija del Señor Mano que Causa Temblores. Boda del Señor Tíi kúu (Doesburg, 2001: 182)

78 En la imagen 1, aparece el embajador del Señorr. Cabeza de Serpiente que va a la casa

79 En lengua d’bakuu, tíi es cabeza y kúu: culebra o serpiente; así, la expresión es cabeza

de serpiente,; nombre del señor que unifica los señoríos de Papalotipac y Tepeucila; hoy Asunción Pápalo y Tepeuxila respectivamente.

77 Siempre se habla de comunidad desde diversas perspectivas, referidas a un espacio geo-

gráfico como comunidades residenciales, la necesidad exige configurar un referente ideal de sujeto individual y colectivo, con perspectiva de mundo, y es lo que puede construir una comunidad de sentido, es decir, una posibilidad horizóntica.

del Señor de Mano que Causa Temblores de Papaloctipac para poder realizar el enlace matrimonial entre la hija de éste y el Señor Cabeza de Serpiente. En la parte superior izquierda de la imagen, aparece el padre del Señor. Cabeza de Serpiente y su embajador, que está delante de éste, frente al Señor Mano que Causa Temblores, quien también tiene frente a sí a quien lo represente en el diálogo. Los demás personajes que aparecen detrás del Señor. Mano que Causa Temblores, lo acompañan como símbolo de su investidura.

Este fue el escenario que encontraron los aztecas y posteriormente los es- pañoles, lo que se deduce del estudio genealógico (Doesburg, 2001: 22) que hace Doesburg en La herencia del Señor Tico I y II. Precisamente lo del Señor Tico, se deriva de la expresión Tíin kúu79 en lengua d’bakuu. Así, a la llegada

de los españoles, el señorío dominante en la parte serrana y en Quiotepec, es el del Señor Cabeza de Serpiente, que aparece en los códices pd y fl en la his- toria de la unificación de los señoríos de Papalotipac y Tepeuxila. (Imagen 2).

A la llegada de los aztecas, este territorio estaba consolidado como pertenen- cia de los iñ bakuu con límites convenidos con los otros pueblos (imagen 3); con todas las diferencias que pudiera haber internamente, según se rescata de la memoria colectiva de ese tiempo por parte de los historiadores, este cuerpo social tenía su propia estructura organizativa que garantizaba cierta estabilidad (Doesburg, 2001: 131), de tal manera que conservaban una unidad como pue- blo; su estructura social (Hunt, 1978: 12) y las relaciones de poder practicadas lo permitían. Los territorios no tenían exactamente un propietario, eran más bien, territorios de propiedad de un “colectivo nobiliario”(Doesburg, 2001: 136) los que pertenecían a un linaje, sin embargo, los habitantes los podían cultivar, pre- via autorización y conocimiento del cacique.

A la llegada de los españoles y su dominio como conquistadores, los bakuu, nuevamente fueron tributarios, pero a diferencia del periodo de domi- nio azteca, el tributo fue en oro y productos que se consideraban de alto valor por parte de los españoles; esto significó para las comunidades de este pueblo una explotación extrema, puesto que debían trabajar de manera extenuante para reunir el tributo, el que consistía en:

…cada 60 días: 46 tejuelos de oro en polvo, pesando cada uno de ellos dos pesos, más una carga de cacao, cinco enaguas, cinco camisas, cinco masta- nes, cinco mantas de indios, una carga de ají, una carga de sal y dos cargas de frijoles. Cada 15 días: diez gallinas… (Doesburg, 2001: 139).

Este sometimiento significó expoliación al pueblo iñ bakuu, pero conser- vando el territorio que habían heredado de sus ancestros.

La presencia y dominación española –similar a la azteca–, se logró me- diante un proceso de reconocimiento de los territorios bajo el dominio del pueblo iñ bakuu, y concediendo ciertos privilegios y su estatus nobiliario (Taylor, 1972: 7) a los caciques –como del que gozaba el Señor Tíi Kúu antes de la conquista–, pero no como se concebía el territorio antes de su llegada, que era propiedad de toda la comunidad, sino individualizándolo.

En el mapa 2, se establece el territorio de los iñ bakuu, años antes de que se impusiera el dominio español, el cual es una reconstrucción fundamentada con referentes aportados por historiadores y arqueólogos que han estudiado los vestigios de construcciones y asentamientos, además de otras evidencias.

Mapa 2. Territorio del señorío cuicateco con los nombres actuales de las