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Swelling of cotton and dissolving pulp in dilute solvent

9. Results and Discussion

9.3 Swelling of cotton and dissolving pulp in dilute solvent

Desde hacía mucho tiempo las divisiones escindían la gran sede patriarcal de Antioquía. La actual Antakya turca (28.000 habitantes, de ellos 4.000 cristianos) no deja entrever lo que fue antaño: la capital de Siria, con quizás 800.000 habitantes, la tercera ciudad en importancia del

Imperio Romano -después de Roma y Alejandría-, la «metrópoli y ojo» del Oriente cristiano.

Situada no muy lejos de la desembocadura del Oronte en el Mediterráneo, edificada de manera majestuosa por los ostentosos reyes sirios, famosa por sus lujosos templos, iglesias, calles porticadas, el palacio imperial, teatros, baños y el estadio, centro importante del poder militar, Antioquía desempeñó desde el principio un gran papel en la historia de la nueva religión. Fue la ciudad en la que los cristianos recibieron su nombre (de los paganos, de los cuales tomaron todo aquello que no era de los judíos), la ciudad en la que predicó Pablo y entró ya en conflicto con Pedro, donde Ignacio agitó los ánimos, y donde la escuela de teología fundada por Luciano, el mártir, impartía sus enseñanzas, representando el «ala izquierdista» en el conflicto cristológico, y marcó la historia de la Iglesia de ese siglo, aunque la mayoría de los miembros de la escuela (incluso Juan Crisóstomo perteneció a ella) estuvieran acusados de herejía durante toda su vida o parte de ella. Arrio sobre todo. Antioquía, lugar de celebración de numerosos sínodos, sobre todo arríanos, y de más de treinta concilios de la antigua Iglesia, donde Juliano estuvo residiendo en los años 362-363 y escribe su diatriba Contra los

galileas, donde Juan Crisóstomo vio la luz del mundo y se eclipsó. Antioquía

se convirtió en uno de los principales bastiones de la expansión del cristianismo, «la cabeza de la Iglesia de Oriente» (Basilio) y sede de un patriarca que en el siglo iv regía las diócesis políticas de Oriente, quince provincias eclesiásticas con más de doscientos obispados. Por eso valía la pena pelear por «Dios», aunque todo se hacía sin orden ni planificación en los templos cristianos y los pobladores eran muy sensibles a las insinuaciones y volubles de opinión. De hecho, Antioquía estaba llena de intrigas y tumultos, sobre todo desde que en 330 los arríanos habían depuesto al santo patriarca Eustaquio, uno de los apóstoles más apasionados de la doctrina nicena, por «herejía», debido a su inmoralidad y a su rebeldía contra el emperador Constantino, que le desterró hasta su muerte. Sin embargo, en la época del cisma meleciano, que duró 55 años, de 360 a 415, llegó a haber tres y cuatro pretendientes que luchaban entre sí y que desgarraron en sus disputas tanto a la Iglesia oriental como a la occidental: paulinianos

(integristas de Nicea), seguidores de la doctrina de Nicea, semiarrianos y arríanos.53

Hasta el «cuerpo sano de la Iglesia» (Teodoreto) ya estaba dividido, y 38

no solamente había dos partidos católicos sino también dos obispos católicos. «Lo que les separaba -opina Teodoreto- era única y exclusivamente las ganas de disputar y el amor hacia sus obispos. Ni siquiera la muerte de uno de ellos puso fin a la división.»54

En el cisma meleciano, Atanasio, junto con el episcopado egipcio, el episcopado árabe. Roma y Occidente, se decidió antes o después por Paulino de Antioquía (consagrado no sin ciertas irregularidades), al que había nombrado obispo Lucifer de Cagliari, aquel Lucifer que más tarde creó su propio conciliábulo en contra de la Iglesia católica. Frente a ello estaba la casi totalidad de Oriente, entre ellos los «tres grandes capado-cios», los padres de la iglesia Basilio, Gregorio Nacianceno y san Gregorio de Nisa, así como el santo obispo Melecio de Antioquía, al que varias veces desterró durante años el emperador amano Valente y que tuvo como discípulo apasionado al padre de la Iglesia Juan Crisóstomo (que tras la muerte de Melecio abandonó su partido, aunque sin unirse al de Paulino). También el padre de la Iglesia Jerónimo se encontraba ante una disyuntiva: «No conozco a Vital, rechazo a Melecio y de Paulino no sé nada». Incluso Basilio, que llevaba las negociaciones con Roma, acabó arrepintiéndose de haber tenido relaciones con el «entronado» romano. Con ocasión del pomposo entierro de Melecio, en mayo de 381, san Gregorio afirmó provocativo, en presencia del emperador: «Un adúltero [Paulino] ha subido al lecho nupcial de la esposa de Cristo [se trata de la Iglesia antioquena ya unida a Melecio], pero la esposa ha quedado incólume». (Para Paulino, el «Padre», el «Hijo» y el «Espíritu Santo» eran una sola hipóstasis, mientras que para Melecio eran tres, igual que para los tres capadocios.) Todavía en el Concilio de Constantinopla (381) se produjeron violentos altercados entre los «padres» debido a la sucesión de Melecio. Paulino era entonces el único obispo en Antioquía, pero se eligió a Flaviano y Ambrosio protestó.

Además de los dos ortodoxos, Melecio y Paulino, junto con la «parte sana del pueblo», en Antioquía había también la parte «enferma» (Teodoreto) bajo el obispo amano radical Euzoio, que mandaba en casi todas las iglesias de la ciudad, así como toda una serie de sectas en competencia, masalianos, novacianos, apolinaristas, paulianos (seguidores del obispo Pablo de Samosata, que no deben confundirse con los paulinianos de Paulino) y muchas otras. El «cisma de Antioquía» duró hasta el siglo v y convulsionó a la ciudad con las revueltas producidas a causa de los conflictos sociales; en los años ochenta del siglo iv se produjeron varios levantamientos de la población hambrienta y explotada: en 382-383, 384-385 y 387. Al final, gran parte del pueblo sirio se decidió a favor de los «herejes», los jacobitas: en el siglo vi (en que Antioquía sufrió, en 526, un terremoto que al parecer costó un cuarto de millón de vidas humanas) el monje y clérigo Jacobo Baradai fundó la Iglesia monofisita si-

ria. En vísperas de las cruzadaswrtenecían todavía al patriarcado de An- tioquía 152 obispados. Sin embargo, tanto las construcciones como las iglesias cristianas de la ciudad han desaparecido sin dejar rastro, lo mismo que sucedió en Alejandría.55/

Situación análoga a la de una guerra civil en