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1.11 STRUCTURE AND FUNCTION OF THE T-CELL RECEPTOR.

1.11.3 T-CELL RECEPTOR GENES.

La Nueva España

El cabildo de la ciudad de México intentó tomar el poder a nombre del monarca español, pero al fracasar, debido al rechazo de los españoles peninsulares, estalló la lucha en septiem- bre de 1810 encabezada por el cura Miguel Hidalgo, y continuada por José María Morelos y Pavón. Ambos representaron las aspiraciones de transformación política de un grupo de mes- tizos y criollos respaldados por un gran número de indígenas. Al reestablecerse en España la constitución liberal de 1812, los sectores privilegiados temieron perder prerrogativas, por lo que decidieron apoyar la independencia. Fue así que el militar Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero suscribieron el Plan de Iguala, que marcó la soberanía del país, aunque continua- ron las mismas condiciones sociales.

La capitanía general de Guatemala

En ella no se desarrolló ningún movimiento independentista unificado, ni tampoco hubo pro- piamente una lucha armada. En lugar de ello, tras la declaración de independencia de la capital regional, Guatemala, el 15 de septiembre de 1821, las diversas ciudades de la región adoptaron sus propias decisiones de independizarse de España. El efímero imperio de Iturbide en México (1822-1823) envió un ejército para reconquistar el istmo, pero con su derrumbamiento las dis- tintas provincias, desunidas entre sí, quedaron a su propia suerte. Una de ellas, Chiapas, decidió permanecer unida a México (1823), y el distrito de Soconuzco, reivindicado por Guatemala, fue ocupado por México, y en 1825 un plebiscito de sus habitantes ratificó la transferencia. Para el 1 de julio de 1823, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica reafirmaron su independencia en una segunda declaración y adoptaron colectiva- mente el nombre de Provincias Unidas del Centro de América.

En América del Sur

Francisco de Miranda, precursor de la lucha de independencia en Venezuela, promovió el movimiento armado en aquel país, pero fracasó ante la respuesta del dominio español y el rechazo de amplios sectores criollos. Uno de los más grandes líderes de la independencia

sudamericana fue Simón Bolívar, quien llevó a cabo una serie de campañas militares por

Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú, y buscó también la unidad de los países latinoameri- canos para mantener la independencia y luchar no sólo contra los intentos de reconquista de España, sino también frente a Estados Unidos.

Simón Bolívar logró unificar en torno a su persona las distintas fuerzas rebeldes, como

las aguerridas milicias de los llaneros venezolanos, que antes combatían del lado realista; consiguió el apoyo económico y naval británico para la causa revolucionaria; aplicó con ri- gor el castigo a los españoles que rechazaban la independencia de las colonias; proclamó la abolición de la esclavitud; demostró excepcional capacidad para movilizar a sus ejércitos, por ejemplo, en el cruce de los Andes, desde los llanos del Orinoco hasta las tierras de Nueva Granada; y redactó numerosas proclamas y documentos orientados a concretar sus planes de unión de los nuevos países independientes, como lo fue la Gran Colombia, que comprendió tres Estados: Colombia, Venezuela y Ecuador.

Para 1820, cuando estalló la revolución liberal de Riego en España, Simón Bolívar tuvo la

oportunidad de abrirse camino en Venezuela, al abandonar la lucha el general Morillo, jefe de las tropas realistas, con lo cual le quedó el camino libre para lograr la independencia de Venezuela en 1823, crear las bases para la República de la Gran Colombia y planear el ataque al último bastión realista: Perú.

Río de la Plata

La rebelión rioplatense comenzó el 25 de mayo de 1810 en la ciudad de Buenos Aires, bajo la dirección de Mariano Moreno, Manuel Belgrano y Juan Castelli, y promovió la lucha

Capítulo 11 -

Independencia de las colonias ibéricas en América 115 sobre las diversas regiones del virreinato, produciendo la segregación de Paraguay, Alto Perú,

Córdoba, Tucumán y la Banda Oriental. Los paraguayos, que en un principio se opusieron a la intervención del gobierno de Buenos Aires, cobraron conciencia de que al combatir contra el ejército al mando de Belgrano coadyuvaban a mantener la dominación española. El 14 de

mayo de 1811 estalló en Asunción un levantamiento contra la administración colonial, bajo la dirección de José Rodríguez de Francia, quien proclamó la independencia y encomendó el poder a una junta encabezada por Fulgencio Yegrós. Con el tiempo, Rodríguez de Francia es electo “dictador supremo de la República”, ejerciendo una férrea dictadura de 1816 a 1840.

Chile y el Alto Perú

Ante la fuerza de la resistencia española, la Junta Revolucionaria de Buenos Aires encargó

al general José de San Martín dirigir las campañas militares, poniendo gran dedicación a las de Chile y Perú. Este líder logró conformar un ejército relativamente poderoso y bien pertrechado, cuya misión fue cruzar los Andes para liberar Chile (1817-1818). Gracias a la ayuda de lord Cochrane, marinero y aventurero inglés, embarcó a sus soldados en Chile y los desembarcó en la costa peruana, lo cual movió al virrey español a abandonar Lima y refugiarse en la zona montañosa (1821). Al año siguiente, en julio, se celebró la famosa entrevista de Gua-

yaquil entre San Martín y Bolívar, de la que resultó la decisión del primero de retirarse y dejar la dirección del ejército libertador a Simón Bolívar, quien bajaba desde el norte para dar el

golpe definitivo a Perú, el cual se efectuó en 1824 cuando José Antonio Sucre, lugarteniente

de Bolívar, ganó la batalla de Ayacucho.

Poco tiempo después, Sucre desplazó sus tropas hacia el Alto Perú (Bolivia), logrando

vencer las últimas resistencias coloniales en 1825, las cuales estaban encabezadas por Ola- ñeta, jefe realista que se mantuvo rebelde a la capitulación de Ayacucho, venciéndole en la batalla de Tumulsa. La asamblea reunida en Chuquisaca proclamó la independencia y la

soberanía del Alto Perú con el nombre de Bolivia, en honor a Simón Bolívar, y estableció un régimen republicano confiando el poder supremo a Bolívar, quien delegó el gobierno

a Sucre y de inmediato se expidieron varios decretos: la igualdad de derechos civiles de los indígenas con el resto de población, su liberación de presentación de servicio perso-

nal, el impuesto por persona y la eliminación de títulos nobiliarios. Bolívar marchó a Perú

y emprendió la elaboración de una constitución donde formuló principios políticos que tu- vieron significación para toda América Latina: la plena independencia, soberanía, libertad de conciencia e igualdad ante la ley. Conocida como Constitución bolivariana o vitalicia, fue adoptada el 9 de diciembre de 1826.

Sucre fue proclamado presidente constitucional, dividió la República en departamentos y fomentó la instrucción pública. Una revolución en 1828 lo derrocó y se anuló la constitución. Ocupó la presidencia el mariscal Andrés de Santa Cruz, quien ejerció un autoritarismo reno- vador al promover una reforma en la administración y la justicia, en tanto que reorganizó el

sistema de rentas. Bajo su dirección, se promovió la Confederación Perú-Boliviana (1836), de

la que se erigió “protector”, provocándole enfrentamientos con Chile en 1837 y 1839. Derrota- do en Yangay se deshizo la confederación y el país quedó sumido en la anarquía.

Uruguay

Los patriotas uruguayos decidieron levantarse en armas y José Artigas encauzó el movimiento independentista. Luchó con un ejército de más de 10,000 hombres y promovió un congreso federal que aprobó el estatuto provisional oriental, donde se contemplaba la confiscación de las tierras y otras propiedades, así como su reparto. Estas ideas federalistas se extendieron a las provincias de Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe y Misiones. Sin embargo, los portugueses

se apoderaron de la Banda Oriental en 1817 y, tras dura resistencia, Artigas tuvo que re- fugiarse en Paraguay y la Banda Oriental siguió bajo dominio brasileño hasta 1824. Al año siguiente, un alzamiento rural logró reconquistar parte de la Banda Oriental uniéndola a

Cispaltina. Más tarde, Buenos Aires inició una guerra contra Brasil y, por mediación no muy

desinteresada de Inglaterra, que pugnó por la creación de un Estado independiente, nació la República Oriental del Uruguay, que en 1830 dictó la primera Constitución.

Brasil

El caso brasileño merece trato especial por presentar rasgos peculiares en relación con las ca- racterísticas del proceso emancipador en el resto de América Latina. El bloqueo continental impuesto por Inglaterra a Francia impidió a Portugal continuar con una política de neutrali- dad hacia Napoleón, y optó por mantenerse dentro del bloqueo británico, lo que le costó la invasión de las tropas francesas.

La Corte portuguesa en pleno se trasladó a Brasil en 1808, y estableció, en Río de Janeiro, el Reino Unido de Portugal y Brasil. La presencia de don Juan, príncipe regente hasta 1817 y

luego rey con el nombre de Juan VI, favoreció los intereses comerciales ingleses, al transferir

para Brasil los privilegios económicos de los cuales se beneficiaba Inglaterra en Portugal, con

lo cual Lisboa desaparecería como intermediaria.

A partir de 1808, el gobierno portugués emprendió un conjunto de medidas para dotar a

Brasil de una infraestructura más adecuada y necesaria para el desempeño de su nuevo papel. El libre comercio entre Inglaterra y Brasil llegó a debilitar los frágiles lazos entre la

colonia y su metrópoli política, lo que le impidió al rey volver a Portugal, una vez que los franceses se retiraron de la península en 1813. Al estallar la revolución liberal en Portugal,

en agosto de 1820, el rey regresó a Lisboa, dejando como regente de Brasil a su hijo, el

príncipe Pedro. De ahí a la independencia brasileña no faltaba sino un simple paso. Las

Cortes portuguesas, al aprobar una nueva constitución, no hicieron mención de Brasil, ya que deseaban volverlo a la situación colonial; y por decreto dividieron a Brasil en provincias

subordinadas directamente a Lisboa, y dispusieron el regreso inmediato del príncipe regente a la metrópoli, privándola de su autonomía. En respuesta, el príncipe Pedro lanzó en Ypi-

ranga un manifiesto (1 de agosto de 1822), donde proclamó la independencia de Brasil y

estableció un imperio constitucional del que fue nombrado emperador constitucional bajo el nombre de Pedro I.

De inclinaciones liberales, pero autócrata en la práctica, Pedro I tuvo que enfrentarse

desde el primer momento con graves dificultades. Para consolidar la independencia de Brasil, tuvo que llegar a acuerdos con Gran Bretaña y el gobierno portugués, antes de conseguir el

reconocimiento de las otras potencias europeas. En la práctica, ello significaba asumir la res- ponsabilidad de las deudas contraídas por Portugal para conservar su colonia, la aceptación de una poderosa y privilegiada presencia comercial británica, así como la abolición del trá- fico de esclavos africanos en 1830. Estas medidas fueron impopulares entre los grupos locales, especialmente entre quienes participaban activamente en el comercio y se beneficiaban del tráfico de esclavos. Muchos se mostraban preocupados por las deudas contraídas por parte de un gobierno tambaleante, situación que se agravó cuando el país entró en guerra contra Argentina en 1825, por el control de la provincia Cisplatina, que concluyó con la creación de la República Oriental del Uruguay.

Entre 1832 y 1838 se produjeron cinco revoluciones federales, pero todas ellas fueron

contenidas, asegurando la unidad de Brasil. En 1840 Pedro II subió al trono e inició un nuevo

reinado que duró hasta el golpe de Estado republicano en 1889.

El traslado de la Corte, primero, y la proclamación del imperio, después, dieron a Brasil,

a diferencia de los países independientes de España, un gobierno local y unificado desde los comienzos de su vida política, con lo cual no sólo se evitó el desmembramiento territorial, sino que se logró una política de expansión —que no fue siempre exitosa— a expensas de los territorios vecinos. De igual manera le permitió escapar de las guerras civiles que asolaron

a las nuevas repúblicas de origen hispánico y que no pasaron en Brasil más que de simples

conspiraciones abortadas. Sin embargo, el lastre de una estructura social dominada por el gran latifundio y los intereses esclavistas impidió que el poder político aprovechara cabalmente aquellas ventajas iniciales.

Capítulo 11 -

Independencia de las colonias ibéricas en América 117

Consecuencias de las guerras de independencia

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