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ensayo titulado San Jorge por Inglaterra, desde el cual también es posible ver otra perspectiva respecto al héroe guerrero ―del que se habló en capítulos anteriores― y una contraposición de éste: el santo guerrero que, según es manejado por la voluntad y fantasía de Chesterton, puede ofrecer una imagen de la manera en la que el cristianismo enfrenta al dragón de la violencia:
San Jorge sabía muy bien lo que saben todos los soldados auténticos: que el único modo de matar a un dragón es dar al dragón la grave posibilidad de que le mate a uno. Y este método, que es el único, resulta demasiado desagradable para hablar de él. Como veis, estoy haciendo de San Jorge un personaje de acuerdo con mi voluntad y mi fantasía. Esta es la gran ventaja que tiene el santo desconocido. Por eso es por lo que el culto de los santos es mucho más libre que el culto de los héroes (Chesterton, 1997. p. 78).
El cristianismo ha atacado a la violencia con ese único modo en el que se le puede vencer: dándole a ella la grave posibilidad de que le mate, dándole la posibilidad a que el dragón de la violencia se haga cada vez más grande hasta que sea capaz de destruir el mundo. La capacidad de lograr hacer del santo desconocido una analogía de la manera de combatir del
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cristianismo, es una pauta de formulación de un modelo mimético capaz de responder a una manera de combatir a la escalada a los extremos, un modelo mucho más apropiado que el del héroe guerrero que cree tener el control de la violencia por la violencia.
El combate que llevan el cristianismo y la violencia tiene un carácter particular, que lo hace distinto del combate guerrero y que también hace de éste un combate no tan deseado por los creyentes y amantes de las resoluciones violentas:
Tiene que contender al mismo tiempo contra la falta de compasión de su enemigo y su propia compasión. Pero una vez más, tiene razón el drama legendario cuando hace que venza San Jorge. Cuando los cínicos modernos (que ignoran por completo el coraje y, por lo tanto, ignoran por completo la guerra) dicen que debemos ser más brutales si deseamos ser eficientes, olvidan que las civilizaciones más brutales son las menos eficientes. Las naciones orientales que torturan a sus cautivos son ellas mimas cautivas. Los salvajes que comen hombres no parecen prosperar con ello. Nuestra civilización europea tiene bastantes defectos, pero es en general la más fuerte. Pues la mente que puede imaginar sufrimientos es la misma que puede imaginar un arma nueva (Chesterton, 1997. p. 78-79). Esa manera de ataque en la que el cristianismo tiene que lidiar con la falta de compasión de los adversarios indiferenciados y su propia compasión respecto a ellos, intenta mostrar la evidencia de esa realidad mimética que sufre el dragón mismo, como si se tratase de un dragón de dos cabezas en el cual cada una intenta, mediante la violencia, reconocer su autonomía respecto a la otra, arrasando al mundo en el intento.
Esta “nueva postura” ética de atacar a la violencia con su propia verdad, es decir, con la dilucidación de las dinámicas del deseo, con el grito del silencio de la inocencia de la víctima y con la compasión y la sólida fragilidad de la renuncia al combate violento, es una postura más vieja que nueva. No se trata de una novedad que surge de la realidad desmesurada de la escalada a los extremos; se trata de una novedad que siempre ha estado allí, que incluso ha liberado esa escalada, que hacía al dragón más fuerte mientras mostraba que la única opción era renunciar a la violencia imitando el modelo cristiano. La “nueva ética” es tan vieja que parece una novedad en el contexto de una modernidad que ha ignorado que la respuesta estaba en el núcleo del problema:
Lo que se necesita es la imaginación verdaderamente divina que hace nuevas a todas las cosas, porque todas las cosas han sido nuevas. Eso sería realmente algo parecido a una nueva facultad mental. Pero la versión moderna del ensanchamiento mental tiene muy poco que ver con el ensanchamiento de las facultades mentales. Sería un gran don de la imaginación histórica poder ver todo lo que ha sucedido como si estuviera sucediendo o estuviera a punto de suceder. Esto se puede aplicar tanto a la historia literaria como a la política. Pues la historia literaria está llena de revoluciones, y no las realizamos a menos que las realicemos como revolucionarias (…) los poetas no se hacen añejos; sólo los críticos se hacen añejos, lo que es excusable con frecuencia, pero ni aun entonces tienen por qué jactasen de su ranciedad (Chesterton, 1997. p. 113-114).
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Así como esta idea de novedad se puede aplicar tanto a la historia literaria como a la política, se puede aplicar también a las posiciones éticas frente a la violencia. Admirar al cristianismo sólo como una antigüedad no tendría sentido; solo cuando se le admira como una novedad se tiene una visión auténtica de la fuerza que esa revelación tiene en la comprensión del fenómeno desatado por la imitación de adversarios indiferenciados. La revelación cristiana no se hace añeja, se hacen añejos sus críticos al no comprender el sentimiento esencialmente filosófico de encontrar una novedad sorprendente en el hogar de siempre.