4 Project set-up, roll-out and implementation
4.1 Target groups
pueblos en el que aquello que entraba al territorio no era un francés conquistador sino un revolucionario libertador, se puede determinar que la renuncia a esta base es uno de los fallos fundamentales en aquellas campañas en las que Bonaparte se vio empantanado. Además, en el caso de la entrada de Napoleón a España, se puede identificar una manera de lucha que también es determinante en la escalada a los extremos acelerada a partir de dicha época, la cual consiste en las luchas irregulares contra los primeros ejércitos regulares, hecho constatado en la lucha del partisano español contra el ejército napoleónico. “La guerra de partisanos es exactamente contemporánea a la transfiguración que Napoleón imponía a los ejércitos de antaño” (Girard, 2010. p. 109).
La extensión de la revolución francesa a través de tambores de guerra constituye el momento en el que el ruido de los conflictos violentos y sus consecuencias de furia mimética detonan más allá de su propia época, expandiendo de forma acelerada fenómenos violentos que en la actualidad permiten ver que se está más cerca de la paz de los cementerios que de la paz entre todos los pueblos.
Se considera que la batalla del Bruch rompió el mito de la imbatibilidad del ejército de Napoleón. Se trató de una batalla caracterizada por el debilitamiento del ejército francés a causa de una guerra de guerrillas, en la que el ejército organizado se veía enfrentado en constantes emboscadas de un ejército informal, sin caballería ni jefes militares, ciudadanos armados46 que fueron capaces de resistir las abatidas del ejército francés luego de que éste saliera victorioso frente al ejercito formal español.
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En dicha batalla se originó una leyenda sobre el sonido del tambor del Bruch. El ejército napoleónico, luego de sufrir una emboscada en su camino hacia Lérida y Zaragoza, se reagrupo de nuevo en Barcelona y salió diez días después de esa primera batalla prevenido de cualquier ataque partisano. Mientras avanzaba por un municipio de Cataluña llamado Collbató, los somatenes –que desde la primera batalla habían preparado y fortificado sus defensas—esperaban el ataque francés. Se cuenta que mientras marchaba el ejército napoleónico hacia las defensas de los somatenes, se escuchó el sonido atronador de muchos tambores que les esperaban; creyeron que dicho sonido significaba que las tropas del ejército español se habían unido a los somatenes, de manera que emprendieron la huida de nuevo hasta Barcelona. Se cuenta que el sonido de dichos tambores provenía de solo uno, que aprovechando el eco del collado de las Torres de Can Maçana ―cerca del macizo de Montserrat― dio la ilusión de miles de tamborileros, un ruido de guerra aterrador:
Nosotros solamente hablaremos sobre los tambores de la guerra, el cual mide el ritmo de los soldados en las marchas militares. La música, siendo una de las más elaboradas expresiones de la cultura, presenta antiguas relaciones con la violencia, que van más allá de los más primitivos combates, donde los gritos y silbidos substituyen a los golpes de protección para crear un sonido el cual no solamente tiene el propósito de evitar el miedo de los que crean el sonido, sino también de inyectar el terror en el enemigo. Además, y en nuestros días, los aparatos militares utilizan tambores para dar órdenes que se espera que se utilicen de manera unánime, con un cierto ritmo, generando en los combatientes este espíritu en sus cuerpos, de unidad cerrada, característico de las armadas. Por consiguiente, hablamos de los tambores para referirnos a las soluciones que son construidas por estrategias exacerbadas de rivalidad, y los cuales aseguran como solución la eliminación del adversario (Solarte y Rodríguez, 2014. p. 4-5) 47.
En el caso de la leyenda de la batalla del Bruch los tambores de guerra fueron la estrategia para vencer al enemigo, la disuasión generada por el terror que anunciaba la ilusión de miles de tamborileros evitó una confrontación violenta y el aniquilamiento de las fuerzas de los somatenes; hay que reconocer que la estrategia pudo ser contraproducente si las fuerzas napoleónicas se hubiesen encontrado con la posibilidad de reagruparse; llegado ese caso, retomarían un ataque con mayor número de soldados y se encontrarían con una minoría de fuerzas catalanas y un tambor.
El ruido del tambor, en su sublimación del sentimiento de guerra, simboliza la lógica militar, la opción más recurrida para la resolución de los conflictos. El tambor simboliza la dinámica del duelo, en la que se cree que la aniquilación del otro es la única solución posible para la solución del conflicto; simboliza la preponderancia de la defensa sobre el ataque, la creencia en la violencia productiva y la reciprocidad violenta entre los adversarios:
Pero nos preocupamos por los cambios producidos en los sujetos que se encuentran inmersos en estos procesos de resolución de conflictos: mientras el proceso de resolución de conflictos logra cambiar la percepción de las ‘causas’ que son atribuidas a su origen, o si hay algún cambio en las concepciones de los sujetos individuales y colectivos que participan, es esto, si son capaces de salir de la lógica de la guerra o no: el origen o la causa deben estar confusos, y el rival debe desaparecer como tal, en vez de aparecer con una cara menos maligna (Solarte y Rodríguez, 2014. p. 5) 48.
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El intento de resolución del conflicto por medio de la violencia muestra, más que una esperanza de un orden pacífico establecido por un vencedor, una fatalidad en la que belicismo y pacifismo tienden a ser dobles miméticos, tienden a complementarse. De ese modo, si los adversarios quieren la guerra al mismo tiempo, se neutralizará el accionar violento de los dos, tal y como sucedió en la guerra fría y su disuasión nuclear, pero, en cambio, si alguno de ellos desea más que el otro esa guerra, lo más posible es que el que la desea menos la rechace tanto más:
Esos fenómenos son imprevisibles, escapan a nuestros encuadres racionales. (…) El primado de la defensiva por sobre la ofensiva nos proporciona así una de las claves de ese acontecimiento. La defensiva quiere la guerra. Y la ofensiva quiere la paz. En esta oportunidad, los franceses de 1923 quieren preservar las adquisiciones de la victoria: una paz precaria que defenderán a toda costa; por ella van a invadir Alemania. Ya en plena regresión demográfica, se vuelven belicistas por pacifismo. En ese momento, Hitler está en una posición que lo vuelve plenamente capaz, ya que él fue el primero en invadir, “no invadirá” Francia rearmando a Renania, sino que “dará respuesta” a la agresión de que su país fue objeto: el rearme de Renania es su primer contraataque. Se confirmará decisivo (Girard, 2010. p. 263).
El intento de llegar a la paz con el uso de la violencia provoca lo que se desea evitar. El deseo de paz de Napoleón le hace declarar la guerra, le hace redoblar más tambores, para preservar la paz invade Alemania. El deseo de paz de la Alemania de la Primera Guerra Mundial le hace extender la guerra hacia las colonias de las grandes potencias, hacia el mar, el aire, el desierto y las montañas, aumenta la escalada a nivel planetario, pone en todo el mundo una trinchera, bajo nubes de gas, niebla, humo y sangre, para establecer una paz alemana. Inglaterra condena a muerte por hambre a todo un país con un bloqueo comercial que busca una paz aliada; la voluntad de paz de los franceses perpetúa lo absurdo de Verdún. Siguen construyendo sus monumentos a los caídos, sin haber pensado realmente qué acababa de suceder: su arrogancia de pedestres vencedores no podía hacer otra cosa que exasperar a su adversario. “Cuanto más quiero la paz –es decir, la conquista-, más procuro afirmar mi diferencia, y más preparo una guerra que no domeñaré, que se valdrá de mí. Así, la indiferenciación se vuelve planetaria, la violencia mimética crece sin que lo sepan sus actores” (Girard, 2010. p. 264) 49.
Cada uno de aquellos casos en los que se pueden rastrear las características de la guerra como duelo han acelerado la historia hacia una escalada cada vez más violenta, con un armamento cada vez más avanzado y efectivo. Las limitantes de las guerras del pasado son superadas y optimizadas en el presente. Dada la dinámica de la violencia, las condiciones que tienen las guerras reales para llegar a ser una guerra absoluta están por cumplirse, la concreción de la guerra y su concepto cada vez están más cerca. En esas guerras reales se puede encontrar cómo lo que puede escalar a los extremos (hacia la guerra de exterminio), también puede descender hacia la mera observación en armas. “Extraño y fascinante movimiento pendular que escapa a toda razón” (Girard, 2010. p. 266).
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3.2.3. La paz imperfecta. Además de esa observación armada en la que es evidente la fuerza de la escalada para retomar