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Tal como nos explicaba en el sur de Jordania el hombre que cumplía la función de guía de montaña junto a su águila, encarnar una vida física tiene como resultado que la partícula de nuestra esencia espiritual que se proyecta al punto de encarnación se revista de varias envolturas energéticas que tendrán un impacto determinado en nuestra consciencia durante el periodo de encarnación.

Aparte de las envolturas física y física invisible correspondiente a nuestro cuerpo físico y nuestro espíritu humano se suma todo el caudal energético correspondiente a la herencia atávica propia de la especie, la herencia genética, la cultura inmediata y ancestral en nuestro punto de encarnación y todos los constructos colectivos e individuales relacionados a la constitución de nuestra personalidad.

A lo mencionado debemos agregar también aquello que asimilamos de manera consciente e inconsciente como

entendimiento de la vida, el mundo y nosotros mismos en base a nuestras experiencias tempranas que más impacto tuvieron en nosotros a nivel emocional, aspecto que también forma parte de nuestra personalidad en la estructura de nuestro carácter y todo aquello asimilado en nuestro aprendizaje familiar y social.

En concreto nacemos en un medio social especifico, dentro de una familia que tiene determinadas características espirituales, físicas y psíquicas que son determinantes para el desarrollo de nuestra personalidad; por lo tanto se entiende que desde lo que es nuestra esencia espiritual hasta lo que resulta en nuestra expresión en el medio físico podríamos decir que existen un cantidad de círculos o envolturas energéticas que emiten estímulos hacia nosotros mismos y frente a esos estímulos debemos responder espiritualmente de acuerdo a lo que las leyes espirituales determinan como expresión necesaria para evolucionar frente a cada acontecimiento, experiencia y/o prueba de vida.

Cabe señalar que todo aquello que llega a nosotros desde las esferas espirituales es una respuesta positiva y de ayuda para que nuestra experiencia de vida maximice las posibilidades de evolución que una vida humana puede lograr y ello lo determina la ley como en una especie de ecuación resolutoria donde como variables fundamentales intervienen nuestro Karma y nuestro esfuerzo por

desenvolvernos positivamente dentro de toda esa convergencia de energías que mencionamos.

Para ser más concretos vamos a recordar el caso de Felipe, una persona allegada al pequeño hombre de aspecto imponente que usaba sombrero y que parecía tener un destino desgraciado y lleno de severos tropiezos. Felipe no parecía dar en el clavo con la vida, sin embargo, el pequeño hombre era testigo de cómo era guiado directamente por una entidad poderosa y superior que había intercedido ante la divinidad por él y que aun sin ser comprensible para él mismo, dentro de su trágica vida lo ayudaba a que las pruebas dolorosas que tenía maximizaran su karma y el aprendizaje que tenía que hacer en esta vida.

Según comentaba el pequeño hombre Felipe había mordido en varias oportunidades la carnada del anzuelo que le tendió el orden negativo de la existencia y había traspasado los límites del caso, adonde se dirigía había una legión oscura que conformada por unos extraños seres negativos que se movían a la par de sus hechos de vida y con antelación a sus decisiones, tejían hechos de desgracia sobre el abanico de posibles caminos que Felipe podría tomar con sus decisiones, siendo así las cosas, salía de una para entrar en otra complicación pero el ser poderoso y positivo que lo guiaba buscaba que aprendiera con esas pruebas todo lo necesario para desarrollar la fuerza espiritual y superar todo aquello que por sus actos lo mantenía sumergido en el nivel

energético necesario para que esas entidades oscuras lo perjudicaran.

En síntesis, lo que la evolución requiere para nuestro progreso evolutivo es que la energía primogénita universal del amor a través de la cual fuimos creados y que impulsa la existencia universal siga incólume en su acción en nosotros mismos a pesar que la influencia de esos revestimientos energéticos inferiores que influyen en nuestra consciencia se convierta hasta por momentos en el objeto de nuestra actividad consciente e incluso en la realidad misma.

De acuerdo a lo mencionado hasta el momento es una necesidad ineludible para nuestra vida buscar en todo momento elevar nuestro interno a las fuentes de energía vital y espiritual que en la unicidad son el amor universal y en la diversificación propia de los niveles físicos, sin dejar de ser en esencia amor primogénito, el mismo se diversifica en todas las energías físicas y espirituales necesarias para alimentar todos los aspectos del acontecer de la vida para que la misma sea trazable y sincrónica a la realidad divina en cualquier punto del universo en que nos encontremos. En nuestro nivel de existencia es el dolor lo que oficia como un medio para darnos aviso de que debemos elevar y transformar todo ese cumulo de envolturas energéticas que rodea nuestra vida física y que fue atraída por nosotros mismos en esta presente encarnación y en otras anteriores.

Tal como nos explicaba la mujer de la túnica azul del sur de Jordania la función que tienen los seres cristicos reintegrados que guían la vida, las experiencias y la evolución en nuestro planeta es la de enviar desde la divinidad como mentores y canales todas las energías espirituales necesarias para que la vida en su conjunto en todos sus reinos y niveles de existencia evolucione de acuerdo a lo que las leyes que rigen el universo determinan, ya sea en lo global, en lo colectivo y en lo individual de cada uno de nosotros y así como Felipe todos los seres del mundo nos encontramos transitando procesos similares, cada uno de acuerdo a su propio karma que concatenado con el de otros forma una red vincular espiritual que puede generalizarse como el karma de cada colectivo identificable a través de nuestra percepción y en su nivel más general como el Karma de la humanidad en su conjunto

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