• No results found

CHALLENGE PARTNERSHIPS

3.2 Target groups

En su trabajo Metapsicología (1913-1917) Freud planteaba que la cualidad conciente de las representaciones estaba dada por su presencia en la percepción y la conciencia, mientras que la cualidad inconciente de algunas representaciones de la vida anímica solo se reconocían por los efectos distorsionadores que ejercían sobre los comportamientos motrices y verbales cotidianos, sobre el cuerpo y sus órganos, sobre los sueños durante el dormir y sobre la aparición los síntomas neuróticos o psicóticos. La definición sencilla sobre las cualidades concientes e inconscientes de las representaciones mentales, de las ideas, y las imágenes (primera tópica freudiana). Para que las ideas inconcientes pasen a la conciencia tienen que vencer, según Freud, algunas resistencias. En sus propias palabras, lo inconsciente

“[…] es una fase regular e inevitable de los procesos que cimentan nuestra

actividad psíquica; todo acto psíquico comienza por ser inconsciente y puede continuar siéndolo o progresar hasta la conciencia, desarrollándose según tropiece o

no con una resistencia” (p. 1079)

En su trabajo Lo inconciente (1915) pasó a usar el término con un sentido sistémico, y se refirió al sistema Cc o conciente, al Prec o preconciente, susceptible de convertirse en consciente, y el Inc, que permanece como sistema ajeno a la conciencia. En

ese documento afirmaba que el Sistema Inc estaba constituido por “representaciones de

instintos que aspiran a derivar su carga” por desplazamiento o por condensación y cuyo destino depende de la fuerza que adquirieran en el proceso. Bajo este sistema no hay negación, ni duda, ni inseguridad, ni contradicción. Todo lo cual permite sustituir la realidad exterior por la psíquica, sin consideración ninguna al tiempo o al espacio en que se dieron, lo cual permite su transferencia. Allí rigen los impulsos inconscientes. Por el

contrario en el sistema Prec no se producen o son muy limitados los desplazamientos o condensaciones. En este sistema hay comunicación entre los contenidos de las ideas, que se influyen entre sí, se ordenan cronológica y espacialmente y son censuradas. Este sistema está en contacto con la realidad y se rige por el principio de realidad.

Los sistemas se relacionan entre sí. Lo inconciente puede pasar a ser preconsciente si vence la censura. Lo conciente puede permanecer latente durante mucho tiempo o reprimirse con mayor o menor fuerza al sistema inconsciente, teniendo después que vencer resistencias para regresar al conciente, a través de ramificaciones y deformaciones como las que se dan en los sueños, o que se expresan en el cuerpo o en comportamientos individuales o sociales. En Más allá del principio del placer (1920) continúa elaborando sus ideas sobre el sistema P.Cc cuando afirma que como entidad receptora constituye el límite entre el mundo exterior (percepciones) y el interior (sensaciones), cumpliendo a veces una función protectora frente a las tensiones. Cuando esta función falla se produce la angustia. A manera de resumen afirma que

[…] una de las más tempranas funciones del aparato anímico es la de ligar los impulsos instintivos afluentes, sustituir el proceso primario que lo rige por el secundario y transformar su carga psíquica móvil en carga fija. De esta manera no se desarrolla el displacer y el principio de placer no queda derrotado. La ligadura asegura su dominio (p. 2540).

La dimensión estructural (segunda tópica freudiana) es presentada por Freud en su trabajo El Yo y El Ello (1923). Allí define la existencia dentro del aparato psíquico de tres instancias: ello, yo, superyó; cuyas características, tensiones y relaciones aclara. Para Freud es claro que el yo, instancia intermedia entre el mundo interior y exterior, está sujeto a tres amos: el ello con sus exigencias instintivas, el superyó con las exigencias normativas de los objetos interiorizados y la realidad externa. Del Yo, afirma Freud

[…] depende la conciencia; él gobierna los accesos a la motilidad, vale decir: a la descarga de las excitaciones en el mundo exterior; es aquella instancia anímica que ejerce un control sobre todos sus procesos parciales [...] De este yo parten también las represiones, a raíz de las cuales ciertas aspiraciones anímicas deben excluirse no sólo de la conciencia, sino de las otras modalidades de vigencia y de quehacer. (1923. p. 3)

De esta entidad psíquica, Freud asevera que busca transformar el ello a partir de sus propios elementos vinculados a la realidad externa y a través del sistema de percepción-conciencia: “(el yo) se afana por reemplazar el principio de placer, que rige irrestrictamente en el ello, por el principio de realidad” (1923, p. 5). Para el yo, la razón

cumple el papel que en el ello corresponde a la pulsión; el yo intenta satisfacer las demandas del ello de forma que no se contrapongan a la realidad. Además, debe conciliar con las imposiciones hechas por el superyó, Es por esto que es posible nombrar al yo como moderador del aparato psíquico, aunque en ocasiones no logre controlar los conflictos entre las otras instancias:

La importancia funcional del yo se expresa en el hecho de que normalmente le es asignado el gobierno sobre los accesos a la motilidad. sí , con relación al ello, se

parece al jinete que debe enfrenar la fuerza superior del caballo, con la diferencia de que el jinete lo intenta con sus propias fuerzas, mientras que el yo lo hace con fuerzas prestadas. Este símil se extiende un poco más. sí como al jinete, si quiere

permanecer sobre el caballo, a menudo no le queda otro remedio que conducirlo adonde este quiere ir, también el yo suele trasponer en acción la voluntad del ello como si fuera la suya propia. (Freud, 1923. p. 5)

El yo, por tanto, es una instancia que se origina vive y se alimenta de las otras dos instancias que, a su vez, lo alimentan para que combatan a su favor:

El yo se enriquece a raíz de todas las experiencias de vida que le vienen de afuera; pero el ello es su otro mundo exterior, que él procura someter. Sustrae libido al ello, trasforma las investiduras de objeto del ello en conformaciones del yo. Con ayuda del superyó, se nutre, de una manera todavía oscura para nosotros, de las experiencias de la prehistoria almacenadas en el ello (Freud, 1923. p. 13).

Los anteriores movimientos son realizados por el yo buscando la mayor satisfacción posible para el ello, pero adecuando sus acciones a las demandas del mundo exterior. Freud manifiesta que, en pro de mantener un equilibrio entre las instancias y la realidad, el yo utiliza mecanismos de defensa que ayudan a desviar el displacer. No obstante, estos no son

originados desde la conciencia: “Hemos hallado en el yo mismo algo que es también

inconciente, que se comporta exactamente como lo reprimido, vale decir, exterioriza efectos intensos sin devenir a su vez conciente, y se necesita de un' trabajo particular para

hacerlo conciente”(Freud, 1923. p.3). Desde esta afirmación se puede constatar la esencia

del yo; para Freud, esta instancia proviene del ello, diferenciado exclusivamente para interactuar con el mundo externo:

La ponderación más inmediata nos dice que el ello no puede vivenciar o experimentar ningún destino exterior si no es por medio del yo, que subroga ante él al mundo exterior. Ahora bien, no puede hablarse, por cierto, de una herencia directa en el yo. Aquí se abre el abismo, la grieta, entre el individuo real y el concepto de la especie. En verdad, no es lícito tomar demasiado rígidamente el distingo entre yo y ello, ni olvidar que el yo es un sector del ello diferenciado particularmente (Freud, 1923. p. 9).

Como vía de acercamiento a la realidad, el yo se beneficia del sistema de percepción-conciencia:

El yo se desarrolla desde la percepción de las pulsiones hacia su gobierno sobre estas, desde la obediencia a las pulsiones hacia su inhibición. En esta operación participa intensamente el ideal del yo, siendo, como lo es en parte, una formación reactiva contra los procesos pulsionales del ello (Freud, 1923. p. 14)

El ideal del yo, que posteriormente se conocerá como superyó, también tiene elementos que se pueden adjudicar al ello:

El ideal del yo es, por lo tanto, la herencia del complejo de Edipo y, así, expresión de las más potentes mociones y los más importantes destinos libidinales del ello. Mediante su institución, el yo se apodera del complejo de Edipo y simultáneamente se somete, él mismo, al ello. Mientras que el yo es esencialmente representante del mundo exterior, de la realidad, el superyó se le enfrenta como abogado del mundo interior, del ello. Ahora estamos preparados a discernirlo: conflictos entre el yo y el

ideal espejarán, reflejarán, en último análisis, la oposición entre lo real y lo psíquico, el mundo exterior y el mundo interior. (Freud, 1923. p. 8).

Aunque la energía que moviliza al superyó proviene del ello, cabe aclarar que el mundo externo juega un papel fundamental en su formación; el contacto con los otros es necesario para que se inicie el proceso de idealización. Cuando la vivencia del complejo de Edipo entra a jugar un rol primario en la vida psíquica del individuo, el yo internaliza el proceso, a su vez uniéndolo con diversas experiencias arcaicas que se encuentran en el ello, y dependiendo del manejo que el yo le haya dado a esta vivencia, se podrán discriminar ciertas características en el superyó:

La historia genética del superyó permite comprender que conflictos anteriores del yo con las investiduras de objeto del ello puedan continuarse en conflictos con su heredero, el superyó. Si el yo no logró dominar bien el complejo de Edipo, la investidura energética de este, proveniente del ello, retomará su acción eficaz en la formación reactiva del ideal del yo. (Freud, 1923. p. 9)

Por lo anterior, Freud asevera que es en el superyó donde podemos evidenciar la mayor cantidad de historia filogenética del individuo, porque aunque en un principio es acumulada en el ello, el yo extrae estos contenidos ligados a la energía necesaria para la creación del superyó. A simple vista, el superyó pareciera entonces estar formado por los restos de las primeras relaciones objetales del individuo; Sin embargo Freud justifica lo contrario:

[…] el superyó no es simplemente un residuo de las primeras elecciones de objeto

del ello, sino que tiene también la sígnificatividad {Bedeutung, «valor díreccional»}

de una enérgica formación reactiva frente a ellas. Su vínculo con el yo no se agota en la advertencia: «Así (como el padre) debes ser», sino que comprende también la

prohibición: «Así (como el padre) no te es lícito ser, esto es, no puedes hacer todo lo

que él hace; muchas cosas le están reservadas». (Freud, 1923. p. 7)

Freud puntualiza así que la rigidez y dureza con la que el superyó arremete sobre las decisiones del yo está ligada a la intensidad y rapidez con la que se reprimió el conflicto

edípico, lo cual posteriormente se manifestará “[...] como conciencia moral, quizá también como sentimiento inconsciente de culpa, sobre el yo” (Freud, 1923. p. 8). Esta severidad

repercutirá en la forma como el yo reacciona frente a los contenidos provenientes tanto del ello como de la realidad; es más que probable que los mecanismos defensivos formados por esta instancia mediadora tomen parte de esta rigurosidad, siendo esto una más que probable vía para el síntoma.

La dimensión dinámica. Los mecanismos de defensa que utiliza el yo para extraer el mayor placer posible de cada experiencia varían según el individuo (y de la estructura psíquica dominante en éste). En esta investigación se reflexionará en torno a dos de estos mecanismos: la negación y la proyección. Para Freud (1925), la negación es un mecanismo en el que es posible evidenciar el deseo del individuo, aunque para éste sea virtualmente imposible reconocerlo como un anhelo propio a pesar de devenir consciente:

[...] un contenido de representación o de pensamiento reprimido puede irrumpir en la conciencia a condición de que se deje negar. La negación es un modo de tomar

noticia de lo reprimido; en verdad, es ya una cancelación de la represión, aunque no, claro está, una aceptación de lo reprimido. (Freud, 1925. p. 60)

Este mecanismo permite percibir contenidos que previamente se encontraban reprimidos, pero que a causa de algún fenómeno externo (como un proceso terapéutico) empiezan a manifestarse en la conciencia. Sin embargo, al ser contenidos censurados, no pueden ser aceptados plenamente por el yo: Freud (1925) afirma que la función intelectual

está encargada de “[...] afirmar o negar contenidos de pensamiento” (p. 60), impedir que el

contenido pase a la conciencia de manera intacta, pero a su vez se libra de ser

restricciones de la represión y se enriquece con contenidos indispensables para su operación (Freud, 1925. p. 60).

La proyección por su parte es un mecanismo primario del aparato psíquico, pues se presenta desde las etapas más tempranas de su existencia. Freud (1901) describe como normal este mecanismo, debido a la necesaria repulsión (y expulsión) de los contenidos que no pueden admitirse dentro de la psique. El yo por lo tanto se encarga de encontrar un objeto externo a quién culpar por el origen del displacer interno (los cuales se originan en

las excitaciones o pulsiones): “se tenderá a tratarlas como si no obrasen desde adentro, sino

desde afuera, a fin de poder aplicarles el medio defensivo de la protección anti-

estímulo.”(Freud, 1920. p. 7).