2 MATERIALS AND METHODS
3.6 Targeting of EDS1 to the nucleus
La apertura es el medio clave para que se dé la comunicación abierta, transparente y terapéutica en el grupo de vida. Si la comunicación se limita a la expresión de ideas, análisis de la temática, o relatos de vivencias en forma de anécdotas, el grupo corre el riesgo de convertirse en un espacio académico o quizá recreativo. La auto-apertura exige, además de la revelación de la realidad personal (¡sin menoscabo del derecho a la privacidad e intimidad personal!), la capacidad de compartir y vivenciar grupalmente, las reacciones generadas en el intercambio de la vida diaria entre los miembros del grupo, al interior y fuera de éste.
11. Confrontación
tarea de ser "piedra de moler"[80]. Confrontarse es una de las funciones fundamentales del grupo y una condición para el crecimiento personal y grupal.
La confrontación es una invitación constructiva a la coherencia, a la destrucción de barreras, a la autenticidad, al reconocimiento de las dificultades y las potencialidades personales, y al compromiso. Es sana en la medida en la que se confronte desde las reacciones del que comparte y no desde los juicios propios de quien confronta; si se hace de forma positiva: con cuidado, sensibilidad y responsabilidad, es decir, sin hostilidades, indirectas, o ataques, que puedan hacer sentir a la persona juzgada y rechazada. Una confrontación grupal bien llevada, invita a la autoconfrontación.
12. Confidencialidad
La confidencialidad, además de ser una condición fundamental para que se cumpla la función terapéutica del grupo, es un requisito inviolable dentro de la dinámica del grupo de vida. La intimidad de cada uno es un terreno privado y sagrado que se descubre ante los otros, sólo cuando es motivada por la esperanza y el compromiso con el cambio, y respaldada por el sentimiento de confianza, aceptación, empatía, interés y libertad que se experimenta ante los miembros del grupo. Una vez terminada la sesión del grupo de vida, este terreno de la intimidad vuelve a ser un espacio cerrado y absolutamente privado, que exige a cada miembro, el silencio y la reserva de lo acontecido allí.
Actitud fundamental del grupo de vida
El papel del grupo de vida en este taller es, fundamentalmente, ser "piedra de moler", es decir, ayudar a expandir la sensación que se produce en determinados momentos.
Por esto, no mima, sino que ayuda a expresar lo que se vive… acoge lo que está viviendo el otro, pero sin zalamerías. Abre espacio para que el problema se exprese.
Lo que se comparte en el grupo de vida fundamentalmente es el NER… ¡Eso es lo que enriquece!. No hay que llenar de datos a la gente, no hay que contarlo todo sino lo que fue novedad. Si en el momento del compartir la sensación, ésta vuelve a surgir, hay que trabajarla ahí. ¡Esa es una gran oportunidad!
Se sabe que la persona está otra vez en la sensación porque hay repercusión corpórea: movimiento de los ojos, cambio de la respiración, del tono de voz… Una clave importante es saber que cuando la persona está hablando de sí misma, de lo que está viviendo y sintiendo, mira hacia abajo: mira al corazón.
Cuando alguien entra en la sensación, alguno de los del grupo (sólo uno) debe asumir el papel de piedra de moler; los otros pueden ayudarle con notas o gestos, pero no hablando.
► Hacer el trabajo de piedra de moler: ayudar a que la persona se meta en la
sensación y la explore.
► Invitarla a fijarse en el "ancla", a localizar lo que está sintiendo y expresando, en
una parte de su cuerpo.
► Fijarse en los verbos (siento, me gusta, me duele, experimento, sufro…), los
adverbios (dónde, cuándo, cómo, quién...). Cuidar que se permanezca en la lógica de la sensación y no se vaya para la lógica de la razón.
► Llevarla nuevamente a la sensación cuando se vaya al por qué o al porque…
► Proponer preguntas que lleven a reconocer cuándo ha sentido esto otra vez, para
ayudar al cambio de plano.
Lo que hay que ir explorando es que la sensación diga de dónde viene, cuándo se grabó eso que se está actualizando ahora.
Saber que posiblemente se sienta muy profundo, que tal vez se establezca mucha sintonía con la persona que está explorando su sensación, pero que no se puede permitir perder la lucidez, ni meterse a vivir la sensación del otro.
El ejercicio del "qué me habita" es el que entrena para ser acompañante personalizado o en grupo, pues si se sabe hacer ese ejercicio, se sabe acompañar porque se puede saber por dónde va el otro y se puede ayudar a que vaya profundizando para hacer cambios de plano e ir a las causas reales.
Además de ayudar a la exploración, hay que ayudar a la sutura[81]… ¡el arte más bonito del acompañamiento es suturar y que no quede señal!
Es posible que al interior del grupo de vida (o del grupo plenario) surjan conflictos, choques y dificultades: no hay que trabajarlos desde la razón sino invitar a trabajarlos desde la sensación. Hay que asumirlas como posibilidades de trabajo pues si se miran sólo como malestar, se deja perder toda la riqueza que conllevan.