4.4 Developing Technology
4.4.1 Technology to Support Change
Extremera y Fernández-Berrocal (1998) sostienen que esta habilidad se refiere al grado en el que las personas identifican sus emociones, así como los estados y sensaciones fisiológicas y cognitivas que estas conllevan.
También afirman que esta habilidad incluye la percepción de los estados emocionales de otras personas, objetos, colores y diseños mediante el lenguaje, el comportamiento, el sonido o la apariencia.
También abarcaría la capacidad para expresar las emociones y los sentimientos percibidos en los demás y las necesidades asociadas a los mismos en el momento oportuno y del modo correcto, esta habilidad implicaría la facultad para discriminar acertadamente la honestidad y sinceridad de las emociones expresadas por los demás.
Por ejemplo, un bebé percibe su llanto de malestar o su alegría reflejada en la cara de sus padres que experimentan y viven, de manera empática, los sentimientos de su hijo, conforme crece, su percepción y evaluación emocional empezará a discriminar con más exactitud entre una sonrisa sincera y otra de carácter educado o irónico.
Mayer, Di-Paulo y Salovey (1990) precisa que la IE constituye una habilidad para manejar las emociones propias y las de los demás. De esta manera, la percepción de emociones se perfila como un proceso psicológico básico con carácter universal y
constituye una habilidad previa necesaria para elaborar cualquier estrategia de regulación emocional. La percepción de nuestras propias emociones y las ajenas modula la manera de comportarnos, de pensar y establece las pautas de interacción con los demás y las
estrategias a seguir. Por su parte, la capacidad de evaluación emocional facilita la formación de juicios y toma de decisiones. Por último, la expresión eficaz de emociones garantiza una comunicación efectiva con otras personas, permite conocer las necesidades y objetivos de los demás y mostrar nuestros temores, angustias y deseos.
Este es el aspecto clásico de las relaciones interpersonales, en ese sentido Goleman sostiene lo siguiente:
Thorndike propuso que la inteligencia “social”, un aspecto de la inteligencia emocional, nos permite comprender las necesidades ajenas y “actuar sabiamente en las relaciones humanas” constituye un elemento que hay que tener en cuenta a la hora de determinar el CI.
Otros psicólogos asumieron una concepción más cínica de la inteligencia social y la concibieron en términos de las habilidades que nos permiten manipular a los demás, obligándoles, lo quieran o no, a hacer lo que deseamos. Pero ninguna de estas
formulaciones de la inteligencia social tuvo demasiada aceptación entre los teóricos del CI y, alrededor de 1960, un influyente manual sobre los test de inteligencia llegó incluso a afirmar que la inteligencia social era un concepto completamente «inútil».
Pero, en lo que atañe tanto a la intuición como al sentido común, la inteligencia personal no podía seguir siendo ignorada. Por ejemplo, cuando Robert Stembeg pidió a diferentes personas que definieran a un «individuo inteligente», los principales rasgos reseñados fueron las habilidades prácticas.
Una investigación posterior más sistemática condujo a Stemberg a la misma conclusión de Thomdike: la inteligencia social no solo es diferente de las habilidades académicas, sino que constituye un elemento esencial que permite a la persona afrontar adecuadamente los imperativos prácticos de la vida.
Uno de los elementos de la inteligencia práctica que suele valorarse más en el campo laboral, por ejemplo, es el tipo de sensibilidad que permite a los directivos darse cuenta de los mensajes tácitos de sus subordinados. En los últimos años, un número cada vez más nutrido de psicólogos ha llegado a conclusiones similares, coincidiendo con Gardner en que la vieja teoría del CI se ocupa solo de una franja de habilidades lingüísticas y
tener éxito en el aula o quién va a llegar a ser un buen profesor, pero no tiene nada que decir con respecto al camino que seguirá la persona una vez concluida su educación.
Estos psicólogos han adoptado una visión más amplia de la inteligencia y han tratado de reformularla en una línea de investigación que retrotrae de que la inteligencia constituye un asunto decididamente «personal» o emocional.
La definición de Salovey subsume a las inteligencias personalesde Gardner y las organiza en cinco competencias principales:
1. El conocimiento de las propias emociones. El conocimiento de uno mismo, es decir, la capacidad de reconocer un sentimiento en el mismo momento en que aparece, constituye la piedra angular de la inteligencia emocional. La
capacidad de seguir nuestros sentimientos resulta crucial para la introvisión psicológica y para la comprensión de uno mismo. Por otro lado, la incapacidad de percibir nuestros verdaderos sentimientos nos deja completamente a su merced. Las personas que tienen una mayor certeza de sus emociones suelen dirigir mejor sus vidas, ya que tienen un conocimiento seguro de cuáles son sus sentimientos reales, por ejemplo, a la hora de decidir con quién casarse o qué profesión elegir.
2. La capacidad de controlar las emociones. La conciencia de uno mismo es una habilidad básica que nos permite controlar nuestros sentimientos y adecuarlos al momento. Examinar la capacidad de tranquilizarse a uno mismo, de
desembarazarse de la ansiedad, de la tristeza, de la irritabilidad exagerada y de las consecuencias que acarrea su ausencia. Las personas que carecen de esta habilidad tienen que batallar constantemente con las tensiones desagradables
mientras que, por el contrario, quienes destacan en el ejercicio de esta capacidad se recuperan de los reveses y contratiempos de la vida.
3. La capacidad de motivarse uno mismo. Comprende el control de la vida emocional y su subordinación a un objetivo resulta esencial para mantener la atención, la motivación y la creatividad. El autocontrol emocional —la capacidad de demorar la gratificación y sofocar la impulsividad— constituye un imponderable que subyace a todo logro. Y si somos capaces de sumergimos en el estado de «flujo» estaremos más capacitados para lograr resultados en cualquier área de la vida. Las personas que tienen esta habilidad suelen ser más productivas y eficaces en las empresas que acometen.
4. El reconocimiento de las emociones ajenas. La empatía, otra capacidad que se asienta en la conciencia emocional de uno mismo, constituye la “habilidad popular” fundamental. El costo social de la falta de armonía emocional y las razones por las cuales la empatía puede producir el altruismo. Las personas empáticas suelen sintonizar con las señales sociales que indican qué necesitan o qué quieren los demás y esta capacidad las hace más aptas para las
profesiones sanitarias, la docencia, las ventas y la dirección de empresas.
5. El control de las relaciones. El arte de las relaciones se basa en la habilidad para relacionarnos adecuadamente con las emociones ajenas. La competencia o la incompetencia social y las habilidades concretas subyacen a la popularidad, el liderazgo y la eficacia interpersonal. Las personas que sobresalen en este tipo de habilidades tienen éxito en las actividades vinculadas a la relación interpersonal.
Martín y Boeck (1998), a principios de los años noventa, Salovey y Mayer
propusieron para la inteligencia interpersonal e intrapersonal el nombre de “inteligencia emocional”. Gardner (1983, citado por Goleman ,1996) hizo mención a las inteligencias intrapersonal e interpersonal; sobre la primera se refirió al conocimiento de uno mismo y la segunda a la sensibilidad frente a otros.
Salovey y Mayer (1990, citados por Goleman, 1998) describían la IE como una forma de inteligencia social que implica la habilidad para dirigir los propios sentimientos y emociones y de los demás, saber discriminar entre ellos, y usar esta información para guiar el pensamiento y la propia acción.