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INTRODUCTION

1.3 Telaprevir

Arriba hemos señalado que la categoría imago Dei no es muy tenida en cuenta por R. Panikkar pero sí lo es la de filius Dei, precisamente por la lectura que él hace del acontecimiento de Cristo. En este sentido, debemos reconocer la amplitud y la profundidad con las cuales, tanto la antropología teológica panikkariana como la antropología teológica cristiana, desarrollan el tema de la filialidad divina. Sendos caminos encuentran su punto de anclaje en la revelación de Jesús, quien nos enseñó que Dios es Padre, Abba.

Panikkar lo dice de esta manera: “Jesús llama a Dios su Padre e invita a los suyos a que hagan lo mismo en virtud del Espíritu divino que mora en ellos (…). ‘Dios es Padre’ tiene un significado inclusivo de dador de vida (padre y madre)”37. Pero,

además, esta expresión subraya que Dios es particularmente Padre de Jesús, su Padre. Cuando decimos ‘particularmente’ no decimos ‘exclusivamente’, por eso, hay una extrapolación y asumimos la invitación. Vale la pena recordar aquella idea sutil de nuestro autor comentada en el capítulo anterior: “La relación Padre-Hijo es tan íntima que nos deslizamos o bien hacia una idea antropomórfica de Dios (Dios es Padre del hombre), o bien hacia una idea teomórfica del hombre (el hombre es Hijo de Dios)”38.

      

36 Ruíz de la Peña,

Imagen de Dios, 79.

37 Panikkar, La Plenitud del hombre, 122-123.

De otra parte, la antropología teológica39 explícita que estamos seguros de esta verdad evangélica porque se funda en la experiencia amorosa del Padre por su Hijo y viceversa, experiencia que nos permite decir que Dios es amor. La proclamación de la misericordia de Dios y del amor de Dios nos indica una relación nueva con Dios, la única en la que se tiene la manifestación plena del amor gratuito del Padre. He aquí la diferencia entre la relación de Dios y el hombre del Antiguo Testamento (Creador- creatura, Señor-siervo) y la del Nuevo Testamento (Padre-hijo). Hay una condición nueva a partir de Jesucristo: la filiación. “El hombre sabe y experimenta que Dios es padre para él. La certeza de que Dios lo considera un hijo a pesar de sus pecados le ayuda a no desesperar del amor de Dios y a superar la actitud del siervo”40.

En este mismo sentido, Panikkar41 retoma algunos textos neotestamentarios, entre

ellos el de Jn 15,5: Cristo es la vid y nosotros los sarmientos, para concluir que somos hijos del Padre como el Hijo también lo es. De hecho, san Agustín, comentando estas palabras, afirma que unius quippe naturae sunt vites et palmites [de la misma naturaleza son en efecto las vides y los sarmientos]. Pablo, el Apóstol de los Gentiles, no teme en citar a un poeta griego para decir que ya ahora “somos de su estirpe”, de su misma etnia (Hch 28, 28), como afirma la frase: “En el vivimos, nos movemos y somos”, ahora en el presente y no solamente en el futuro (1Co 15, 28). He aquí el resultado de la gracia, don gratuito de Dios al hombre. “La ‘vocación’ que llamó al Hombre a ser lo destinó, desde el principio, a ser Hijo de Dios, uno con el Hijo único”42. Sentirse acogido y amado por el Padre, como un alter Christus, es el destino del hombre pero, como no está sólo, es un sentimiento compartido que también se vuelca sobre los otros: todos somos hijos.

Cuando decimos “todos somos hijos” no estamos expresando una tautología, ni tampoco una verdad a priori. Simplemente, no se puede pensar al hombre sin pensar en la filiación. R. Panikkar43, debatiendo con uno de sus contrincantes intelectuales, dirá que R. Descartes dejó de lado la “conciencia de ser hijo” cuando formuló el

      

39 El tema de la filialidad es tratado por: Torres Queiruga,

Creo en Dios Padre; Lazcano, Dios, nuestro Padre; Ocaríz, Hijos de Dios en Cristo; Royo, Somos hijos de Dios.

40 Colzani,

Antropología teológica, 58.

41 Panikkar, La Plenitud del hombre, 125.

En otro de sus escritos, Panikkar hará alusión a 1Tm 2,5: “Porque no hay más que un Dios,y no hay

más que un hombre que pueda llevar a todos los hombres a la unión con Dios: Cristo Jesús” y a Jn 10,30 “Yo y el Padre somos Uno” para hacer una protesta contra la indeterminación moderna del ser

humano: “Cuando me niego a ser llamado “un ser humano”, o cuando critico el pensamiento

evolucionista, pretendo ser único y por tanto inclasificable, estoy reaccionado contra la invasión de la mentalidad científica moderna que tiende a obscurecer una de las experiencias humanas más centrales: la de ser único, divino, icono de la realidad, unido constitutivamente con la fuente de todo, un microcosmos que refleja la totalidad del macrocosmos; en una palabra, uno con el Padre, infinito, incomparable, no intercambiable […] El hombre, el hombre pleno, concreto y real, no es un elemento de una clasificación, es el clasificador. Y eso vale para cada uno de nosotros. Y la dignidad del hombre

consiste precisamente en ser consciente de ello. “Yo y el Padre somos uno”. Y esto es lo que se atrevió

a decir el mediador, anthrōpos Christos Iēsous (1Tim 2,5)” (Panikkar, La plenitud del hombre, 148).

42 Panikkar, La Trinidad, 91. 43 Panikkar, “Un pròleg atípic”, 14.

cogito ergo sum. O, dicho de otra manera más académica, el planteamiento “todos somos hijos” rompe con el solipsismo individualista de la modernidad. Además, Panikkar va un poco más allá, y encuentra un paralelismo entre “todos somos hijos” con el ya sabido “todos somos mortales”. Mientras que la convicción “todos tenemos un fin” pone nerviosos a muchos y se ha especulado demasiado sobre ella, la intuición “todos tenemos un origen” ha estado casi siempre olvidada. El pensamiento de la filiación es catártico porque, a diferencia del de la muerte, que es individual (“muero solo”), la conciencia de la filiación nos hace superar el individualismo (“nazco de unos padres”).

Por consiguiente, lo natural nos lleva a lo sobrenatural, la realidad inmanente nos muestra la realidad trascendente dentro de una relación advaítica. En otras palabras, nuestra experiencia humana de la filiación nos abre a la conciencia de que tener unos padres pertenece a la naturaleza misma del ser humano, por eso, “no extraña que una de las experiencias más universales de la humanidad es la de ver en la imagen del Padre (del padre y de la madre) el icono menos imperfecto de aquel misterio que no tiene ningún nombre que lo limite pero que los tiene todos porque todo nombre no es más que una expresión. Las dificultades teológicas del Dios Padre se hacen grandes cuando la imagen deja de ser la del padre-madre para adquirir otros atributos de omnipotencia y omnisciencia”44.

De otra parte, es interesante recordar que la antropología teológica coincide en afirmar que la filiación divina no se contrapone con la libertad del hombre. Antes bien, señalará G. Colzani45, el hombre que vive la unidad con Dios, su padre, como fuente de su vida es un hombre libre, es un hombre que procura paz (Mt 5,9), es un hombre que vive en la transparencia de un amor que no tiene nada que ver con la lógica del interés (Mt 5,44-45), es un hombre que la confianza en Dios libera de las angustiosas preocupaciones de la tierra (Mt 6,25-33; 7,7-11), es un hombre que ya participa del tiempo futuro (Lc 20,34-36), es un hombre educado por la oración a vivir de la voluntad de Dios (Mt 6,9; 11,2).

De esta manera, la libertad no consiste única ni principalmente en la capacidad de optar entre diversas alternativas, no es solamente una facultad electiva como lo defenderá la modernidad. La libertad es la capacidad que la persona tiene de autodeterminarse en orden a su realización. La libertad es, pues, ante todo, una facultad entitativa: dice de la relación en orden a la construcción de la identidad personal. A este respecto Ruíz de la Peña46 afirma que la genuina libertad no es una ausencia de ligaduras, sino una forma de religación. De un modo u otro, esta intuición aparece reiteradamente en la Escritura y en toda la tradición cristiana; sólo quien se halla religado a un fundamento último puede sentirse des-ligado, suelto, ante lo penúltimo. Hay, pues, una forma de dependencia –la dependencia de Dios– que, lejos

      

44 Ibíd., 16.

45 Colzani, Antropología teológica, 59. 46 Ruíz de la Peña,

de ser alienante, es liberadora. La libertad humana alcanza su más alta forma de realización en la filiación adoptiva. Por eso, Pablo y Juan oponen sistemáticamente esclavitud a filiación, no a libertad (Rm 8,15.21; Ga 4,3-7; Jn 8,32ss).

De todas formas, no podemos desconocer la resistencia que tiene el hombre hodierno –y, en general, moderno– a re-ligarse con Dios si esto le implica renunciar a la libertad a pesar de los enormes esfuerzos intelectuales hechos por la teología para dirimir tal conflicto. Por eso, frente a la oposición que resulta entre la heteronomía que subyace a la religación con Dios (como dependencia) y la autonomía propia de la libertad (como independencia) vale la pena pensar seriamente la ontonomía panikkariana (como interdependencia) para comprender que la libertad es una posibilidad real en la filiación del hombre con Dios. Antes bien, sólo una relación ontonómica, no dependiente ni independiente, daría sentido pleno al hombre de hoy sobre el significado de ser hijos de Dios.