En otro desplazamiento por el Metro, como se observa en la foto 28, ya con personas que van quedando de pie al ingresar al vagón, se vé a un hombre con varias bolsas que ocupa el preferencial, mostrando con sus gestos una actitud que podría entenderse como cansancio, pues se pasa una mano por la frente. Más allá de que esta fotografía fue tomada exactamente a las 13:40 hrs. de un día lunes, en la línea 1, se puede entender el cansancio de quienes utilizan el transporte público para desplazarse, mientras este tipo de imágenes muestra una micro-práctica
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que podría evidenciar que para muchos usuarios del Metro, un asiento puede ser un lugar de descanso, pero de un descanso necesario. Ahí está el actual valor del asiento.
Creo que en esta oportunidad compruebo una de mis hipótesis. Un hombre sentado en el preferencial, un adhesivo muy cercano al asiento que se pierde tras su figura, un vagón que comienza a subir su densidad de pasajeros. La señalética se invisibiliza. No cualquiera posición dentro del carro permite verla, y por tanto, hace casi imposible identificar el asiento preferencial desde el interior del carro. El individuo se pasa repetidamente la mano por la frente, parece muy cansando. Temo entonces que si sube una persona con movilidad reducida no se parará a cederlo… ¿o sí? Lamentablemente para este recorrido, nadie con esas características sube al vagón… (Recorrido fotográfico del lunes 5 de noviembre de 2012 por la línea 1 del Metro de Santiago).
Como en este caso y para dilucidar los significados que le pueden estar dando los usuarios del Metro de Santiago a estos asientos y sus señalizaciones, parto de la base que en estos fenómenos, el énfasis del tema radica en el término “importar” en la conducta del pasajero y por tanto que influye en algunas micro-prácticas. Y ello, en el sentido de ir más allá del artefacto, analizando los criterios que llevan a una persona a que ese objeto importe (Miller, 1998).
Si bien en los horarios de saturación de pasajeros, tal como lo hace ver el primer entrevistado “…la gente va cansada… se siente segura sentada… porque se evita los ‘apretujones’… los roces… los empujones…”, se puede ahora llegar a apreciar o valorar de un modo distinto un asiento, y la calidad de preferencial puede ser entonces vulnerada por ese “importar” que es mayor a la función que tiene. En cambio, el segundo entrevistado que tiene 24 años, evidencia la importancia desde su propia óptica, quizás teñida por su juventud: “…a veces pasa que el Metro va… van todos los asientos ocupados pero…uno como que igual se puede sentar en el suelo”, y lo que observa respecto de los asientos es que “…la mayoría de la gente como que… entra y empieza a buscar un asiento…”.
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“Las cosas se comportan de maneras que no se derivan simplemente de las intenciones humanas y de hecho canalizan esas intenciones” (Gosden, 2005), es una idea que bien pudiera caber en lo narrado por el entrevistado N° 2.
Me cuestiono si es que un asiento cualquiera debe “importar” mucho como para que alguien se “haga el dormido”, “el sordo” o “el ciego”, todo ello en sentido figurado, para que se vuelva indiferente a esas situaciones donde le es requerida la entrega del asiento preferencial; o por su parte, que quienes ingresan al vagón “se peleen por uno o busquen con apuro uno desocupado”. Bajo ese contexto, el que un asiento esté además provisto de un rótulo o etiqueta que lo determine como “preferencial” parece no hacer diferencia.
En este sentido, el entrevistado N°2 señala: “… como a modo bien personal yo… prefiero no ocupar esos asientos aunque estén desocupados. Porque…me ha pasado también que he visto personas que…se han sentado y no lo han querido ceder. Y…la otra gente como que empieza hacer presión, presión como… ‘cédelo’… ‘no tai viendo la señora’ y…al final lo termina cediendo otra persona”, haciendo alusión a que es otro asiento el que es finalmente dado.
De esa forma, las personas con movilidad reducida “importan” en tanto se cautela su inclusión en la vida cotidiana, facilitando la forma en que desplazan a través del transporte público, por ello los asientos preferenciales fueron creados a través de una ley, pero así también “importan” los asientos en tanto uso preferente para, justamente, ese tipo de pasajeros.
La entrevistada N°4, administradora pública, revela: “Nunca trato de sentarme, siempre viajo de pie”. ¿Por qué? “Porque si están señalizados y de cierta forma apartados, porque esa es la impresión que a mí me da al verlos de otro color y con una señalización determinada, a mí me dan la impresión de que están apartados. Si están apartados, no se pueden usar por el público regular. Si un público regular los utiliza, que no debiera, ¿qué sanción recibe? Ninguna… vivimos en un mundo con gente, gente que tiene diferentes necesidades y uno como empatiza con otras personas… Si una persona va con guagua, dos guaguas, dos niños. Aunque los niños sean más o menos grande, 3… 4 años. Necesita un asiento, porque tendría que ser mono o ser un pulpo con ocho brazos para poder manejar a los dos cabros
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chicos… Para un usuario consciente yo creo que es una buena señalización, pero sí creo que para aquellos usuarios inconscientes, que son la mayoría, creo que el Estado, el Metro a través del Estado como política pública debería ejercer una política de mayor educación. Y que no necesariamente sean esos asientos los cedibles, sino que todos los asientos, la persona que lo necesite que tenga ese asiento disponible”.
Es más, “importar” tiende a una asociación casi sentimental (Miller, 1998). Me pregunto si, ¿sería ello aplicable a las motivaciones en la falla del asiento preferencial y su señalética? En este estudio, así como lo hace ver también este autor, adentrarse en las respuestas puede abrir innumerables “criterios de importar”, y es lo que se extrae de los cuatro testimonios anteriores. Por su parte, al tomar la definición de fetiche como “…algo que no es nada en sí mismo, sino únicamente la pantalla en blanco sobre la que hemos proyectado, erróneamente, nuestras fantasías, nuestro trabajo, nuestras esperanzas y nuestras pasiones” (Latour, 2001:323), para comprender la advertencia sobre fetichizar los objetos (Miller, 1998), me coloco frente a la posibilidad que ello ocurra al interior de los vagones.
Y así lo revela el entrevistado N°1 cuando afirma que:
“De evitarse estar de pie por trayectos tan largos de una hora, 45 minutos, hora y cuarto. Creo que la gente… compite por esos asientos… lucha por esos asientos… puede dar la vida por esos asientos… sobre todo en la mañanas… se pelean los asientos. Con garabatos, a golpes, he visto muchos casos en que se pelean los asientos…”.
Materialidad del objeto y la influencia en su significación
Entonces, ¿puede la materialidad del objeto influir en la forma en que un pasajero significa un asiento preferencial? No es extraño a esta altura de la investigación suponer que las decisiones de la empresa respecto de la selección y ubicación del asiento junto al lugar donde se coloca la señalética impacte en el modo en que éstos son entendidos por los usuarios, así como las ambigüedades y la alta densidad de pasajeros detectada como causas de fallas, pueden también afectar la funcionalidad de los mismos; sin embargo, además puede existir un componente
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desde el mismo objeto para que los individuos lo vean de una forma distinta a la funcionalidad, llegando a alterar su objetivo. De esa forma, estaría activando micro-prácticas o conductas determinadas respecto del uso del asiento preferencial.