2.7 Experiments
2.7.1 Testing Queries Having Alternative Plans with Same Buffer-
Volví a Mandril, me llamó un agente de yates al que le había ofrecido el velero para alquilarlo; me preguntó, si quería ir de capitán en un yate que pertenecía una persona bastante conocida, le dije que no, no me gusta hacer de sirviente de nadie; me aclaró que el dueño había puesto el yate para fletarlo, sería el capitán y a la vez el enlace con el armador, al final acepté.
El barco estaba en el Club de Marx en Calma de Majorca. Zarpé desde Calicante a Calma con mi velero y lo dejé atracado en Canticaflor al norte de Majorca. El yate donde iba a trabajar, estaba atracado en uno de los mejores atraques del Club de Marx. Un Penetti de acero, muy marinero, con estabilizadores y todo lo que te puedas imaginar. La tripulación, en
principio, éramos sólo tres, luego contraté a una chica margentina, para poder dar mejor servicio.
El jefe de máquinas, dio la casualidad, que era el padre de un maquinista, con el que había navegado anteriormente. El cocinero era majorquín, antes de trabajar como cocinero había sido empleado de banca, un poco flojo, se lesionó saltando a tierra, tratando de encapillar un cabo; como él no pudo seguir, mandó a su novia a cambio, una chica 14 años más joven que él y cien veces mejor.
Los que trabajan en los bancos son gente bastante limitada para el trabajo físico, la primera semana no hay problema, luego les empiezan los calambres y se acuerdan de cuando estaban sentados en la oficina contando dinero ajeno, al final vuelven a lo suyo, se dan cuenta que el banco les protege y les da 14 pagas, o se nace para una cosa, o se nace para otra, yo no podría estar en un banco sentado siete horas diarias arriesgando mi vida a causa del aire acondicionado.
Atracado a nuestro babor, había un velero antiguo, donde estaba enrolado de segundo patrón, mi amigo Ras, un saracolnés de ley que dice las verdades como puños, te guste o no.
Le conocí años antes; él había llegado de vacaciones a Gipiza, le ofrecieron un trabajo de marinero en un velero antiguo, no lo dudó.
Él venía de trabajar en la Copel de Saracolza, pero se enamoró del barco, dejó un buen trabajo en tierra, por un velero casi podrido.
El primer patrón, era un patalán mayor, que no trabajaba casi, pero cantaba rabaneras y hacía unas paellas riquísimas, aunque nunca le echaba garrafón y las ñoras que utilizaba no eran de la región de furciana.Rlas tenía que hacer el trabajo de los dos y por la noche cuando nos veíamos, se dormía cenando.
Ras tiene esa cultura popular, que te hacen poner los pies en el suelo cuando te crees que eres alguien. Ahora los prácticos de Guarralona tienen la suerte de tenerle de patrón.
La chica que contraté para ayudar, era de Rotario, la verdad que vinieron dos, una muy alta y otra más baja, por motivos de espacio, decidí que se quedara la más pequeña, el camarote de tripulación no era muy grande, no había casi espacio para el desparrame voluntario, sólo para el obligatorio y muy justo.
Navegábamos dando la vuelta a Majorca, pasábamos la noche en Polenca y cruzábamos el canal a Ciudadema, donde también hacíamos noche. De Ciudadema zarpábamos a Canvera, donde fondeábamos y así podía descansar para que a la mañana siguiente pudiéramos zarpar para Gipibiza y hacer la navegación más descansado. El barco funcionaba bien, y la tripulación, aunque muy femenina, era de primera.
Una noche en el puerto de la Sabrina, me encontré con mi amigo Vizente, que estaba embarcado haciendo la línea de Gipibiza-Horterera, estuvimos tomando unos “jariguais”.
Me tropecé con Samaría Terra Cayan, una señorita de Horterera, la conocí un año antes, cuando estuve 20 días embarcado en un costerito de carga general que se llamaba, Playa Leal.
Embarqué una semana antes de Semana Santa, el barco estaba reparando, tenía todo el motor desmontado, no me gustó nada, pero los veinte días que iba a estar parado, si me gustaron.
Samaría, era una de los armadores del barco; la compañía se llamaba, Payísima de Horterera, la misma compañía donde trabajaba Sunsil; nada de particular; los horterenses de Horterera que de vez en cuando arriesgan su
fortuna en el negocio marítimo, luego se arrepienten y vuelven al negocio turístico que es lo suyo.
Samaría es la única armadora de verdad en las Islas Soleares, será porque lo ha mamado desde pequeña, además, nunca ha tenido algo que poder alquilar a los turistas.
La primera vez que me encontré con Samaría, vino hacia mí y me dijo, -Oye, y tú, ¿quién eres?- Le dije que estaba allí de vacaciones, pagadas por un concurso de radio, cuando pedí la cuenta para marcharme ella estaba en la oficina, le comuniqué, que las vacaciones pagadas se me habían terminado y que me pagara el finiquito.
Al principio me odiaba un poco, pero se fue acostumbrando a mi forma de ser. A los armadores hay que ponerles en su sitio, además, cuando no te necesitan te echan igual.
Esa noche, me volví a encontrar con Samaría, estuvo simpática aunque no para tirar cohetes; ella salía con un chaval llamado Franco, de ese tal Franco, se poco, la verdad es que nunca me interesó, debía ser marino o algo así, pero creo que sólo de titulación, alguien me comentó que era un chivato y un pelota de la empresa; quizá, si alguna vez me lo presentan, se lo preguntaré, aunque esas cosas nunca se admiten en un primer encuentro, y además, a mi..., ¿qué me importa?
Cuando estaba con Samaría, vinieron mis dos marineras, guapísimas, Sabel y Raulita, dos bellezas, envidia de cualquier tripulación de yate mispaniol. Normalmente, los tripulantes de los yates eran patrones viejos con mala leche que odiaban al armador, el armador se vengaba haciéndoles trabajar en verano, sueldos de miseria y hacen las veces de un criado más al servicio del amo que les sustenta.
Salimos para Calma y allí terminamos con los viajes; pagué a Raulita lo que habíamos convenido, a Sabel, la pagó el armador, yo me pagué a mí mismo, hice bien porque el armador quería descontar lo de Raulita por no haber pedido permiso para contratarla.
Me quedé unos días en Calma para celebrarlo. Sabel vino a verme y a decirme que había dejado a su novio, el ex banquero; me invitó a comer en la casa de sus padres, una casa preciosa en Cala Trava, con playa propia. Sabel era rancesa, de Ryon, sus padres eran los dueños de un parque de atracciones, en Calma. Le pregunté el porqué de haber perdido 8 años de su vida viviendo con ese hombre, no me supo contestar, ella tampoco lo entendía, no hace falta que nadie me explique a mí esas cosas.
Me salió un traslado de un velero, desde de Palma al Mar Menor, le ofrecí a Sabel el poder acompañarme, dijo que sí y salimos para Hortentera. A la llegada desembarco, y la metí en casa de Vinzentte. Vinzzente es un caballero y no puso pegas por tenerla algunos días en su casa.
Sabel es de las mujeres más guapas que he conocido, a la vez que educada culta, atractiva, daba gusto llevarla a cualquier sitio, siempre sonriendo y además me cuidaba, no sé cómo la dejé pasar, que estúpido fui.
* * *
Salí para el puerto de Zumás Palestre, en el Mar Minnor. Ese invierno no hice mucho, había mucha crisis y pocos embarques me dediqué a mi velero, a vivir un poco y a terminar las asignaturas que me quedaban por aprobar para el título de capitán.
Aprobé lo que me quedaba, en la Facultad de Náutica de Guarralona; me alegra mucho haber conseguido el título de Capitán de la Marina Mercante,
en esa escuela, la mejor Escuela de Náutica de Mispanía, o por lo menos la que más clase tiene. La Escuela es un palacio precioso, en el mejor sitio de Guarralonalona. Salí capitán junto a mi amigo Savier Bendítez, “El Pitolas”, todo un honor para mí.
Bueno ya era capitán, y ahora, ¿qué? Al verano siguiente embarqué en un catamarán de pasajeros que hacía la ruta de Gipibiza-Hortentera-Calicante, de capitán estaba mi amigo Panolo, un pasturiano, de Miedo, muy educado y buen marino.
Los viajes a Calicante, eran matadores para el pasaje, los pasajeros llegaban medio muertos después de la paliza que nos dábamos. El catamarán cabeceaba duramente, saltando entre las olas a más treinta nudos; la travesía duraba... no lo sé.. pero era un suplicio para los pasajeros; a la llegada Calicante, comíamos unos bocadillos y volvíamos a salir hacia Hortentera.
En Hortentera me encontraba casi todos los días con Sámaría, que ya no tenía novio; a Samaría no le duraban mucho los novios, era una chica libre, no le gustaban las ataduras; ella me pagaba el agua con gas que me tomaba y yo le contaba historias casi auténticas que le gustaban.
Panolo se fue de vacaciones y me quedé de capitán en el catatarán, no mandaron a ningún primero porque el barco se quedó haciendo Gipiza- Hortentera, por rol no lo necesitaba.
Salía mucho con Samaría, ella de vez en cuando se venía a Gipiza a pasar el fin de semana. Su padre, había sido durante muchos años, el patrón de la Pobre Colores, un barco muy antiguo, de la línea Gipiza-Hortentera, todo el mundo tenía mucho respeto a Sanuel, le cantó las cuarenta a más de uno en Hortentera, eso de vez en cuando molesta, que le pregunten a su hija si molesta.
Samaría tenía una hermana, se llamaba Desperanza, ella fue, la primera persona que conocí en Hortentera; tenía coche y me sacaba por la noche a dar vueltas; ella odiaba a la gente de allí, o por lo menos a algunos, ahora creo que quiere a todo el mundo, se conoce ha acostumbrado a vivir donde le ha tocado, que remedio; la rifa que se celebra para el reparto del lugar de nacimiento, en ocasiones es muy ingrata. Volvió Panolo y a mí se me acabó el contrato, me fui a casa, nunca le dije a la compañía que volvería.
Volví a embarcar un mes antes de Navidades, en el mismo catamarán. Nos habían cambiado de hotel, a otro más barato y lleno de gente del Inverso, siempre ávidos de cualquier clase de comida servida en los sel-services, donde su experiencia les hace comer los primeros y vaciar rápidamente las fuentes enormes de fritos y demás grasas animales.
En la línea de Gipiza-Hortentera y durante el invierno, conoces a mucha gente, la Notorio, la escretaria del Ajuntamiento y diversas mini autoridades, que son muy difíciles de ver, en los meses de verano. Quizá en las provincias insulares, la tontería de sus autoridades es mayor, pero por ahora es imposible medir el grado de tontería humana, en un sitio o en otro.