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Principle IV argues that water has an economic value in all its competing uses and should be

3.4 Research methodology

3.5.1 Textual data analysis

Mucha gente percibe erróneamente la vida de un soltero casto como una vida de soledad y aislamiento. «No creo que me importara demasiado vivir sin sexo», me decía un hombre con atracción homosexual de unos treinta y algo, «pero no quiero hacerme mayor para ser el típico excéntrico que vive en una casa grande en una calle oscura de cualquier lugar, ¿sabes?». Lo sé. Hay algo muy profundo en los seres humanos, más profundo aún que el instinto sexual, que es el miedo a estar solo. Alguna gente que me he encontrado, cuando se les pregunta un poco a fondo sobre el tema, ha admitido que su vida sexual está más motivada por un cierto tipo de cálculo emocional y relaciona) que por el sexo en sí mismo. Esperan que el sexo de hoy construya las relaciones que les sostengan el día de mañana. La expresión sexual, según imaginan algunos, es algo que deben canjear a cambio de intimidad, algo que puede ayudar a mantener acorralado al lobo de la soledad. Este tipo de actitud, aunque es más o menos común en nuestro mundo postmoderno y postcristiano, lo he encontrado de manera especial en la comunidad homosexual, donde las relaciones parecen

a menudo efímeras, menos enraizadas en las realidades internas que en la apariencia externa. Aunque no quisiera generalizar demasiado, me he encontrado con muchas personas con esta atracción que llevan una vida sexual no tanto por el sexo en sí mismo, sino por la búsqueda de una intimidad real y perdurable.

El foso de la soledad

La soledad contribuye de una manera única al sufrimiento humano. La experiencia de la soledad puede ser vista como universal: todo ser humano, en un momento dado, sentirá la punzada de estar solo. Al mismo tiempo, pocos seres humanos experimentan la soledad del mismo modo, por lo que la soledad tiene una profunda dimensión personal. La soledad nos niega incluso la solidaridad de experimentar lo mismo. Lo que hace que me sienta solo no será exactamente lo mismo que hace que tú te sientas así.

He pensado mucho que la soledad cobra gran parte de su fuerza ante la realidad de los comienzos y los finales humanos. En cuanto seres humanos, nacemos solos y moriremos de la misma manera. Nadie podía haber estado realmente con nosotros durante nuestro nacimiento. Ni nadie será capaz de estarlo cuando dejemos esta vida para pasar a la siguiente. Tenemos un miedo profundo de estar solos en esos momentos de gran cambio, y deseamos, a menudo apasionadamente, no estarlo. Como escribió Bob Dylan en su canción

Do Not Go Gently Into that Good Night, su maravilloso poema sobre la muerte inminente de

su padre, hay algo dentro de muchos de nosotros que quiere desesperadamente «encolerizarse contra la extinción de la luz».

La soledad contribuye profundamente al sufrimiento humano, en particular, en las sociedades del Primer Mundo, en las que el materialismo oculta con frecuencia la importancia de los vínculos humanos. Me acuerdo de la historia de una amiga mía que vive en un barrio muy distinguido del norte de California. Ella volvía de dar clase una tarde cuando encontró a la vecina de al lado, que estaba sollozando en el césped de su casa.

«¿Qué pasa? ¿Qué puedo hacer por ti?», preguntó mi amiga mientras se acercaba a la mujer que lloraba, levantándola e invitándola a tomar una taza de té. Al calor de una taza humeante, la mujer, una india inmigrante desde hacía relativamente poco tiempo (unos tres años en los Estados Unidos), le contó cómo había venido a los Estados Unidos para casarse. En poco tiempo se había mudado desde Nueva Delhi, donde tenía una familia más o menos pobre pero muy extensa, a una casa rica pero terriblemente aislada en los Estados Unidos. Por un lado, se sentía agradecida al haber cambiado un espacio pequeño, estrecho para vivir junto con muchos parientes, por otro donde había mucho espacio, comodidades modernas y distracciones. Pero, por otro lado, ninguna de estas cosas podía enmascarar lo terriblemente vacía que le parecía su nueva y bonita casa ni lo difícil que le parecía integrarse en una sociedad que se basa en una noción radical de autonomía y libertad personal. Muchos americanos entienden, según ella, que hacer las cosas «a su modo» es, frecuentemente, hacerlas solo.

He tenido experiencias similares en mis viajes a los países en vías de desarrollo. En enero de 1998, viajé a Perú para documentar las historias de mujeres mutiladas y fallecidas a causa de una campaña de esterilización forzosa llevada a cabo por el gobierno. Hice una entrevista a Felipe Gomales, un hombre cuya mujer, Juana, había muerto por unas complicaciones con una esterilización quirúrgica que ella no quería. Felipe y sus tres hijos vivían aún, como cuando Juana estaba en vida, en una casa hecha con barro y ramas en una pequeña aldea de Perú llamada La Legua, pero ahora, tras la muerte de su mujer, Felipe me dijo que la situación iba de mal en peor. «Siempre hemos sido pobres -decía- pero juntos nos las apañábamos. Ahora que

Juana se ha ido estoy totalmente solo y no sé lo que podré hacer». Al final, el contacto humano se necesita para vivir, ya sea en pobreza o en riqueza.

La soledad es un elemento tan universal del sufrimiento humano que Dios lo incluyó como uno de los tormentos que Cristo experimentó en su Pasión, parte del cáliz que Jesús pidió

que se apartase de Él. Me he imaginado a menudo que, durante los días de la Pasión de Cristo, el foco de toda la soledad del universo se concentró en esa diminuta parte de Jerusalén. Cerca del lugar en el que Dios encontró a sus amigos durmiendo, durante el tiempo de su aflicción en el que, horas más tarde Jesús gritaría que su Padre le había abandonado, podemos ver una indicación de que Él había estado haciendo solo todo ese viaje hacia la oscuridad.

Esta soledad permanece, en un sentido ineludible. Es difícil imaginar cómo un ser humano, aun llevando una vida plena en relación con su familia y con la sociedad que le rodea, podría estar completamente libre de hasta el más leve tinte de soledad ocasional. Es uno de los dragones que viven muy cerca del corazón de la experiencia humana.

Soledad y atracción homosexual

A pesar de todo lo dicho sobre la universalidad de la atracción homosexual, muchos de los que vivimos con atracción homosexual experimentamos la soledad de una manera particular que puede no tener el mismo eco en quienes no comparten nuestro trasfondo. Este hecho lo puso elocuentemente de relieve un hombre de veintiocho años en un ensayo que puede encontrarse en Internet:

«Este mundo no está hecho para gente como yo. No está hecho para gente que se lo traga todo a base de soledad. Cuando miras alrededor, en cualquier cafetería o restaurante, ves que todo el mundo tiene pareja. Hombres y mujeres, sus hijos, chicos y chicas e incluso, a un nivel más amplio, personas que están con otras personas. Tanto los jóvenes como los viejos se sientan, comen e intercambian algunas palabras sobre las terribles flechas que les han arrojado en las últimas horas o minutos. Este mundo ha sido formado y moldeado y tallado desde su inicio para cuidar a las parejas, y no a los individuos solteros y solitarios.

La próxima vez que vayas al cine o al teatro, quédate mirando alrededor antes del espectáculo y cuenta la gente que no está inclinada hacia otra persona o susurrándole algo al oído. Toma nota de los «solitarios» y alábalos por aferrarse a la vida con los dientes.

Ellos QUIEREN estar ahí y tú puedes incluso verme. Tienes que mirarnos, porque también estamos ahí. Tienes que aceptarnos, porque también estamos ahí. Vivimos día y noche sin esas joyas preciosas que tú llamas amigos, esposos o hijos» (autor anónimo).

Me imagino que no es que las personas con atracción homosexual vivan una soledad muy diferente de la que experimentan los demás. Pero puede ser que las puertas de la soledad se abren más de par en par para nosotros que para los demás, y que las barreras hacia la intimidad y la relación humana pueden ser un poco más altas.

Lo primero de todo es que el entero fenómeno del estigma social se cruza en el camino de muchos de nosotros a la hora de crear relaciones humanas profundas con los que nos rodean. La intimidad, como hablaremos más adelante en este capítulo, tiene mucho que ver con la confianza y el revelarse. Sin embargo, el estigma social que rodea la atracción homosexual hace que abrirse a esa confianza y revelación sea más arriesgado para nosotros que lo que me imagino que es para los otros. Por supuesto, escribo desde mi propia experiencia y puede ser que esa experiencia de riesgo en la intimidad es la misma para todo el mundo, pero en mi vida recuerdo que el miedo a revelar mi propia inclinación homosexual ha sido una barrera especialmente difícil de saltar.

Lo segundo es que, como señala el ensayista, hay algo de la naturaleza humana que gravita en torno a los grupos y las parejas, en particular, en torno a las parejas de hombre y mujer y a los grupos de niños. Como he escrito en capítulos precedentes, el encuentro con familias abiertas y que se amaban ha jugado un papel muy importante en la curación paulatina que Dios ha obrado en mi corazón tras años de diferentes heridas, resentimientos y recuerdos. Pero esos encuentros con la vida familiar han tenido también un lado menos positivo, dado que me he dado cuenta de forma muy profunda que lo que esas familias comparten puede que nunca, al menos hasta el momento en que escribo estas líneas, yo lo

pueda compartir de manera directa o personalmente íntima. Esta comprensión ha venido a menudo acompañada de una soledad profunda y más bien brutal que no es exclusiva de los que viven con atracción homosexual pero a la cual nosotros podemos ser más sensibles.

Lo tercero, si los psiquiatras y psicólogos que explican cómo se desarrolla la atracción homosexual están en lo cierto, es que la experiencia de un tipo especial de alienación y soledad en torno a nuestros compañeros (al menos para los hombres), puede tener un gran papel en el modo en que nos convertimos en las personas que somos. A este respecto, puede ser verdad que una soledad particularmente hiriente haya sido el lote de muchos hombres que experimentan la atracción homosexual desde una edad temprana y que todo eso haga mucho más difícil dar un vuelco a la situación.

La intimidad contra la soledad

Mientras que la soledad puede ser una parte inevitable de la experiencia humana y puede ser incluso que aumente o añada una barrera especial a quienes tienen una atracción homosexual, ninguno permanece necesariamente sin ayuda en su propio desierto. Es posible luchar contra la soledad, estructurar nuestras vidas para fomentar relaciones profundas e íntimas.

La intimidad, como el amor y el perdón, es una de esas palabras cuyo significado hemos de recuperar. En los días que corren, cuando se oye la expresión «relaciones íntimas» o «amigo íntimo», ¿qué se quiere describir? Demasiado a menudo, la cultura ambiente entiende que una «amistad íntima» se refiere a una pareja que tiene relaciones sexuales. «Las relaciones íntimas» aparecen en algunas revistas populares como un eufemismo para referirse a las relaciones sexuales. Sin embargo, este significado no aparece en absoluto entre las definiciones que el diccionario da de la expresión, ni siquiera como expresión eufemística. La definición del diccionario de la palabra «íntimo» como adjetivo incluye elementos tales como «intrínseco o esencial», «que caracteriza o pertenece a la naturaleza más profunda de algo», «marcado por una asociación, un contacto o una familiaridad cercanas» y «marcado por una amistad entrañable desarrollada gracias a una larga asociación». Ninguna de estas definiciones incluye el sexo, explícita o necesariamente.

Muchos de los malentendidos entre el sexo y la intimidad pueden nacer porque muchos confunden la relación entre los dos conceptos y dan por supuesto un orden erróneo entre ambos. La intimidad profunda puede ser (y en el matrimonio debería serlo) expresada sexualmente. Mejor aún, la expresión sexual rectamente ordenada nacerá de una intimidad que ya está presente en la relación. Es más, retrasar las relaciones sexuales hasta después de realizado el compromiso matrimonial proporciona el tiempo necesario para que una amistad íntima se desarrolle de modo que la vida sexual de la pareja comience en un contexto de intimidad. Las relaciones sexuales que tienen lugar antes de la intimidad pueden incluso impedir, especialmente en las relaciones hombre-hombre, el desarrollo de una amistad íntima. He perdido la cuenta del número de hombres homosexualmente activos que he encontrado y que han experimentado esto. Muchos han pasado por un período de gran excitación por haber encontrado a alguien que sentían que podía ser «el amor de su vida», para caer en una gran decepción cuando, relativamente poco tiempo después de que la relación se volviese activamente sexual, la amistad fracasa. Descubren demasiado tarde que su búsqueda de intimidad ha sido mal interpretada por la otra persona como una atracción predominantemente sexual. De hecho, las amistades íntimas no exigen para nada una expresión sexual. ¿Qué es lo que caracteriza exactamente las amistades íntimas y cómo pueden ayudar a contrarrestar la soledad?

Cualidades de una amistad íntima

Probablemente, la mejor definición de «amigo íntimo» es la de alguien, que no es de nuestra familia, para el que nuestra existencia tiene importancia de manera significativa; alguien que no es de nuestra familia per se, pero a quien le importa si estamos cerca o no. En términos prácticos, quiere decir: una persona que, si te llama en un momento en el que

normalmente deberías estar en casa y se encuentra con que no estás allí, se preguntaría al colgar el teléfono dónde puedes estar y se preocuparía de si ha pasado algo. Cuando escribo esto, emiten en la televisión una de las series más aclamadas por la crítica, llamada Will and Grace, y que es una comedia que aborda la amistad y las desgracias de una mujer heterosexual y un hombre con atracción predominantemente homosexual. La serie se ha ganado el aplauso de la crítica porque sus diálogos están bien escritos y son inteligentes, y porque todo el reparto actúa fenomenal. Pero me parece que el guión fascina también porque el diálogo entre amigos suena convincente. A pesar de que mis amigos íntimos y yo quizá no hayamos compartido nunca el mismo contenido de las conversaciones entre Will y Grace, ciertamente hemos compartido gran parte de su actitud y de su tono. La honestidad, la franqueza, el conocimiento mutuo y el deseo de perdonar y de buscar el perdón que la amistad de los protagonistas contiene me recuerda mucho a algunas de las amistades íntimas de mi vida y de la vida de otros muchos.

Un ejemplo similar, aunque considerablemente más complejo, se puede encontrar en la película de 1998 As Good As ft Gets (Mejor imposible). En ella, Jack Nicholson interpreta el papel de un hombre que vive con muchos trastornos obsesivo-compulsivos y que tiene una personalidad muy exigente que vuelve a la normalidad a través de la relación con varias personas, notablemente con un hombre de atracción homosexual que al principio le disgusta, que es su vecino y que tiene un perro. Aunque la complejidad de esta relación parezca propia de los protagonistas que se ven implicados en ella, la película hace un buen trabajo mostrando cómo las relaciones superficiales con personas con las que uno está de acuerdo no pueden resistir siempre las tribulaciones de la extravagante fortuna y que el amor tangible, incluso proveniente de alguien ofensivo, puede cambiar la vida.

He aquí algunas de las cualidades que me parece que ha de poseer una amistad si va a pasar de ser un mero conocimiento a una intimidad más profunda y duradera.

No quiero decir que sea una lista exhaustiva, y los que tienen más experiencia que yo en amistades íntimas son bienvenidos si quieren añadir algunas características más.

En primer lugar, una relación que va a pasar de un mero conocerse a una amistad íntima tendrá que comprometerse con la honestidad. La honestidad forma parte del fundamento de una amistad íntima, porque muchas de sus otras cualidades necesarias, como la asunción de riesgos, la confianza y el perdón, descansan sobre la honestidad para poder existir. Por honestidad me refiero a esa cualidad en la que ambas partes quieren ser auténticas y abiertas acerca de sus acciones y de los motivos de dicha amistad. Debemos esforzarnos, hasta el mayor grado posible, por dar a nuestras amistades una clase de transparencia que en inglés se ha hecho muy popular con la denominación de un término informático: WYSIWYG (pronunciado whizzy-wig). WYSIWYG es un acrónimo de la expresión inglesa

What You See Is What You Get (lo que ves es lo que te llevas), y en una amistad querrá decir

que cada uno de los amigos se compromete a permitir a la otra persona que les conozca completa y honestamente con el tiempo.

Si la boca de tu estómago se encoge un poco al leer lo dicho sobre la necesidad de la honestidad en la amistad, ya has anticipado la segunda cualidad necesaria para una amistad íntima. La asunción de riesgos podría describirse como la cruz de la moneda de la honestidad. Ser honesto significa que conocemos nuestras imperfecciones y queremos permitir que alguien más las vea también. A la inversa, significa igualmente que queremos que nuestros amigos se enfrenten con las imperfecciones, los fallos, los hábitos, etc., a los que pueden no haberse enfrentado o no han sido capaces de ver. La asunción de riesgos es difícil porque es..., en fin, arriesgada. A1 igual que ocurre, en gran medida, con el perdón, no podemos predecir siempre dónde nos va a llevar la honestidad. Si hablo a mi amigo de un defecto o de un mal hábito que sé que tengo, y que puede que incluso necesite su ayuda para afrontarlo, ¿qué dirá? ¿Seguirá aún queriendo ser mi amigo? ¿Cómo reaccionará si le planteo algo suyo de lo que necesita darse cuenta?

Mucha gente piensa que la honestidad y la asunción de riesgos son muy difíciles, pero créeme, son absolutamente esenciales en el desarrollo de una amistad íntima. Dos de mis

amistades íntimas (y otra que lleva camino de alcanzar una intimidad mayor) se desarrollaron, y muy lentamente, solo después de muchos años, porque detestaban asumir riesgos y estaban convencidas de que, si yo «conocía la verdad» sobre ellas, nuestras amistades se acabarían. Por supuesto, se equivocaban y, mirando hacia atrás una vez que me lo dijeron, se dieron cuenta de cómo habían inadvertidamente devaluado mi compromiso con la amistad suponiendo que yo iba a ser duro o que iba a reaccionar con mezquindad ante su revelación.

Una amistad en la que ambas partes se comprometen a ser honestas y a asumir riesgos desarrollarán al final la siguiente cualidad esencial en las amistades íntimas: la confianza. La confianza caracteriza y construye las amistades íntimas, pero también puede ser vista como uno de sus frutos.